Desde luego, yo compartía con Luis Gala la repulsa hacia el descarado y folclórico culto a la personalidad del nuevo presidente, promovido por él mismo, pero también por toda su administración y aún sus simpatizantes, una propaganda brutal y primitiva que hacía suponer la existencia de un plan concertado cuando en realidad debía su uniformidad a la alienación colectiva y al carácter indistinguible de las diversas manifestaciones de la idiotez. Nos reíamos de algunos políticos y situaciones, acusábamos solemnidad de vez en cuando guardando silencio, aprovechábamos las oportunidades más visibles para provocar a los fanáticos con observaciones cínicas o paradójicas, cuyo sentido siempre daba en el blanco precisamente porque su significado les resultaba obscuro. El carácter aciago de la administración y la alevosa transmutación de los vicios nacionales en virtudes, se correspondían dolorosamente con el abandono de mi mujer y las niñas, pero también con la divorciada vida de Luis Gala, quien elevaba a la categoría de fatalidad cósmica la correspondencia entre un mundo trastocado en lo público y nuestras vidas privadas vueltas del revés.
Aquel viernes llevábamos una hora bebiendo aceleradamente en su descuidado departamento (no solía llevarlo a casa y siempre me resistía a sus invitaciones, que luego aceptaba a regañadientes) y discutiendo la tragedia recurrente de este país canalla cuando, teniendo por fondo a Wagner con volumen muy bajo, Luis Gala concluyó su retahíla de bromas, dio un trago muy largo terminando su whisky y encendió un cigarrillo con aire grave para decirme: 'Hay que matarlo'. Me reí limpiamente, a gusto, como quien escucha algo extraordinariamente ridículo que se dice en son de broma, pero luego me puse serio al notar que Luis Gala no había sonreído siquiera. '¿De qué diablos hablas?', dije como quien concede la oportunidad al otro de desdecirse y volver al camino abandonado, 'todavía es tiempo', trataba de decirle con la mirada y mis manos extendidas, 'de que sigamos esta reunión de viernes sin molestarnos porque a uno de los dos se le pasaron las copas y se puso necio o sentimental, agresivo o idiota', pero yo sabía muy bien a lo que se refería. Él recogió parcialmente mi invitación a relajarnos y explicó en un tono casi divertido:
'Sí, sí, hay que matarlo. Este país anda escaso de magnicidios y no veo forma de que aprenda nada, ni siquiera trastocando su presunta voluntad popular eliminando al ungido. Debe ser fácil porque el tipo es un idiota. Ya lo ves, no se cuida. Repite hasta el hartazgo lo mucho que lo quiere su pueblo y lo muy seguro y protegido que se siente en su compañía. Nada más hay que verlo saludando a la gente, haciéndose fotos con ella, maltratando el lenguaje hasta que no significa absolutamente nada con tal de que lo consideren uno de los suyos, ¡como si alguien lo dudara, por dios! Llevábamos décadas sin tener un presidente tan representativo como él, ¿quién se lo puede negar? Es, en efecto, la personificación de la corrupción moral de nuestros compatriotas: embustero, tergiversador, víctima, acomplejado, inconsistente, incumplido, fanfarrón, abusivo, necio y estúpido, ¿qué perjuicio puede haber que supere el beneficio de suprimirlo? Ya sé, ya sé, dirás que la caterva de ambiciosos lambiscones que lo rodean harán pedazos al país para beneficiarse de su desaparición, que las finanzas nacionales se irán al suelo por la incertidumbre y que las inversiones correrán a países más dictatoriales y menos inciertos, ¿no? De acuerdo, de acuerdo. ¿Y? ¿Debe eso detenernos?'
Se puso de pie y fue hacia la nevera para poner hielo en su vaso. Yo experimenté un súbito cansancio y sólo atiné a decirle 'Estás loco como una cabra', como quien finge que lo que se dijo fue una broma para que el otro recoja esa invitación y adopte también un tono de guasa. Así lo hizo parcialmente mientras dibujaba una sonrisa divertida y vertía whisky sobre los hielos que empezaron a crujir:
'Ah, pero no creas que quiero proceder como el católico ese que se hizo pasar por caricaturista para sorrajarle balazos al manco para que no se reeligiera. Tampoco quiero ser el caballero águila que en un marco tan poco solemne como La culebra descargue un revólver en la cabeza de otro sonorense. Qué horror narrativo. Qué vulgaridad. No, no, no. Yo quiero matarlo con mis propias manos, usarlo de parapeto por si el estado mayor o alguno de sus achichincles quiere quitarme de en medio. Le permitiría que me mirara una última vez, horrorizado, antes de morir. Tendríamos que intercambiar algunas palabras que quedaran registradas antes del final, palabras mínimas que no le permitan al hijo de puta morir como mártir, que es a lo que aspira todo ñoño de envergadura y éste es el peor de todos, un santurrón peor que mi abuela, de esos que tienen la hipocresía tan interiorizada que ya ni la notan. No quiero que se muera, por ejemplo, cerrando los ojos y uniendo sus manos con devoción como un San Esteban lapidado. No quiero que, en un postrero acto de su inagotable demagogia, se dirija a la multitud que nos rodee diciendo que se me perdone o que conserven la calma o que se someta a consulta si debe morir o no, el muy cretino. No quiero darle ese gusto. Quiero, al contrario, exhibirlo en un espacio de tiempo mínimo. Desenmascararlo. Que su verdadera naturaleza tiránica e intolerante, su Torquemada interior, quede expuesta de manera contundente antes de hacer mutis. Que no queden dudas sobre la raíz egocéntrica de su conducta, esa misma que la mayoría alelada e indulgente con el poderoso juzga de desprendida, como si repartir el dinero de los que trabajamos, el dinero que no es de él fuese una virtud. Es una lástima que no haya guerras y que, de haberlas, no sea este país para llevarlas a cabo. Por holgazán. Por acomodaticio. Por corrupto. Prefiere seguir en su hedonismo miserable y depredatorio en vez de hacer purgas a la antigüita. Una cosa así nos ahorraría el recurso del magnicidio como medio de renovación moral, que, en comparación con la guerra, es indudablemente menos efectivo y, para colmo, congruente con la pereza que nos caracteriza. Pero no me dejan otra alternativa: hay que matarlo.'
Se hizo un silencio y se oyó el golpeteo de los hielos en nuestros respectivos vasos mientras bebíamos mirándonos uno al otro por encima del ámbar del whisky. Nos reímos repentinamente rociando parte de nuestras bebidas sobre la mesa. 'Eres un pendejo', le dije casi cariñosamente. 'Lo sé', me contestó Luis Gala limpiándose con una servilleta. 'Pero son tiempos tan obscuros que hasta tú no tienes nada mejor que hacer que pasar las altas horas de la noche de viernes conmigo'. 'Te deseo suerte en tu empresa', le dije. 'Salud'. Y dando un nuevo trago recordé a mi mujer y las niñas con la mirada fija en el ventilador del techo.
sábado, marzo 30, 2019
lunes, marzo 18, 2019
Piedras al mar
Nos recuerdo al final, matando las horas frente al mar mientras esperábamos el ferry que había de llevarnos de regreso al otro lado. Una playa llena de piedras de todos tamaños sobre la que anduvimos con paso inseguro mientras atardecía bajo un cielo despejado. Las gaviotas. Las alargadas sombras contra la luz amarillenta, lejana. El gordo, la rubia, el hombre cara de caballo que aún parecía joven. Y yo el único extranjero entre ellos, aunque extranjeros éramos todos en aquella isla que estábamos a punto de abandonar para volver al continente. Nos detuvimos a poca distancia del agua verde y gris de razonable olor a pescado, la rubia cogida del brazo del gordo y éste conversando con el hombre cara de caballo que aún parecía joven, gesticulando teatral, enfático. Ellos hablaban en su lengua materna y yo en la de ellos, que no era aquella con la que yo había crecido, pero que ahora entendía y no tenía más remedio que expresar reflejando, aún imperfecta y con faltas, mi carácter cáustico que tanto celebraban cuando se dirigía hacia los demás y tanto aborrecían cuando les quemaba a ellos. Civilizados. Tolerantes. Con buena conciencia, también, ese pequeño defecto que hacía infranqueable la distancia que me separaba de ellos. Fue el hombre cara de caballo que aún parecía joven quien se inclinó para tomar una piedra pequeña y la lanzó al agua con la intención de hacerla saltar sobre ella. Consiguió hacerla saltar una vez y la piedra se hundió. El gordo se soltó repentinamente de la rubia, su mujer, miró con intensidad al hombre cara de caballo que aún parecía joven, y con una de sus pequeñas manos regordetas tomó otra piedra y la arrojó frenético haciéndola saltar hasta tres veces sobre el agua antes de hundirse. Nos miró a todos complacido, orondo, triunfal. La rubia se apartó el cabello del rostro con una mano y luego apoyó su palma sobre la mejilla y sus dedos sobre la sien, frunciendo ligeramente el ceño y la nariz como si la situación la consternara y le hubiera sobrevenido un súbito dolor de cabeza. Dio algunos pasos hacia atrás teniendo cuidado de no resbalar y nos miró a los tres hombres arrojar piedras al mar. Luego de varios días de escucharme hablar con soltura la lengua de la isla y haber ganado así una momentánea ventaja sobre ellos, el gordo disfrutaba de ver que las cosas volvían a su lugar. Porque ninguno de mis tiros conseguía hacer saltar las piedras más de una vez sobre el agua. Porque incluso el hombre cara de caballo que aún parecía joven consiguió hacer tres saltos en un par de ocasiones. Porque ya la rubia volvía a comentar con soltura mis insuficiencias, así llamadas por ella, culturales. La forma de coger una copa de vino o la de mover las manos, pero también el lanzamiento de piedras al mar. No me importaba. El goce de haberme internado en la isla compensaba la compañía. Las colinas y los ríos, las casas de piedra. Las librerías abundantes y cuidadosamente organizadas. Los caminos húmedos entre prados y arboledas. Pero también así la comprobación de mi desenvolvimiento dentro de esa sociedad tan alejada de la ceremonia. Así el ojo atento de quienes en la isla me reconocieron como uno de los suyos, un espíritu que podía integrarse el día en que así lo decidiera. Aunque ese día no llegara. Aunque a poco de conocerme comprendieran que no me quedaría, no en esta ocasión en que viajaba con tres personajes del continente, pero tampoco en ningún otro momento. El gordo hizo un mohín con la boca y movió la mano para dictar, sin decirlo, que no se arrojarían más piedras. Miró con severidad al hombre cara de caballo que aún parecía joven porque se le escapó un tiro más. Se enfundó las manos en el saco, pues empezaba a soplar un viento frío, y fue en busca de la rubia, su mujer, para darle el brazo y andar con ella, seguidos de nosotros, de vuelta al malecón. La luz del sol ya sólo iluminaba la parte alta de la colina donde se alzaba el castillo. Entramos en un bar donde ordenamos cerveza y los cristales tenían ese último fulgor que los convierte en espejos antes del anochecer. El gordo buscaba provocarme, pero también obligarme al mismo tiempo a reconocer que era un gran amigo, de modo y forma que no le tuviera en cuenta las múltiples ocasiones en que había intentado hacerme quedar en ridículo durante nuestra estancia en la isla, una mezquindad que contó con la anuencia cobarde del hombre cara de caballo que aún parecía joven, ese sí, su incondicional. Yo traté de que la rubia, su mujer, interviniera en favor mío en aquellos episodios. Porque yo creía que ella me veía con simpatía, como a un hijo. Porque era una artista y debía tener más sensibilidad. Pero fundamentalmente porque yo no entendía lo que era un matrimonio de verdad y el del gordo y la rubia lo era. Yo no era nadie frente a eso. 'No soy nadie', pensé con una sonrisa mientras daba un sorbo a mi cerveza y veía los ojos encendidos del gordo que me azuzaba con la mirada, su rostro atravesado de muecas por contener una carcajada que finalmente soltó, sólo para empezar a hablar inopinadamente de las grandes diferencias entre éste y el otro lado del Canal. Asentía el hombre cara de caballo que aún parecía joven haciendo breves acotaciones. Comentaba la rubia, a veces con gran disgusto del gordo que hacía ademán de encontrar sus opiniones escandalosamente estúpidas o inaceptables, así que conseguía que ella guardara silencio unos minutos mirando distraída las otras mesas para luego reparar en mí y hacer alguna observación vagamente denigratoria que gozaba del inmediato aplauso del gordo y la casi siempre tardía, pero segura emulación del hombre cara de caballo que aún parecía joven. No me importaba. Dentro de poco todos estaríamos en el ferry camino del continente, dejando atrás la isla. Dentro de un poco más se vería el perfil blanco y fantasmagórico de los acantilados de la costa continental. Más tarde estaría en mi habitación y dentro de pocos meses ya no habría ni isla ni continente, ni gordo ni rubia, ni siquiera el hombre cara de caballo que aún parecía joven. Dentro de pocos meses se extendería una inmensa llanura desértica y meridiana frente a mí. En ella todas estas vanidades serían recordadas de vez en cuando sólo como un sueño. Un sueño iluminado por esa misma luz del despejado atardecer en la isla. Sentiría de nuevo ganas de arrojar piedras, pero no habría mar donde hacerlas saltar. Ni siquiera un vaso donde hundirlas.
sábado, marzo 02, 2019
Museos
No he anunciado a nadie que tengo las llaves de la casa. Tampoco que él me ha encargado cuidar de ella. Cuando las turbulencias del día me agobian demasiado suelo venir aquí a descansar. Me siento en los sillones de la sala o en alguna habitación y, como es lógico, nos recuerdo aún adolescentes hablando sobre cualquier cosa, saludando o despidiendo a su madre y hermana que se hallaban en esta misma sala viendo televisión, o apostándonos a los costados de la ventana del cuarto para fumar, circunspectos, a puerta cerrada. Hace muchos años de todo esto. Al alivio que me produce venir a este lugar en el que nadie me imagina se une siempre el extraño placer de considerar el tiempo transcurrido desde que la casa quedó deshabitada y el todavía más largo desde que él se fue de aquí. Años apilados sobre otros años a los que me asomo como a un desfiladero, poseído a partes iguales de fascinación y vértigo.
La casa no ha cambiado demasiado: los libros de su madre que fueron los de la infancia de él siguen aquí; la barra del desayunador todavía divide la cocina y se halla rodeada de bancos; en mitad de la sala aún se descarapela el techo por influencia de la viga que lo soporta. Es casi como estar de vuelta de un largo viaje en el tiempo. Como una oportunidad de empezar de nuevo. Diríase que en cualquier momento va a entrar él por la puerta de cristales nublados arrastrando al abrir el guardapolvos que la remata y barriendo así el suelo de linóleo. O que la luz de los faros del Fairmont de su madre inundará la penumbra de la sala a la hora del crepúsculo mientras toca el claxon para que alguien salga a abrir la cochera. Pero luego no se produce ninguna de estas cosas. Nada vuelve a comenzar. Cae la noche y, sin encender una sola luz para no llamar la atención, salgo de vuelta a mi vida y recorro deprisa el trayecto que me separa de mi casa. No soy más el adolescente que salía de aquí acompañado de él algunas mañanas de domingo para bajar la barranca y robar mangos en la huerta del fondo. No soy muchacho de nuevo, pese a los minutos transcurridos entre las paredes de esa casa tan parecida a la de mis recuerdos, así lo compruebo ya frente a mi espejo: los belfos caídos y la calva incipiente. Si algo ha de reanudarse es el hoy que no ha terminado conmigo.
