jueves, julio 26, 2018
Si yo me quedo aquí
Cuando conocí a Gustavo en la universidad privada yo ya contaba con tres años de conocerla a través del bachillerato privado, una dependencia de aquella que se hallaba a un costado del acueducto de ciudad natal y sobre las faldas de la cuenca de un arroyo que sería embovedado durante mi primer año ahí, un sitio muy arbolado y lógicamente hecho de muchos niveles que se comunicaban por pasillos, jardines y escaleras, un sitio al que llegaba desde muy lejos todas las mañanas hasta media hora antes de las siete, a veces cuando aún estaba obscuro, y en algunas de cuyas bardas me tiraba a lo largo a mirar las estrellas o a continuar las lecturas que permanentemente conducía en mi habitación o en los ya desde entonces atestados autobuses de ciudad natal, tiempo feliz sólo parcialmente interrumpido hacia su tercer año, primero por Dulcino y luego por Bomar, heraldos de la transformación todavía más profunda que ocurriría una vez hube abandonado el bachillerato privado y conocido la universidad privada, se equivoca quien asuma que por ser aquel una dependencia de ésta, los profesores y directivos en él, así como sus actividades y filosofía, eran meras sombras de ella, nada más lejos de la realidad, todo en el bachillerato privado era sólido y terminante, consistente y definitivo, aunque para conseguirlo se prescindiera por completo de la indulgencia y no se escatimara la mayor energía en la aplicación de las reglas, disposiciones recogidas de la tradición tridentina cuya injusticia y obsolescencia no obstaban para que prefectos y secretarias, profesores y directivos, creyeran en ellas y las pusieran efectivamente en práctica no sólo al interior de la escuela sino incluso en el seno de sus familias, algo muy distinto de la universidad privada donde todos fingían en la forma más ridícula e inverosímil creer en lo que no creían de ninguna forma, en lo que ni siquiera habían reflexionado ni deseaban reflexionar, antes bien preferían sacudírselo improvisando solemnidades sólo a duras penas extraídas del ánimo de conservar sus miserables empleos, nunca de la más remota convicción que no conocían ni deseaban conocer, así pues los de la universidad privada eran personas adelantadas a su tiempo por cuanto hoy se hallarían absolutamente reivindicadas por el necio utilitarismo del mundo que, al no atenerse a ninguna ley superior ni inferior, tridentina o laica, obra con la más completa arbitrariedad e injusticia, aquella vanguardia ya se habrá sumado a la masa balbuciente, insaciable y estúpida que constituye el mundo moderno y habrá empujado al suicidio a los formidables fascistas del bachillerato privado que, ahora comprendo, vivían sus últimos momentos antes de la universalización de la idiotez, cuánto hube de hallarme en los años que siguieron echando de menos las diversas enseñanzas del bachillerato privado contra las que hube de rebelarme sin tregua leyendo todos los libros por ellos condenados, entablando todas las discusiones por ellos prohibidas, formando desde mi más sagrada soledad una convicción propia que se opusiera a su mortal escolástica, me prepararon así, por oposición, para el rigor lógico y científico que habría de estrellarse con la realidad apenas traspasar sus puertas y acceder a la universidad privada, un sitio donde, insisto, a nadie le importaba discutir nada ni seguir razonamientos ni mucho menos sostener convicciones o ideologías, toda ella era administración bruta y negocios, y por tanto la forma de combatirla ya no podía consistir en las discusiones que me llevaron a la prefectura o a la dirección cuando estaba en el bachillerato privado, donde mis interlocutores consideraban de verdad lo que yo decía y me condenaban de verdad con la energía que da la convicción, pues no, ahora tocaba seguir a Gustavo en la aparente vacuidad del nihilismo, combinando los mejores resultados académicos con putas, alcohol y cocaína, un tiro que también acertaba a liquidar la ñoñería de Dulcino y Bomar, su insuficiencia propia del bachillerato público donde estudiaban y de la universidad pública a la que posteriormente irían, instituciones inmensamente ricas que padecían inacabables carencias crónicas y donde se persuadieron de representar los deseos de superación de un pueblo del que todo ignoraban y al que, andando el tiempo, cobrarían cara su representación, nunca como en las instituciones públicas conocí años después la rapacidad más feroz y vulgar, cínica e ignorante, en contraste con los formidables fascistas del bachillerato privado que vivían convencidos de pensar y enseñar lo correcto pagados con miserables salarios de los que vivían frugalmente, llegaban al lado opuesto de la cuenca del arroyo donde se hallaba la escuela en el mismo autobús que yo, con sus zapatos sucios y un cigarrillo en las manos, no se permitían familiaridades excesivas e hipócritas y trataban a aquellos mimados hijos de industriales y altos funcionarios con autoridad, sin distingos para con los becarios como yo que se hallaban ahí como resultado de la tenacidad neurótica de una madre decidida a conseguir la familia perfecta, nunca como en aquel claustro decididamente jerarquizado tuve oportunidad de estudiar y discutir entre iguales, nunca más sería escuchado por los miembros de ninguna institución ni podría colegirse nada del galimatías de mis interlocutores como en aquellas aulas con vistas a jardines en pendiente, arbolados, donde además de enseñar álgebra e historia, lógica y química, se oponían argumentos a otros argumentos, aunque de ellos sólo emanara un mundo ordenado y obscuro al que debía oponérsele una resistencia también ordenada, 'si yo me quedo aquí', solía pensar entonces con ingenuidad en la desesperación de terminar unos estudios que se me antojaban interminables por mi corta edad, 'moriré sin conocer la libertad', pero los asesinos del espíritu esperaban afuera, libres, afilando cuchillos.
lunes, julio 23, 2018
El motor de la culpa
Hizo mucho Gustavo, inadvertidamente, por sacudirme el sentimiento de culpa que me había sido instilado por mi madre desde la infancia, no así sus amigos de la universidad privada que fueron más bien comparsas bobos de aquel drama sobre el que ni él ni yo solíamos expresar opinión alguna, asentíamos con la cabeza y redondeábamos con monosílabos, así gastábamos las veladas recorriendo la ciudad mientras se acumulaban las botellas de cerveza en el piso del auto y alguna mujer generosa se desnudaba en el asiento trasero luego de esnifar rayas de coca, una mujer de la que ni él ni yo solíamos sacar provecho como sí lo hacían en cambio sus amigos de la universidad privada de cuyas bromas y cháchara reíamos a carcajadas acotándoles mínimamente, algunas veces animándoles, más él que yo, con provocaciones ridículas que nos ahorrábamos entre nosotros, nuestros momentos solemnes llegaban cuando la embriaguez ya había adormecido a casi todos los que nos acompañaban, entonces él encendía un cigarrillo y me proporcionaba un dato mínimo sobre su familia, casi siempre sobre su padre ausente, ese putarraco, decía, que los había dejado para mejor trepar en la burocracia cultural de la capital a la sombra de un ministro invertido de cuyo favor gozaba, ya entusiasmándose con la promesa de conciertos, ya con la de recitales y publicaciones en gran formato, su padre se creía de gustos refinados y destinado a una obra, decía, a cuya altura no estaban ni su mujer ni sus hijos que sólo lastraban su capacidad creadora, yo sonreía casi con una mueca y apenas terminado su enunciado aprovechaba la pausa para encender a su vez mi cigarrillo y pensar en mi padre que a diferencia del suyo no parecía tener grandes proyectos ni se decidía aún a abandonarnos como finalmente lo hizo, un individuo más bien gris del que apenas supe nada y en contra de cuyo conocimiento mi madre hizo cuanto estuvo en su mano, una gran voluntad la de nuestras madres, en ello coincidíamos sin apenas mencionarlo, mujeres-hombre dispuestas a devorar al padre de sus hijos y, una vez emasculados, continuar su monstruosa tarea de cretinización sobre nosotros, sus maridos vicarios, no escatimando para ello ni la razón ni el chantaje ni la fuerza, contra la culpa que constituía su principal herramienta nos levantábamos Gustavo y yo llamándoles a deshoras para decirles a las claras que no volveríamos esa noche, despreciando sus advertencias de los riesgos que encerraba la ciudad, cerrando de un golpe las puertas de nuestros dormitorios para que no continuaran inoculándonos con su veneno cuando por excepción coincidíamos en casa, torturaban a nuestras hermanas para que fueran sus instrumentos, pero ellas se apiadaban de nosotros y a hurtadillas nos deslizaban comida o dinero, nos abrían sigilosas las puertas de nuestras respectivas casas y nos advertían de peligros en contra de nuestras respectivas madres, no había pues más tiempo que perder que contradecir una y cada una de las disposiciones enfermizas que nos fueron dadas desde la así denominada más tierna infancia, un período que Gustavo y yo aborrecíamos como al que más y en el que ambos tratamos por todos los medios de ganarnos el favor de nuestras distantes madres, mujeres que entonces se hallaban exclusivamente ocupadas en retener a sus hombres, bien por medio de hijos como nosotros a los que despreciaban tanto como nos ignoraron sus maridos, bien echando mano de contratos civiles y religiosos como quien asegura la tapa de un ataúd, apenas notaron que sus acciones no conseguían los efectos deseados y se embarazaron de nuevo al tiempo en que nos educaban de la manera más estricta, pensaban así convertirnos en ejemplos a los que nuestros padres admirarían, aprender a bien vestir y comer sin abrir la boca, a rezar y ayudar en la casa, a leer precozmente y escribir sin faltas de ortografía, nuestras manos se llenaron de ampollas gracias a las varas de mimbre que emplearon para conducirnos como a un ganado, Gustavo fue sin duda más inteligente que yo porque aborreció la escuela desde el principio y yo hube de pasar años dedicado a ella para mejor agradar a mi madre y ayudarle así a agradar a mi padre, una tarea destinada al fracaso por muchos cuadros de honor y concursos victoriosos que se acumulaban, a mi padre no le interesaban en lo más mínimo aquellos a los que mi madre llamaba logros, vulgares pedazos de papel llenos de firmas y sellos, trofeos con columnas y figuras ridículas, medallas que compraba de mala gana la secretaria de la escuela media hora antes de la ceremonia de premiación, aquello no era su asunto como tampoco lo éramos sus hijos en su totalidad, un hombre inafectable, mi padre, que apenas consumó su unión con mi madre comprendió que debía abandonarla y que no le sería fácil, ya estaría decidiéndose en esos mismos días en que Gustavo y yo recorríamos la ciudad con sus amigos de la universidad privada, escuchando música por encima del ruido de las botellas del piso y humedeciendo nuestros dedos en la entrepierna de la mujer de turno, sólo para terminar en alguna obscura esquina fumando nuestros cigarrillos, Gustavo riendo de mis atroces comentarios sobre la estupidez de los maestros a quienes yo superaba en conocimientos y originalidad, yo desahogando así los muchos años perdidos por una familia contumaz que en definitiva no cuajó nunca y contra cuyos principios me alzaba ahora y aún desde la aparición de Dulcino y Bomar, ese par de jóvenes de brillante porvenir cuya única función consistió en sacarme del mundo ordenado y discretamente alegre que había construido en mi habitación para mejor mantener el horror fuera de sus muros, ahora era tarde incluso para sentir admiración o afecto por Gustavo, ni él los necesitaba ni yo estaba en condiciones de dárselos, nos acompañábamos y reconocíamos, y ello bastaba para confirmarnos en la licitud de nuestro comportamiento, a él no podían atacarle porque estaba custodiado por la posición económica y política de su madre, pero a mí tampoco podían someterme porque gracias a la crueldad de la mía descollaba irritantemente en el terreno académico, no fue bastante con ser mucho, sin embargo, todo lo que inadvertidamente hizo Gustavo para sacudirme el sentimiento de culpa, muchos años después se manifiesta y yo lo reconozco, así en la aguda desesperación de las tardes a solas, así en la energía renovable que opongo a estos tiempos idióticos, así la culpa envenena todavía las aguas de un río subterráneo que me recorre y no hay más Gustavo ni universidad privada ni ciudad natal, mi hermana fue sustituida por mi mujer que a su vez se ha marchado con mis hijas y no queda pues sino mi madre, principio motor de un malentendido, para consolarme en los años que vienen de todo el mal que me ha hecho.
domingo, julio 08, 2018
Consejos de los que no saben amar
No ha hecho falta demasiado tiempo para que, azuzada por las declaraciones de mi padre, la prensa haya tenido a bien ponerlo al día sobre mi divorcio y los rumores sobre una relación con una mujer veinte años más joven que yo, algo que a él le habrá supuesto una reivindicación por analogía, aunque mi situación y la suya no permitan establecer ningún paralelismo digno de tal nombre, en mi opinión por hallarnos los dos en marcos intelectuales absolutamente incompatibles y, aún más, opuestos, pero en la de él, según informa precisamente la prensa, por la influencia excesiva de mi madre que me habrá llenado la cabeza de extravagantes teorías, pero también por la escasa influencia de él que no consiguió transmitirme los elementos necesarios para el sostenimiento de una relación exitosa, no bien he terminado de leer sus declaraciones me he puesto a rebatirlas para mis adentros, aún sabiendo cómo debían leerse cada una de sus palabras para ser interpretadas correctamente, he querido destruir su sentido cebándome en la abundancia de conceptos no definidos como relación exitosa o neurosis, palabra esta última que utilizó en sus declaraciones para referirse indistintamente al método empleado por mi madre para abordar sus distintas relaciones, de amor o de amistad, de familia o trabajo, así como al resultado de emplear dicho método, mismo que a ella la mantenía en soledad y a él en familia, a ella sin su marido ni pareja alguna, a él con su mujer y numerosas amantes, a ella distanciada de sus hijos egoístas entre los que me contaba, a él con una descendencia leal que le reconocía como su cabeza, 'para mantener una relación', declaraba, 'hay que saber hacerse acompañar sin que las posturas románticas nos hagan perder la cabeza, entender bien qué busca uno en cada cual y atenerse a ello: si sexo, no mezclar con sentimientos, si matrimonio, pensar en el contrato y ventajas y no en la parafernalia, si asistencia, procurar pagarla con regalos y chantajes, pero no esperar que el sexo obligue a responsabilidades más allá de la cama, ni el matrimonio suponga obligación de querer o desear, ni la asistencia implique otra cosa que el pago por unos servicios específicos de cara a una sociedad cuyo correcto funcionamiento depende de estas fachadas', así los consejos de mi padre, cuya eficacia quedaba demostrada en la realidad, se oponían a los de mi madre cuya aplicación práctica no produjo uno solo de los resultados esperados, guías gobernadas por principios para la consecución del máximo ideal que, a poco que se hubiera meditado, suponía el congelamiento de la realidad, su imposible cristalización mortal luego de la cual nada puede moverse de su sitio sin resultar inferior a lo perfecto, un combate en el que mi madre, aún ahora en que el ideal amoroso se había sublimado merced a la edad y las circunstancias, empleaba todas sus fuerzas, haciéndonos a quienes ella más quería los sujetos de su opresiva violencia, así invadía las casas de sus hijos para guardar en los sitios correctos lo que se encontraba fuera de ellos, una compulsión imparable que se enfadaba por la periódica invasión de la realidad que requería volver a sacar los libros de sus estantes y los platos de sus alacenas, así deslizaba comentarios hirientes para mejor debilitar la voluntad de sus hijos y obligarlos a seguir sus consejos por el sólo placer de alimentar la ilusión de que la realidad, especialmente la de quienes le eran más caros, seguía sus dictados hasta en los más mínimos detalles, 'ya que no pudo hacerlo conmigo', opinaba mi padre frenta la prensa, 'se habrá puesto manos a la obra con sus hijos sin que la pudieran arredrar argumentos ni necesidades, esta mujer les habrá instilado la idea de que existe un modo de vida perfecto al que deben aspirar, que en ella habita una pareja ideal donde deseo y sentimiento son uno y el mismo, donde las aspiraciones van de la mano en una sola dirección y los problemas se resuelven siempre de manera justa y expedita, pobres diablos, ella y mis hijos que le han creído, no me extraña que él se haya divorciado ni que le haya llevado tanto tiempo decidirse habiendo sido educado como lo fue, el trabajo que le habrá dado renunciar a su grandilocuencia, a su engreimiento, a su elevada opinión de sí mismo que habrá hecho depender de semejantes utopías', así mi padre se permitía opinar sobre lo que ventilaba la prensa luego de mi arresto y posterior liberación por el caso en contra del Estrábico y la Junta Geriátrica y a favor de la libertad de expresión, aunque los motivos que la prensa analizaba se habían deslizado ya de la esfera pública a la privada, y así me veía obligado a tolerar estas declaraciones cuyos ecos no dejaban de resonar en mi propia versión e interpretación de los hechos, la sospechosa sincronía entre mis problemas políticos que, aún acompañándome durante toda mi vida, habían adquirido notoriedad con el caso del Estrábico y la Junta Geriátrica, al tiempo en que mi mujer se separaba definitivamente de mí sin que la infinidad de conversaciones sostenidas a lo largo de los años ni la invocación de lo vivido y lo sentido ni la apelación a principios vergonzosamente parecidos a los que mi padre suponía me habían sido instilados por mi madre, hubieran podido salvar nuestro matrimonio ni mantenerme cerca de mis hijas ni ahorrarme el ahora rumorado romance con esa mujer veinte años más joven que yo a la que, mucho me temo, también ha de alcanzar el veneno de mi madre del que mi padre escapara una noche hace más de veinte años mientras yo me echaba en la cama de mi habitación completamente borracho, reproduciendo mentalmente una y otra vez las conversaciones con Gustavo y sus amigos de la universidad privada, con el fondo de unos tacones que se alejan luego de que el azote de la puerta hiciera vibrar los cristales del ventanal, así también se envenenaron todas las mujeres solas que he conocido después, amigas mías que como mi madre conocen y prodigan toda suerte de consejos sobre la manera correcta de vivir y amar sin que la realidad se haya dignado prestarles una sola evidencia, sin que ellas hayan ajustado uno solo de sus criterios, ya me digo para mis adentros que no ha de ser necesariamente cierto lo que afirman más de cinco o más de diez, no así mi padre, ni falso lo que no pudieron conseguir un puñado de mujeres ahora solas y neuróticas, no así mi madre, ya me veo recogiendo los cubiertos olvidados sobre la mesa y los zapatos tirados a un costado de la cama, ya alineando el cepillo de dientes a un costado del dentrífico para luego tomar asiento en la obscuridad y, fumando, esperarla a ella, joven carne que tampoco sabe amar, con toda su suciedad salvífica.