Esta casa en la que vivo desde hace años, separado de mi mujer y autorizado a ver a mi hija una vez a la semana, es prestada. La mayor de mis tías, solterona y acaudalada, ha tenido la generosidad de rentármela por poco dinero ya que, dice, no encuentra gente confiable a la que meter en ella. Es curioso que él tampoco quiera rentar la casa de su madre, que fue la de él hace muchos años, y prefiera darme las llaves para que cuide de ella como de un museo. Guardián de la memoria, me ha llamado. Él como mi tía, pienso, es ahora un hombre solitario. Yo soy un hombre solitario. Ella y él han reunido una pequeña fortuna con el paso del tiempo. Yo no he reunido nada. A él le ha abandonado su mujer y se ha llevado a sus hijas, yo me he separado de la mía y apenas puedo ver a la pequeña una vez a la semana. Mi tía y él se han hallado solos y con propiedades en la madurez de sus vidas, ella sin descendencia y él con un par de niñas cuyo paradero ignora, lo que en cierto modo es lo mismo. No viven ya su madre ni su hermana que veían la televisión en la casa que él me ha encargado, sentadas en los sillones en que a veces tomo siesta y tengo sueños delirantes. Sueños en que me levanto de ese mismo sillón y voy a la tienda de la vuelta donde los dependientes me amarran y retienen entre costales de azúcar y aserrín. Sueños en que mi madre asmática fuma sin parar quejándose de que no he vuelto de la tienda. Sueños en que mi padre me mira con la cara negra y los ojos desorbitados gritándome maricón. Pero al despertar encuentro que sólo se trataba de muertos, muertos hace mucho tiempo. Y medito sobre las dificultades de los hombres y mujeres solitarios vivos. Como él y mi tía. Como yo.
No fui práctico en la vida y, como resultado, no soy yo quien debe enfrentar los problemas de haber reunido un patrimonio en solitario. Los hay que, abandonados por sus familias, entregan todo a iglesias y cultos que siempre están al acecho; otros, con menos ínfulas religiosas pero igualmente desesperados, se ven obligados a heredar a parientes que no han visto nunca o cuyo trato fue siempre un suplicio. Él ha optado por congelar el tiempo. Para conseguirlo ha pedido mi ayuda. Pero el pasado no puede habitarse y, por lo tanto, la casa de su madre que es la de su infancia debe permanecer yerma, ya no sólo porque él se halle a miles de kilómetros de ciudad natal en la remota Santa Teresa donde aún abriga la esperanza de que su mujer y las niñas vuelvan, ya no sólo porque a mí no me falte donde vivir, aunque sea en calidad de préstamo gracias a mi tía soltera y acaudalada, sino porque instalarse entre sus paredes haría entrar el presente de manera inevitable, destruyéndolo todo. Es así que yo tengo estas llaves para resguardar el pasado. A cambio de ello el pasado me resguarda a mí cuando el presente no es benigno. Sólo un poco, el plazo de un sueño o una meditación. Sólo un poco, el tiempo de retomar fuerzas.
En el viejo buzón, cuya herrería fundiera su abuelo, he hallado una carta suya. Me dice que ha decidido cerrar también la casa en que viviera con su mujer y las niñas. Se ha buscado otro sitio sin llevarse un solo mueble de ella, ningún libro, ninguna ropa. A fresh start, aclara en inglés sin tanta convicción de ese comienzo como de la sensatez de su decisión frente al pasado. Debe estar ahora sereno en algún otro lugar de Santa Teresa, aunque no aclara si sigue ahí o ha decidido mudar de ciudad también, construyendo otro patrimonio en solitario al que habrá que buscar herederos o, cuando menos, un depositario. Para el amor, mucho me temo, ya es demasiado tarde. Para él, para mi tía. Pero también para mí.
La casa no ha cambiado demasiado: los libros de su madre que fueron los de la infancia de él siguen aquí; la barra del desayunador todavía divide la cocina y se halla rodeada de bancos; en mitad de la sala aún se descarapela el techo por influencia de la viga que lo soporta. Es casi como estar de vuelta de un largo viaje en el tiempo. Como una oportunidad de empezar de nuevo. Diríase que en cualquier momento va a entrar él por la puerta de cristales nublados arrastrando al abrir el guardapolvos que la remata y barriendo así el suelo de linóleo. O que la luz de los faros del Fairmont de su madre inundará la penumbra de la sala a la hora del crepúsculo mientras toca el claxon para que alguien salga a abrir la cochera. Pero luego no se produce ninguna de estas cosas. Nada vuelve a comenzar. Cae la noche y, sin encender una sola luz para no llamar la atención, salgo de vuelta a mi vida y recorro deprisa el trayecto que me separa de mi casa. No soy más el adolescente que salía de aquí acompañado de él algunas mañanas de domingo para bajar la barranca y robar mangos en la huerta del fondo. No soy muchacho de nuevo, pese a los minutos transcurridos entre las paredes de esa casa tan parecida a la de mis recuerdos, así lo compruebo ya frente a mi espejo: los belfos caídos y la calva incipiente. Si algo ha de reanudarse es el hoy que no ha terminado conmigo.
Esta casa en la que vivo desde hace años, separado de mi mujer y autorizado a ver a mi hija una vez a la semana, es prestada. La mayor de mis tías, solterona y acaudalada, ha tenido la generosidad de rentármela por poco dinero ya que, dice, no encuentra gente confiable a la que meter en ella. Es curioso que él tampoco quiera rentar la casa de su madre, que fue la de él hace muchos años, y prefiera darme las llaves para que cuide de ella como de un museo. Guardián de la memoria, me ha llamado. Él como mi tía, pienso, es ahora un hombre solitario. Yo soy un hombre solitario. Ella y él han reunido una pequeña fortuna con el paso del tiempo. Yo no he reunido nada. A él le ha abandonado su mujer y se ha llevado a sus hijas, yo me he separado de la mía y apenas puedo ver a la pequeña una vez a la semana. Mi tía y él se han hallado solos y con propiedades en la madurez de sus vidas, ella sin descendencia y él con un par de niñas cuyo paradero ignora, lo que en cierto modo es lo mismo. No viven ya su madre ni su hermana que veían la televisión en la casa que él me ha encargado, sentadas en los sillones en que a veces tomo siesta y tengo sueños delirantes. Sueños en que me levanto de ese mismo sillón y voy a la tienda de la vuelta donde los dependientes me amarran y retienen entre costales de azúcar y aserrín. Sueños en que mi madre asmática fuma sin parar quejándose de que no he vuelto de la tienda. Sueños en que mi padre me mira con la cara negra y los ojos desorbitados gritándome maricón. Pero al despertar encuentro que sólo se trataba de muertos, muertos hace mucho tiempo. Y medito sobre las dificultades de los hombres y mujeres solitarios vivos. Como él y mi tía. Como yo.
No fui práctico en la vida y, como resultado, no soy yo quien debe enfrentar los problemas de haber reunido un patrimonio en solitario. Los hay que, abandonados por sus familias, entregan todo a iglesias y cultos que siempre están al acecho; otros, con menos ínfulas religiosas pero igualmente desesperados, se ven obligados a heredar a parientes que no han visto nunca o cuyo trato fue siempre un suplicio. Él ha optado por congelar el tiempo. Para conseguirlo ha pedido mi ayuda. Pero el pasado no puede habitarse y, por lo tanto, la casa de su madre que es la de su infancia debe permanecer yerma, ya no sólo porque él se halle a miles de kilómetros de ciudad natal en la remota Santa Teresa donde aún abriga la esperanza de que su mujer y las niñas vuelvan, ya no sólo porque a mí no me falte donde vivir, aunque sea en calidad de préstamo gracias a mi tía soltera y acaudalada, sino porque instalarse entre sus paredes haría entrar el presente de manera inevitable, destruyéndolo todo. Es así que yo tengo estas llaves para resguardar el pasado. A cambio de ello el pasado me resguarda a mí cuando el presente no es benigno. Sólo un poco, el plazo de un sueño o una meditación. Sólo un poco, el tiempo de retomar fuerzas.
En el viejo buzón, cuya herrería fundiera su abuelo, he hallado una carta suya. Me dice que ha decidido cerrar también la casa en que viviera con su mujer y las niñas. Se ha buscado otro sitio sin llevarse un solo mueble de ella, ningún libro, ninguna ropa. A fresh start, aclara en inglés sin tanta convicción de ese comienzo como de la sensatez de su decisión frente al pasado. Debe estar ahora sereno en algún otro lugar de Santa Teresa, aunque no aclara si sigue ahí o ha decidido mudar de ciudad también, construyendo otro patrimonio en solitario al que habrá que buscar herederos o, cuando menos, un depositario. Para el amor, mucho me temo, ya es demasiado tarde. Para él, para mi tía. Pero también para mí.
sábado, febrero 09, 2019
Explicación del divorcio
Con ser ocioso o perjudicial y aún bajo la advertencia de aquel poeta que recomendaba agradecer 'el regalo fugaz de su hermosura' a quien nos quiso para luego abandonarnos, prescindiendo de rencores y perdón, yo veía mis días interrumpidos cada cierto tiempo por recuerdos y pensamientos sobre el abandono de que fui objeto por parte de mi mujer y las niñas —un mes, dos, luego un año y otro— sin alcanzar nunca una explicación definitiva ni hacer las paces con lo ocurrido. Una mirada distraída al sillón de la sala, el comentario de un colega sobre sus vacaciones, o el recorrido por el supermercado empujando un solitario carrito de despensa y ya estaba ella peinando el cabello de las niñas antes de salir, o untándose los brazos con bronceador, o adelantándose por el pasillo de las carnes con aire pensativo. Su voz acariciándome. Su consuelo cuando el día iba mal. Sus planes. Nuestros planes. Yo adoraba a mi mujer.
Al poco de vivir con ella adquirí la convicción infantil de que éramos el uno para el otro, una idea de orden religioso que podía permitirme a cambio de mi ateísmo intelectual y que, quizá, nos indujo a no prestar demasiada atención a los aspectos inacabados de nuestra relación: fisuras que ya estaban ahí desde el comienzo y que no dejaron de crecer ni de ramificarse con extraordinaria lentitud, es fácil ahora reconocerlas, aunque no quede muy claro si de verdad las hemos distinguido o, más probablemente, las hemos seleccionado por acomodarse mejor a la explicación muy posterior que nos hemos dado. Del mismo modo poco respetuoso de la causalidad y acuciado por el doloroso presente, suelo pensar que hubiera sido preferible que las fisuras de aquel lejano tiempo en que decidimos hacer vida común nos hubieran conducido a un pronto rompimiento, en vez de que pasara el tiempo —un mes, dos, luego un año y otro— acumulando recuerdos y construyendo sobre arena; es un pensamiento injusto, desde luego, producto de la desesperación de no tenerla, pero también de la falta de argumentos que me conformen con dicha ausencia. 'Es posible', me digo, 'que exista una explicación correcta a todo esto, pero su carácter de verdad incontrovertible no sería nunca capaz de hacerla satisfactoria, nunca capaz de conformarme con ella, y en ese sentido cualquier explicación es inaceptable', así, por ejemplo, la que atribuye a la ternura que hubo entre nosotros una buena parte de la culpa de haber transitado por la vida doméstica evadiendo las dificultades sin considerarlas en su verdadera dimensión, como si hubiese sido preferible la violencia de insultarnos a gritos o arrojarnos trastos para no convertir nuestra dulzura en grilletes que secuestraran la voluntad. Quién sabe —me torturo pensando— cuántas veces deseó sacudirme para que despertara, quién sabe cuántos años padeció por mi culpa como un ave enjaulada mientras yo minimizaba el problema, esquivo y confiado, incapaz de concebir que algo pudiera separarnos.
Aunque no lo menciona en su carta de despedida, es posible que ella haya escogido vivir con otro hombre. Yo ignoraba hasta qué punto las relaciones eran contratos con derechos y obligaciones: era un romántico; ignoraba la relevancia y justa proporción del sexo en la vida común: era un estúpido. Quise hacer valer mi ternura, mi calidad de hombre maduro y las convicciones largamente repetidas sobre nuestro destino común, para continuar indefinidamente con ella sin atender a sus necesidades más elementales: era un tramposo. Puedo pretextar que la amaba, pero mentiría si dijera que ese sólo pretexto me daba la convicción necesaria para justificarme ante mí mismo. Conforme pasaba el tiempo —un mes, dos, luego un año y otro— sabía que acumulaba una deuda que el poeta advertía 'no puedes pagar continuamente', de modo que cuando el cobro llegó, lo perdí todo. He repasado luego, inútilmente, ejemplos y contrajemplos de relaciones que se mantuvieron hasta la muerte y donde por razón de edad o circunstancia, se aceptaba como un hecho normal el enfriamiento o desaparición del sexo. He considerado sublime y luego estúpida la idea de que una relación que vale la pena importa muy por encima y a pesar del sexo, apilando a su favor anchurosas palabras como compromiso, complicidad, espíritu afín, pero también reuniendo en su contra palabras como pasión o deseo.
Como me convenía, compartí por mucho tiempo el extendido prejuicio de considerar inferiores los valores de la carne a los del espíritu, porque si bien con aquellos podía sudarse y sonreír momentáneamente inundados de una plenitud puntual, con éstos podía enfrentarse la enfermedad y los trabajos de la vida. Quizá mi mujer compartió esta convicción por algún tiempo para luego dudar de ella. Quizá no ha hallado un hombre más inteligente o sensible que yo, pero sí uno que la desee con algo más que palabras y afecto, y así ha prevalecido lo que ella necesita por sobre lo que pudiera convenirle. Puede que yo resultara muy presentable frente a amigos encontrados por azar en el supermercado mientras ella y yo vigilábamos a las niñas que correteaban por todos lados; puede que comigo ella haya formado una pareja envidiable a los ojos de los demás, ambos con profesiones liberales, prósperos e ilustrados, con viajes a cuestas y el par de niñas como prueba adicional de amor y solidez; pero ella habrá preferido la meta más modesta de andar con un hombre más elemental, quizá más impresentable o menos formado, desde luego menos leal y menos ambicioso, porque ni las explicaciones fisiológicas ni los seguros de vida pueden sustituir la carne humana ni encender el fuego de su entrepierna.
¿Se engañan entonces quienes viven relaciones a costa de todo enfriamiento? ¿No radica el engaño más bien entre aquellos que hacen de la cama el mayor de sus vínculos? Con el paso del tiempo —un mes, dos, luego un año y otro— se me agotan las ganas de juzgar a los demás conforme a mi rasero y accedo paulatinamente a posiciones relativistas que, sobra decirlo, tampoco me convencen ni gustan demasiado, perogrulladas inútiles del tipo 'cada quién tiene sus motivos' o 'lo que es bueno para unos, no lo es para otros'. Pereza intelectual. Acidia. Eventualmente ha de llegar el mutis y no desearemos más atender los llamados del mundo para que lo consideremos, lo pensemos y ordenemos. Será demasiado para cualquier cerebro, demasiado para cualquier alma.
Pero yo seguiré echándola de menos y lamentando que no esté aquí. A ella, sí, pero también a su idea. Sus planes. Nuestros planes.
Al poco de vivir con ella adquirí la convicción infantil de que éramos el uno para el otro, una idea de orden religioso que podía permitirme a cambio de mi ateísmo intelectual y que, quizá, nos indujo a no prestar demasiada atención a los aspectos inacabados de nuestra relación: fisuras que ya estaban ahí desde el comienzo y que no dejaron de crecer ni de ramificarse con extraordinaria lentitud, es fácil ahora reconocerlas, aunque no quede muy claro si de verdad las hemos distinguido o, más probablemente, las hemos seleccionado por acomodarse mejor a la explicación muy posterior que nos hemos dado. Del mismo modo poco respetuoso de la causalidad y acuciado por el doloroso presente, suelo pensar que hubiera sido preferible que las fisuras de aquel lejano tiempo en que decidimos hacer vida común nos hubieran conducido a un pronto rompimiento, en vez de que pasara el tiempo —un mes, dos, luego un año y otro— acumulando recuerdos y construyendo sobre arena; es un pensamiento injusto, desde luego, producto de la desesperación de no tenerla, pero también de la falta de argumentos que me conformen con dicha ausencia. 'Es posible', me digo, 'que exista una explicación correcta a todo esto, pero su carácter de verdad incontrovertible no sería nunca capaz de hacerla satisfactoria, nunca capaz de conformarme con ella, y en ese sentido cualquier explicación es inaceptable', así, por ejemplo, la que atribuye a la ternura que hubo entre nosotros una buena parte de la culpa de haber transitado por la vida doméstica evadiendo las dificultades sin considerarlas en su verdadera dimensión, como si hubiese sido preferible la violencia de insultarnos a gritos o arrojarnos trastos para no convertir nuestra dulzura en grilletes que secuestraran la voluntad. Quién sabe —me torturo pensando— cuántas veces deseó sacudirme para que despertara, quién sabe cuántos años padeció por mi culpa como un ave enjaulada mientras yo minimizaba el problema, esquivo y confiado, incapaz de concebir que algo pudiera separarnos.
Aunque no lo menciona en su carta de despedida, es posible que ella haya escogido vivir con otro hombre. Yo ignoraba hasta qué punto las relaciones eran contratos con derechos y obligaciones: era un romántico; ignoraba la relevancia y justa proporción del sexo en la vida común: era un estúpido. Quise hacer valer mi ternura, mi calidad de hombre maduro y las convicciones largamente repetidas sobre nuestro destino común, para continuar indefinidamente con ella sin atender a sus necesidades más elementales: era un tramposo. Puedo pretextar que la amaba, pero mentiría si dijera que ese sólo pretexto me daba la convicción necesaria para justificarme ante mí mismo. Conforme pasaba el tiempo —un mes, dos, luego un año y otro— sabía que acumulaba una deuda que el poeta advertía 'no puedes pagar continuamente', de modo que cuando el cobro llegó, lo perdí todo. He repasado luego, inútilmente, ejemplos y contrajemplos de relaciones que se mantuvieron hasta la muerte y donde por razón de edad o circunstancia, se aceptaba como un hecho normal el enfriamiento o desaparición del sexo. He considerado sublime y luego estúpida la idea de que una relación que vale la pena importa muy por encima y a pesar del sexo, apilando a su favor anchurosas palabras como compromiso, complicidad, espíritu afín, pero también reuniendo en su contra palabras como pasión o deseo.
Como me convenía, compartí por mucho tiempo el extendido prejuicio de considerar inferiores los valores de la carne a los del espíritu, porque si bien con aquellos podía sudarse y sonreír momentáneamente inundados de una plenitud puntual, con éstos podía enfrentarse la enfermedad y los trabajos de la vida. Quizá mi mujer compartió esta convicción por algún tiempo para luego dudar de ella. Quizá no ha hallado un hombre más inteligente o sensible que yo, pero sí uno que la desee con algo más que palabras y afecto, y así ha prevalecido lo que ella necesita por sobre lo que pudiera convenirle. Puede que yo resultara muy presentable frente a amigos encontrados por azar en el supermercado mientras ella y yo vigilábamos a las niñas que correteaban por todos lados; puede que comigo ella haya formado una pareja envidiable a los ojos de los demás, ambos con profesiones liberales, prósperos e ilustrados, con viajes a cuestas y el par de niñas como prueba adicional de amor y solidez; pero ella habrá preferido la meta más modesta de andar con un hombre más elemental, quizá más impresentable o menos formado, desde luego menos leal y menos ambicioso, porque ni las explicaciones fisiológicas ni los seguros de vida pueden sustituir la carne humana ni encender el fuego de su entrepierna.
¿Se engañan entonces quienes viven relaciones a costa de todo enfriamiento? ¿No radica el engaño más bien entre aquellos que hacen de la cama el mayor de sus vínculos? Con el paso del tiempo —un mes, dos, luego un año y otro— se me agotan las ganas de juzgar a los demás conforme a mi rasero y accedo paulatinamente a posiciones relativistas que, sobra decirlo, tampoco me convencen ni gustan demasiado, perogrulladas inútiles del tipo 'cada quién tiene sus motivos' o 'lo que es bueno para unos, no lo es para otros'. Pereza intelectual. Acidia. Eventualmente ha de llegar el mutis y no desearemos más atender los llamados del mundo para que lo consideremos, lo pensemos y ordenemos. Será demasiado para cualquier cerebro, demasiado para cualquier alma.
Pero yo seguiré echándola de menos y lamentando que no esté aquí. A ella, sí, pero también a su idea. Sus planes. Nuestros planes.
sábado, enero 19, 2019
El fin de la inocencia
Por la crianza que me dio mi madre, pero también por mi propia forma de ser, siempre me ha preocupado el aspecto teórico de las situaciones antes que su mero tránsito o realidad, lo que desde luego ha impedido que disfrute sin más de lo que se me ofrece espontáneamente por hallarme más ocupado en explicarlo que en vivirlo y, todavía más, en acomodarlo como instancia de un plan filosófico superior.
[...]
La casa que mi madre mantenía en mi niñez, aunque modesta, disponía de todo lo necesario para vivir cómodamente y era causa de admiración entre sus escasas amistades, por el orden y limpieza que mostraba, pero también porque dichos orden y limpieza hacían suponer que gozábamos de una posición económica privilegiada que no teníamos. Especialmente cuando recibíamos visita mi madre nos vestía, a mi hermana y a mí, con tanto primor como le permitían sus recursos, pero luego nos impedía jugar en el suelo para no ensuciar la ropa y nos vigilaba constantemente para que no sacásemos más juguetes de los que ella juzgaba necesarios. Si, como solía ocurrir, yo optaba en esos días por tomar un libro de la estantería de la sala y debía ir al baño, al volver al sillón me encontraba con que mi madre había guardado el ejemplar en su lugar. Leer en el baño o sobre las camas nos estaba prohibido y los paseos de mi madre por las distintas estancias de la casa unido a su conocimiento exacto del lugar que ocupaban los objetos, hacía imposible que no se percatara de que un ejemplar, por pequeño que fuera, faltaba en las estanterías.
Mi hermana y yo compartíamos una habitación cuya ventana daba a la calle. Esta ventana, como las pesadas cortinas obscuras que la cubrían, solía estar cerrada, salvo un par de horas por la mañana y otro par por la tarde. Era mi madre la única autorizada a abrir las cortinas y, en casos extraordinarios, la ventana, aunque en estos últimos casos solía quedarse con nosotros sentada en una silla mientras remendaba ropa o leía distraídamente, mirándonos de vez en cuando por encima de sus anteojos. Entonces intentaba verla el mayor tiempo posible sin que ella me pillara haciéndolo, tan imbuido de miedo y admiración como seguro de que me regañaría si se percataba de mi visión furtiva. Pero nunca me vio, o fingió no verme, repasar su rostro concentrado o sus manos de venas tenues, estudiar la transparencia de sus medias o el hecho de que no hubiera cambiado de página en una hora. En su presencia y a pesar de estar en nuestra habitación, mi hermana y yo bajábamos la voz o procurábamos no hablarnos, a veces ignorándonos uno al otro, pero otras veces intentando comunicarnos con señas y gesticulaciones que nos ponían al borde de una risa violenta, tanto o más excitante cuanto más inminente era, aunque finalmente nunca se producía. A veces, cuando advertía que llevábamos alguna mancha en los zapatos o un cabello despeinado, mi madre se levantaba de la silla e iba a por un paño o el peine para repasarnos en silencio con movimientos excesivamente firmes, luego llevaba el paño o peine a su respectivo lugar y volvía a su silla respirando pesadamente como si intentara calmarse luego de un gran disgusto; tras un minuto, volvía a la normalidad.
Conforme mi niñez se acercaba a su fin, aunque aún sin desafiarla, buscaba maneras de hacer lo que me apetecía a pesar de mi madre, pero también a pesar de mi hermana que ocupaba la misma habitación que yo en perjuicio de mis urgencias. Hube de acostumbrarme a vigilar el sueño de mi hermana, a veces atendiendo a su respiración, a veces examinando difícilmente en la obscuridad si se hallaba dormida o, por lo menos, de espaldas a mi cama y vuelta hacia su pared. La puerta de la habitación estaba siempre abierta por órdenes de mi madre, pero una vez que ella se dormía y sin que llegase a roncar, nos alcanzaba el rumor de sus involuntarios quejidos. Gracias a estas señales yo conocía el momento de meterme la mano derecha en la entrepierna disfrutando del aire cargado debajo de las cobijas y de la agradable asfixia de una sábana envolviéndome la cabeza. Al principio, cuando terminaba mis ejercicios nocturnos restregándome contra una almohada o la pared, experimentaba una sensación placentera y culposa, sin mayores consecuencias materiales, pero cuando me encontré con poluciones que manchaban la ropa o las sábanas hube de temer que mi madre me castigara cuando hiciera la colada o me descubriera en la madrugada tratando de asearme dentro del cuarto de baño. No me preocupaba mi hermana, ni siquiera cuando estuve seguro de que ella conocía mis actividades nocturnas.
Cuando finalmente mi madre me llamó a cuentas aprovechando que mi hermana se hallaba en sus clases de música, me abofeteó antes que nada sin decir una palabra. Cuando se hubo saciado, me tomó del brazo y me hizo sentar en la sala donde me quedé cabizbajo y lloroso. Hizo una pausa frente a mí, de pie y con las manos metidas en los bolsillos de su gabardina, respirando pesadamente antes de empezar a hablar. Luego sacó ambas manos repentinamente y con una de ellas me tomó con fuerza de la mandíbula obligándome a mirarla; entonces habló: 'Has transgredido el orden de esta casa, pero sobre todo el de tu propia vida. Nunca más podrás recuperarlo. Nunca más sabrás cuál es el lugar de cada cosa. Ahora no puedes darte cuenta, pero yo estoy consciente porque te conozco de que ya has elegido vivir en la inquietud hasta el fin de tus días. Porque quien ha decidido como tú es sin duda esclavo de sus instintos. Sí. Pero quien además piensa como tú, con tu inteligencia privilegiada y tu sensibilidad enorme, nunca podrá conciliarlos. Vivirás infeliz buscando lo que hoy perdiste. En tu propio cuerpo. En hombres y mujeres. En objetos y bestias. Todo será inútil porque ya has abandonado la posibilidad de certeza. Podías volar, pero ahora vas a arrastrarte'. Me soltó la cara con desprecio y me encerró en mi habitación bajo llave 'el tiempo que fuera necesario'.
[...]
Es así que siempre me han fatigado las relaciones, pero también los largos períodos de celibato o promiscuidad, con sus negociaciones interminables con uno mismo tratando de conseguir un marco, si no inamovible, al menos adaptable para fijar lo que ocurre e indicar lo que ha de hacerse. Preocupaciones teóricas. El amor siempre en búsqueda de justificación a partir de sus manifestaciones externas: los apoyos de orden práctico, las lealtades a prueba, el sexo que nunca sé si es mucho o poco, si presentable o indigno. Saber vivir, sea porque se consigue someter la realidad a un libreto o porque se prescinde de él. ¿Cómo no entender a los eremitas que rechazan el mundo para mejor tener control sobre sus propias vidas? ¿Cómo no entender la condena de la carne como fuente de desorden y de placer? Un placer que no se acomoda nunca a la plenitud: si porque es sólo carnal, alejado del compromiso; si porque atiende al corazón, con la amenaza del tedio y la saciedad.
[...]
'Mi madre tiene razón', recuerdo haber pensado sentado en el suelo de mi habitación mientras me secaba las lágrimas. Luego un brillo debajo de la cama. Luego un restregarme contra el suelo tratando de alcanzarlo. La boca entreabierta, el estertor sagrado.
[...]
La habitación sigue cerrada.
[...]
La casa que mi madre mantenía en mi niñez, aunque modesta, disponía de todo lo necesario para vivir cómodamente y era causa de admiración entre sus escasas amistades, por el orden y limpieza que mostraba, pero también porque dichos orden y limpieza hacían suponer que gozábamos de una posición económica privilegiada que no teníamos. Especialmente cuando recibíamos visita mi madre nos vestía, a mi hermana y a mí, con tanto primor como le permitían sus recursos, pero luego nos impedía jugar en el suelo para no ensuciar la ropa y nos vigilaba constantemente para que no sacásemos más juguetes de los que ella juzgaba necesarios. Si, como solía ocurrir, yo optaba en esos días por tomar un libro de la estantería de la sala y debía ir al baño, al volver al sillón me encontraba con que mi madre había guardado el ejemplar en su lugar. Leer en el baño o sobre las camas nos estaba prohibido y los paseos de mi madre por las distintas estancias de la casa unido a su conocimiento exacto del lugar que ocupaban los objetos, hacía imposible que no se percatara de que un ejemplar, por pequeño que fuera, faltaba en las estanterías.
Mi hermana y yo compartíamos una habitación cuya ventana daba a la calle. Esta ventana, como las pesadas cortinas obscuras que la cubrían, solía estar cerrada, salvo un par de horas por la mañana y otro par por la tarde. Era mi madre la única autorizada a abrir las cortinas y, en casos extraordinarios, la ventana, aunque en estos últimos casos solía quedarse con nosotros sentada en una silla mientras remendaba ropa o leía distraídamente, mirándonos de vez en cuando por encima de sus anteojos. Entonces intentaba verla el mayor tiempo posible sin que ella me pillara haciéndolo, tan imbuido de miedo y admiración como seguro de que me regañaría si se percataba de mi visión furtiva. Pero nunca me vio, o fingió no verme, repasar su rostro concentrado o sus manos de venas tenues, estudiar la transparencia de sus medias o el hecho de que no hubiera cambiado de página en una hora. En su presencia y a pesar de estar en nuestra habitación, mi hermana y yo bajábamos la voz o procurábamos no hablarnos, a veces ignorándonos uno al otro, pero otras veces intentando comunicarnos con señas y gesticulaciones que nos ponían al borde de una risa violenta, tanto o más excitante cuanto más inminente era, aunque finalmente nunca se producía. A veces, cuando advertía que llevábamos alguna mancha en los zapatos o un cabello despeinado, mi madre se levantaba de la silla e iba a por un paño o el peine para repasarnos en silencio con movimientos excesivamente firmes, luego llevaba el paño o peine a su respectivo lugar y volvía a su silla respirando pesadamente como si intentara calmarse luego de un gran disgusto; tras un minuto, volvía a la normalidad.
Conforme mi niñez se acercaba a su fin, aunque aún sin desafiarla, buscaba maneras de hacer lo que me apetecía a pesar de mi madre, pero también a pesar de mi hermana que ocupaba la misma habitación que yo en perjuicio de mis urgencias. Hube de acostumbrarme a vigilar el sueño de mi hermana, a veces atendiendo a su respiración, a veces examinando difícilmente en la obscuridad si se hallaba dormida o, por lo menos, de espaldas a mi cama y vuelta hacia su pared. La puerta de la habitación estaba siempre abierta por órdenes de mi madre, pero una vez que ella se dormía y sin que llegase a roncar, nos alcanzaba el rumor de sus involuntarios quejidos. Gracias a estas señales yo conocía el momento de meterme la mano derecha en la entrepierna disfrutando del aire cargado debajo de las cobijas y de la agradable asfixia de una sábana envolviéndome la cabeza. Al principio, cuando terminaba mis ejercicios nocturnos restregándome contra una almohada o la pared, experimentaba una sensación placentera y culposa, sin mayores consecuencias materiales, pero cuando me encontré con poluciones que manchaban la ropa o las sábanas hube de temer que mi madre me castigara cuando hiciera la colada o me descubriera en la madrugada tratando de asearme dentro del cuarto de baño. No me preocupaba mi hermana, ni siquiera cuando estuve seguro de que ella conocía mis actividades nocturnas.
Cuando finalmente mi madre me llamó a cuentas aprovechando que mi hermana se hallaba en sus clases de música, me abofeteó antes que nada sin decir una palabra. Cuando se hubo saciado, me tomó del brazo y me hizo sentar en la sala donde me quedé cabizbajo y lloroso. Hizo una pausa frente a mí, de pie y con las manos metidas en los bolsillos de su gabardina, respirando pesadamente antes de empezar a hablar. Luego sacó ambas manos repentinamente y con una de ellas me tomó con fuerza de la mandíbula obligándome a mirarla; entonces habló: 'Has transgredido el orden de esta casa, pero sobre todo el de tu propia vida. Nunca más podrás recuperarlo. Nunca más sabrás cuál es el lugar de cada cosa. Ahora no puedes darte cuenta, pero yo estoy consciente porque te conozco de que ya has elegido vivir en la inquietud hasta el fin de tus días. Porque quien ha decidido como tú es sin duda esclavo de sus instintos. Sí. Pero quien además piensa como tú, con tu inteligencia privilegiada y tu sensibilidad enorme, nunca podrá conciliarlos. Vivirás infeliz buscando lo que hoy perdiste. En tu propio cuerpo. En hombres y mujeres. En objetos y bestias. Todo será inútil porque ya has abandonado la posibilidad de certeza. Podías volar, pero ahora vas a arrastrarte'. Me soltó la cara con desprecio y me encerró en mi habitación bajo llave 'el tiempo que fuera necesario'.