domingo, junio 24, 2018
El proyecto retrospectivo de mi padre
Luego me he enterado de que mi padre, en años recientes, encontraba pedagógica su actitud de aquel tiempo en que desapareció en medio de la noche acompañado de una mujer que fue a buscarle, mientras mi madre tenía pesadillas en su recámara tras una denigrante discusión y yo me tumbaba en mi cama borracho apenas cruzar la sala camino a mi cuarto y mi hermana permanecía despierta en su habitación sin siquiera moverse, pensativa; así lo ha dicho en un tardío cuanto senil desplante filosófico a cuantos han ido a buscarle hasta su casa en California, cargándose de razón apoyado en toda suerte de florituras retóricas, con la suficiencia y autoridad con que los hombres, no bien llegan a cierta edad, tanto si fueron virtuosos como si no, se creen en la obligación de dar lecciones al resto de la humanidad y muy especialmente a quienes ya han dañado irremediablemente, sus víctimas más cercanas casi siempre sus familiares, a quienes no son capaces de dejar en paz del mismo modo en que hay asesinos que no descansan hasta ver completamente eliminados a todos los testigos de sus atrocidades, mi padre encuentra en las noticias de mi arresto y posterior liberación, en la historia ahora pública de mi defensa de la libertad de expresión en contra del Estrábico y la Junta Geriátrica, los resultados de su influencia, sólo retrospectivamente intencionada, que me habría permitido reunir el coraje suficiente para actuar con toda energía en los asuntos más caros de mi vida, un combustible hecho para durar ardiendo hasta que me extinguiera, su herencia feliz que me llenó de rabia y resentimiento, de inconformidad patológica producto de su inacción y ausencia, de su deslealtad mezquina, 'me lo debe a mí', ha dicho a media docena de reporteros, 'que he tenido el acierto de regalarle la mejor educación: la de no contar conmigo ni con nadie a fin de que se desenvolviera por sí mismo, que reuniera el escepticismo y fuerza necesarios para sobrevivir a lo adverso, ya ven ustedes con qué contundencia ha actuado contra quienes, ignorando su historia, han querido pasar encima de él, no podía estar más orgulloso, es natural que él no me comprenda ahora porque ya saben ustedes que los hijos juzgan a sus padres cuando más fuertes se sienten, pero luego pasa el tiempo y les comprenden y justifican, yo estoy seguro de que así será con nosotros, él ha de llegar a viejo, habrá de comprenderme y justificarme aunque yo no necesite ni su comprensión ni sus razones, yo no he variado mi actitud en todos estos años e indudablemente él, a quien le resulta tan cara la consistencia, sabrá reconocerme esa y otras cualidades, las que no pueda ver ahora las verá con el tiempo y habrá de comprender, le guste o no, que actuar es participar, de acuerdo, pero también es sustraerse', así mi padre ha querido significarse aprovechando la publicidad derivada de mi arresto y posterior liberación, pero sobre todo de la publicación de la historia pormenorizada de los más de veinte años en que el Estrábico y la Junta Geriátrica se han empeñado en liquidarme, él no habrá leído esa historia ni habrá considerado relevante ninguna de las causas por mí defendidas, habrá sido la mujer con la que huyó hace más de veinte años la que le habrá acercado un periódico con una nota en la que se mencionaba mi nombre y él habrá reaccionado con una ligera sorpresa de la que, recobrado enseguida, habrá elaborado un burdo cuanto estimulante proyecto en su mente, una mente envejecida y poco acostumbrada a pensar, pero que, más consciente que nunca de la cercanía de la muerte, se hallará abocada a la búsqueda de justificaciones retrospectivas, una tarea para la que aún la vida más miserable o contraria al espíritu admite solución, siempre a agua pasada y auxiliada por la flaca memoria y la más descarada autocomplacencia, se omite lo que no pueda reformularse presentablemente y se sustituye por argumentos presentes lo que entonces no podía saberse y ahora se sabe, un cerebro así se felicita al final de sus aciertos y no admite errores sino como episodios de momentánea incongruencia destinados a conseguir un bien mayor, así mi padre habrá encontrado en el absoluto desprecio por sus hijos ya no el reflejo de su indiferencia cuanto la decisión consciente de fortalecer el carácter de ellos por esa vía, así habrá hallado en la neurosis de mi madre la fuente de su matrimonio desdichado y no admitirá que aquel trastorno pudiera estar relacionado con la deslealtad esencial que lo caracterizaba, así quedarán para siempre frustradas con su pronta muerte las esperanzas de verlo asumir, aunque sólo sea mínimamente, las consecuencias de sus actos, no habrá accedido ni siquiera superficialmente al conocimiento de sus hijos y estará tranquilo en la creencia de que sabe todo lo necesario acerca de ellos, ya veo al Estrábico y la Junta Geriátrica complacidos con las declaraciones de mi padre que simultáneamente rebajan y desvían la discusión hacia las motivaciones de mis actos, la cosa pública convertida en mero apéndice de la psicología, el resentimiento instilado por los progenitores como el resorte subconsciente de la inconformidad más allá de las motivaciones objetivas, nuestros actos más significativos tenidos por automatismos irreflexivos contra los que no hemos podido resistir, así yo mismo víctima del proyecto deliberado de mi padre de fortalecer mi carácter por vía de absoluta indiferencia, extraordinaria patraña que me recuerda la actitud de tantos otros familiares desaparecidos que, cerca ya de su extinción, deciden reescribir la historia que se cuentan y exigen de quienes fuimos testigos de sus inequidades la mayor de las aquiescencias para con sus deformaciones exculpatorias, no pienso desde luego decir nada a ese hombre mediocre que ahora busca la absolución públicamente aprovechando mi notoriedad, pues a diferencia de él que dice conocerme tan íntimamente yo admito que no lo conozco ni me interesa conocerlo, aún si él guardara algunas claves de mi vida, aún si en esos primeros años en que convivió escasamente con nosotros hubiera dejado una huella indeleble, no tiene objeto ya averiguarlo cuando la emancipación más completa ha tenido lugar y le ha excluido, aunque haya sido él quien decidiera su destierro una noche en compañía de una mujer cuyos tacones se alejan mientras la cabeza me da vueltas en una habitación alcoholizada, he sido yo, en aquella duermevela y para el resto de mi vida, quien le ha matado.
sábado, junio 09, 2018
La despedida de mi padre
El vivo asco experimentado en aquellos años contra el bienestar adolescente que me prescribían quienes buscaban domesticarme y la sustitución de sus emisarios Dulcino y Bomar por el menos impostado y verdadero burgués de Gustavo, vino aparejado del último encuentro con mi padre, antes de su huida al norte extranjero de donde en las siguientes décadas, mientras yo envejecía aceleradamente, me llegarían noticias aisladas y cada vez más raras sobre la vida que conducía con su así denominada otra familia, una mujer veinte años más joven que él y un par de hijos que no se parecían entre sí, la primera perfectamente comprensible como reemplazo de mi madre que a toda costa intentó por años moldear a ese hombre primitivo sin conseguir nada más que agriar la relación, los segundos, igual que nosotros sus primeros hijos, meros apéndices lógicos de la fertilidad, accidentes con los que mi padre contaba sin prestarles ninguna atención porque él no era hombre que deseara o supiera lidiar con críos, hacerlo aunque sólo fuera para liquidarnos habría supuesto reparar en nosotros, pero nosotros no existíamos para él, ya para entonces a esa nulidad en el trato había sumado distancias geográficas convenientemente amparadas en su trabajo como viajante de comercio, un empleo que detestaba y al que sólo accedía porque era un hombre extraordinariamente impreparado que no soportaba permanecer demasiado tiempo en ningún sitio, menos aún en la casa a la que mi madre, en su afán de controlarlo todo hasta en sus más mínimos detalles, llamaba perniciosamente hogar, sin importarle que en ella no nos halláramos a gusto ninguno de nosotros, apenas superé la infancia hice lo necesario para separar mi habitación del resto de la casa, prohibiendo la entrada a todos excepto a mi hermana que me llevaba de comer cuando mi madre, movida por la necesidad y en contra de su deseo de ser ama de casa, hubo de salir a trabajar para aliviar la inconstancia económica de mi padre, primero por algunas horas al día, pero luego por jornadas enteras de las que regresaba exhausta, una rutina que a mi hermana y a mí nos proporcionó una relativa paz a la que nos fuimos acostumbrando, nunca en mi vida me sentí más libre y completo, más lleno de energía, que en esos años transcurridos en el más irrestricto encierro, hasta que, con el consentimiento de mi madre, Dulcino y Bomar consiguieron sacarme de casa para llevarme a las canchas deportivas y a los campamentos en el cañón, más allá de la huerta de mangos del fondo, a la escuela de programación de computadoras donde aprendería a pensar lógicamente, a la convivencia con sus disfuncionales y horrendas familias en que padre y madre, tíos y hermanos, se obligaban religiosamente a convivir en medio de la más insoportable tensión, yo ya no tenía que vivir nada de eso, apenas una vez cada quince días mi padre pasaba por la casa una tarde cualquiera y se echaba en el sofá de tres plazas a mirar la televisión, un tanto inquieto, con mi hermana al lado en el sillón individual, no se decían apenas nada pero ella tenía a bien hacerle compañía hasta que llegaba mi madre y, antes de cenar, ésta nos convocaba para hablar, es decir, para reprochar a mi padre cuanto le pasara por la cabeza reprocharle, explotando todos los registros retóricos conocidos, llorando unas pocas veces sinceramente y otras muchas en forma descaradamente falsa, cuando niños nos obligaba a mi hermana y a mí a participar con guiones de su cosecha que exigía ensayar repetidamente antes de su ejecución definitiva frente a mi padre, pero éste era incapaz de retener nada de lo que pudieran decirle sus hijos y, juiciosamente, le decía a mi madre las palabras mínimas con las que ella contaba para darse por satisfecha del montaje, en cuanto tuve el uso de razón suficiente rechacé seguir participando en las chaladuras de mi madre y convencí a mi hermana de negarse, aunque ella prefería seguir asistiendo callada a aquellos monólogos en la sala donde a veces el televisor permanecía encendido incongruentemente hasta que alguien reparaba en él y lo apagaba, eventualmente el agotamiento por trabajo doblegó el ánimo combativo de mi madre y, para el tiempo en que Dulcino y Bomar eran reemplazados por Gustavo, yo ya ni siquiera solía estar en casa en las cada vez más raras ocasiones en que mi padre aparecía, más nervioso si cabe aunque mi madre hubiera bajado la guardia y mi hermana siguiera atendiéndolo con esmero, reciprocado en su desinterés por mi persona, me sorprendió hallarlo sentado en la obscuridad de la sala una madrugada en que yo volvía borracho luego de bajar del coche de Gustavo en el que, junto con sus amigos burgueses de la universidad privada, habíamos recorrido las calles bebiendo cerveza y fumando cigarros, escuchando música y hablando sin parar de asuntos serios y ridículos, él fumaba también en aquella sala silenciosa, su cabeza pasando de un cerrado contorno obscuro a un rostro gris en el que se distinguía el brillo de sus ojos súbitamente iluminados por la brasa del cigarro mientras le daba una calada, tardé unos segundos en recoger esa visión de mi padre en la que la sorpresa era rápidamente sustituida por la indiferencia y ésta a su vez, quizá como una concesión al alcohol que entonces me intoxicaba, por el desprecio más intenso, no era un hombre lo que tenía delante, me decía, sino un guiñapo que tuvo la mala fortuna de enredarse con mi madre, de haber tenido él sólo un poco más de luces jamás habría cedido a tanta neurosis como ella prometía, se habría apartado, en ningún caso habría tenido hijos aunque fuera perfectamente capaz de desentenderse de ellos, seguramente ya estaría metido en alguna aventura sentimental de las que mi madre le reprochaba siempre, tanto si disponía de evidencias como si no, enredándose en promesas absurdas para mejor satisfacerse genitalmente, quién sabe si semejante malentendido era suyo o de las mujeres de baja extracción social con las que se mezclaba, pobre hombre, pobre diablo, reprimí un súbito acceso de risa con una mueca irónica que él, acostumbrado a la obscuridad por haber estado en ella quién sabe cuánto tiempo, habría percibido, pues cuando ya me ponía en inestable marcha hacia mi habitación, su poderoso brazo sujetó el mío fuertemente obligándome a mirar hacia su sombra, ahí abajo, a un costado de mí, sentado y con el rostro ignoto que le prestaba la obscuridad, supuse que mirándome, hice ademán de zafarme sin conseguirlo y me apretó más fuertemente para que me sentara frente a él, pero reuní las fuerzas necesarias para decirle sólamente y con la mayor claridad 'no hace falta', con lo cual conseguí que me liberara para continuar mi marcha hacia la habitación cuya puerta abrí sin dificultad mientras repetía otra vez, ahora para mis adentros, 'no hace falta', ya en la cama sobre la que me eché completamente vestido sin encender la luz, tuve la impresión de escuchar que alguien llamaba a la puerta de la calle y de que los cristales del ventanal de la entrada, mal fijados por un mastique defectuoso, retumbaban al cerrarse aquella, ya entre sueños le siguieron tacones que se alejaban junto con voces furtivas de mujer, así un día cualquiera descubre uno que el tiempo de considerar a alguien en la propia vida se ha agotado y que ha de marcharse porque ya ningún elemento del escenario lo acoge, así la espectral figura de mi padre a quien no volví a ver, así Dulcino y Bomar cuya repugnante afectación explica que reuniera el asco suficiente para subir, aunque sólo fuese por algunos años, al trepidante coche de Gustavo, al final es de esperarse que no quede nadie a nuestro lado y que el mundo, una vez harto de nosotros, encuentre nuestra presencia incongruente y nos liquide, entonces no harán falta más explicaciones, entonces mi padre y yo nos reuniremos en el silencio universal del que vinimos.