[...]
Es así que siempre me han fatigado las relaciones, pero también los largos períodos de celibato o promiscuidad, con sus negociaciones interminables con uno mismo tratando de conseguir un marco, si no inamovible, al menos adaptable para fijar lo que ocurre e indicar lo que ha de hacerse. Preocupaciones teóricas. El amor siempre en búsqueda de justificación a partir de sus manifestaciones externas: los apoyos de orden práctico, las lealtades a prueba, el sexo que nunca sé si es mucho o poco, si presentable o indigno. Saber vivir, sea porque se consigue someter la realidad a un libreto o porque se prescinde de él. ¿Cómo no entender a los eremitas que rechazan el mundo para mejor tener control sobre sus propias vidas? ¿Cómo no entender la condena de la carne como fuente de desorden y de placer? Un placer que no se acomoda nunca a la plenitud: si porque es sólo carnal, alejado del compromiso; si porque atiende al corazón, con la amenaza del tedio y la saciedad.
[...]
'Mi madre tiene razón', recuerdo haber pensado sentado en el suelo de mi habitación mientras me secaba las lágrimas. Luego un brillo debajo de la cama. Luego un restregarme contra el suelo tratando de alcanzarlo. La boca entreabierta, el estertor sagrado.
[...]
La habitación sigue cerrada.
sábado, enero 05, 2019
El guardián de la memoria
Subimos los peldaños que llevan de la puerta de la calle al salón de estar en silencio, sin saber bien a bien cual de las emociones experimentadas y contradictorias merecía más nuestra atención. No éramos los jóvenes, casi niños, que hace treinta años coincidieron en mitad de la escuela secundaria, pero igual que entonces él vino a mí necesitado de comprensión y, al mismo tiempo, protegiendo su orgullo con un vago aire aristocrático, una conducta que terminó por convencer a nuestros compañeros más silvestres de moderar su tendencia al desafuero. Tomó asiento en el sillón de una plaza que dominaba el salón, las escaleras por donde habíamos entrado y la cocina. A su izquierda quedaban las escaleras que iban a la cochera, separadas por un barandal del rincón donde había instalado un librero y el escritorio que casi no tenía ocasión de utilizar, ni siquiera porque dormía en la habitación de al lado donde, de noche, se escuchaban los quejidos de aparatos, tuberías y paredes de la cocina con la que era contigua. Tenía más de diez años de haberme separado de mi mujer y de haber aceptado el ofrecimiento que me hiciera la mayor de mis tías para quedarme a vivir en esa casa, una de las muchas que ella había adquirido o hecho construir en aquella colonia de la periferia que ya no podía expandirse por hallar en la Barranca su límite natural.
Mirándolo de reojo desde la cocina donde me preparaba a ofrecerle un vaso de agua que aceptó, lo recordé sentado en el sillón rojo de su habitación de adolescente, pasándose las manos por la frente o la barbilla con la misma altivez con que lo hacía ahora mientras detenía los ojos en distintos puntos del salón. Solía prepararse así, mediante aquella inspección rápida y furtiva, para plantear un asunto o exponer una situación, aunque su cuarto le fuese entonces perfectamente familiar y el salón de mi casa sólo lo hubiera visto una vez, poco después de mi separación. Su recorrido ocular terminó entonces cuando le hube acercado el vaso de agua sobre el que fijó la vista un momento, para luego bebérselo de golpe y dejarlo sobre la mesa, vacío. Sonreímos al mismo tiempo, relajándonos.
—He venido a pedirte un favor. O quizá convenga que lo veas como un negocio, dependiendo de si aún eres el hombre sentimental que fuiste mientras crecíamos juntos a unas calles de aquí, o si ya eres un hombre de negocios. Aunque sólo sean malos negocios...
Sonrió y me hizo sonreír a su vez, pero no dije nada. Volvió a ponerse serio. Continuó:
—Haberte casado y haber concebido una niña con esa mujer son pruebas de que diste algunos pasos, aunque sólo fueran tímidos o torpes, para convertirte en un hombre de negocios. Tu mujer no era una romántica. Tu niña no come poesía —extendió su mano izquierda para que yo mirara el escritorio lleno de papeles —Y así es posible que el hombre sentimental que fue mi amigo no exista más y lo haya reemplazado un hombre convertido sólo en instrumento de exigencias prácticas. Pues incluso a ese hombre le tengo una oferta.
—Que no tenga yo ahorros sino deudas y viva en una casa prestada, separado de mi mujer y la niña, difícilmente me hace pasar por un hombre de negocios, ¿no te parece?
—Ser hombre de negocios es una cuestión espiritual y no materia de resultados, es una disposición de ánimo frente a la vida que poseen la mayoría de los hombres, sean pobres o ricos, exitosos o fracasados, es una inclinación esencial hacia la depredación. Nunca la tuviste y me alegra darme cuenta por tu respuesta de que sigues sin tenerla; aunque con ello padezcan quienes más esperan de ti en la práctica: tu mujer y la niña.
—Has dicho malos negocios y has dicho bien, pero no estoy convencido de ser el mismo hombre bueno que conociste. Que no haya tenido ocasión de causar el daño que mis malos sentimientos sugerían no me hace buena persona. Que los odios y rencores acumulados por las innumerables ocasiones en que he creído ser víctima de injusticias no se hayan traducido en venganzas puntuales no significa que dichos sentimientos no existieran. Admito que la filosofía es inevitable, pero no tanto como principio sino como explicación tramposa de lo que fue. Casa bien con el hombre que conociste decir que vivo con pocos bienes materiales porque no constituían mi interés, pero es falso; que es normal que busque la solución razonada a conflictos y no la confrontación o la violencia, pero es también cobardía; que atendía a los sentimientos de las mujeres antes que sacar ventaja de ellas, pero buscaba la saciedad fisiológica. Es grande la tentación de demostrar que somos consistentes, especialmente cuando tenemos ya un pasado a cuestas y podemos apoyarnos en una selección arbitraria de hechos y otra muy discutible interpretación de los mismos. Y luego decir 'esto soy, esto siempre he sido'. Pero es casi siempre humo.
—Durante años pensé que la consistencia de mi vida profesional como hombre de ciencia y cultura, la de mi vida intelectual, se correspondía con la de los años transcurridos al lado de mi mujer, la de mi vida privada. No advertí o no quise tomar demasiado en serio las distintas amenazas y evoluciones de las casi dos décadas que vivimos juntos, esencialmente porque el éxito profesional alimentaba la idea del éxito personal, porque la formalización de nuestro matrimonio y la llegada de las niñas consolidaron las ideas de completitud y armonía. Superados los primeros años creí íntimamente en algo tan contrario a la razón como que estábamos destinados el uno para el otro y así yo era siempre con ella y ella conmigo, indistinguibles, asumidos, en todos los planes y proyectos, en todas las consideraciones y providencias, sin advertir que la fe en nuestra relación como cosa dada e inamovible nos hacía invisibles y, por lo tanto, vulnerables. Mi mujer desapareció hace casi dos años junto con las niñas luego de dejarme una carta escueta. No sé dónde están ni he vuelto a tener noticias de ellas.
No lo miré conmovido. Después de todo se trataba de un hecho que ya empezaba a ser antiguo y para el que él había dispuesto de demasiado tiempo para encajarlo, no sólo el transcurrido desde la desaparición, sino también el del distanciamiento previo que se adivinaba largo. Intenté organizar una respuesta:
—Lo siento. No sé qué haría de no poder ver a mi hija. A estas alturas es lo único que le da sentido a mis actos, aunque sean pocos e inefectivos. Siempre puedo adornarme diciendo que conocí el amor y que tener descendencia me justifica. Podemos compartir estas últimas razones, si gustas, pero son extremadamente vulgares, al alcance de cualquiera. Y la verdad es que en casi todo fui un fracasado, ahora puedo decirlo con tranquilidad porque no tiene caso engañarme. No terminé mis estudios ni conseguí emprender ningún negocio. Pero tú eres un hombre de carrera. No es lo mismo. Puede que tu matrimonio se haya derrumbado y con ello muchas de tus ideas sobre la vida, pero tienes intereses superiores, por decirlo así.
—No te creas. Al final todo es industria. Pero es verdad que semejante catástrofe personal no me movió de mi sitio ni apagó mi espíritu: seguí trabajando, quizá tanto o más que antes. Y no aproveché la coyuntura para largarme de ese siniestro pueblo de provincias al que en mala hora llegué para exiliarme. No tengo una sola amistad que valga la pena, Jorge. Nada. Podría irme de ahí ahora mismo y, sin embargo, vengo a comunicarte que he decidido quedarme allá.
Lo interrumpí con el ceño fruncido de extrañeza.
—Pensé que deseabas quedarte aquí. Recuerdo que hace muchos años me dijiste que esta casa te gustaba y te invité a venir sin ningún compromiso por tanto tiempo como quisieras. Ahora te ofrezco lo mismo, aunque supongo que si no has venido cuando ocurrió lo peor tampoco querrás venir ahora. Y encima esta decisión...
—Qué más quisiera que volver, pero no es posible. No se puede volver de veras como yo lo deseo. No podemos traer de vuelta a tu padre para que nos llame maricas mientras hablamos de música o cometas en el desorden de tu habitación, no así a tu hermano para que reparta el botín extraído del bolso de tu madre que se cura la jaqueca con cataplasmas en una habitación de paredes descarapeladas. No podemos volver hasta mi habitación para hacer la tarea de ciencias sociales listando los países del bloque socialista mientras mi madre llora en el cuarto contiguo por haber descubierto una nueva infidelidad de mi padre ni hay forma de ir a la tienda de los hermanos que siempre buscaban la manera de hacernos pasar a la trastienda. ¿Volver a dónde, Jorge? Ciudad natal no existe más.
—Ya. ¿Cómo puedo ayudarte entonces?
—La casa de mi madre está sola. Quiero que la cuides y, si así lo deseas, vivas en ella. Ahí están todos los muebles que teníamos. La barra del desayunador y el sillón rojo. La mesa redonda con sillas de rattan en imitación bambú. La licorera y la mesita de centro. Las camas con una repisa como librero de cabecera. El estéreo con tocadiscos y bocinas con fieltro.
—¿Por qué no la rentas?
—No. Quiero conservarla. Mi madre tampoco volverá. Quizá no volvamos a vernos.
Me reí inesperadamente llamándolo dramático y le di un fuerte abrazo. Contra mi costumbre, saqué una caja de cigarros de la cómoda y encendí uno ofreciéndole otro que aceptó. Llevaba poco más de tres años sin fumar y aunque me asustaba la posibilidad de que fumarme un cigarrillo desencadenara otro período de tabaquismo intenso, ello no ocurrió. Le mostré algunas fotografías de la niña que él miró sin mucho interés y nos gastamos bromas mientras recordábamos a personajes de los que casi nunca volvimos a tener noticia. Le hice escuchar algunos de mis discos más recientes y le conté algunas de mis cuitas sexuales omitiendo datos aquí y allá, a veces la edad, a veces el color o el sexo. Él siguió teorizando sobre su matrimonio y habló de un túnel del que había salido, de una liberación y unos personajes imposibles, ya no recuerdo bien. Se quedó a dormir y al amanecer descubrí que se había marchado dejando una pequeña nota y un juego de llaves:
'Cuídala bien, guardián de la memoria. Quizá volvamos a vernos pronto. Quizá sea necesario recordar'.
Mirándolo de reojo desde la cocina donde me preparaba a ofrecerle un vaso de agua que aceptó, lo recordé sentado en el sillón rojo de su habitación de adolescente, pasándose las manos por la frente o la barbilla con la misma altivez con que lo hacía ahora mientras detenía los ojos en distintos puntos del salón. Solía prepararse así, mediante aquella inspección rápida y furtiva, para plantear un asunto o exponer una situación, aunque su cuarto le fuese entonces perfectamente familiar y el salón de mi casa sólo lo hubiera visto una vez, poco después de mi separación. Su recorrido ocular terminó entonces cuando le hube acercado el vaso de agua sobre el que fijó la vista un momento, para luego bebérselo de golpe y dejarlo sobre la mesa, vacío. Sonreímos al mismo tiempo, relajándonos.
—He venido a pedirte un favor. O quizá convenga que lo veas como un negocio, dependiendo de si aún eres el hombre sentimental que fuiste mientras crecíamos juntos a unas calles de aquí, o si ya eres un hombre de negocios. Aunque sólo sean malos negocios...
Sonrió y me hizo sonreír a su vez, pero no dije nada. Volvió a ponerse serio. Continuó:
—Haberte casado y haber concebido una niña con esa mujer son pruebas de que diste algunos pasos, aunque sólo fueran tímidos o torpes, para convertirte en un hombre de negocios. Tu mujer no era una romántica. Tu niña no come poesía —extendió su mano izquierda para que yo mirara el escritorio lleno de papeles —Y así es posible que el hombre sentimental que fue mi amigo no exista más y lo haya reemplazado un hombre convertido sólo en instrumento de exigencias prácticas. Pues incluso a ese hombre le tengo una oferta.
—Que no tenga yo ahorros sino deudas y viva en una casa prestada, separado de mi mujer y la niña, difícilmente me hace pasar por un hombre de negocios, ¿no te parece?
—Ser hombre de negocios es una cuestión espiritual y no materia de resultados, es una disposición de ánimo frente a la vida que poseen la mayoría de los hombres, sean pobres o ricos, exitosos o fracasados, es una inclinación esencial hacia la depredación. Nunca la tuviste y me alegra darme cuenta por tu respuesta de que sigues sin tenerla; aunque con ello padezcan quienes más esperan de ti en la práctica: tu mujer y la niña.
—Has dicho malos negocios y has dicho bien, pero no estoy convencido de ser el mismo hombre bueno que conociste. Que no haya tenido ocasión de causar el daño que mis malos sentimientos sugerían no me hace buena persona. Que los odios y rencores acumulados por las innumerables ocasiones en que he creído ser víctima de injusticias no se hayan traducido en venganzas puntuales no significa que dichos sentimientos no existieran. Admito que la filosofía es inevitable, pero no tanto como principio sino como explicación tramposa de lo que fue. Casa bien con el hombre que conociste decir que vivo con pocos bienes materiales porque no constituían mi interés, pero es falso; que es normal que busque la solución razonada a conflictos y no la confrontación o la violencia, pero es también cobardía; que atendía a los sentimientos de las mujeres antes que sacar ventaja de ellas, pero buscaba la saciedad fisiológica. Es grande la tentación de demostrar que somos consistentes, especialmente cuando tenemos ya un pasado a cuestas y podemos apoyarnos en una selección arbitraria de hechos y otra muy discutible interpretación de los mismos. Y luego decir 'esto soy, esto siempre he sido'. Pero es casi siempre humo.
—Durante años pensé que la consistencia de mi vida profesional como hombre de ciencia y cultura, la de mi vida intelectual, se correspondía con la de los años transcurridos al lado de mi mujer, la de mi vida privada. No advertí o no quise tomar demasiado en serio las distintas amenazas y evoluciones de las casi dos décadas que vivimos juntos, esencialmente porque el éxito profesional alimentaba la idea del éxito personal, porque la formalización de nuestro matrimonio y la llegada de las niñas consolidaron las ideas de completitud y armonía. Superados los primeros años creí íntimamente en algo tan contrario a la razón como que estábamos destinados el uno para el otro y así yo era siempre con ella y ella conmigo, indistinguibles, asumidos, en todos los planes y proyectos, en todas las consideraciones y providencias, sin advertir que la fe en nuestra relación como cosa dada e inamovible nos hacía invisibles y, por lo tanto, vulnerables. Mi mujer desapareció hace casi dos años junto con las niñas luego de dejarme una carta escueta. No sé dónde están ni he vuelto a tener noticias de ellas.
No lo miré conmovido. Después de todo se trataba de un hecho que ya empezaba a ser antiguo y para el que él había dispuesto de demasiado tiempo para encajarlo, no sólo el transcurrido desde la desaparición, sino también el del distanciamiento previo que se adivinaba largo. Intenté organizar una respuesta:
—Lo siento. No sé qué haría de no poder ver a mi hija. A estas alturas es lo único que le da sentido a mis actos, aunque sean pocos e inefectivos. Siempre puedo adornarme diciendo que conocí el amor y que tener descendencia me justifica. Podemos compartir estas últimas razones, si gustas, pero son extremadamente vulgares, al alcance de cualquiera. Y la verdad es que en casi todo fui un fracasado, ahora puedo decirlo con tranquilidad porque no tiene caso engañarme. No terminé mis estudios ni conseguí emprender ningún negocio. Pero tú eres un hombre de carrera. No es lo mismo. Puede que tu matrimonio se haya derrumbado y con ello muchas de tus ideas sobre la vida, pero tienes intereses superiores, por decirlo así.
—No te creas. Al final todo es industria. Pero es verdad que semejante catástrofe personal no me movió de mi sitio ni apagó mi espíritu: seguí trabajando, quizá tanto o más que antes. Y no aproveché la coyuntura para largarme de ese siniestro pueblo de provincias al que en mala hora llegué para exiliarme. No tengo una sola amistad que valga la pena, Jorge. Nada. Podría irme de ahí ahora mismo y, sin embargo, vengo a comunicarte que he decidido quedarme allá.
Lo interrumpí con el ceño fruncido de extrañeza.
—Pensé que deseabas quedarte aquí. Recuerdo que hace muchos años me dijiste que esta casa te gustaba y te invité a venir sin ningún compromiso por tanto tiempo como quisieras. Ahora te ofrezco lo mismo, aunque supongo que si no has venido cuando ocurrió lo peor tampoco querrás venir ahora. Y encima esta decisión...
—Qué más quisiera que volver, pero no es posible. No se puede volver de veras como yo lo deseo. No podemos traer de vuelta a tu padre para que nos llame maricas mientras hablamos de música o cometas en el desorden de tu habitación, no así a tu hermano para que reparta el botín extraído del bolso de tu madre que se cura la jaqueca con cataplasmas en una habitación de paredes descarapeladas. No podemos volver hasta mi habitación para hacer la tarea de ciencias sociales listando los países del bloque socialista mientras mi madre llora en el cuarto contiguo por haber descubierto una nueva infidelidad de mi padre ni hay forma de ir a la tienda de los hermanos que siempre buscaban la manera de hacernos pasar a la trastienda. ¿Volver a dónde, Jorge? Ciudad natal no existe más.
—Ya. ¿Cómo puedo ayudarte entonces?
—La casa de mi madre está sola. Quiero que la cuides y, si así lo deseas, vivas en ella. Ahí están todos los muebles que teníamos. La barra del desayunador y el sillón rojo. La mesa redonda con sillas de rattan en imitación bambú. La licorera y la mesita de centro. Las camas con una repisa como librero de cabecera. El estéreo con tocadiscos y bocinas con fieltro.
—¿Por qué no la rentas?
—No. Quiero conservarla. Mi madre tampoco volverá. Quizá no volvamos a vernos.
Me reí inesperadamente llamándolo dramático y le di un fuerte abrazo. Contra mi costumbre, saqué una caja de cigarros de la cómoda y encendí uno ofreciéndole otro que aceptó. Llevaba poco más de tres años sin fumar y aunque me asustaba la posibilidad de que fumarme un cigarrillo desencadenara otro período de tabaquismo intenso, ello no ocurrió. Le mostré algunas fotografías de la niña que él miró sin mucho interés y nos gastamos bromas mientras recordábamos a personajes de los que casi nunca volvimos a tener noticia. Le hice escuchar algunos de mis discos más recientes y le conté algunas de mis cuitas sexuales omitiendo datos aquí y allá, a veces la edad, a veces el color o el sexo. Él siguió teorizando sobre su matrimonio y habló de un túnel del que había salido, de una liberación y unos personajes imposibles, ya no recuerdo bien. Se quedó a dormir y al amanecer descubrí que se había marchado dejando una pequeña nota y un juego de llaves:
'Cuídala bien, guardián de la memoria. Quizá volvamos a vernos pronto. Quizá sea necesario recordar'.
viernes, diciembre 28, 2018
Pastillas, desierto y pensamiento
—¿Puede darnos tres buenas razones para vivir?
—Sí. La primera es haber nacido. La segunda es seguir vivo.
Y la tercera lo molesto que es o debe ser suprimirse.
[De una entrevista a Juan Benet]
—Sí. La primera es haber nacido. La segunda es seguir vivo.
Y la tercera lo molesto que es o debe ser suprimirse.
[De una entrevista a Juan Benet]
Me pregunto si los que se suicidan viven mañanas como esta en las que intentan ordenar sus pensamientos, sin conseguirlo, recuperar una sensación plácida, un recuerdo agradable que puede estar a una distancia ridícula, apenas un par de horas antes o la noche anterior, un esfuerzo en el que no sirven de nada el brillo del sol o el azul del cielo porque, igual que el resto, se perciben como perturbadoramente inabarcables, imposibles de acomodar a una finitud pacífica que uno pueda mecer en su regazo hasta quedarse dormido, la locura es vigilia reconcentrada y circular, sin puertas ni ventanas, ojo abierto al que le basta un individuo cualquiera que nos haga reparar en las fisuras de la realidad para no volver a parpadear noches enteras, ya en la esperanza de entrever la amenaza que puede surgir de entre los huecos, ya enfrascado en el cálculo de las inagotables combinaciones de lo posible, nuestra anticipación siempre insuficiente y las soluciones sólo temporales, así la convicción de los amaneceres desordenados en que un cambio sutil en la atmósfera o una cena insuficiente nos provoca náuseas y una cabeza inflamada de pensamientos urgentes e inaprehensibles, nada firme según la razón que intenta hacerse con el mando mediante argumentos de orden metabólico o neuroquímico, para luego caer, víctima de ella misma, en la comprobación reiterada de que a ningún pensamiento paranoico falta el rigor lógico, el horror más pavoroso producto de deducciones impecables cuya verdad no depende del malestar con que fueron hechas, ya sobre la cama deshecha y con las sienes dolorosas, ya acompañando cada pensamiento con un amargo trago de saliva, la espalda fría y el pecho sudando en el despertar inestable que continúa en el día las angustias de la noche, un inacabable tren que intenta descarrilar a toda costa aquel que se encuentra atravesado por él, pero que se revela invulnerable porque, contrario a lo que cree la mayoría de la gente y no escasos especialistas, está hecho de razones y no de delirios, de necesidad y no de contingencia, derribarlo requiere suspender el buen juicio y participar de una alienación colectiva, entregarse a la verdadera demencia que exige, por encima de todo, la convivencia con los demás en todas sus formas, familia y pareja, pero también amistad y trabajo, allí donde deban intercambiarse palabras quedamos invariablemente expuestos a la incomprensión y la incompletitud, la incertidumbre que no podemos disipar jamás, se equivocan así quienes atribuyen a la soledad la responsabilidad de la locura y la tentación del suicidio, son los otros los responsables absolutos del desorden y el ruido que invaden nuestras cabezas, son ellos quienes nos impiden organizar correctamente la biblioteca y construir sin contratiempos un edificio sólido, no somos animales para sacrificar nuestra obra al gregarismo y así son los demás, los más animales, quienes nos orillan a la locura y al suicidio en mañanas como esta, de cielos despejados y zumbidos en los tímpanos, al obligarnos a su consideración y trato, a sus convenciones y juegos, arrogándose la representación de la humanidad que no tolera disidencias ni sobresalientes ni desafíos...
Vuelca el frasco de las pastillas sobre el buró y me pongo de pie, tambaleante. Hace muchos días que no hablo con nadie. Nadie me ha buscado. Nadie sabe de mí. He perdido a mi mujer y a las niñas, es verdad. He perdido a mis amigos. Mi madre sólo viene cuando no me hallo en casa. 'Soy libre', me digo sonriendo tímidamente mientras me apoyo en las paredes del pasillo camino a la cocina. 'Soy libre', me repito entrecerrando los ojos que se inundan de la luz del patio. 'Soy libre' y la sonrisa se hace ancha aunque la mano izquierda intente calmar las arcadas de mi estómago, aunque la derecha me apriete las sienes con sus dedos, feliz.
domingo, diciembre 23, 2018
El túnel
Una vez hubieron desaparecido mi mujer y las niñas detrás del cambio de año, alimentada crecientemente pero sin datos la sospecha de que ellas se hallaban en ciudad natal, volví mi vista hacia ésta como sucede a todos los que emergen de una larga relación como de un túnel, esperando hallar al final del mismo la reanudación de lo que desapareció al entrar, los amigos y paisajes, la juventud suspendida, pero también la agitación no desahogada cuyo registro obra en agendas y notas, números telefónicos intercambiados a los que nunca se dio seguimiento y que ahora examinaba esforzándome por recordar a quien pertenecían, los nombres que los acompañaban incapaces de acomodarse a ningún rostro fijo que, en cualquier caso, también habría cambiado junto con los cuerpos, no transcurren sin consecuencias veinte años en la vida de las personas, y de este modo no podrían ya despertar excitación las entrepiernas que otrora acariciara con codicia debiendo interrumpir lo comenzado por algún escrúpulo o ineludible compromiso, la imagen todavía perturbadora de un cuerpo que desciende del auto y se aleja para doblar una calle a la que luego, quizá poco antes de mudarme a Santa Teresa o durante unas vacaciones, vuelvo para transitar con lentitud mirando de reojo ambas aceras en la esperanza absurda de ver a quien ya estaba envuelto en brumas desde el primer y único encuentro, la calle empedrada en donde estábamos seguros de reconocer el domicilio en donde aliviamos el deseo mientras un caballo invadía la sala contigua en medio de una poblada y excesiva fiesta ahora se presenta desierta, la casa en cuestión imposible de distinguir entre otras cien tanto si vamos a pie como si la buscamos con los ojos cerrados en la memoria, no sólo el tiempo, sino la saña con que a ciudad natal se le ha desfigurado mientras sus habitantes eran expulsados o desaparecidos, ha obrado el milagro de que no pueda ya orientarme en sus calles ni entender la lengua de sus nuevos inquilinos, gente hostil a la conservación y venida de tierras yermas como Santa Teresa a cuyo abrazo mortal accedí en mala hora sólo para terminar de perder a mi mujer, ha hecho muy bien ella en sacar a las niñas de este páramo inútil donde nacieron y empezaban a crecer, quizá lo ha hecho a tiempo antes de envenenarse por completo, aunque es casi seguro que entonces ella como yo ahora haya querido reanudar lo que interrumpieron nuestros años juntos, es decir, su vida anterior en ciudad natal a cuyas múltiples deformaciones calificará sin duda de puestas al día y a cuya sustitución demográfica juzgará de cosmopolitismo y a cuyas amistades desaparecidas reemplazará inmediatamente por otras, mujer de adaptación implacable y memoria selectiva a la que nunca pude convencer definitivamente de la otra realidad, esa que hizo inevitable nuestro encuentro inicial y llenó con palabras de amor nuestras bocas, la que acompañó nuestra cotidianeidad desde su morada subterránea emergiendo una y otra vez a través de sueños y presentimientos, señales y significados, la que me convenció de la deriva fatal de nuestras almas que se perdían de vista y ahora me acompaña de manera preponderante desde el día en que ella y las niñas se marcharon, así una mujer sale del túnel y decreta el día disipando los fantasmas mientras el hombre marca un número telefónico tras otro sin que nadie se ponga al otro lado de la línea donde quizá sólo haya una casa derrumbada debajo de cuyas losas cría malvas el cuerpo acariciado en tinieblas hace ya muchos años, 'no importa', me digo, deben quedar algunos amigos aunque sólo sea acorralados en los nuevos barrios de ciudad natal, así que aprovecho el invierno para buscarlos a tientas por calles que terminan en desfiladeros, desplazándome en autobuses y trenes en los que ya soy incapaz de seducir a nadie, por encima del pasamanos reparo en un espejo redondo que me devuelve una imagen que no es más la del joven que se masturbaba en el asiento trasero con desconocidos camino a la universidad privada, ahora soy un viejo de cabeza gris al que ven con desconfianza y recelo todos los que en la calle abordo, mis recorridos infructuosos resultado de sus indicaciones contradictorias, así es muy grande mi sorpresa cuando se abre la puerta de la casa amarilla a la que he llamado sin esperar ya nada y en el marco se recorta la imagen de Jorge que me dice: 'te he estado esperando mucho tiempo', y luego de abrazarme y hacerme pasar, pregunta: '¿ya sabes que se acabó la muerte?...¿no?...es un hecho'.
Y la puerta se cierra detrás de nosotros.
Y la puerta se cierra detrás de nosotros.
jueves, diciembre 20, 2018
Los padres que no fueron (una hija)
Mi madre era una puta tímida, pero ambiciosa. No era particularmente inteligente, pero tenía un gran sentido práctico que aplicaba sobre todo en los terrenos económico y logístico; gracias a ello pudo escapar tempranamente por medio de un matrimonio de conveniencia de la promiscuidad y pobreza que le esperaban como mujer de clase baja en Santa Teresa, aunque entiendo que la vida de mis padres en los primeros años de su matrimonio no fue muy desahogada. He dicho conveniencia, pero al principio faltaba dinero y mi padre apenas se distinguía de los alcohólicos de la región, salvo por un detalle que a mi madre no pudo habérsele escapado cuando decidió embarazarse de mí para engancharlo a él: tenía una plaza definitiva en el gobierno.
Mi padre era inculto, pero inteligente, una de esas personas aptas para la ingeniería por su facilidad de cálculo, pero no por su criterio. Gozaba de un extraordinario olfato político que le permitía manipular a los demás como si de piezas de un ajedrez se tratara, hasta que terminaba poniéndose por encima de ellos, imperceptible, pero inexorablemente. Sus métodos rudimentarios habrían resultado inefectivos en casi cualquier lugar del mundo, pero en Santa Teresa eran los más adecuados y él tenido por líder natural de individuos incapaces de matiz o iniciativa; las personas que intentaban oponérsele sólo disponían de la moral o la razón, pero estas herramientas que a la mayoría de los locales resultaban foráneas a él sólo le merecían un profundo desprecio.
Como parte de sus planes, mi padre habrá comprendido desde muy joven la conveniencia de hacerse de una mujer, no sólo para satisfacer su deseo sexual o sembrar su simiente, sino para ejercer el poder al que aspiraba desde una posición respetable. Esta mujer, que desde luego tenía que ser fértil y buena sirvienta, tenía que ser también ventajosa para sus fines, alguien cuya voluntad pudiera comprar con dinero. Fue así que, desprovisto de todo estorbo romántico o afectivo, mi padre reconoció en la secretaria de la oficina, mi madre, las características de compra-venta a las que años de pagar putas lo habían acostumbrado. Bien es verdad que esta vez la operación no tendría lugar en una cantina llena de humo ni se limitaría a un patético acto de eyaculación precoz, pero nada esencial cambiaba si las partes sacrificaban cualquier consideración a la mayor ganancia, al mejor postor.
Como es natural, tardé algunos años en entender todo esto y reflexionar sobre aquello que ocurría cuando era demasiado pequeña. Mi padre era un hombre espantoso y su fealdad debió condicionar poderosamente su actitud: ¿cómo iba a despreciar la oportunidad que le daba mi madre de comprar una mujer que, además, presentaba ventajas prácticas indudables? ¿cómo iba a vengarse mejor del asco que producía sino sometiendo a los demás a sus órdenes? No podía echar de menos un amor desinteresado que nunca conoció ni una amistad que no estuviese revestida de conveniencias mutuas, así me explico su indiferencia glacial hacia nosotros, sus hijos, a quienes siempre nos apartó como quien resulta un engorro sólo presumible frente a los demás en tanto cosas que se poseen. En mi madre descargaba la tarea de nuestra limpieza y alimentación, el mantenimiento de la casa y nuestra asistencia al colegio, pero ésta nos trataba también como a una inesperada carga de trabajo cuya realización se escamotea por todos los medios: cocinaba poco y mal o compraba comida hecha, la casa era siempre un desorden en el que dominaba el olor a sudor ácido y pis, manifestaba continuamente su molestia por tener que llevarnos hasta el colegio o pasar a recogernos, ¿quién podía echárselo en cara si había escogido a mi padre esperando vivir en la abundancia, rodeada de sirvientas y nanas que se harían cargo de nosotros? ¿cómo podía vernos siquiera con simpatía si éramos el producto de su prostitución mal retribuida?