domingo, mayo 27, 2018
Dulcino y Bomar
Que la amistad de Gustavo o lo que creí era tal apareciera y durara un tiempo que bien puede calificarse de razonable no se debió exclusivamente a la disposición nihilista de mi carácter en aquella época de desmoronamientos varios, sino también a la intoxicación que las posturas sanas y las actitudes positivas me habían causado en el par de años que la precedieron, un envenenamiento que no tuvo por efecto devolverme a la soledad de la que había salido gracias a Dulcino y Bomar, sino el de apurar la cicuta social con el objeto de demostrar, si no a ellos, al menos a mí mismo, cuán atrás podía dejarlos en el mismísimo terreno en el que se sintieron autorizados a intervenir para sacarme de mi aislamiento, poseídos por la convicción soberbia e irresponsable de estar haciendo el bien al animarme a salir de mi habitación donde a los dieciséis años estudiaba matemáticas y literatura, historia y filosofía, manteniendo a raya a mi hermana que sólo me llamaba para comer y a mi madre que aparecía por las noches cansada de su horrendo trabajo, sin ninguna amistad que lamentar, contento de mí mismo y sin tiempo para odiar a mi padre como se me instruía desde pequeño, un hombre al que ahora le agradezco más que entonces el haber tenido la lucidez de abandonarnos, no hubiese podido encontrar mi vocación si él se hubiera quedado a vegetar entre nosotros, ni Dulcino y Bomar se habrían sentido bien consigo mismos obligándome al reemplazo de mis actividades por el baloncesto, las expediciones al cañón más allá de la huerta cenagosa del fondo o la programación de computadoras, actividades todas extremadamente perjudiciales para el espíritu y que ellos, en su estrechez mental, emprendían con el convencimiento de estarse alejando de la niñez y acercándose a la vida adulta, casi se sentían rebeldes hablándole a las chicas, fumando cigarrillos a hurtadillas o cazando gorriones y ardillas en el cañón, me obligaron así por primera vez a considerar el mundo, probablemente sin saber que al liberarme de mi encierro de años estaban liquidando mi libertad, al exterior insaciable no hay forma de detenerlo una vez le hemos hecho cualquier concesión, exige todos nuestros esfuerzos y energías, toda nuestra aquiescencia para con la maquinaria social que ha de exprimirnos y echarnos cuando ya haya aplastado cualquier indicio de elevación espiritual, cualquier originalidad sobresaliente, primero Dulcino y luego Bomar fueron incapaces de tolerar la diferencia y cumplieron su obligación para con la maquinaria del mundo al exigir que pusiese fin a mi aislamiento y llevarme a la consideración práctica, ya no sólamente teórica, de cuanto ocurría a mi alrededor, mi madre debió pensar que aquella cretinización a la que accedí venciendo mis instintivas resistencias convenía a mis intereses, utilizaba el verbo humanizar cuando intentaba sacarme de mi habitación para que fuera a jugar a la calle o invitara vecinos a casa, cuando niño, para que saliera a practicar deporte y conocer otros chicos de mi edad, cuando adolescente, ahora este par estaba consiguiendo humanizarme, decía, como si así pudiera calificarse la imposición que se me hacía por primera vez y para siempre de considerar el mundo, como si la palabra, aún definida de la forma más benigna, significara algo deseable y no una impostura, el certificado que extiende la maquinaria social a todos aquellos que accedieron a ser domesticados, ella debió pensar, aún traicionando su intuición, que aquel par me hacía un favor extinguiendo mi persona para así aumentar mis posibilidades de sobrevivir en el mundo, hizo caso omiso de las transparentes cuanto mezquinas motivaciones de Dulcino, el primero en divisarme y sentirse inmediatamente compelido, por sus horrendas circunstancias familiares y peor entraña, a aplastar cuanto encontraba de original y notable en mi persona sustituyéndolo con su vulgaridad, así en la música a cuyas reglas pretendía sujetarme, así en los paseos al aire libre que deseaba convertir en deporte, así en las discusiones y libros de los que exigía extraer moralejas, su perniciosa influencia sólo complementada por la de Bomar que me enseñaba a pensar lógicamente para programar máquinas y prepararme para ser alguien en la vida, equidistante de placeres y obligaciones, una buena persona superficial sin una sola opinión de signo visible en lo político o lo moral, en lo filosófico o religioso, un individuo hecho para sentirse bien consigo mismo a toda costa, tal y como prescribía la iglesia protestante a la que, en su enajenante desesperación, pertenecían él y su familia, mi madre tenía predilección por él y desconfianza de Dulcino, del mismo modo en que Dulcino desconfiaba de ella y Bomar le prodigaba un modesto cuanto sincero afecto, el primero condicionado por su temperamento a desconfiar y sembrar desconfianza para alimentar la idea de que el mundo lo rechazaba, el segundo obligado a no comprometerse con ninguna opinión para mejor seguir gozando de la condescendencia de los demás, pero no le cerró la puerta de la casa a ninguno de ellos, mi madre, arruinando así lo que hasta entonces fue un santuario intelectual y espiritual que, de haber sobrevivido, me habría hecho invencible, y que, así cortado, me debilitó para siempre al expulsarme al mundo del que sólo he extraído desorganización para el pensamiento y desasosiego para el alma, ni siquiera fueron capaces de ir a fondo en la exploración de los sentidos que me presentaban por primera vez de manera sólo tangencial y hube de rebasarlos, ya lo digo, a Bomar y Dulcino, a Dulcino y Bomar, por hartazgo de sus posturas sanas y actitudes positivas, fue un alivio dejarlos frente a un ordenador para que continuaran su propia destrucción, jugando al baloncesto o ganando una carrera deportiva para luego fumar un cigarrillo culposo y ponerle letras infantilmente obscenas a canciones populares, ya lo creo que sí, a mi madre no le habrá durado mucho el gusto de verme fuera de mi habitación y de la casa, ya no para acompañar a Dulcino y Bomar a las maquinitas de videojuegos, sino para ir por putas en la camioneta de Gustavo y beber cerveza por toda la ciudad y lanzar botellas a desprevenidos transeúntes y empinarse varias rayas de coca sobre mesas desconocidas, es decir, buscar la muerte sin encontrarla como protesta por la irrupción de la realidad, así, sin pretensiones, con toda la honestidad de que se es capaz mientras hay dinero.
domingo, mayo 13, 2018
La alberca
Año con año son dos las temporadas de calor en Santa Teresa, la primera poseída por un agobio seco durante el día que gradualmente invade la noche hasta ocuparla toda, la segunda un continnum sofocado de humedad al que sólo pone fin su gradual sustitución por el primer agobio, el tiempo de luz rigurosamente castigado tanto en uno como en otro período, lo que es decir siempre, desde los primeros años transcurridos alquilando casas en uno u otro sitio en compañía de mi hijo hasta los más recientes en que vivo solo, incomunicado y enmudecido en la biblioteca-dormitorio, con mi mujer y las niñas perdidas, no se sabe si cerca o lejos, y quien me diera conversación y despertara mi entusiasmo hace ya varios años, partido por segunda vez, aunque ya no a la isla de donde hube de traerlo a petición de sus padres, sino a algún otro punto de este inmenso desierto miserable, su reciente ausencia ya no sólo física sino epistolar la razón de que la actualidad más inane, pero también la memoria de un vasto pasado insular y citadino, penetren en mi presente cada vez con más frecuencia y me obliguen a su consideración pormenorizada, a veces la noticia de cuerpos desenterrados en los páramos más inverosímiles, a veces una frase intercambiada en algún paseo remoto en donde, pongamos por caso, el Dr. Kurva recomienda la visita a la piscina municipal de aquella ciudad de provincias de la isla o, años después, presume la construcción de una alberca en una casa de campo al sur de la ciudad, la inmersión en agua a la que ambos éramos afectos suspendida para mí por haberme desterrado en Santa Teresa poco después de la aparición de mi hijo, cultivada en cambio por él sin apenas interrupción desde su infancia continental en las orillas de helados ríos caudalosos y lagos rodeados de bosques, un recuerdo así perfectamente lógico cuando el agobio seco está a punto de culminar la invasión de la noche, asimismo lógica la visita en sueños de mi mujer, a quien quizá convenga llamar ya de otra forma, plantada sobre el patio de la biblioteca-dormitorio y extendiendo las manos para hacerme imaginar una piscina que habría de construirse ahí mismo y que no vio la luz, reflexionaba en el propio sueño como quien todavía en él cree que la imagen precedente fue sólo un pensamiento, por haber llegado la idea demasiado tarde en el ahora concluido ciclo de nuestra relación, nuestro distanciamiento progresivo a punto de acelerarse precisamente por habernos mudado a ese siniestro lugar donde se proyectaba una alberca cuya construcción, ya despierto, considero ahora con absoluta seriedad mientras el agobio seco está a punto de ceder al húmedo, el emplazamiento el mismo que mi mujer sugiriera en sueños y la forma y profundidad según las prescritas por el Dr. Kurva para la suya en la casa de campo, un plan así que sólo podría plantearse cuando no hay nadie con quien hablar ni entusiasmarse tiene las mayores posibilidades de llevarse a cabo por no haber nada que nos distraiga para su completa consecución, no ya las personas ausentes, no ya el trabajo burocrático, un plan así al que ampara la memoria de un hecho verdadero, el Dr. Kurva, pero también la memoria de un hecho falso, mi mujer, necesariamente ha de realizarse y conseguir con ello una epifanía cuyos contenidos y alcances no podemos anticipar, pero que sólo pueden ser de la mayor importancia, una alberca en el patio de la biblioteca-dormitorio podría aliviar del infierno o develarnos el mensaje oculto en el sueño y en las prescripciones del Dr. Kurva, las medidas quizá precisas para que los albañiles, esos desposeídos que trabajarán en medio del agobio seco y húmedo por un puñado de pan, ciegos de luz, quemados de resplandor, descubran bajo las siete baldosas obscuras del patio o al pie de las raíces del naranjo, una vez desbrozado su contorno y tras clavar repetidas veces sus palas y picos en la tierra, restos humanos como los que anuncian todos los días los periódicos locales con el mayor sensacionalismo y perversidad, pese a su aturdimiento no podría convencerlos de mi propia sorpresa ni de la conveniencia de ocultar el hecho a las autoridades, no ya porque hubiese yo cometido algún delito cuanto porque no hay en este inmenso desierto miserable entidad que pueda empeorar las cosas más que la policía, los veo ya detenidos, los albañiles, frente al agujero incipiente, apoyados sobre sus palas y picos, alguno con la barbilla apoyada en sus dos manos, otro más en cuclillas mirando falanges cubiertas de piel enjuta, quizá un fémur roto o, todavía peor, un cráneo en el que se distingue el orificio por el que se escapó la vida de quien evidentemente fue enterrado ahí antes de que yo y mi mujer y las niñas llegáramos a esta casa que ellas abandonaron hace tiempo, quién sabe dónde estén, perdidas a diferencia de quien se fue de Santa Teresa por segunda vez, aunque ya no a la isla, y cuya presencia aunque sólo fuese epistolar me ahorraría la consideración de planes que forzosamente han de realizarse como la construcción de esta alberca en el emplazamiento indicado en sueños por mi mujer y con las dimensiones de la que el Dr. Kurva tiene en su casa de campo, y que ha tenido la mala fortuna de tropezar con un obstáculo que impide su realización lo mismo que su deshacimiento, no existe soborno capaz de comprar el silencio de los albañiles que desde luego tomarán el dinero que les ofrezco luego de tapar los restos como les habré indicado y más tarde, borrachos o no, se irán de la lengua y señalarán que en el patio de la biblioteca-dormitorio hay un cuerpo enterrado, quizá más, el hombre que vive ahí solo, incomunicado y enmudecido, es con toda seguridad el asesino, no sabría cómo refutar las acusaciones y es probable que, con policía o sin ella, tarde o temprano me convenza de haber sido el asesino y empiece a cuestionarme, mientras la humedad más atroz se instala en el valle, si no serán los cuerpos ahí enterrados justamente los de mi mujer y las niñas, si no estarán perdidas por hallarse todas debajo de las baldosas obscuras y al pie del naranjo, yo quien las perdió de la manera más atroz y quien ha inventado una y otra vez el cuento de que mi mujer llama o escribe desde sitios desconocidos, una ficción hecha sólo para consolarme de mi horrendo crimen, pero también de mi insoportable soledad y el desquiciante calor de Santa Teresa que diluye los contornos y vuelve la memoria un espejismo ondulante en el horizonte, sueños y conversaciones, recuerdos e imágenes, demasiadas son las potenciales consecuencias de lo inocuo, de modo que no, la alberca no ha de realizarse porque la certidumbre consiste en no mover apenas nada, contener la respiración para aguantar el miedo y encerrarse en la biblioteca-dormitorio en la esperanza de poder leer todos sus volúmenes antes de que los asesinos y ladrones que recorren las calles de Santa Teresa probando las cerraduras de las casas una por una, lleguen hasta aquí una noche decididos como la realidad a entrar de improviso ahí donde más se la ha negado.