No tengo memoria de las dificultades económicas de mis padres en sus primeros años juntos, pues su mutua ambición económica las vio pronto superadas, pero sí de la hostilidad creciente y variada con que se trataban, a veces por el alcoholismo de mi padre que por fortuna nunca se tradujo en efusiones afectivas hacia nosotros y que fue disminuyendo conforme su salud empeoró, a veces por la frustración de origen sexual, económico o afectivo de mi madre que ni siquiera ella estaba en condiciones de expresar honestamente por falta de luces. Ella le gritaba a él por cualquier motivo y él solía ignorarla con una tranquilidad que sólo le causaba a ella más irritación. Mi padre no era violento en el sentido en que lo era la mayoría de los hombres de Santa Teresa, jamás le cruzó la cara a mi madre ni le levantó la voz casi nunca, su violencia era más sutil y desesperante, pues consistía en la aplicación del mismo método melifluo y torvo con que sometía la voluntad de sus colegas, pacientemente, de forma inflexible y descarada, sin ceder un ápice del terreno ganado mientras su oponente, ella en este caso, se desgañitaba y consumía hasta agotarse. Era evidente, así, la inteligencia superior de mi padre, pero también el drama de suplir todas sus carencias afectivas y sexuales por medio de la satisfacción de ganar: a veces dinero que acumulaba en cuentas a nombre de sus hijos, a veces poder sobre la voluntad de los demás, incluida mi madre. Ésta, a su vez, vivía obsesionada con cobrar cada vez más caro las afrentas de mi padre, aunque la única real fuese aquella a la que ella había accedido: casarse con un hombre al que no quería ni deseaba a cambio de vehículos más grandes y lujosos, ropa y joyas más caras y de peor gusto, pero luego también, cuando conoció a otras esposas de Santa Teresa con ínfulas de sofisticación, viajes a lugares exóticos que por supuesto no le interesaban para nada y de los que regresaba ignorándolo todo.
Así nosotros, sus hijos, fuimos los pretextos ideales para calmar el vacío y despropósito de la vida de nuestros padres, aunque siempre podrían decir que su tarea cada vez más eficaz de acumulación de bienes e influencias tenía por objeto que no nos faltara nada. Parece noble. Algunos pensarán que nos faltaron precisamente ellos, nuestros padres, pero con los años he entendido que ni él ni ella podían dar nada de provecho que no fuera precisamente lo que nos dieron. Nos faltaron padres, es verdad, pero debían ser otros porque los que lo fueron no podían serlo.
Hace años que me fui de Santa Teresa y mi madre vegeta en una casa de ancianos donde mi hermano y yo acordamos internarla. Mi padre murió repentinamente cuando una auditoría reveló que no había sido tan inteligente como pensamos para cubrirse las espaldas ante su desmedida ambición. Dicen que existe el llamado de la sangre y puede ser que eso explique que siga pagando el asilo de mi madre desde el extranjero. Pero no siento nada por ella. Y no siento nada por él.
Mi padre era inculto, pero inteligente, una de esas personas aptas para la ingeniería por su facilidad de cálculo, pero no por su criterio. Gozaba de un extraordinario olfato político que le permitía manipular a los demás como si de piezas de un ajedrez se tratara, hasta que terminaba poniéndose por encima de ellos, imperceptible, pero inexorablemente. Sus métodos rudimentarios habrían resultado inefectivos en casi cualquier lugar del mundo, pero en Santa Teresa eran los más adecuados y él tenido por líder natural de individuos incapaces de matiz o iniciativa; las personas que intentaban oponérsele sólo disponían de la moral o la razón, pero estas herramientas que a la mayoría de los locales resultaban foráneas a él sólo le merecían un profundo desprecio.
Como parte de sus planes, mi padre habrá comprendido desde muy joven la conveniencia de hacerse de una mujer, no sólo para satisfacer su deseo sexual o sembrar su simiente, sino para ejercer el poder al que aspiraba desde una posición respetable. Esta mujer, que desde luego tenía que ser fértil y buena sirvienta, tenía que ser también ventajosa para sus fines, alguien cuya voluntad pudiera comprar con dinero. Fue así que, desprovisto de todo estorbo romántico o afectivo, mi padre reconoció en la secretaria de la oficina, mi madre, las características de compra-venta a las que años de pagar putas lo habían acostumbrado. Bien es verdad que esta vez la operación no tendría lugar en una cantina llena de humo ni se limitaría a un patético acto de eyaculación precoz, pero nada esencial cambiaba si las partes sacrificaban cualquier consideración a la mayor ganancia, al mejor postor.
Como es natural, tardé algunos años en entender todo esto y reflexionar sobre aquello que ocurría cuando era demasiado pequeña. Mi padre era un hombre espantoso y su fealdad debió condicionar poderosamente su actitud: ¿cómo iba a despreciar la oportunidad que le daba mi madre de comprar una mujer que, además, presentaba ventajas prácticas indudables? ¿cómo iba a vengarse mejor del asco que producía sino sometiendo a los demás a sus órdenes? No podía echar de menos un amor desinteresado que nunca conoció ni una amistad que no estuviese revestida de conveniencias mutuas, así me explico su indiferencia glacial hacia nosotros, sus hijos, a quienes siempre nos apartó como quien resulta un engorro sólo presumible frente a los demás en tanto cosas que se poseen. En mi madre descargaba la tarea de nuestra limpieza y alimentación, el mantenimiento de la casa y nuestra asistencia al colegio, pero ésta nos trataba también como a una inesperada carga de trabajo cuya realización se escamotea por todos los medios: cocinaba poco y mal o compraba comida hecha, la casa era siempre un desorden en el que dominaba el olor a sudor ácido y pis, manifestaba continuamente su molestia por tener que llevarnos hasta el colegio o pasar a recogernos, ¿quién podía echárselo en cara si había escogido a mi padre esperando vivir en la abundancia, rodeada de sirvientas y nanas que se harían cargo de nosotros? ¿cómo podía vernos siquiera con simpatía si éramos el producto de su prostitución mal retribuida?
No tengo memoria de las dificultades económicas de mis padres en sus primeros años juntos, pues su mutua ambición económica las vio pronto superadas, pero sí de la hostilidad creciente y variada con que se trataban, a veces por el alcoholismo de mi padre que por fortuna nunca se tradujo en efusiones afectivas hacia nosotros y que fue disminuyendo conforme su salud empeoró, a veces por la frustración de origen sexual, económico o afectivo de mi madre que ni siquiera ella estaba en condiciones de expresar honestamente por falta de luces. Ella le gritaba a él por cualquier motivo y él solía ignorarla con una tranquilidad que sólo le causaba a ella más irritación. Mi padre no era violento en el sentido en que lo era la mayoría de los hombres de Santa Teresa, jamás le cruzó la cara a mi madre ni le levantó la voz casi nunca, su violencia era más sutil y desesperante, pues consistía en la aplicación del mismo método melifluo y torvo con que sometía la voluntad de sus colegas, pacientemente, de forma inflexible y descarada, sin ceder un ápice del terreno ganado mientras su oponente, ella en este caso, se desgañitaba y consumía hasta agotarse. Era evidente, así, la inteligencia superior de mi padre, pero también el drama de suplir todas sus carencias afectivas y sexuales por medio de la satisfacción de ganar: a veces dinero que acumulaba en cuentas a nombre de sus hijos, a veces poder sobre la voluntad de los demás, incluida mi madre. Ésta, a su vez, vivía obsesionada con cobrar cada vez más caro las afrentas de mi padre, aunque la única real fuese aquella a la que ella había accedido: casarse con un hombre al que no quería ni deseaba a cambio de vehículos más grandes y lujosos, ropa y joyas más caras y de peor gusto, pero luego también, cuando conoció a otras esposas de Santa Teresa con ínfulas de sofisticación, viajes a lugares exóticos que por supuesto no le interesaban para nada y de los que regresaba ignorándolo todo.
Así nosotros, sus hijos, fuimos los pretextos ideales para calmar el vacío y despropósito de la vida de nuestros padres, aunque siempre podrían decir que su tarea cada vez más eficaz de acumulación de bienes e influencias tenía por objeto que no nos faltara nada. Parece noble. Algunos pensarán que nos faltaron precisamente ellos, nuestros padres, pero con los años he entendido que ni él ni ella podían dar nada de provecho que no fuera precisamente lo que nos dieron. Nos faltaron padres, es verdad, pero debían ser otros porque los que lo fueron no podían serlo.
Hace años que me fui de Santa Teresa y mi madre vegeta en una casa de ancianos donde mi hermano y yo acordamos internarla. Mi padre murió repentinamente cuando una auditoría reveló que no había sido tan inteligente como pensamos para cubrirse las espaldas ante su desmedida ambición. Dicen que existe el llamado de la sangre y puede ser que eso explique que siga pagando el asilo de mi madre desde el extranjero. Pero no siento nada por ella. Y no siento nada por él.
domingo, diciembre 09, 2018
La visita a casa de María Estela
No fue inmediata mi amistad con Gustavo y sus amigos, a quienes apenas tomaba yo en cuenta cuando ingresé a la universidad privada, antes pasaron pocos meses en que el azar me reunió con algunas mujeres hijas de adinerados y poderosos de los pueblos vecinos a las que se permitía, quizá por primera vez, realizar una carrera universitaria, aunque sólo fuese bajo la férula de una institución de filosofía ultramontana que sólo entonces, luego de décadas de rigidez y al compás de los cambios nacionales e internacionales, disimulaba los aspectos menos presentables de su mentalidad retrógrada para dar paso a jugosos negocios inmobiliarios, se guardaba de consideraciones religiosas para participar de novedosas franquicias producto del libre comercio que entonces empezaba a estar en boga y que, andando el tiempo, sería el responsable de la destrucción material y espiritual de ciudad natal, las mujeres que me acogieron eran pues pioneras en sus respectivos pueblos y se distinguían de nuestras compañeras citadinas no tanto por el dinero, que no faltaba en las familias de unas y otras, sino por la conciencia de clase que nunca faltaba a las segundas y se hallaba inhibida en las primeras, hubo de transcurrir algún tiempo para que las foráneas se asimilaran a las locales hasta donde ello era posible, es decir, en todo lo superficial, desde la indumentaria hasta el maquillaje, desde las tiendas hasta los restaurantes, sus esfuerzos por reproducir el lenguaje de la burguesía local siempre inacabados, como si el dinero distinguiera su origen y no fuera igual si venía del ganado o de las finanzas, si del latifundio o la medicina, siempre aquel tufo acompañando a las mujeres que me acogieron al ingreso a la universidad privada y meses antes de que optara por Gustavo, y del que sólo se harían conscientes a fuerza de miradas sutiles y comentarios indirectos, no de mi parte, desde luego, que aunque distinguía bien sus orígenes y diferencias era incapaz de interesarme por ellos, sino de las compañeras citadinas que encontraron en ellas una manera más de divertirse a la altura de su extremo aburrimiento y degeneración moral, una conducta decadente con la que yo ya me hallaba familiarizado desde el bachillerato privado donde los hijos de empresarios y dueños tenían a bien subrayar continuamente nuestras diferencias de la forma más hiriente posible, aunque yo hubiese estado entonces ontológicamente incapacitado para recoger una sola de sus ofensas por disponer, felizmente, de una cabeza llena de pájaros y el espíritu libre, una inmunidad que se extendía ahora al período universitario, aunque ya fuese un hombre más consciente y quedasen, por decirlo así, menos pájaros en la cabeza, así vivía los primeros meses en la universidad privada acogido por mujeres que me trataban con condescendencia y curiosidad, gusto y consideración del los que luego abjurarían cuando comprendieron que yo también, pese a ser local, era completamente inaceptable para la burguesía de la ciudad, una a una se me fueron apartando conforme transcurrió el tiempo y comprendieron que yo no concedía importancia alguna a las reuniones convocadas por las hijas de adinerados y poderosos citadinos, compañeras nuestras, en restaurantes para mí impagables y centros comerciales de mortecina artificialidad, que no aspiraba como ellas a la inclusión sino justamente a lo contrario, al aborrecimiento de quienes me resultaban aborrecibles, ellas lamentaban en su fuero interno que no fuese más tolerante o aquiescente, pero estaban obligadas por su educación a atender siempre a criterios prácticos por encima de los afectivos, no era de otra forma como habían conseguido sus padres ser caciques en sus respectivos pueblos y darles la condición privilegiada, aunque silvestre, de que gozaban, se explica así que no estuvieran dispuestas a acompañarme en la marginación que me condujo a Gustavo ni a dar la espalda a sus nuevos amigos, pues debían ser admitidas aunque fuesen despreciadas y despreciar a su vez cuando fueran admitidas, fue en estas circunstancias en que accedí a acompañarlas a una reunión convocada en su casa de Colinas de San Javier por María Estela, una de las más conspicuas burguesas locales, hija de un banquero, que estudiaba en la universidad privada por ser su padre uno de los principales accionistas, 'una casa privada al fin y al cabo y no un restaurante impagable o un centro comercial', pensaba, 'quizá no resulte del todo inaceptable', hasta ese sitio acudimos en el coche de un compañero serpenteando entre los altos muros de las casas de la zona que aprovechaban las pendientes para instalar terrazas escalonadas, jardines con estatuas verdes o marmóreas y azules piscinas, a veces se entreveían perros de razas exóticas detrás de elevadas rejas, a veces sirvientas en uniforme caminando deprisa sobre las banquetas, la casa de María Estela tenía un jardín pequeño en comparación con los de la zona, pero gozaba de enormes ventanales que inundaban de luz los distintos niveles de una cómoda estancia escalonada, la sala donde nos instalamos hasta la parte más baja y una biblioteca allá en lo alto que, según nos dijo, utilizaba más su tío que su papá, un personaje, aquel, por el que yo tenía mucho interés al tratarse de un escritor disidente muy conocido y del que María Estela se permitió hablar con desenfado y familiaridad, 'es un comunista', decía saboreando la palabra como quien se atrevió a revelar un gran secreto, 'de modo que se dedica a escribir todo el tiempo cuando no está de fiesta con sus amigos', rio de repente con torpeza y los demás la imitaron mientras la mujer del servicio traía galletas y café, yo intervine preguntando de qué vivía su tío cuando un perro invisible ladró desde algún lugar de la casa, '¿trabajar? él escribe libros, pero la verdad es que no vende ninguno', respondió, 'se los compran sus amigos, pero no los leen, ahora mismo está de viaje con uno de ellos, en Creta, ¿que de qué vive? pues del dinero mismo, supongo, ¿no?' y volvió a reír con la misma torpeza de antes, ahora eran las mujeres que me acogieron en aquellos primeros meses en la universidad privada y a las que había acompañado hasta esa casa, las que ingenuamente aprovechaban la oportunidad para hablar del trabajo de sus respectivos padres, María Estela fingía ponerles atención entre bostezos, asintiendo con la cabeza, dando sorbos nerviosos a su café, hasta que aprovechó que yo me había acercado a la biblioteca para interrumpirlas y hablarme a gritos: '¡a mi papá y a mi tío les gusta mucho la historia, a mí todos esos libros me aburren, por eso estudio ingeniería!', se rio nuevamente mientras todos miraban en mi dirección, '¿están aquí los libros de tu tío?', pregunté, 'no lo creo, es un comunista, ¿no te he dicho ya?, él no cree en la acumulación de bienes... tú tampoco ¿verdad?', respondió María Estela utilizando un tono que pretendía ser irónico, contesté 'yo debo comer', di una mordida a la galleta que tenía en las manos, las migajas cayeron al suelo, 'de modo que sí creo en la acumulación de bienes, pero me parece que tu tío cree en ella más que todos nosotros, ¿no? porque sólo vive del dinero, del dinero de los demás, como tu padre, otro comunista de verdad...', las mujeres que me habían llevado daban muestras de estarse arrepintiendo de haberlo hecho, aunque no comprendían bien el motivo de su incomodidad pues esta conversación no se parecía en nada a lo que ellas estaban acostumbradas a escuchar en sus respectivos pueblos, en la joyería de una, en el establo de otra, en las tierras de aquella, jamás palabras abstractas que no se refirieran a la vida privada de la gente del pueblo, jamás teorías generales o abstracciones que no tuvieran que ver con funciones elementales, casi fisiológicas, con sus correspondientes bromas cerriles, así que cuando María Estela depositó su taza de café en la mesita del centro, una de las foráneas consideró necesario intervenir: 'en mi casa tenemos la Biblia y la vida de los santos... y bueno, a mí también me gustan los libros, pero me gustan más las revistas, la verdad...', se hizo un breve silencio, María Estela y yo nos miramos uno al otro con absoluta seriedad, entonces prorrumpimos en carcajadas ante la mirada atónita de los demás que no tuvieron más remedio que seguirnos...
Por detrás de la biblioteca, sin ser visto, su padre asistía a todo tomando notas.
Por detrás de la biblioteca, sin ser visto, su padre asistía a todo tomando notas.
domingo, noviembre 25, 2018
Libros perdidos
Están los que existen, pero no tengo. Uno puede así mantener la esperanza de hallarlos en los establecimientos de libros usados; también en los tianguis de antigüedades que se pusieron de moda en ciudad natal para satisfacer las necesidades, ya no de lectura, como de objetos coleccionables que dieran cuenta de la presunta sofisticación de quienes los poseen. En ciudad natal, como en Santa Teresa, importa el dinero, pero al ser tanta la población y tan escaso aquel, algunos listillos han querido sustituirlo por la pretensión de una vida intelectual hecha de poses. Uno de los cuales es fingir desprecio por el dinero. Otro de los cuales es adquirir libros en los tianguis de antigüedades. Esnobismo tercermundista, me digo. En balde, sin embargo, he recorrido tianguis y establecimientos en busca de ellos. Pasa el tiempo y se hace cada vez más improbable encontrarlos: el tercer tomo de las obras completas de un historiador michoacano cuyo faltante me acusa desde la estantería, la incongruencia de empezar en el tomo dos las obras del presidente espiritista asesinado hace más de cien años. Dolorosos faltantes que, en mi genuino interés por la lectura sin menoscabo de la completitud, me han llevado a planear repetidas veces, con sus desistimientos correspondientes, visitas a bibliotecas públicas para sustraer del patrimonio nacional los volúmenes que faltan en mi haber. Pero siempre me arrepiento. A veces lo hago camino al lugar del proyectado hurto. A veces a un lado de la estantería donde el volumen correspondiente aparece casi nuevo y con la tarjeta de préstamos vacía. Con el libro en las manos maldigo a la sociedad autocomplaciente y burra donde vivo diciéndome que la obra no podría estar en mejor sitio que conmigo, tanto desde el punto de vista de su lectura (que haría, téngase por seguro) como de su conservación, pues jamás permitiría que se acumularan el polvo y la humedad que campean en las bibliotecas públicas, nunca las termitas ni cucarachas, tampoco las ratas que son motivo de orgullo entre los libreros más viejos del centro de ciudad natal. Pero enseguida abandono el proyecto de enajenación del bien público por la cuenta que me trae a la conciencia que, no siendo ya católica, ve reemplazado su sentido de lo sagrado por la devoción hacia las leyes de la república. Aunque bananera. Aunque sólo teórica. Maldigo a los habitantes envilecidos de este pueblo bárbaro y me escondo en mi biblioteca donde, tarde o temprano, la contemplación de los faltantes volverá a agitar el ánimo de cubrirlos.
Están también los que no existen, pero debieron existir. Colecciones proyectadas por editoriales que, sobre la marcha, por razones casi seguramente económicas o todavía más contingentes que el dinero, deciden suspender la edición cuando ya han visto la luz algunos volúmenes. A veces secuenciales, en cuyo caso uno puede dar por terminada la colección sin padecer los huecos en la numeración de los lomos. Pero otras veces, más frecuentemente de lo que se supone, todo queda truncado cuando, por razones misteriosas, se han editado los volúmenes uno y tres y cinco y siete, dejando en el limbo a los pares que a partir de entonces se insinúan sin que exista posibilidad alguna de tenerlos porque sencillamente jamás fueron impresos. No existen. Hay parte uno de las obras completas del historiador gruñón que, como buen intelectual, quedó excluido del poder y se fue a la tumba con todas sus soluciones para el país. Hay incluso discos uno y dos de los tres que anunciaba hace más de veinticinco años una comediante a la que le dio por cantar zarzuelas y chotis. Pero ni la parte dos de las obras del historiador gruñón ni el tercer disco aparecieron nunca. Frente a la mesa de mi despacho, con la biblioteca detrás a modo de abrigo, he estado a punto de escribir a editoriales y disqueras en busca de explicaciones. He redactado borradores que luego desecho por no encontrar un tono adecuado entre lo perentorio y lo romántico. He creído en la posibilidad, lo confieso, de que los destinatarios de mis misivas no enviadas, avergonzados de sus faltantes o habiendo producido los libros o discos a los que me refiero sin haberlos comercializado, me enviaran por fin el volumen o el disco que yo creía inexistentes, ya sea produciéndolos o bajando al sótano donde tendrían guardados los ejemplares nunca distribuidos. He lamentado asimismo descubrir, con la misiva por fin redactada en términos que a mí me resultaban satisfactorios, que la editorial o la disquera en cuestión ya no existía, y aún en ese caso hube de disciplinarme para no enviar la carta a un domicilio en el que imaginaba a un editor loco sobreviviendo entre pilas de libros, deseando ser contactado por quienquiera que hubiera notado lo que le faltó por hacer. Delirios.
Están, por último, los que tuve y salieron de viaje en prestamos eternos, situaciones que la mayoría de los dueños aceptan resignadamente después del segundo o tercer recordatorio a quien invariablemente dice que lo está leyendo. No así yo. Es verdad que en algunos casos la geografía ha puesto fuera mi alcance la posibilidad de recuperar lo que es mío, pero no me avergüenza admitir que he robado mis propios libros sin que en esas situaciones me asalte duda moral de ningún tipo. Así lo hice para recuperar, luego de casi diez años, un ejemplar un tanto amarillista sobre movimientos sociales de los años setenta que las maestras revolucionarias (ahora descaradamente burguesas) me pidieron en préstamo a principios de los años noventa abusando de mi ingenuidad. Vivían en una casa enorme donde discos, libros y otros objetos se amontonaban al azar por cualquier parte. Ya me habían quitado mi disco de Daniela Romo, ya se habían hecho con los apuntes sobre gnosis de mi tía la mística, ya me había resignado a no tomar ningún otro como compensación, a pesar de que los tenían antiguos y muy valiosos, de modo que no vacilé cuando distinguí en una pila de libros el lomo del que les había prestado y, aprovechando el momento en que una cocinaba y la otra había ido al baño, recuperé el mío ante la mirada acusatoria de la niña pequeña de la sirvienta que, sucia y con la boca ocupada por un gigantesco biberón, no dejó de mirarme durante todo el proceso. Lo eché rápidamente en mi mochila y luego me pasee por el patio con las manos en los bolsillos, silbando. Salí de ahí triunfante sin el menor asomo de culpabilidad.
Pero esta política encontró por fin un obstáculo ético cuando murió JC sin haberme devuelto el único libro de cuentos del mejor escritor mexicano de todos los tiempos, ese que nació y creció en Chile y pasó casi toda su vida en España. Transcurrió mucho tiempo sin que yo reparara en lo que le había prestado. Pero el día de darse cuenta llegó: una noche en que buscaba una referencia sobre Santa Teresa me encontré con el hueco en la estantería y, aunque recordé instantáneamente a quién le había prestado el libro, deseché de inmediato la idea de recuperarlo. 'Lo compraré de nuevo', me dije, pero entonces me di cuenta de que la editorial que manejaba las obras del escritor había cedido los derechos a otra: la colección ya no tendría uniformidad. 'Lo compraré en un establecimiento de libros usados', me dije. Pero luego de visitar a una decena de libreros que me miraron, primero con suspicacia y luego con mal disimulada burla, comprendí que esa edición era ya inencontrable. Entonces volví a considerar la idea de recuperar mi ejemplar, pero ¿cómo podía ir a casa de sus padres y pedir el libro de vuelta? ¿cómo podía, todavía menos, recuperarlo subrepticiamente y sentirme tan tranquilo? El libro era mío, desde luego, y escaso provecho le haría a JC ahora que ya llevaba años enterrado. Nadie en esa casa leía nada, así que el libro, como todos los demás que tenía (algunos regalos míos), acumularía polvo y sería pasto de polillas. Tenía que resolverme en un sentido u otro por mi propia tranquilidad.
Así lo hice una noche de noviembre en que se acercaba su cumpleaños. En la sala presidida por un retrato suyo me recibieron sus padres con comedimiento. Hablamos del clima y la vida en Santa Teresa. Hablamos de ciudad natal y del cultivo de la caña. Hablamos de la comida favorita de JC y guardamos incómodos silencios que, de vez en cuando, hacían más notorios los ladridos de los perros. A la vista no había ningún libro, pero luego pedí permiso para ir al baño y, al atravesar el pasillo, divisé los libros de JC sobre una estantería improvisada. Con el corazón saliéndome por la boca, descubrí entre ellos el libro de cuentos que deseaba recuperar, miré de vuelta al arco que daba a la sala donde mis anfitriones se habían quedado esperándome y, volviéndome hacia la repisa, tomé rápidamente el libro y continué mi camino hacia el baño. Ya aquí, una vez aliviado, me acomodé el volumen detrás, a medio camino entre la espalda y las nalgas, bien sujeto por el cinturón. Deseaba despedirme cuanto antes, pero me fue imposible rechazar su invitación a tomar un café con galletas. 'Estas eran las favoritas de JC', me dijo su madre. Entonces sentí las primeras cosquillas. 'Hemos pensado en que sería bueno que Usted nos ayudara a buscarle destino a los libros de JC', agregó su padre. Un sudor frío me recorrió la frente mientras las cosquillas que sentía entre las nalgas se dispersaban hacia la espalda baja y el periné. 'Ah sí', completó su madre, 'ahí los tenemos reunidos en la repisa del pasillo, pero fíjese que se infestaron de termitas y bichos, a pesar de todos los venenos con que los rociamos, quizá no debimos hacerlo'. Me puse de pie repentinamente porque algo me había picado justo en mitad de las nalgas. Estaba rojo. '¿Le pasa algo?', me preguntó su padre, alarmado al ver que yo sudaba copiosamente pidiendo ir al baño cuando apenas había vuelto de él. Entonces sentí un pinchazo más, parecido a una pequeña mordida, y me sacudí delante de ellos hasta que el ejemplar saltó al suelo con sus hojas desparramadas. Pasmados, la madre de JC tomó la iniciativa: '¿Pero qué es esto? ¡Lárguese de aquí!'. El padre de JC trataba de calmarla, pero ella sólo aumentaba el volumen de sus chillidos, mientras yo, sujetando el pantalón con una mano y sacudiéndome con la otra, salía de la casa a saltos, desesperado por el horrible picor de la entrepierna.
Supe que los padres de JC prendieron fuego a todos sus libros. Están pues, ahora, los que se hicieron humo. Y los amigos.
Están también los que no existen, pero debieron existir. Colecciones proyectadas por editoriales que, sobre la marcha, por razones casi seguramente económicas o todavía más contingentes que el dinero, deciden suspender la edición cuando ya han visto la luz algunos volúmenes. A veces secuenciales, en cuyo caso uno puede dar por terminada la colección sin padecer los huecos en la numeración de los lomos. Pero otras veces, más frecuentemente de lo que se supone, todo queda truncado cuando, por razones misteriosas, se han editado los volúmenes uno y tres y cinco y siete, dejando en el limbo a los pares que a partir de entonces se insinúan sin que exista posibilidad alguna de tenerlos porque sencillamente jamás fueron impresos. No existen. Hay parte uno de las obras completas del historiador gruñón que, como buen intelectual, quedó excluido del poder y se fue a la tumba con todas sus soluciones para el país. Hay incluso discos uno y dos de los tres que anunciaba hace más de veinticinco años una comediante a la que le dio por cantar zarzuelas y chotis. Pero ni la parte dos de las obras del historiador gruñón ni el tercer disco aparecieron nunca. Frente a la mesa de mi despacho, con la biblioteca detrás a modo de abrigo, he estado a punto de escribir a editoriales y disqueras en busca de explicaciones. He redactado borradores que luego desecho por no encontrar un tono adecuado entre lo perentorio y lo romántico. He creído en la posibilidad, lo confieso, de que los destinatarios de mis misivas no enviadas, avergonzados de sus faltantes o habiendo producido los libros o discos a los que me refiero sin haberlos comercializado, me enviaran por fin el volumen o el disco que yo creía inexistentes, ya sea produciéndolos o bajando al sótano donde tendrían guardados los ejemplares nunca distribuidos. He lamentado asimismo descubrir, con la misiva por fin redactada en términos que a mí me resultaban satisfactorios, que la editorial o la disquera en cuestión ya no existía, y aún en ese caso hube de disciplinarme para no enviar la carta a un domicilio en el que imaginaba a un editor loco sobreviviendo entre pilas de libros, deseando ser contactado por quienquiera que hubiera notado lo que le faltó por hacer. Delirios.
Están, por último, los que tuve y salieron de viaje en prestamos eternos, situaciones que la mayoría de los dueños aceptan resignadamente después del segundo o tercer recordatorio a quien invariablemente dice que lo está leyendo. No así yo. Es verdad que en algunos casos la geografía ha puesto fuera mi alcance la posibilidad de recuperar lo que es mío, pero no me avergüenza admitir que he robado mis propios libros sin que en esas situaciones me asalte duda moral de ningún tipo. Así lo hice para recuperar, luego de casi diez años, un ejemplar un tanto amarillista sobre movimientos sociales de los años setenta que las maestras revolucionarias (ahora descaradamente burguesas) me pidieron en préstamo a principios de los años noventa abusando de mi ingenuidad. Vivían en una casa enorme donde discos, libros y otros objetos se amontonaban al azar por cualquier parte. Ya me habían quitado mi disco de Daniela Romo, ya se habían hecho con los apuntes sobre gnosis de mi tía la mística, ya me había resignado a no tomar ningún otro como compensación, a pesar de que los tenían antiguos y muy valiosos, de modo que no vacilé cuando distinguí en una pila de libros el lomo del que les había prestado y, aprovechando el momento en que una cocinaba y la otra había ido al baño, recuperé el mío ante la mirada acusatoria de la niña pequeña de la sirvienta que, sucia y con la boca ocupada por un gigantesco biberón, no dejó de mirarme durante todo el proceso. Lo eché rápidamente en mi mochila y luego me pasee por el patio con las manos en los bolsillos, silbando. Salí de ahí triunfante sin el menor asomo de culpabilidad.
Pero esta política encontró por fin un obstáculo ético cuando murió JC sin haberme devuelto el único libro de cuentos del mejor escritor mexicano de todos los tiempos, ese que nació y creció en Chile y pasó casi toda su vida en España. Transcurrió mucho tiempo sin que yo reparara en lo que le había prestado. Pero el día de darse cuenta llegó: una noche en que buscaba una referencia sobre Santa Teresa me encontré con el hueco en la estantería y, aunque recordé instantáneamente a quién le había prestado el libro, deseché de inmediato la idea de recuperarlo. 'Lo compraré de nuevo', me dije, pero entonces me di cuenta de que la editorial que manejaba las obras del escritor había cedido los derechos a otra: la colección ya no tendría uniformidad. 'Lo compraré en un establecimiento de libros usados', me dije. Pero luego de visitar a una decena de libreros que me miraron, primero con suspicacia y luego con mal disimulada burla, comprendí que esa edición era ya inencontrable. Entonces volví a considerar la idea de recuperar mi ejemplar, pero ¿cómo podía ir a casa de sus padres y pedir el libro de vuelta? ¿cómo podía, todavía menos, recuperarlo subrepticiamente y sentirme tan tranquilo? El libro era mío, desde luego, y escaso provecho le haría a JC ahora que ya llevaba años enterrado. Nadie en esa casa leía nada, así que el libro, como todos los demás que tenía (algunos regalos míos), acumularía polvo y sería pasto de polillas. Tenía que resolverme en un sentido u otro por mi propia tranquilidad.