domingo, mayo 06, 2018
Actualidad
Conforme pasan los días obligándome a aceptar que, aunque ya no a la isla, él se ha marchado de Santa Teresa hacia otro punto de este inmenso desierto miserable, privándome, si no de su conversación que de todas maneras no tenía por comprender ambos que era inútil tenerla, sí de la certeza de saberlo en casa de sus padres, en el otro extremo de la ciudad, recuperándose de su reciente crisis nerviosa, permito que la actualidad se filtre en los entrecijos que dejan las horas transcurridas en el despacho frente al ordenador, también por entre los minutos que paso distraído sobre la bicicleta estática, ese maravilloso invento filosófico, con un cuadro caído a las espaldas y otro aún colgado sobre la pared de enfrente, pedaleando las más de las veces, pero también en los momentos del atardecer en que riego las plantas del jardín, luego de dar el pienso a las perras, mirando fijamente el agua terrosa que baja de la sierra y hierve en el valle, la misma que usamos para cocer alimentos envenenados y ducharnos luego como si pudiera refrescarnos esa agua tibia y putrefacta; a veces lo hace, la actualidad, en forma de radio que se escucha en la distancia dando cuenta de crímenes y fiestas, las únicas noticias que cuentan para los habitantes de Santa Teresa, a veces en forma de periódicos o páginas en el ordenador cuyos titulares no tengo más remedio que leer, tal es el lamentable estado de mi concentración que, tras su partida, pero también tras la de mi mujer a quien quizá convenga referirme ya de otra manera, no tiene ya la solidez que me asistiera en otros años para prevenirme contra la vulgaridad y aislarme en mis ciencias y artes en busca de asideros menos caducos, foráneo como sigue siendo para mí el principal empeño de los habitantes de esta ciudad, pero también de este país, por reducirse a la condición de insaciables cerdos a los que basta bebida y comida ilimitada para alcanzar la mayor felicidad, siempre me resultaron repugnantes su ignorancia e inconsistencia, su carácter autocomplaciente e hipócrita, los padres de quien se ha marchado, pero ya no a la isla, perfectos ejemplos de cuanto queda dicho, seres envilecidos que hicieron cuanto estuvo en su mano para conseguir que quien se ha marchado, pero ya no a la isla, siguiera su ejemplo y se sometiera a la cretinización que le estaba reservada, sería ciudadano a carta cabal de esta democracia de monos en que habitamos y que en estos días reclama su renovación en medio de un ruidoso vocinglero, sería un hombre estólido y responsable que, como su padre, hojearía el periódico local todos los domingos para comentar los atroces asesinatos de quienes invariablemente algo malo habrán debido hacer para terminar así, reconfortado por una esposa como su madre, católica e idiota, que hojearía el mismo periódico para comentar la boda o los quince años o la primera comunión de otros individuos indistinguibles de ella, degeneraría en sus hijos a quienes intentaría causarles el mismo daño que a él le causaron para que a su vez lo transmitan ellos, sæcula sæculorum, asegurándose de renovar la plaga que ha de liquidar este país y esta ciudad, tal es la actualidad que llega a mis sentidos por no hallarse mi concentración en el mejor de los estados; ya cuando él aceptó su realidad y, por intercesión mía, marchó a la isla escapando a la extinción que sus padres deseaban operar en su espíritu, tuve que resignarme como correspondía a mi madurez y estatura a que su conversación fuese reemplazada por la epístola, ya en su momento y a petición de sus padres hube de concentrarme en traerlo de vuelta a Santa Teresa por hallarse afectado de una severa crisis nerviosa, entonces, ya aquí, pude pensarlo abstraídamente aunque no hablara con él ni le escribiera ni él a su vez me hablara ni escribiera, convencidos como estábamos ambos tanto del máximo provecho que supondría hacerlo como de su absoluta inutilidad cuando ya todo está dicho, pero ahora que se ha marchado de Santa Teresa, pero ya no a la isla, recuperado de su crisis nerviosa según pude observar en la despedida, mi mente no puede descansar en hablarle ni escribirle, no está ya en el otro extremo de la ciudad para pensarle y, aunque no se halle perdido como mi mujer a quien quizá convenga ya llamar de otra manera, no me acompaña ya, ni siquiera con la mente, para prevenirme contra la invasión de la actualidad, la de la ciudad y la del país, la memoria de nuestras conversaciones cada vez más interrumpida por una población cuya juventud y entusiasmo y estupidez me excluyen, y yo he cedido, acomodándome paulatina e inexorablemente a la condición de paria cuyo tiempo ha pasado ya, lo que sea que tenga que decir no cuenta ya para ninguno de ellos, mis compatriotas, que advierten con meridiana claridad que soy un cuerpo extraño que no podrá sobrevivir a ellos, incapaz de mantener el paso de la tribu en las nuevas salas de cine certificadas contra contenidos no inocuos y los procesadores de basura que dirigen la nueva gastronomía, fumo frente a mi jardín porque no puedo hacerlo ya en los bares, echando de menos a quien se ha marchado de Santa Teresa, pero ya no a la isla, para no volver y sucumbir con toda seguridad a este desierto siniestro donde quedará eventualmente incomunicado y enmudecido, solo, fumando frente a su propio trozo de tierra.
domingo, abril 22, 2018
Conquerors Square
No ha pasado mucho tiempo desde que lo traje de vuelta de la isla, a petición de sus padres, a fin de que se recuperara en Santa Teresa de su crisis nerviosa, cuando ha aparecido de nuevo en mi despacho cerca del mediodía, ya sin la barba crecida ni el olor a leche agria con que lo encontré en su piso de la Conquerors Square, hace no tanto como queda dicho, un domingo lluvioso en que me costó lo suyo dar con su domicilio, dificultada la vista por la persistente lluvia y angustioso el posterior regreso a mi hotel, cuando ya había cesado la tormenta, a través de calles rápidamente invadidas por una espesa niebla nocturna, ahora no era domingo sino martes, aparecía vestido con ropa limpia que su madre habrá ordenado lavar tan pronto como lo recibieron en la puerta de su casa, ella cogiéndolo del brazo para hacerlo pasar sin apenas mirarme, su padre haciendo un vago gesto de agradecimiento detrás de la puerta que la ama de llaves sostenía, despidiéndome sin estrechar mi mano, ya antes de que él partiera a la isla me hacían responsable de su indisposición, ahora que volvía con la barba crecida y oliendo a leche agria, luego del larguísimo viaje desde la isla, años después de que partiera convencido de que quedarse significaba sencillamente morir, sus padres seguían haciéndome culpable de lo que ellos llamaban el trastorno de su hijo, el de su inconformidad patológica contra ellos y contra Santa Teresa, pero ahora también de su así llamada por ellos inevitable caída en la isla, con la misma rapidez con que lo hicieron pasar a su casa aquella noche le habrán prohibido terminantemente verme, y, sin embargo, él estaba ahora en mi despacho, un martes, no mucho tiempo después de que lo trajera de vuelta de la isla, transcurridas apenas unas semanas en que me abstuve de buscarlo lo mismo que él a su vez se abstuvo de buscarme, no por prescripción de sus padres a los que habrá conseguido engañar durante ese tiempo haciéndoles creer que tenían razón, el placer de tenerla muy superior en ellos al deseo de ayudarlo, sino por comprender que todo estaba dicho ya entre nosotros desde hace años, desde antes aún de que partiera a la isla, pues fue precisamente la conciencia de saber que todo estaba dicho entre nosotros la señal de que el momento de marcharse de Santa Teresa había llegado, a él no podía entenderlo nadie más que yo ni yo podía ser entendido por nadie que no fuera él, ambos éramos los únicos interlocutores posibles en cientos de kilómetros a la redonda y, si por el entusiasmo desmedido de nuestra primera convivencia de muchos meses, pero menor a un año, seguida del gradual desmoronamiento de nuestra creencia en la posibilidad de desarrollo espiritual e intelectual en este páramo, se había agotado todo lo que podíamos decirnos el uno al otro, entonces no quedaba ningún motivo humano para continuar aquí, a él por ser el más joven le asistía el derecho de partir y a mí por ser el más viejo la obligación de quedarme, guardado en mi despacho del calor y de buena parte de quienes intentaron a toda costa, antes y después, aniquilarme con su trato, reducirme a su condición de gusanos y asimilarme del todo a la felicidad de Santa Teresa que es la muerte, y, con todo, él apareció un martes en mi despacho, con ropa limpia y la barba recortada, desafiando la prohibición de verme de sus padres, que por asumir que la crisis nerviosa de que fue víctima en la isla equivalía a darles la razón, se sentían autorizados a prohibirle todo lo que creyeran pertinente, ya veo a su madre reuniendo a la servidumbre para interrogarlos sobre el paradero del señorito e inspeccionando personalmente su habitación a la caza de cualquier señal o sugerencia de lo que desde luego ya sabe, a saber, que él ha venido a mi despacho y luego de abrazarle hemos ido andando hasta mi calle donde nos sentamos a la sombra del frondoso árbol frente a mi casa, a fumar, interrumpiendo nuestros cigarrillos con acotaciones mínimas, sólo entonces él repara en la dimensión física y espiritual de mi separación, cuando comprueba que mi mujer no está ahí, que como tiene sabido, pero no asimilado, ella no vive más aquí y los closets donde colgaba sus blusas y vestidos están vacíos, los cajones donde guardaba su ropa han ido disipando su olor hasta que ya no puede reconocerse, los jardines que ella cuidó languidecen en su ausencia, él no me tiene piedad ni se entrega a nostalgias, fuma y mueve la cabeza de un lado a otro tratando de acariciarse una barba que ya no es aquella con que lo encontré hace no mucho tiempo en la isla, se hace cargo de mi soledad, pero no la padece ni la interroga, no la explica ni intenta hacerla presentable, igual que él recuerdo a mi mujer como a una continua presencia cuyos misterios no conseguí desentrañar tanto como la amé y que ahora se vuelve más borrosa, irreconocible, sus posturas cada vez más extremas y de signo contrario a las de nuestro largo tiempo común, coincidiendo con la opinión y acciones en mi contra de aquellos que me pidieron ir a buscar a su hijo a la isla hace no mucho tiempo y que ahora le han prohibido a ese mismo hijo que se encuentre y fume y evoque conmigo, aunque la evocada sea una mujer que podría confirmarles en mi mezquindad y mala entraña, en mi inconveniencia y soberbia e inadecuación, en mi desprecio por Santa Teresa y sus repugnantes costumbres, ellos por fortuna están en el otro extremo de la ciudad desde donde él ha venido a buscarme a mi despacho una vez se ha sentido con fuerzas tras su recuperación, e igual que yo no pueden hablar con ella porque está perdida, sus silencios sólo punteados por ocasionales cartas sin remitente en las que cada vez la reconozco menos, pues quizá quien escribe ya no sea ella o bien nunca lo haya sido, cartas anónimas enviadas desde una espesa niebla nocturna, inaprehensibles, ante las que sólo podemos oponer el silencio lo mismo que ante los días que él ha pasado con sus padres, el objetivo de ellos y de la autora de las cartas uno y el mismo, nuestro avasallamiento y emasculación total, es ya del todo imposible la reconciliación con quienes han decidido traicionarnos y cuyas verdaderas naturalezas siempre estuvieron ahí para quien deseara verlas, aguardando el momento oportuno de desarrollarse, sus padres lo hallaron en el momento en que me divisaron y ella, la que abandonó esta casa de la que ahora él y yo salimos de vuelta a mi despacho, en el momento mismo en que dejó de reconocerme, 'me marcho al sur dentro de dos días', me anuncia con resignación al despedirse, para él como para mí la isla descartada, no más regresos dubitativos hasta un cuarto de hotel donde un individuo con turbante y espeso bigote nos entrega la pesada llave de nuestra habitación, no más traslados al aeropuerto instruyendo al taxista que se detenga en Conquerors Square para subir tres pesadas maletas y un individuo de espesa barba que huele a leche agria, no más océanos ni pasaportes, no más intentos de una civilidad que nos excluye lo mismo que la barbarie, por fin su tiempo, igual que el mío hace muchos años, ha pasado ya.
domingo, abril 08, 2018
Envenenados
Él no querrá enterarse de lo que me sucede, no sólo por hallarse en el otro extremo de la ciudad recuperándose de su crisis nerviosa, algo que, en principio, debería mantenerlo todavía más centrado en sí mismo de lo que solía estar, tampoco por los años transcurridos con escaso trato en virtud de la geografía, pues ese ha sido el ritmo de frecuentación mantenido con otras amistades de la isla que, como la suya, se mantienen incólumes; es más bien que el sesgo intelectual de nuestra relación dificulta, si no impide, la discusión y aún la mera consideración de temas sentimentales, como si el aparato mental utilizado en nuestras investigaciones no pudiera dirigirse hacia áreas caracterizadas por una cantidad excesiva de supuestos y una serie no menos abundante de acciones irracionales.
Poco antes de que sus dolencias mentales alcanzaran la gravedad que me obligó, a petición de sus padres, pero también por interés propio, a viajar hasta la isla para traerlo de vuelta a Santa Teresa, lo he puesto al día sobre mi situación sentimental, guardándome de descender a los aspectos más lúbricos de la misma, aunque fuera esa y no otra la naturaleza de buena parte de ella. Se mostró elíptico y prudente, y mucho agradecí que no se tomara las libertades que otros de mis escasos amigos se tomaron para criticar sin considerandos a quien hasta entonces había compartido casi dos decenios de su vida conmigo, el divorcio, le explicaba, mera formalización de una circunstancia de facto que llevaba más de un lustro consumiéndonos, aunque él se limitó entonces a empinar su vermut y coger con los dedos una aceituna que sólo mordió para descartar enseguida, apartando su mirada de la mía para dirigirla al paisaje extendido frente a la terraza del bar en que nos hallábamos y que no tardarían en recoger ahora que había comenzado el otoño en la isla.
Se sintió en la obligación, o así me pareció que se sentía, de darme a cambio de mi inusitada confesión un comentario sobre su propia situación amorosa, una relación que él entendía era posible extender indefinidamente sin apenas sobresaltos ni esfuerzos, pero también liquidar ahora mismo con argumentos incontestables, ella no podría decir apenas nada, me decía, tendría que aceptarlo todo como verdadero, todavía más, evidente, se vería obligada, aunque fuese por un mínimo pudor, a apartar como ridículas sus demostraciones sentimentales, me decía, y yo comprobaba sin necesidad de ser más explícito, la generalidad de semejante razonamiento, cuán verdadero era que todo podía prolongarse para siempre y terminar ahora mismo con igual validez, pero todavía más, cómo la aniquilación de mi propia relación, con haber sido en su momento el mayor drama y habernos obligado a las manifestaciones de dolor correspondientes a una hora tan ardua, era ahora un hecho absolutamente irrelevante y cuyo tránsito lo mismo pudimos realizar sin sobresaltos que habérnoslo ahorrado del todo sin apenas diferencia, igualmente viables la acumulación de otro par de decenios en una infelicidad relativa que el completo desconocimiento de uno con respecto al otro, así entendía yo aquellas desenfadadas confidencias que él se sintiera en obligación de hacerme poco antes de su crisis nerviosa, entonces invisible o apenas insinuada en una mayor taciturnidad que no obstaba, según veía entonces y compruebo ahora al pensar de nuevo en aquellos días, para que su razón coligiera lo que ha de deducirse de los datos que continuamente nos proporciona la realidad.
Mientras él empeoraba en la isla, primero sin que yo lo supiera y luego deduciéndolo de las breves e infrecuentes misivas que no se preocupaba por firmar, yo me reestrenaba con escepticismo en una soltería que tenía mucho de viudez, aunque los ahora divorciados agregáramos breves encuentros semanales a nuestros casi dos decenios de vida conjunta, aquellas comidas y diligencias, incluso desayunos pero nunca cenas, siempre con los pretextos más peregrinos e increíbles, eran invariablemente tensos y artificiales, un continuo refrenarse ante el impulso de dirigirnos conforme a nuestra costumbre de años a la que nada era capaz de sustituir, ningún sentarse con esta u otra pierna doblada, ningún quedarse de pie en el quicio de una cocina que ya no era nuestra, sino suya o mía, ningún tratamiento cariñoso o neutro, todo, absolutamente todo manchado de incongruencia y estupidez, salíamos de aquellas horrorosas ejecuciones agotados, casi con embarazo, deseando hallar una forma correcta de lidiar con nuestros pasados, es decir, de liquidarlos, algo para lo que mi amigo en la isla, quizá leyendo entre líneas lo que nunca le consulté explícitamente, quizá en medio de un ataque de ansiedad que le hizo recordar nuestra conversación de fin de verano haciéndole transparente lo que para la gente sin trastornos permanecía oculto, recomendaba amputación sin ambages, un tajo limpio cuya omisión en la hora ardua, la única hora correcta, nos obligaba ahora a los divorciados a ir de un lado a otro llevándonos como plomos, tanto si nos veíamos como si no, tanto si nos llamábamos por teléfono como si no, plomo en las palabras y en las acciones, plomo en los silencios y las omisiones. Todo da igual, escribió él desde la isla, si no se cercena el miembro gangrenado a tiempo.