Así lo hice una noche de noviembre en que se acercaba su cumpleaños. En la sala presidida por un retrato suyo me recibieron sus padres con comedimiento. Hablamos del clima y la vida en Santa Teresa. Hablamos de ciudad natal y del cultivo de la caña. Hablamos de la comida favorita de JC y guardamos incómodos silencios que, de vez en cuando, hacían más notorios los ladridos de los perros. A la vista no había ningún libro, pero luego pedí permiso para ir al baño y, al atravesar el pasillo, divisé los libros de JC sobre una estantería improvisada. Con el corazón saliéndome por la boca, descubrí entre ellos el libro de cuentos que deseaba recuperar, miré de vuelta al arco que daba a la sala donde mis anfitriones se habían quedado esperándome y, volviéndome hacia la repisa, tomé rápidamente el libro y continué mi camino hacia el baño. Ya aquí, una vez aliviado, me acomodé el volumen detrás, a medio camino entre la espalda y las nalgas, bien sujeto por el cinturón. Deseaba despedirme cuanto antes, pero me fue imposible rechazar su invitación a tomar un café con galletas. 'Estas eran las favoritas de JC', me dijo su madre. Entonces sentí las primeras cosquillas. 'Hemos pensado en que sería bueno que Usted nos ayudara a buscarle destino a los libros de JC', agregó su padre. Un sudor frío me recorrió la frente mientras las cosquillas que sentía entre las nalgas se dispersaban hacia la espalda baja y el periné. 'Ah sí', completó su madre, 'ahí los tenemos reunidos en la repisa del pasillo, pero fíjese que se infestaron de termitas y bichos, a pesar de todos los venenos con que los rociamos, quizá no debimos hacerlo'. Me puse de pie repentinamente porque algo me había picado justo en mitad de las nalgas. Estaba rojo. '¿Le pasa algo?', me preguntó su padre, alarmado al ver que yo sudaba copiosamente pidiendo ir al baño cuando apenas había vuelto de él. Entonces sentí un pinchazo más, parecido a una pequeña mordida, y me sacudí delante de ellos hasta que el ejemplar saltó al suelo con sus hojas desparramadas. Pasmados, la madre de JC tomó la iniciativa: '¿Pero qué es esto? ¡Lárguese de aquí!'. El padre de JC trataba de calmarla, pero ella sólo aumentaba el volumen de sus chillidos, mientras yo, sujetando el pantalón con una mano y sacudiéndome con la otra, salía de la casa a saltos, desesperado por el horrible picor de la entrepierna.
Supe que los padres de JC prendieron fuego a todos sus libros. Están pues, ahora, los que se hicieron humo. Y los amigos.
domingo, noviembre 11, 2018
El buen forastero
Como es natural, conforme transcurría el tiempo y se asentaba el hecho incontrovertible de la ausencia de mi mujer y las niñas, mi vida en Santa Teresa se hacía cada vez más injustificable, sin por ello encontrar las fuerzas para irme y apenas las necesarias para quedarme, no propiamente ausente del mundo cuanto incapaz de participar en sus controversias con el mismo ahínco con que lo procuraba cuando ellas estaban en casa y hacían mi vida, si no placentera, sí respaldada, un apoyo tácito cuya magnitud sólo ahora comprendía sometido a las conversaciones de Luis Gala, que se decía mi amigo y, enterado sólo superficialmente de mi situación, no dejaba de establecer gruesas analogías entre mi repentina, pero no inesperada separación, y su bien conocido divorcio de cuyos detalles apenas había exentado a un puñado de colegas, todos conocían lo que ahora me explicaba cuando yo no hallaba manera de quitármelo de encima, no porque le faltara amenidad ni gracia en sus relatos, ya ni siquiera algún punto filosófico aunque sólo fuera dicho con rapidez y contenida vergüenza, sino porque yo no deseaba corresponder a sus confidencias con más detalles sobre mi propia vida ni escuchar las suyas que causaban en mí la equívoca sensación de que el paralelismo entre su situación y la mía era efectivo y no mera exageración, aún así de vez en cuando me veía obligado a darle material para que no se sintiese demasiado maltratado y, por qué no decirlo, por esa debilidad que padecemos todos los que nos hallamos solos demasiado tiempo cuando de pronto encontramos algo que, aún insatisfactorio y decididamente inadecuado, presta oídos a lo que llevamos meses o años repasando en silencio, ahora yo llevaba semanas dominado por la idea de irme de Santa Teresa sin que ello se tradujese en un plan, ya ni siquiera un listado consciente de lo necesario para acometer tal mudanza (¿pero a dónde?), de modo que no pude evitar comentárselo a Luis Gala cuando éste me habló de una estancia que hiciera hace algunos años en Sudamérica, un viaje absurdo, según comentaba, de esos que pagan las universidades modernas porque, desvirtuadas y ciegas desde hace décadas, se conducen como empresas cuyos gerentes no tienen más propósito que el de aumentar la matrícula sin considerandos para mejor extorsionar el presupuesto público o privado de quienes creen necesitarlas, así él había aprovechado la circunstancia de que ninguno de los profesores que tenían prioridad quisiera viajar en aquel momento y, con el renuente consentimiento de los gerentes universitarios que siempre lo han visto con reprobación y sospecha, viajó hasta aquella facultad sudamericana donde, a diferencia de Europa donde había pasado muchos años en distintos países, se sentía la placentera levedad del espíritu que le permitía elevarse hasta donde lo deseara, desprovisto de las cadenas de una memoria histórica demasiado abultada y atroz, el aire era más limpio y la voluntad de hacer las cosas desde cero completamente natural, amparados por la vegetación exhuberante de las colinas y el arrullador murmullo de los insectos, un todo de signo opuesto a la inopia del páramo teresiano del que yo llevaba semanas pensando escapar, así Luis Gala se expresaba satisfecho y maravillado de aquel lugar al que aún no había llegado la plaga gerencial universitaria y en donde sus colegas lo recibieron con cordialidad y simpatía, deseando sólo trabajar y conversar, sin que su complejidad y hondura se vieran empañadas por dobleces o sombras, 'ese lugar existe', me dijo como quien va a decir algo más, pero luego se quedó callado con la mirada absorta en el horizonte, el entusiasmo reflejado en el brillo de sus ojos reemplazado por la opacidad de la resignación, entonces le comenté mi deseo de irme y él salió de su ensimismamiento para prevenirme: 'cuando habían transcurrido unos cinco días de mi estancia y me habían sido presentados una variedad de colegas, no sólo amables y dispuestos a compartir sus entusiasmos técnicos, sino también sus puntos de vista políticos, sus ingeniosas bromas que apelaban a la cultura y la ironía, al sarcasmo y a una vida intelectual sana y vibrante, el anfitrión principal tuvo a bien comentarme que todos estaban muy contentos con mi visita y con mi manera de ser, incluso la mujer del aseo a quien me dirigía con escasas palabras por no conocer la lengua local, yo siendo sociable, yo sonriendo, yo presentando mis ideas a un grupo desprejuiciado, fresco, que aún no me daba por sentado ni emitía juicio alguno sobre mi persona, yo invitado a la pizarra lo mismo que al restaurante, al parque o al mercado, yo como en otros tantos inicios en que mis anfitriones coincidían en mi originalidad agradable sólo porque me permitía conocerlos y mostrar un interés que, de entrada, era genuino, pero al que después debía alcanzarlo la rutina y la acumulación de lo acontencido, las sonrisas del buen forastero reemplazadas por el rostro inexpresivo de la industria o la mueca del matiz que todavía puede abrirse más hasta volverse diferencia o grieta que no puede salvar ya ningún puente, un espejismo pues, aquella posibilidad de empezar de nuevo y ahora sí hacer las cosas bien, como si fuese posible una relación sin malentendidos ni entuertos, sin puntos ciegos o daños, como si no fuese cuestión de tiempo para que aquí también se extrañasen de mi eventual falta de aquiescencia y, sin reparar en que a su consideración inicial nunca la acompañó un verdadero interés por mi persona sino por el reflejo que mis cordialidad y disposición les devolvían sobre ellos mismos, me relegasen a los márgenes de su existencia para eventualmente detestarme, yo testigo de su insuficiencia, yo traidor de su confianza, yo forastero que debe seguir su camino', así Luis Gala terminaba de rememorar los pensamientos que le produjo aquella Arcadia sudamericana a la que desde luego no volvió jamás y me advertía sobre la futilidad de empezar de nuevo en otro sito: 'no tiene sentido', remataba, 'cuando conoces perfectamente el resultado... a menos, claro, que sólo pienses en cambiar de decoración para representar de nuevo, punto por punto, la misma obra'.
Y diciendo esto se puso de pie ofreciéndome un cigarro que acepté.
Y diciendo esto se puso de pie ofreciéndome un cigarro que acepté.
domingo, octubre 28, 2018
Desayunos de hotel
Esta mañana, mientras tomaba el desayuno en el comedor del hotel de un país tropical hasta entonces desconocido, la última de quince días transcurridos en el aislamiento de otra lengua y la soledad propia del forastero, me vino a la memoria su recuerdo en medio de aquella alienación de la que inútilmente trataba de salir por medio del café y el pão de queijo, pues, si por algún motivo se encontraba animado, no era raro que Luis Gala nos contara anécdotas cuyos contenido y detalle hacían difícil creer en su naturaleza tímida, las dificultades de conversar con desconocidos o incluso habituales sólo transparentadas por el esfuerzo decidido que hacía por apartar la mirada de los ojos de su interlocutor sin bajar la cabeza, también, paradójicamente, por ese continuo tirar hacia delante con su narración sin encontrar la forma de detenerse a fin de no quedar expuesto a un silencio que sus oyentes querrían solventar formulando nuevas preguntas o, todavía peor, descubriéndolo vulnerable detrás de su locuacidad, casi se diría que deseaba aturdir a quienes le escuchábamos en sus momentos de mayor sociabilidad para que, sin dejar de considerarlo, no le importunásemos, pues si por un lado no deseaba ser excluido por sus compañeros tampoco deseaba significarse tanto que ellos se creyeran con derecho a pedirle favores o, todavía peor, abusar de él para gastarle bromas malintencionadas o atacarlo decididamente por haber expuesto sin querer un flanco débil, bien puede decirse así que vivía en constante paranoia, pero, inteligente como era y extremadamente consciente de sus propios excesos, se empeñaba en no dejarse llevar por ella aunque el resultado se tradujera en una extraña combinación de largas peroratas y repentinos silencios, no era en absoluto aburrido para quien recogiera los continuos guiños que, por medio de la ironía y la cultura, hacía para ganar la complicidad de quienes lo acompañaban, elevándose hasta la carcajada salvaje si encontraba un ambiente favorable o reprimiéndose hasta la más mortecina circunspección si sólo lo rodeaban primitivos, así pues reapareció frente a mí expansivo en forma de recuerdo esta mañana, explicando con graciosas gesticulaciones su sentir cuando se hallaba de vacaciones con su ya por entonces ex-mujer, de quien no dejaba de hablar impostando una neutralidad imposible, 'entonces tomas asiento en un rincón a fin de que no te molesten y vas por dos cafés, no por galantería sino porque de verdad quieres lo mejor para ella, que te mire y al mirarte te quiera, ¿no? que te considere un poco más activamente que como se considera una silla, pero ella está instalada en el mundo y yo en Babia, ella leyendo el periódico y yo pensando en el nebuloso futuro cuya incertidumbre encuentro intolerable, las vacaciones no hacen sino agudizar la conciencia de lo que debemos y en ningún momento es más insoportable esa sensación que a la hora del desayuno entre desconocidos, somos gente en tránsito, temporalmente varada en estas frías instalaciones donde el huevo siempre está a medio cocer y los platillos del bufet saben exactamente igual, nunca faltan los hombres de negocios que como ella también están leyendo el periódico, con la barba bien cuidada, la corbata puesta, dando voces en sus móviles de manera que todos alrededor sepamos cuán importantes son y cuán ocupados están y cuánto les debemos de la correcta marcha del mundo, mi mujer es como ellos y desearía no estar de vacaciones con alguien tan impresentable como yo que sólo desea llevarla a la cama, ella querría estar hablando inglés con los que conspicuamente han ido a instalarse a la mesa del centro, gringos de los que nunca faltan en los buenos hoteles de todos los rincones del mundo donde haya algo que comprar o vender y que no buscan esconderse como yo porque no tienen nada de qué avergonzarse y encuentran el mundo como hecho para ellos, a su servicio, así mi mujer que pronto no tolerará más estar al lado de quien tiene reservas y dudas y sólo ideas, ella no encuentra interés en conversar conmigo ni en dejar demasiado tiempo su mano bajo la mía, los camareros van y vienen fingiendo llenar nuestras tazas de café cuando en realidad se divierten con el espectáculo de nuestra extranjería y evidente distancia, no hay quién resista la tentación de asomarse a la desgracia ajena si además no nos concierne y tiene la virtud de asegurarnos una momentánea superioridad, ¿verdad? como los hombres de negocios y especialmente los gringos, ella deja la casi totalidad del desayuno que ella misma se sirvió en el plato y no experimenta culpa alguna por el desperdicio, pero yo siempre limpio el mío porque me siento culpable, no crean que por salvar el mundo, qué va, tan sólo un reflejo de la férrea disciplina que mi madre me inculcó y que la adultez ha transfigurado en presunta conciencia, pero es sólo miedo, un miedo católico al castigo del que ya me gustaría curarme siendo hombre de negocios, quiero decir: siendo un poco como mi mujer, pero no he pasado el tiempo suficiente en hoteles ni en sus horrendos comedores', así hablaba Luis Gala poco después de que yo llegara a Santa Teresa y así lo recordaba esta mañana mientras tomaba el desayuno en el comedor de un país tropical hasta entonces desconocido mientras calculaba mentalmente las horas de viaje que tenía por delante para volver a casa y reparaba en las pocas fotografías que había hecho y, como en un segundo plano, reflexionaba sobre la futilidad de cambiar de residencia, un deseo siempre más fuerte cuando debía dejar un sitio al que había acudido temporalmente, 'una trampa', pensaba, 'que esconde una inconformidad más esencial que no puede abandonarme sólo porque viva en este u otro lugar, jamás debí volver', me dije murmurando en algún momento sin precisar bien a dónde ni a cuál de los muchos retornos me refería, entonces saqué el móvil y, sin levantarme de la mesa, tomé un par de fotos del bufet del desayuno, pero apenas me disponía a guardarlo cuando una mujer se levantó de su mesa y, gritando fuera de sí, se acercó a la mía señalándome violentamente con el dedo ante la mirada atónita de los comensales y, si no hubiese sido por la pronta intervención de un mesero de gruesos lentes al que yo saludaba todas las mañanas, me habría arañado la cara con sus largas uñas de diseños exóticos, cada una, según pude reparar, un dibujo distinto, quise ponerme de pie cuando ya un hombre a mi costado me exigía algo sin que yo pudiera comprenderlo hasta que por fin el gringo hombre de negocios que nunca falta en ningún lugar del mundo donde haya algo que comprar o vender, pudo imponerse al tumulto y traducir para mí que estaba siendo acusado de tomar fotografías a uno de los hijos de la señora, una criança, decía intercalando la otra lengua en el inglés bostoniano con que me hablaba, busqué con la mirada al amable mesero de gruesos lentes, pero ya no estaba ahí, de modo que he acompañado al gerente hasta la recepción y le he entregado mi móvil en tanto aguardamos a que llegue la policía y yo trato de recordar si hay algo en el aparato o en la habitación a la que no se me permite subir ya que pueda comprometerme, y la gente conversa a mi alrededor en un idioma que no entiendo y el vértigo me posee hasta hacerme sentir que pierdo el conocimiento mientras escucho en mi cabeza las delirantes carcajadas de Luis Gala que se deforman gradual e inexorablemente en un potente coro de chicharras.
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