En virtud del estado en que lo encontré en la isla a la que acudí por así habérmelo pedido sus padres, pero también por interés propio, es fácil descartar sus palabras como producto de la locura, pero él y yo, con todo y hallarnos ahora en extremos opuestos de la ciudad, él recuperándose de la crisis nerviosa que lo aquejó y yo deseando hablar con él sabiendo que no ha de interesarle nada de lo que tenga que decirle, sabemos que no era así, que las escasas palabras escritas durante su empeoramiento, aún las de carácter más amenazador o inquietante, las de más difícil interpretación, eran producto del raciocinio en su expresión más depurada, contenían el diagnóstico y el remedio para con las incertidumbres que tanto a él como a mí, incluso en esos terrenos sentimentales a cuya discusión éramos reluctantes, nos afectaban tremendamente. En realidad, aunque haya interpretado y puesto en marcha la ejecución exacta de sus instrucciones, aunque no tocara en absoluto el menor detalle de mi vida sentimental y me limitara a las esferas más intelectuales, mi amigo y yo ya no podemos hablar de nada porque el tiempo de los dos se ha agotado. Él está ahora recuperándose en el otro extremo de la ciudad, pero cuando finalmente lo consiga del todo ya no habrá tiempo para nosotros porque nunca estuvimos casados ni somos ahora divorciados, nuestro trato no puede prolongarse indefinidamente ni podía terminar así nada más, ha debido esperar a que él tocara fondo en la isla para, traído por mí hasta Santa Teresa, iniciar su recuperación de modo que ya no nos debamos volver a ver jamás. Por el bien de nuestra amistad, a fin de mantenerla incólume, ésta ha de terminar. Pero me ha dado una valiosa lección que he puesto en práctica y que ha consumado efectivamente mi divorcio, tan es así que de su mujer o de la mía hace ya mucho tiempo que no tenemos ninguna noticia.
Y nadie volverá a tenerla.
Poco antes de que sus dolencias mentales alcanzaran la gravedad que me obligó, a petición de sus padres, pero también por interés propio, a viajar hasta la isla para traerlo de vuelta a Santa Teresa, lo he puesto al día sobre mi situación sentimental, guardándome de descender a los aspectos más lúbricos de la misma, aunque fuera esa y no otra la naturaleza de buena parte de ella. Se mostró elíptico y prudente, y mucho agradecí que no se tomara las libertades que otros de mis escasos amigos se tomaron para criticar sin considerandos a quien hasta entonces había compartido casi dos decenios de su vida conmigo, el divorcio, le explicaba, mera formalización de una circunstancia de facto que llevaba más de un lustro consumiéndonos, aunque él se limitó entonces a empinar su vermut y coger con los dedos una aceituna que sólo mordió para descartar enseguida, apartando su mirada de la mía para dirigirla al paisaje extendido frente a la terraza del bar en que nos hallábamos y que no tardarían en recoger ahora que había comenzado el otoño en la isla.
Se sintió en la obligación, o así me pareció que se sentía, de darme a cambio de mi inusitada confesión un comentario sobre su propia situación amorosa, una relación que él entendía era posible extender indefinidamente sin apenas sobresaltos ni esfuerzos, pero también liquidar ahora mismo con argumentos incontestables, ella no podría decir apenas nada, me decía, tendría que aceptarlo todo como verdadero, todavía más, evidente, se vería obligada, aunque fuese por un mínimo pudor, a apartar como ridículas sus demostraciones sentimentales, me decía, y yo comprobaba sin necesidad de ser más explícito, la generalidad de semejante razonamiento, cuán verdadero era que todo podía prolongarse para siempre y terminar ahora mismo con igual validez, pero todavía más, cómo la aniquilación de mi propia relación, con haber sido en su momento el mayor drama y habernos obligado a las manifestaciones de dolor correspondientes a una hora tan ardua, era ahora un hecho absolutamente irrelevante y cuyo tránsito lo mismo pudimos realizar sin sobresaltos que habérnoslo ahorrado del todo sin apenas diferencia, igualmente viables la acumulación de otro par de decenios en una infelicidad relativa que el completo desconocimiento de uno con respecto al otro, así entendía yo aquellas desenfadadas confidencias que él se sintiera en obligación de hacerme poco antes de su crisis nerviosa, entonces invisible o apenas insinuada en una mayor taciturnidad que no obstaba, según veía entonces y compruebo ahora al pensar de nuevo en aquellos días, para que su razón coligiera lo que ha de deducirse de los datos que continuamente nos proporciona la realidad.
Mientras él empeoraba en la isla, primero sin que yo lo supiera y luego deduciéndolo de las breves e infrecuentes misivas que no se preocupaba por firmar, yo me reestrenaba con escepticismo en una soltería que tenía mucho de viudez, aunque los ahora divorciados agregáramos breves encuentros semanales a nuestros casi dos decenios de vida conjunta, aquellas comidas y diligencias, incluso desayunos pero nunca cenas, siempre con los pretextos más peregrinos e increíbles, eran invariablemente tensos y artificiales, un continuo refrenarse ante el impulso de dirigirnos conforme a nuestra costumbre de años a la que nada era capaz de sustituir, ningún sentarse con esta u otra pierna doblada, ningún quedarse de pie en el quicio de una cocina que ya no era nuestra, sino suya o mía, ningún tratamiento cariñoso o neutro, todo, absolutamente todo manchado de incongruencia y estupidez, salíamos de aquellas horrorosas ejecuciones agotados, casi con embarazo, deseando hallar una forma correcta de lidiar con nuestros pasados, es decir, de liquidarlos, algo para lo que mi amigo en la isla, quizá leyendo entre líneas lo que nunca le consulté explícitamente, quizá en medio de un ataque de ansiedad que le hizo recordar nuestra conversación de fin de verano haciéndole transparente lo que para la gente sin trastornos permanecía oculto, recomendaba amputación sin ambages, un tajo limpio cuya omisión en la hora ardua, la única hora correcta, nos obligaba ahora a los divorciados a ir de un lado a otro llevándonos como plomos, tanto si nos veíamos como si no, tanto si nos llamábamos por teléfono como si no, plomo en las palabras y en las acciones, plomo en los silencios y las omisiones. Todo da igual, escribió él desde la isla, si no se cercena el miembro gangrenado a tiempo.
En virtud del estado en que lo encontré en la isla a la que acudí por así habérmelo pedido sus padres, pero también por interés propio, es fácil descartar sus palabras como producto de la locura, pero él y yo, con todo y hallarnos ahora en extremos opuestos de la ciudad, él recuperándose de la crisis nerviosa que lo aquejó y yo deseando hablar con él sabiendo que no ha de interesarle nada de lo que tenga que decirle, sabemos que no era así, que las escasas palabras escritas durante su empeoramiento, aún las de carácter más amenazador o inquietante, las de más difícil interpretación, eran producto del raciocinio en su expresión más depurada, contenían el diagnóstico y el remedio para con las incertidumbres que tanto a él como a mí, incluso en esos terrenos sentimentales a cuya discusión éramos reluctantes, nos afectaban tremendamente. En realidad, aunque haya interpretado y puesto en marcha la ejecución exacta de sus instrucciones, aunque no tocara en absoluto el menor detalle de mi vida sentimental y me limitara a las esferas más intelectuales, mi amigo y yo ya no podemos hablar de nada porque el tiempo de los dos se ha agotado. Él está ahora recuperándose en el otro extremo de la ciudad, pero cuando finalmente lo consiga del todo ya no habrá tiempo para nosotros porque nunca estuvimos casados ni somos ahora divorciados, nuestro trato no puede prolongarse indefinidamente ni podía terminar así nada más, ha debido esperar a que él tocara fondo en la isla para, traído por mí hasta Santa Teresa, iniciar su recuperación de modo que ya no nos debamos volver a ver jamás. Por el bien de nuestra amistad, a fin de mantenerla incólume, ésta ha de terminar. Pero me ha dado una valiosa lección que he puesto en práctica y que ha consumado efectivamente mi divorcio, tan es así que de su mujer o de la mía hace ya mucho tiempo que no tenemos ninguna noticia.
Y nadie volverá a tenerla.
domingo, abril 01, 2018
Breve recuento del suicida asesinado
Verdaderamente existen obstáculos insalvables para quienes, como él y yo, no podemos evitar la meditación profunda y continuada acerca de todas las ramificaciones que el presente ofrece. No es ya que nuestras vidas estén claramente acabadas o que todo haya salido objetivamente mal, una posibilidad que, aunque remota, tendría al menos la virtud de cerrar de una vez y para siempre nuestro inacabable pensar y ponderar y repasar lo que aún ofrece un cierto nivel de incertidumbre, pues no es así; sino que existiendo aún una considerable cantidad de permutaciones delante nuestro, incluida nuestra amistad y sus estrictos términos, todas las rutas nos conduzcan irremediablemente, así en el pensamiento como en la acción, a la misma conclusión desoladora sobre nuestro carácter de islas: realmente estamos solos.
Sé que estará ahora mismo en el otro extremo de la ciudad, rodeado de su familia, haciendo lo posible por recuperarse de la crisis nerviosa que le aquejó en los últimos meses y que me obligó, a petición de esa misma familia, a viajar hasta aquella isla para traerlo de vuelta, aún cuando yo mismo estaba convencido de la futilidad de hacerlo y, todavía más, del carácter contraproducente de arrebatarlo a aquella isla de cielos grises para traerlo a estas latitudes meridianas en las que, contra lo que creen en la isla, mucha gente se suicida año con año incapaz de soportar las altas temperaturas y la inopia cultural más devastadora. Por estos y otros motivos se fue él de aquí hace años, apenas tuvo capacidad económica para hacerlo, agobiado por el carácter dulce de su familia que estaba imposibilitada para entenderlo, por el envilecimiento sin fondo de los profesores y estudiantes del instituto al que estaba obligado a asistir, por la reiterada cuanto hipócrita invitación de los habitantes de Santa Teresa a que acudiese a fiestas embrutecedoras y comilonas vomitivas.
Fui yo quien le facilitó la huida. Nuestro encuentro, hace ya tantos años, nos hizo creer en un principio que no todo estaba perdido como cada uno, él desde su juventud y yo desde mi batida en retirada, pensaba. Hallamos de repente, cada uno en el otro, un interlocutor sensible e inteligente con el que se podía discutir de cualquier cosa, algo completamente excepcional en Santa Teresa y para lo que ni él ni yo estábamos preparados, por cuanto la experiencia nos había convertido en seres anodinos y misántropos que gastaban buena parte de su energía manteniendo a raya a las personas que los rodeaban, con escasa consideración hacia las más prescindibles y un continuo cuanto agotador repensar el trato con la familia, resistiéndonos en este último caso, lo más posible, a la inevitable conclusión de que nuestras familias no tenían apenas nada que ver con nosotros, salvo para apurar nuestra huida y definir, por contraste, todo aquello que no debíamos incorporar en nuestras vidas y contra lo que, lamentablemente, tendríamos que rebelarnos con independencia de qué tan lejos o cerca nos halláramos de la respectiva familia, pues su veneno nos había sido inoculado desde la más tierna edad y nos acompañaría allí a dondequiera que fuéramos.
Pero verdaderamente hubo un tiempo, al inicio, quizá sólo unos meses, pero en ningún caso mayor a un año, en que ambos creímos razonable vivir en Santa Teresa por el sólo hecho de habernos encontrado y poder conversar sobre cualquier cosa, un tiempo en que él, aún viviendo con su madre que sólo tenía atenciones para su hermano mayor que era un desobligado de gustos y opiniones extremadamente vulgares, aún viviendo con su padre que era un ser extraordinariamente primitivo al que la complejidad de su hijo menor y del mundo escapaban por completo y que, como no podía ser de otro modo, prefería al hijo mayor por hallarlo mucho más cercano a su tosquedad y tozudez, un tiempo así, decía, en que él se hallaba esperanzado, aún inconscientemente, sobre la posibilidad de tener un sitio en el mundo, incluso en este mundo donde todo era atroz y en contra del espíritu, esperanzado porque yo no estaba en contra del espíritu y sí a favor de la amistad y el intelecto, verdaderamente sonrió en medio de las sombras en que vivía y sonreí yo, que hacía muchos años ya que había prescindido de mi padre, o diría mejor mi progenitor por cuanto cumplida su misión no se ocupó más de sus hijos, y había escapado al influjo maligno de mi madre que hacía todo por emascularme y reducirme a la misma condición que mi padre.
Creyó él posible vivir en medio de la inopia sin vaciarse él mismo de su espíritu y también lo creí yo, aunque por ese mismo intelecto y por la calidad y profundidad de nuestras muchas conversaciones sobre cualquier tema, era cuestión de tiempo para que comprendiéramos ambos, si no lo comprendíamos ya implícitamente desde el inicio, la imposibilidad de semejante propósito y la necesidad urgente de huir de Santa Teresa poniéndose a salvo de su mediocridad y degradación, la de su familia y la de nuestros conocidos y la de todo contacto humano en este desierto mental donde, insisto, no es verdad que predomine la alegría y despreocupación que tradicionalmente se atribuye a los habitantes del trópico, sino la brutalidad y la tortura, la degradación más animal de las costumbres y alimentos y mentalidades. 'Todo es muerte aquí', me dijo un día. Y entonces le hablé de la isla.
Se mostró escéptico al principio y en largas conversaciones examinamos todas las ramificaciones que la decisión de ir a la isla y abandonar Santa Teresa implicaba, así una a una de las dudas quedaba esclarecida aunque de dicha claridad no se coligiera la absoluta pertinencia de la decisión, pero sí su carácter de vida o muerte, la vida sólo posible en otro sitio que no fuera Santa Teresa, la muerte siempre segura y pronta en caso de quedarse. Sus padres, como no podía ser de otro modo, intentaron en todo lo posible obstaculizarle, atribuyéndome la culpa de la infelicidad de su hijo y de sus deseos de abandonar Santa Teresa, no deseaban escuchar hablar nada sobre la isla como no deseaban jamás saber nada que ocurriera fuera de Santa Teresa, su mundo limitado al extenso valle donde el agua hervía en verano y los hombres y mujeres morían continuamente reventados de tanto beber y comer inmundicias, su oposición sólo sirvió para acabar con el escepticismo que él experimentaba y que jamás estuvo dirigido contra la decisión, sino contra el destino, la isla, de la que él apenas sabía nada que no fuese por los libros y por mis relatos, al haber vivido yo en ella durante un decenio y haber terminado, pese a todo, aquí, en Santa Teresa, batiéndome en retirada por razones que no vienen al caso y que pensamos entonces no aplicaban a él, si bien sus padres, con la feroz mezquindad que caracteriza a los que ven trastocado su poder sobre los demás, sí creyeron que aplicaban y usaron alevosamente el hecho de que yo me hallara aquí en Santa Teresa como ejemplo de la insensatez de abandonarla para ir a la isla.
Fue, en todo caso, inútil, pues él se fue y vivió allá su buena cantidad de años, nos escribimos más bien poco durante ese tiempo y yo hube de echar mano de mis mayores fortalezas, mi mayor edad y experiencia, para sobrevivir a Santa Teresa y a su falta total de interlocutores o, todavía peor, su abundancia de interlocutores impertinentes que tienen por misión asimilar cualquier diferencia por medio de la humillación y el rebajamiento, la vulgaridad más supina y reiterada, nunca fueron suficientes las puertas y los muros para detenerlos, pero como él descubrió y yo había descubierto en mis años transcurridos en la isla, tampoco es suficiente la distancia geográfica porque un envenenamiento como el producido por Santa Teresa, por la educación y crianza de esta región repugnante, no desaparece del espíritu con sólo mudar de continente y acudir a cenas entre gente culta que creció sin pretensiones, pero sin vulgaridades, con intereses genuinos y educados, con aspiraciones y predisposiciones intelectuales, uno se halla, así él, así yo, de pronto en mitad de una carretera en la isla, rodeado de verdes colinas donde pastan ovejas y de pequeños bosques ordenados, camino a una de esas cenas con artistas y pensadores, con amigos capaces de escuchar lo que tenemos que decirles y de responder en consecuencia, y descubre que todo ello está muy bien, pero estamos manchados por Santa Teresa, no hemos crecido en la isla sino en el desierto y éste vive dentro de nosotros y se extiende inexorablemente en todas direcciones, sin importar la calidad y variedad de las conversaciones que sobre cualquier cosa tenemos ahora con casi todas las personas que nos rodean y que han tenido la fortuna de no haber sido inoculadas con este horrible veneno para el que no existe más remedio que el sucidio, así él, así yo que volví a Santa Teresa para evitar saltar por la ventana de mi piso en la isla.
Hubo, por este motivo que era el mío y él hizo suyo al paso de los años, que acudir a por él hasta la isla y traerlo de vuelta a Santa Teresa, sus comunicaciones fueron cada vez más escasas y dramáticas, más cargadas de razón y por ello, completamente sin esperanza, a esa conclusión desesperanzadora llega cualquiera que tenga cabeza y haya nacido con una contradicción de origen irreconciliable, él con la que colocaron sus padres en la parte más oculta de su laberinto cerebral, yo con la inducida por la omnipresencia de mi madre y la ausencia total de mi padre. Lo encontré en cama, sin rasurar y con el cabello crecido, con la habitación apestando a leche agria y los libros regados por el suelo, hablando con absoluta coherencia, más, si cabe, que en los tiempos en que nos conocimos y los meses, pero menos de un año, en que viviendo en Santa Teresa creímos posible seguir ahí por el sólo hecho de poder hablar cotidianamente de cualquier cosa y con la mayor profundidad, yo con él, él conmigo, de modo que no costó ningún trabajo que me acompañara de vuelta a Santa Teresa y abandonara la isla, como sus padres, pese a la animadversión que sentían hacia mí, se habían atrevido a pedirme, o es más bien exigirme porque esa gente nunca pide, exige y con el mayor descaro.
Él debe estar ahora en el otro extremo de la ciudad, recuperándose de su crisis nerviosa y deseando hablar conmigo tanto como yo con él, ambos conscientes de que en toda la ciudad no hay ningún interlocutor válido que no seamos nosotros mismos, pero también seguros de que este tiempo no es el de antes cuando sonreímos ante la posibilidad de vivir indefinidamente en Santa Teresa y no morir por el sólo hecho de poder hablar de cualquier tema, yo con él, él conmigo, no, ya no es ese tiempo, y si él ha aceptado venir conmigo a Santa Teresa y, todavía más, meterse en su vieja habitación de casa de sus padres y soportar a su hermano mayor y aún la curiosidad morbosa de otros familiares y conocidos que querrán asomarse a constatar la locura de ese hombre incómodo y regocijarse de lo que ellos estúpidamente creen es su caída, es únicamente porque ya sabe, como yo supe desde que lo conocí, que todo da igual para quien está envenenado, al punto de que ni siquiera tendremos fuerzas para buscarnos a pesar de sabernos y pensarnos cada uno al otro en su respectivo rincón de la ciudad, él recuperándose de su crisis nerviosa, yo acariciando una soga con la mano izquierda mientras con la derecha sostengo un libro sobre cualquier asunto.
Sé que estará ahora mismo en el otro extremo de la ciudad, rodeado de su familia, haciendo lo posible por recuperarse de la crisis nerviosa que le aquejó en los últimos meses y que me obligó, a petición de esa misma familia, a viajar hasta aquella isla para traerlo de vuelta, aún cuando yo mismo estaba convencido de la futilidad de hacerlo y, todavía más, del carácter contraproducente de arrebatarlo a aquella isla de cielos grises para traerlo a estas latitudes meridianas en las que, contra lo que creen en la isla, mucha gente se suicida año con año incapaz de soportar las altas temperaturas y la inopia cultural más devastadora. Por estos y otros motivos se fue él de aquí hace años, apenas tuvo capacidad económica para hacerlo, agobiado por el carácter dulce de su familia que estaba imposibilitada para entenderlo, por el envilecimiento sin fondo de los profesores y estudiantes del instituto al que estaba obligado a asistir, por la reiterada cuanto hipócrita invitación de los habitantes de Santa Teresa a que acudiese a fiestas embrutecedoras y comilonas vomitivas.
Fui yo quien le facilitó la huida. Nuestro encuentro, hace ya tantos años, nos hizo creer en un principio que no todo estaba perdido como cada uno, él desde su juventud y yo desde mi batida en retirada, pensaba. Hallamos de repente, cada uno en el otro, un interlocutor sensible e inteligente con el que se podía discutir de cualquier cosa, algo completamente excepcional en Santa Teresa y para lo que ni él ni yo estábamos preparados, por cuanto la experiencia nos había convertido en seres anodinos y misántropos que gastaban buena parte de su energía manteniendo a raya a las personas que los rodeaban, con escasa consideración hacia las más prescindibles y un continuo cuanto agotador repensar el trato con la familia, resistiéndonos en este último caso, lo más posible, a la inevitable conclusión de que nuestras familias no tenían apenas nada que ver con nosotros, salvo para apurar nuestra huida y definir, por contraste, todo aquello que no debíamos incorporar en nuestras vidas y contra lo que, lamentablemente, tendríamos que rebelarnos con independencia de qué tan lejos o cerca nos halláramos de la respectiva familia, pues su veneno nos había sido inoculado desde la más tierna edad y nos acompañaría allí a dondequiera que fuéramos.
Pero verdaderamente hubo un tiempo, al inicio, quizá sólo unos meses, pero en ningún caso mayor a un año, en que ambos creímos razonable vivir en Santa Teresa por el sólo hecho de habernos encontrado y poder conversar sobre cualquier cosa, un tiempo en que él, aún viviendo con su madre que sólo tenía atenciones para su hermano mayor que era un desobligado de gustos y opiniones extremadamente vulgares, aún viviendo con su padre que era un ser extraordinariamente primitivo al que la complejidad de su hijo menor y del mundo escapaban por completo y que, como no podía ser de otro modo, prefería al hijo mayor por hallarlo mucho más cercano a su tosquedad y tozudez, un tiempo así, decía, en que él se hallaba esperanzado, aún inconscientemente, sobre la posibilidad de tener un sitio en el mundo, incluso en este mundo donde todo era atroz y en contra del espíritu, esperanzado porque yo no estaba en contra del espíritu y sí a favor de la amistad y el intelecto, verdaderamente sonrió en medio de las sombras en que vivía y sonreí yo, que hacía muchos años ya que había prescindido de mi padre, o diría mejor mi progenitor por cuanto cumplida su misión no se ocupó más de sus hijos, y había escapado al influjo maligno de mi madre que hacía todo por emascularme y reducirme a la misma condición que mi padre.
Creyó él posible vivir en medio de la inopia sin vaciarse él mismo de su espíritu y también lo creí yo, aunque por ese mismo intelecto y por la calidad y profundidad de nuestras muchas conversaciones sobre cualquier tema, era cuestión de tiempo para que comprendiéramos ambos, si no lo comprendíamos ya implícitamente desde el inicio, la imposibilidad de semejante propósito y la necesidad urgente de huir de Santa Teresa poniéndose a salvo de su mediocridad y degradación, la de su familia y la de nuestros conocidos y la de todo contacto humano en este desierto mental donde, insisto, no es verdad que predomine la alegría y despreocupación que tradicionalmente se atribuye a los habitantes del trópico, sino la brutalidad y la tortura, la degradación más animal de las costumbres y alimentos y mentalidades. 'Todo es muerte aquí', me dijo un día. Y entonces le hablé de la isla.
Se mostró escéptico al principio y en largas conversaciones examinamos todas las ramificaciones que la decisión de ir a la isla y abandonar Santa Teresa implicaba, así una a una de las dudas quedaba esclarecida aunque de dicha claridad no se coligiera la absoluta pertinencia de la decisión, pero sí su carácter de vida o muerte, la vida sólo posible en otro sitio que no fuera Santa Teresa, la muerte siempre segura y pronta en caso de quedarse. Sus padres, como no podía ser de otro modo, intentaron en todo lo posible obstaculizarle, atribuyéndome la culpa de la infelicidad de su hijo y de sus deseos de abandonar Santa Teresa, no deseaban escuchar hablar nada sobre la isla como no deseaban jamás saber nada que ocurriera fuera de Santa Teresa, su mundo limitado al extenso valle donde el agua hervía en verano y los hombres y mujeres morían continuamente reventados de tanto beber y comer inmundicias, su oposición sólo sirvió para acabar con el escepticismo que él experimentaba y que jamás estuvo dirigido contra la decisión, sino contra el destino, la isla, de la que él apenas sabía nada que no fuese por los libros y por mis relatos, al haber vivido yo en ella durante un decenio y haber terminado, pese a todo, aquí, en Santa Teresa, batiéndome en retirada por razones que no vienen al caso y que pensamos entonces no aplicaban a él, si bien sus padres, con la feroz mezquindad que caracteriza a los que ven trastocado su poder sobre los demás, sí creyeron que aplicaban y usaron alevosamente el hecho de que yo me hallara aquí en Santa Teresa como ejemplo de la insensatez de abandonarla para ir a la isla.
Fue, en todo caso, inútil, pues él se fue y vivió allá su buena cantidad de años, nos escribimos más bien poco durante ese tiempo y yo hube de echar mano de mis mayores fortalezas, mi mayor edad y experiencia, para sobrevivir a Santa Teresa y a su falta total de interlocutores o, todavía peor, su abundancia de interlocutores impertinentes que tienen por misión asimilar cualquier diferencia por medio de la humillación y el rebajamiento, la vulgaridad más supina y reiterada, nunca fueron suficientes las puertas y los muros para detenerlos, pero como él descubrió y yo había descubierto en mis años transcurridos en la isla, tampoco es suficiente la distancia geográfica porque un envenenamiento como el producido por Santa Teresa, por la educación y crianza de esta región repugnante, no desaparece del espíritu con sólo mudar de continente y acudir a cenas entre gente culta que creció sin pretensiones, pero sin vulgaridades, con intereses genuinos y educados, con aspiraciones y predisposiciones intelectuales, uno se halla, así él, así yo, de pronto en mitad de una carretera en la isla, rodeado de verdes colinas donde pastan ovejas y de pequeños bosques ordenados, camino a una de esas cenas con artistas y pensadores, con amigos capaces de escuchar lo que tenemos que decirles y de responder en consecuencia, y descubre que todo ello está muy bien, pero estamos manchados por Santa Teresa, no hemos crecido en la isla sino en el desierto y éste vive dentro de nosotros y se extiende inexorablemente en todas direcciones, sin importar la calidad y variedad de las conversaciones que sobre cualquier cosa tenemos ahora con casi todas las personas que nos rodean y que han tenido la fortuna de no haber sido inoculadas con este horrible veneno para el que no existe más remedio que el sucidio, así él, así yo que volví a Santa Teresa para evitar saltar por la ventana de mi piso en la isla.
Hubo, por este motivo que era el mío y él hizo suyo al paso de los años, que acudir a por él hasta la isla y traerlo de vuelta a Santa Teresa, sus comunicaciones fueron cada vez más escasas y dramáticas, más cargadas de razón y por ello, completamente sin esperanza, a esa conclusión desesperanzadora llega cualquiera que tenga cabeza y haya nacido con una contradicción de origen irreconciliable, él con la que colocaron sus padres en la parte más oculta de su laberinto cerebral, yo con la inducida por la omnipresencia de mi madre y la ausencia total de mi padre. Lo encontré en cama, sin rasurar y con el cabello crecido, con la habitación apestando a leche agria y los libros regados por el suelo, hablando con absoluta coherencia, más, si cabe, que en los tiempos en que nos conocimos y los meses, pero menos de un año, en que viviendo en Santa Teresa creímos posible seguir ahí por el sólo hecho de poder hablar cotidianamente de cualquier cosa y con la mayor profundidad, yo con él, él conmigo, de modo que no costó ningún trabajo que me acompañara de vuelta a Santa Teresa y abandonara la isla, como sus padres, pese a la animadversión que sentían hacia mí, se habían atrevido a pedirme, o es más bien exigirme porque esa gente nunca pide, exige y con el mayor descaro.
Él debe estar ahora en el otro extremo de la ciudad, recuperándose de su crisis nerviosa y deseando hablar conmigo tanto como yo con él, ambos conscientes de que en toda la ciudad no hay ningún interlocutor válido que no seamos nosotros mismos, pero también seguros de que este tiempo no es el de antes cuando sonreímos ante la posibilidad de vivir indefinidamente en Santa Teresa y no morir por el sólo hecho de poder hablar de cualquier tema, yo con él, él conmigo, no, ya no es ese tiempo, y si él ha aceptado venir conmigo a Santa Teresa y, todavía más, meterse en su vieja habitación de casa de sus padres y soportar a su hermano mayor y aún la curiosidad morbosa de otros familiares y conocidos que querrán asomarse a constatar la locura de ese hombre incómodo y regocijarse de lo que ellos estúpidamente creen es su caída, es únicamente porque ya sabe, como yo supe desde que lo conocí, que todo da igual para quien está envenenado, al punto de que ni siquiera tendremos fuerzas para buscarnos a pesar de sabernos y pensarnos cada uno al otro en su respectivo rincón de la ciudad, él recuperándose de su crisis nerviosa, yo acariciando una soga con la mano izquierda mientras con la derecha sostengo un libro sobre cualquier asunto.
sábado, marzo 10, 2018
Eine Freundschaft
Yo fui amigo de Gustavo o creí serlo durante varios años, un tiempo cuya duración calificaría sin duda de razonable, cuando ambos estudiábamos en la universidad privada, yo más que él a pesar de sus burlas y de sus continuas invitaciones a evadirme, en su caso pagado por su madre soltera y funcionaria, en el mío apenas cubierto el complemento de beca por mi madre soltera y enfermera, una colegiatura monstruosa para cualquiera y cuya totalidad o complemento desembolsaban su madre y la mía, respectivamente, con gravedad, pero también con satisfacción, como si así lavaran la culpa de habernos dejado sin padres por causas que ellas entendían no sólo atribuibles al alcoholismo o promiscuidad de nuestros progenitores, sino también a sus propias terquedad e intransigencia, la de ellas, y su insaciable deseo de control que hizo que nuestras respectivas hermanas y nosotros mismos nos quedáramos con cada una de ellas y sin padre, éstos excluidos e invitados así a buscarse mujeres más aquiescentes que por supuesto no tardaron en hallar y que les dieron otro número indeterminado de hijos y con quienes fueron muy felices.
Como amigo de Gustavo tuve acceso a su coche y al resto de sus descarriados amigos, todos ellos compañeros nuestros en la universidad privada y que, a diferencia de nosotros, contaban con padre y madre además de hermanos y que, como Gustavo, podían permitirse el pago de la monstruosa colegiatura entera sin que ello obstara para que reprobaran dos o tres materias por semestre, a veces para disgusto de algún padre abogado que seguía perdiendo el pelo de perplejidad, a veces para aumentar el tabaquismo de alguna madre cuyo marido, médico especialista, permanecía inmutable ante la irresponsable naturaleza de su hijo y la creciente toxicomanía de su mujer, no así nuestras madres que, agotadas de la inútil brega por convertir a nuestros padres en hombres de su agrado, no tenían ya fuerzas para tratar de convencernos a nosotros y nos transformaron así, tácitamente, en padres de nuestros respectivos hogares, los hombres de la casa cuyas hermanas preparaban la comida y a los que ellas, las madres, pese a ser las que se ganaban el sustento, la de Gustavo como funcionaria y la mía como enfermera, recurrían a nosotros en caso de problemas o dudas sobre el mejor destino de los dineros, los de aquella abundantes, los de la mía escasos.
Nada tiene de extraño, pues, que Gustavo tuviera coche para ir a la universidad privada que le quedaba a escasas cuadras ni que yo me desplazara en camión con una hora de antelación para llegar al mismo sitio, tampoco que su madre fuera tolerante para con las muchas veces en que mi amigo condujo ebrio o drogado, ni que la mía lo fuera conmigo por subirme al coche de Gustavo en muchas de esas ocasiones en que él conducía ebrio o drogado, pues como ya he dicho ni la madre de Gustavo ni la mía tenían entonces fuerzas para enfrentarse de nuevo a un hombre, así fuese éste su hijo, un imberbe de dieciocho años que no trabajaba en el caso de Gustavo o que sólo lo hacía los sábados por la mañana en el taller de su abuelo como en el mío, una rutina de la que en aquel tiempo de duración razonable en que fui amigo de Gustavo prescindí con frecuencia a pesar del dinero que mi abuelo me daba por pulir piezas de herrería y que, con ser escaso, permitía pagar el camión y los cigarrillos, pues prefería subir al coche que mi amigo conducía ebrio o drogado los viernes por la noche y recorrer la ciudad pagando la gasolina con la tarjeta de funcionaria de su madre, escuchando música a alto volumen e insultando desde nuestro anonimato impune a los transeúntes, una anarquía decadente aderezada con cerveza y rayas de coca a la que solían incorporarse el resto de nuestros compañeros y no escasas putas aficionadas o profesionales, que me dejaba incapacitado para acudir al taller de mi abuelo aquellas mañanas de sábado en que, cerca ya del mediodía, salía tembloroso de mi cuarto para sentarme a la mesa del comedor al que mi hermana arrimaba, silenciosa, un caldo y una cerveza aguachinada, mientras me deslizaba cariñosamente un billete de baja denominación que siempre acepté sin cuestionarme de dónde sacaba ella dinero, consciente como debía estarlo ella de que no tenía el dinero yo que me hubiera correspondido de haber acudido al taller de mi abuelo, un dinero que gastaba en cigarrillos esa misma noche cuando Gustavo, ebrio o drogado, volvía a pasar por mí para realizar una nueva exploración nocturna.
Durante ese tiempo de duración razonable en que fui amigo de Gustavo, o creí serlo, la ciudad era todavía recorrible y sus habitantes personas que debían trabajar, individuos poco dispuestos a consentir que un grupo de estudiantes de la universidad privada se burlara de ellos en los cruceros donde esperaban el camión vestidos con ropa muy gastada a la que trataban de sacar el mayor partido posible para resultar presentables, mujeres con un bolso de plástico al hombro y tacones corrientes de puntas desgastadas, individuos que apenas llenaban un traje lleno de lamparones que habrán heredado de algún pariente lejano, adolescentes en uniforme de colegio a los que habrá peinado su madre utilizando limón, a todos terminamos arrojando basura o salpicando de barro al hacer pasar el coche que Gustavo conducía ebrio o drogado por los innumerables charcos que se hacían en la época de lluvias, no me preocupaba apenas por los transeúntes así ofendidos como tampoco me causaban euforia los desmanes, me alzaba de hombros y disfrutaba de la música y la vista y la obnubilación, a veces incluso pensaba en mi madre que estaría llegando a casa exhausta de atender moribundos y limpiar heridas, de asistir cirugías o pincharse con agujas infectas, recibida por mi hermana que habrá de prepararle el té o café, según el humor de la señora que a pesar de no querer convertir ya a ningún hombre, tampoco a su hijo, en alguien mínimamente aceptable para ella, sí le hará notar a mi hermana, aunque sólo sea brevemente, la ropa que no ha planchado bien o la comida que está demasiado salada o las faldas que lleva ya demasiado cortas, las mujeres están hechas para destruirse unas con otras, lo habrá dicho mi amigo Gustavo en alguna ocasión en el bosque hundido a un costado de la universidad privada, quizá citando a su madre funcionaria que, a diferencia de la mía, era una mujer con poder y por lo tanto emasculatoria, una mujer empoderada que son siempre las que más se ceban y desconfían de las otras mujeres, así mi amigo.
Yo entendía que la escuela era la única forma de estar a la altura de mi amigo y sus amigos, de todos los que podían pagar la colegiatura completa y monstruosa de la universidad privada, no ya porque ellos acudieran a mí para aprobar cursos que no les interesaban, cosa que nunca hicieron y que desde luego les honra, sino porque sabían que a falta de dinero yo sólo podía prestarles mi prestigio, mi capacidad para aspirar a lo más alto y obtener siempre los mejores resultados sin menoscabo de compartir con ellos la más escandalosa abyección, la de subir como quien no mide las consecuencias al coche que Gustavo conducía ebrio o drogado a gran velocidad, agrediendo a transeúntes, incluso facilitando la agresión parsimoniosamente como si yo tuviera razones superiores e incomunicables para hacerlo; admiraban la osadía ya no de sus semejantes que no tenían nada que perder cuanto la mía, que me habría quedado sin nada de haber perdido mi lugar en la universidad privada, condenado a trabajar ya no sólo los sábados por la mañana sino todos los días de mi vida en el taller de mi abuelo, ya no sólo puliendo las piezas de herrería sino fundiendo el metal en medio de gases venenosos, rodeado de individuos feroces y primitivos; les bastaba mi prestigio, sobre todo a Gustavo, pero tampoco me permitían demasiados privilegios, de modo que cada cierto tiempo los amigos de mi amigo, nuestros compañeros en la universidad privada, exigían lo que para ellos habrán sido pruebas de lealtad, acciones de mi parte que demostraran, supongo, según ellos, que yo también podía ser tan abyecto o temerario como ellos y no sólo un señorito, un delincuente verdadero aunque de excelentes resultados en la escuela a diferencia de ellos, un igual, pero diferente, porque cada cierto tiempo me igualaba aunque todos supiéramos que no éramos iguales, la madre de Gustavo funcionaria y la mía enfermera, por ejemplo, aunque nuestras hermanas estuvieran ambas reducidas a la esclavitud por haber nuestras madres renunciado a nuestros padres, así nuestras familias.
Como es lógico y todos esperaban, especialmente Gustavo aunque le bastara mi prestigio, mis bajezas debían destacar por encima de las que llevaban a cabo sus amigos, aunque no necesariamente debían resultar más bajas que las de Gustavo que, con bastarle mi prestigio, nunca disuadía a sus amigos de azuzarme para que yo cometiera una nueva y cada vez más sorprendente bajeza, actos que desde luego yo cometía por razones que en nada tenían que ver con la instigación de los demás, pero sí con la admiración de Gustavo a quien sin embargo yo entendía, aún sin que él me lo dijera, que le bastaba mi prestigio, pero que también entendía sin que lo mencionara, que no iba a exentarme ni permitir que se me exentara de igualarme a todos ellos en la ejecución de bajezas ya que mi prestigio era inigualable, de modo que si debíamos seguir siendo un grupo debía yo dar los pasos necesarios para acercarme a ellos y no esperar que ellos los dieran en dirección hacia mí, del mismo modo en que era más fácil que la madre funcionaria de Gustavo cayera alguna vez en desgracia y perdiera su elevado cargo y su fortuna para acercarse a la condición de mi madre en vez de que ésta se hiciera directora del hospital con sólo vaciar cómodos en los distintos pabellones infectos del nosocomio, aunque en materia de maridos estuvieran igualadas, así nosotros conseguíamos mantener el equilibrio yendo a extremos cada vez más abominables, como era escapar de circunstancias cada vez más peligrosas por los pelos, mi especialidad en opinión de la mayoría de ellos, excepto en la opinión de Gustavo que sobre el particular no tenía ninguna observación y aguantaba inmutable las angustias en que yo metía al resto luego de que ese resto era precisamente el que me azuzaba a ir más lejos y más bajo.
Y así hice que mi amigo, luego de una de esas raras ocasiones en que consiguió reunir a todos sus amigos en el coche, en aquel tiempo de duración razonable, condujera ebrio o drogado hasta el barrio bravo de mi infancia ante cuya decrepitud aquellos que pagaban completa la monstruosa colegiatura de la universidad privada, se mostraron tan excitados como tensos, estado de agitación que, asociado como estaba a mi persona, les hizo espolearme para que llevara a cabo una nueva atrocidad, oportunidad que encontré al ver cruzar la calle con extrema lentitud a dos mujeres obesas cargadas a dos manos con bolsas llenas de mercaderías, a las que grité algún insulto espantoso que hizo que una de ellas dejara caer una bolsa de la que salieron rodando papas y cebollas; en el coche se hicieron las risas frenéticas de los amigos de Gustavo mientras él y yo en los asientos delanteros apenas sonreímos, dimos sendos tragos a nuestras cervezas y nos detuvimos frente a una larga fila de coches que esperaba a que el semáforo cambiara a verde. Vi a Gustavo concentrado unos segundos en el espejo retrovisor y enseguida me dirigió una mirada cargada de significación sin que se desdibujara la sonrisa de su rostro, mirada que apartó para buscar calmadamente sus cigarrillos en el compartimento debajo del radio, justo cuando yo miré por el retrovisor a mi derecha comprobando que un hombre venía corriendo a toda velocidad con un cuchillo en la mano, quizá el hijo de alguna de las gordas verduleras que todavía se distinguían agachadas recogiendo lo tirado, llevaba un delantal que no le impedía correr agitando las manos para impulsarse mientras crecía el brillo del cuchillo en su mano izquierda, quizá fuese zurdo y desde luego muy sensible a los insultos anónimos como la mayoría de la gente de este país, dispuesta siempre a recoger tanto lo que se dirige a ellos como lo que no, cuestiones de honor decimonónico que llenan de sangre las fiestas, especialmente si por ahí anda algún acomplejado ebrio o drogado, pero Gustavo no es nada de eso, acomplejado no, ebrio o drogado sí, porque su madre es funcionaria y viven holgadamente, está con los que mandan, con los que pueden permitirse maltratar a otros según qué circunstancias, la aspiración de todos los compatriotas de esta patria miserable, aunque desde luego no viene uno a un barrio pobre a insultar a la gente pretendiendo que la influencia y la cuna puedan ayudar a evitar el linchamiento, acaso el semáforo cambie a verde antes de que este hombre cuyo rostro ya consigo distinguir nos dé alcance, el cuchillo es más grande de lo que suponía, uno de esos que utilizan carniceros y que afilan con una varilla cuyo material no he averiguado jamás, ignoro si es metálica o de piedra, por estos barrios solían circular hombres en bicicleta que afilaban cuchillos y se anunciaban con una musiquilla característica, las mujeres salían entonces de sus casas con varios de ellos cuyo filo así renovaban, no eran tan frecuentes los crímenes en que se usaban esos mismos cuchillos para resolver disputas familiares, mi madre es enfermera y así su grado de preparación no permitía una solución tan radical a los problemas con mi padre, que no tenía ninguna educación a diferencia del de Gustavo que es periodista o profesor, no tengo idea, su familia y la mía a una distancia económica que ni siquiera mis estudios en la universidad privada en calidad de becario que paga y muy penosamente sólo un modesto complemento, podrá reducir jamás, dentro de veinte o treinta años yo apenas tendré un presupuesto mediano y él habrá reemplazado a su madre en un lugar de mando, aunque termine yo con honores y él deba comprar su título en otra universidad privada, Gustavo y yo fumamos por lo pronto nuestros cigarrillos dirigiéndonos miradas cómplices mientras sus amigos siguen riendo y conversando, fumando y bebiendo, porque no se han dado cuenta de nada, y sonreímos porque la situación nos causa gracia y el peligro inminente nos parece estimulante, el semáforo cambia a verde y los coches empiezan a avanzar cuando se oye un golpe metálico en la cajuela mientras nos alejamos, sólo entonces los amigos de Gustavo miran al hombre del delantal que ahora se va quedando atrás, detenido en medio de la calle de la que ya se aparta enseguida porque viene un camión, no tan atestado como los que a estas horas en que empieza a anochecer van del poniente al oriente cargados de albañiles, secretarias, las enfermeras como mi madre que no consiguieron reunir lo suficiente ni para un coche, algunos estudiantes becados, mientras nosotros nos dirigimos hacia donde se pone el sol en medio de un tráfico que en años posteriores sólo habría significado nuestra muerte segura y la aparición de nuestras fotografías en periódicos amarillistas como los que a veces encuentro en el suelo del taller de mi abuelo, y una tumba en el panteón de poniente para Gustavo y otra en el municipal de oriente para mí, mi madre se habría reprochado ya no sólo haber perdido a mi padre sino haberme perdido a mí, mi hermana igual que la de Gustavo se habría acostado con varios hombres y habría tenido varios hijos, pero por fortuna mi amistad con él, o lo que creía tal, duró sólo un tiempo razonable y me dejó un cuchillo de recuerdo que hubimos de arrancar dejando un agujero en la cajuela.
Como amigo de Gustavo tuve acceso a su coche y al resto de sus descarriados amigos, todos ellos compañeros nuestros en la universidad privada y que, a diferencia de nosotros, contaban con padre y madre además de hermanos y que, como Gustavo, podían permitirse el pago de la monstruosa colegiatura entera sin que ello obstara para que reprobaran dos o tres materias por semestre, a veces para disgusto de algún padre abogado que seguía perdiendo el pelo de perplejidad, a veces para aumentar el tabaquismo de alguna madre cuyo marido, médico especialista, permanecía inmutable ante la irresponsable naturaleza de su hijo y la creciente toxicomanía de su mujer, no así nuestras madres que, agotadas de la inútil brega por convertir a nuestros padres en hombres de su agrado, no tenían ya fuerzas para tratar de convencernos a nosotros y nos transformaron así, tácitamente, en padres de nuestros respectivos hogares, los hombres de la casa cuyas hermanas preparaban la comida y a los que ellas, las madres, pese a ser las que se ganaban el sustento, la de Gustavo como funcionaria y la mía como enfermera, recurrían a nosotros en caso de problemas o dudas sobre el mejor destino de los dineros, los de aquella abundantes, los de la mía escasos.
Nada tiene de extraño, pues, que Gustavo tuviera coche para ir a la universidad privada que le quedaba a escasas cuadras ni que yo me desplazara en camión con una hora de antelación para llegar al mismo sitio, tampoco que su madre fuera tolerante para con las muchas veces en que mi amigo condujo ebrio o drogado, ni que la mía lo fuera conmigo por subirme al coche de Gustavo en muchas de esas ocasiones en que él conducía ebrio o drogado, pues como ya he dicho ni la madre de Gustavo ni la mía tenían entonces fuerzas para enfrentarse de nuevo a un hombre, así fuese éste su hijo, un imberbe de dieciocho años que no trabajaba en el caso de Gustavo o que sólo lo hacía los sábados por la mañana en el taller de su abuelo como en el mío, una rutina de la que en aquel tiempo de duración razonable en que fui amigo de Gustavo prescindí con frecuencia a pesar del dinero que mi abuelo me daba por pulir piezas de herrería y que, con ser escaso, permitía pagar el camión y los cigarrillos, pues prefería subir al coche que mi amigo conducía ebrio o drogado los viernes por la noche y recorrer la ciudad pagando la gasolina con la tarjeta de funcionaria de su madre, escuchando música a alto volumen e insultando desde nuestro anonimato impune a los transeúntes, una anarquía decadente aderezada con cerveza y rayas de coca a la que solían incorporarse el resto de nuestros compañeros y no escasas putas aficionadas o profesionales, que me dejaba incapacitado para acudir al taller de mi abuelo aquellas mañanas de sábado en que, cerca ya del mediodía, salía tembloroso de mi cuarto para sentarme a la mesa del comedor al que mi hermana arrimaba, silenciosa, un caldo y una cerveza aguachinada, mientras me deslizaba cariñosamente un billete de baja denominación que siempre acepté sin cuestionarme de dónde sacaba ella dinero, consciente como debía estarlo ella de que no tenía el dinero yo que me hubiera correspondido de haber acudido al taller de mi abuelo, un dinero que gastaba en cigarrillos esa misma noche cuando Gustavo, ebrio o drogado, volvía a pasar por mí para realizar una nueva exploración nocturna.
Durante ese tiempo de duración razonable en que fui amigo de Gustavo, o creí serlo, la ciudad era todavía recorrible y sus habitantes personas que debían trabajar, individuos poco dispuestos a consentir que un grupo de estudiantes de la universidad privada se burlara de ellos en los cruceros donde esperaban el camión vestidos con ropa muy gastada a la que trataban de sacar el mayor partido posible para resultar presentables, mujeres con un bolso de plástico al hombro y tacones corrientes de puntas desgastadas, individuos que apenas llenaban un traje lleno de lamparones que habrán heredado de algún pariente lejano, adolescentes en uniforme de colegio a los que habrá peinado su madre utilizando limón, a todos terminamos arrojando basura o salpicando de barro al hacer pasar el coche que Gustavo conducía ebrio o drogado por los innumerables charcos que se hacían en la época de lluvias, no me preocupaba apenas por los transeúntes así ofendidos como tampoco me causaban euforia los desmanes, me alzaba de hombros y disfrutaba de la música y la vista y la obnubilación, a veces incluso pensaba en mi madre que estaría llegando a casa exhausta de atender moribundos y limpiar heridas, de asistir cirugías o pincharse con agujas infectas, recibida por mi hermana que habrá de prepararle el té o café, según el humor de la señora que a pesar de no querer convertir ya a ningún hombre, tampoco a su hijo, en alguien mínimamente aceptable para ella, sí le hará notar a mi hermana, aunque sólo sea brevemente, la ropa que no ha planchado bien o la comida que está demasiado salada o las faldas que lleva ya demasiado cortas, las mujeres están hechas para destruirse unas con otras, lo habrá dicho mi amigo Gustavo en alguna ocasión en el bosque hundido a un costado de la universidad privada, quizá citando a su madre funcionaria que, a diferencia de la mía, era una mujer con poder y por lo tanto emasculatoria, una mujer empoderada que son siempre las que más se ceban y desconfían de las otras mujeres, así mi amigo.
Yo entendía que la escuela era la única forma de estar a la altura de mi amigo y sus amigos, de todos los que podían pagar la colegiatura completa y monstruosa de la universidad privada, no ya porque ellos acudieran a mí para aprobar cursos que no les interesaban, cosa que nunca hicieron y que desde luego les honra, sino porque sabían que a falta de dinero yo sólo podía prestarles mi prestigio, mi capacidad para aspirar a lo más alto y obtener siempre los mejores resultados sin menoscabo de compartir con ellos la más escandalosa abyección, la de subir como quien no mide las consecuencias al coche que Gustavo conducía ebrio o drogado a gran velocidad, agrediendo a transeúntes, incluso facilitando la agresión parsimoniosamente como si yo tuviera razones superiores e incomunicables para hacerlo; admiraban la osadía ya no de sus semejantes que no tenían nada que perder cuanto la mía, que me habría quedado sin nada de haber perdido mi lugar en la universidad privada, condenado a trabajar ya no sólo los sábados por la mañana sino todos los días de mi vida en el taller de mi abuelo, ya no sólo puliendo las piezas de herrería sino fundiendo el metal en medio de gases venenosos, rodeado de individuos feroces y primitivos; les bastaba mi prestigio, sobre todo a Gustavo, pero tampoco me permitían demasiados privilegios, de modo que cada cierto tiempo los amigos de mi amigo, nuestros compañeros en la universidad privada, exigían lo que para ellos habrán sido pruebas de lealtad, acciones de mi parte que demostraran, supongo, según ellos, que yo también podía ser tan abyecto o temerario como ellos y no sólo un señorito, un delincuente verdadero aunque de excelentes resultados en la escuela a diferencia de ellos, un igual, pero diferente, porque cada cierto tiempo me igualaba aunque todos supiéramos que no éramos iguales, la madre de Gustavo funcionaria y la mía enfermera, por ejemplo, aunque nuestras hermanas estuvieran ambas reducidas a la esclavitud por haber nuestras madres renunciado a nuestros padres, así nuestras familias.
Como es lógico y todos esperaban, especialmente Gustavo aunque le bastara mi prestigio, mis bajezas debían destacar por encima de las que llevaban a cabo sus amigos, aunque no necesariamente debían resultar más bajas que las de Gustavo que, con bastarle mi prestigio, nunca disuadía a sus amigos de azuzarme para que yo cometiera una nueva y cada vez más sorprendente bajeza, actos que desde luego yo cometía por razones que en nada tenían que ver con la instigación de los demás, pero sí con la admiración de Gustavo a quien sin embargo yo entendía, aún sin que él me lo dijera, que le bastaba mi prestigio, pero que también entendía sin que lo mencionara, que no iba a exentarme ni permitir que se me exentara de igualarme a todos ellos en la ejecución de bajezas ya que mi prestigio era inigualable, de modo que si debíamos seguir siendo un grupo debía yo dar los pasos necesarios para acercarme a ellos y no esperar que ellos los dieran en dirección hacia mí, del mismo modo en que era más fácil que la madre funcionaria de Gustavo cayera alguna vez en desgracia y perdiera su elevado cargo y su fortuna para acercarse a la condición de mi madre en vez de que ésta se hiciera directora del hospital con sólo vaciar cómodos en los distintos pabellones infectos del nosocomio, aunque en materia de maridos estuvieran igualadas, así nosotros conseguíamos mantener el equilibrio yendo a extremos cada vez más abominables, como era escapar de circunstancias cada vez más peligrosas por los pelos, mi especialidad en opinión de la mayoría de ellos, excepto en la opinión de Gustavo que sobre el particular no tenía ninguna observación y aguantaba inmutable las angustias en que yo metía al resto luego de que ese resto era precisamente el que me azuzaba a ir más lejos y más bajo.
Y así hice que mi amigo, luego de una de esas raras ocasiones en que consiguió reunir a todos sus amigos en el coche, en aquel tiempo de duración razonable, condujera ebrio o drogado hasta el barrio bravo de mi infancia ante cuya decrepitud aquellos que pagaban completa la monstruosa colegiatura de la universidad privada, se mostraron tan excitados como tensos, estado de agitación que, asociado como estaba a mi persona, les hizo espolearme para que llevara a cabo una nueva atrocidad, oportunidad que encontré al ver cruzar la calle con extrema lentitud a dos mujeres obesas cargadas a dos manos con bolsas llenas de mercaderías, a las que grité algún insulto espantoso que hizo que una de ellas dejara caer una bolsa de la que salieron rodando papas y cebollas; en el coche se hicieron las risas frenéticas de los amigos de Gustavo mientras él y yo en los asientos delanteros apenas sonreímos, dimos sendos tragos a nuestras cervezas y nos detuvimos frente a una larga fila de coches que esperaba a que el semáforo cambiara a verde. Vi a Gustavo concentrado unos segundos en el espejo retrovisor y enseguida me dirigió una mirada cargada de significación sin que se desdibujara la sonrisa de su rostro, mirada que apartó para buscar calmadamente sus cigarrillos en el compartimento debajo del radio, justo cuando yo miré por el retrovisor a mi derecha comprobando que un hombre venía corriendo a toda velocidad con un cuchillo en la mano, quizá el hijo de alguna de las gordas verduleras que todavía se distinguían agachadas recogiendo lo tirado, llevaba un delantal que no le impedía correr agitando las manos para impulsarse mientras crecía el brillo del cuchillo en su mano izquierda, quizá fuese zurdo y desde luego muy sensible a los insultos anónimos como la mayoría de la gente de este país, dispuesta siempre a recoger tanto lo que se dirige a ellos como lo que no, cuestiones de honor decimonónico que llenan de sangre las fiestas, especialmente si por ahí anda algún acomplejado ebrio o drogado, pero Gustavo no es nada de eso, acomplejado no, ebrio o drogado sí, porque su madre es funcionaria y viven holgadamente, está con los que mandan, con los que pueden permitirse maltratar a otros según qué circunstancias, la aspiración de todos los compatriotas de esta patria miserable, aunque desde luego no viene uno a un barrio pobre a insultar a la gente pretendiendo que la influencia y la cuna puedan ayudar a evitar el linchamiento, acaso el semáforo cambie a verde antes de que este hombre cuyo rostro ya consigo distinguir nos dé alcance, el cuchillo es más grande de lo que suponía, uno de esos que utilizan carniceros y que afilan con una varilla cuyo material no he averiguado jamás, ignoro si es metálica o de piedra, por estos barrios solían circular hombres en bicicleta que afilaban cuchillos y se anunciaban con una musiquilla característica, las mujeres salían entonces de sus casas con varios de ellos cuyo filo así renovaban, no eran tan frecuentes los crímenes en que se usaban esos mismos cuchillos para resolver disputas familiares, mi madre es enfermera y así su grado de preparación no permitía una solución tan radical a los problemas con mi padre, que no tenía ninguna educación a diferencia del de Gustavo que es periodista o profesor, no tengo idea, su familia y la mía a una distancia económica que ni siquiera mis estudios en la universidad privada en calidad de becario que paga y muy penosamente sólo un modesto complemento, podrá reducir jamás, dentro de veinte o treinta años yo apenas tendré un presupuesto mediano y él habrá reemplazado a su madre en un lugar de mando, aunque termine yo con honores y él deba comprar su título en otra universidad privada, Gustavo y yo fumamos por lo pronto nuestros cigarrillos dirigiéndonos miradas cómplices mientras sus amigos siguen riendo y conversando, fumando y bebiendo, porque no se han dado cuenta de nada, y sonreímos porque la situación nos causa gracia y el peligro inminente nos parece estimulante, el semáforo cambia a verde y los coches empiezan a avanzar cuando se oye un golpe metálico en la cajuela mientras nos alejamos, sólo entonces los amigos de Gustavo miran al hombre del delantal que ahora se va quedando atrás, detenido en medio de la calle de la que ya se aparta enseguida porque viene un camión, no tan atestado como los que a estas horas en que empieza a anochecer van del poniente al oriente cargados de albañiles, secretarias, las enfermeras como mi madre que no consiguieron reunir lo suficiente ni para un coche, algunos estudiantes becados, mientras nosotros nos dirigimos hacia donde se pone el sol en medio de un tráfico que en años posteriores sólo habría significado nuestra muerte segura y la aparición de nuestras fotografías en periódicos amarillistas como los que a veces encuentro en el suelo del taller de mi abuelo, y una tumba en el panteón de poniente para Gustavo y otra en el municipal de oriente para mí, mi madre se habría reprochado ya no sólo haber perdido a mi padre sino haberme perdido a mí, mi hermana igual que la de Gustavo se habría acostado con varios hombres y habría tenido varios hijos, pero por fortuna mi amistad con él, o lo que creía tal, duró sólo un tiempo razonable y me dejó un cuchillo de recuerdo que hubimos de arrancar dejando un agujero en la cajuela.
domingo, marzo 04, 2018
Un crujido
Sucede que un buen día de la vida adulta uno se despierta con la conciencia de haber desviado el camino trazado en la juventud y, una vez desarticuladas las justificaciones condescendientes, una vez descartada la presunta fatalidad que nos condujo hasta aquí, reconoce en aquel plan un núcleo de verdad que no se corresponde a las repetidas acusaciones de ingenuidad con que lo cubrimos, cada vez más conforme transcurrieron los años, con más virulencia cuanto más insatisfechos estábamos de nuestro presente, como si la culpa de nuestra traición pudiera lavarse burlándonos de la pureza de nuestras primeras intenciones y no por medio del cese inmediato de lo que reconocemos sin más como prescindible o insatisfactorio, obstáculo entre lo que somos y lo que deseamos ser: el trabajo que nos cretiniza, la pareja que no nos comprende, la familia que nos lastra y los amigos que sólo desean que nos refocilemos con ellos en la más completa mediocridad; la compacta serie de barrotes de nuestra cárcel así consentida.
Abandonado nuestro primer impulso y encauzados por la educación, pasamos años dedicados a satisfacer las necesidades que fijaron otros dentro de estructuras hace ya largo tiempo establecidas, permitiendo así que se nos subordine a una productividad desquiciada de cuyos beneficios nunca disfrutamos, encontrando natural al paso del tiempo la imposición de que somos objeto y aún justificando que ello ocurra de dicha manera por haber adquirido nociones de responsabilidad y moral incapaces de admitir alternativas: ¿cómo si no habríamos de ganarnos el pan de cada día si no es por medio del resignado tránsito por los canales ya fijados de nuestra libertad? ¿cómo podríamos siquiera plantearnos escapar de nuestros así llamados deberes para con los demás aún si éstos sólo buscan nuestra destrucción y rebajamiento? ¿qué lugar puede tener la imaginación cuando los que nos rodean no admiten ninguna broma en cuanto a la ejecución exacta de propósitos que, sin ser sus autores, han hecho suyos de manera fanática e irracional, feroz e intransigente?
Si bien hemos de admitir que nos faltó talento y coraje para insistir en el camino trazado en nuestra juventud, llegado el día de nuestra vida adulta en que nos percatamos del largo malentendido y sentimos el vértigo que nos produce la mera consideración de las consecuencias de cada acción que debiésemos emprender para reordenar nuestra vida en torno a aquel propósito original, la suerte de renuncias y eliminaciones que han de seguir, los puentes que habrán de derribarse, llegado ello no queda más remedio que actuar porque el aplazamiento indefinido de la marcha hacia lo que ya se identificó como un propósito más elevado sólo traería como consecuencia la destrucción del propio ser y una abyección aún mayor que la de aquellos que jamás se percataron de haber abandonado ningún propósito original o del todavía más abundante grupo de los que nunca tuvieron ni juventud ni propósito algunos, seres no por estúpidos e intercambiables menos peligrosos para el espíritu, que identifican lo diferente y lo combaten para aniquilarlo, que sospechan de quienquiera que asome por encima de sus cabezas y lo matan por asimilación, irreflexiva e inexorablemente.
Nos damos cuenta un buen día de la vida adulta de la ambición elevada de nuestra juventud que se proponía abordar el mundo con las herramientas intelectuales y espirituales más finas, así la consistencia por un lado sin menoscabo de la imaginación por el otro, así el rigor lógico en las ciencias como la libertad en las artes; nos reconocemos al instante en esos pocos a los que la integridad y la fantasía son más caras, en contraste con los corruptos agentes de la realidad bruta con los que era inevitable el conflicto por cuanto viven del medro y la tergiversación, así en las ciencias, seres espiritualmente estériles que no imaginan y por tanto no comprenden la ficción y desean suprimirla, así en las artes; a nuestra imaginación oponen mojigatería, a nuestra probidad el cohecho; en los asuntos concretos del mundo instalan seriamente la tramposa comedia de la ambigüedad que no admite bromas, así la política y los negocios, mientras que en las ideas del mundo a las que toman a broma, obligan a los creadores a escoger entra la literalidad y la moraleja por un lado o la censura y la persecución por el otro, así en las artes.
Es una cuestión de supervivencia, nos decimos un buen día de la vida adulta cuando nos percatamos de que debemos recuperar a la brevedad y con la mayor firmeza el camino trazado en la juventud. Una cuestión personal, desde luego, pero también colectiva porque a poco reflexionar nos percatamos de que ello atañe a la civilización completa y que, de no darse despertares semejantes en forma suficiente, crujidos individuales o colectivos, fragmentados o coordinados, ello supondrá dentro de bien poco nuestra extinción definitiva y con ello el fin del pensamiento y la sensibilidad, del matiz y la coherencia. Ya se sabe que el amor no es improductivo.
Abandonado nuestro primer impulso y encauzados por la educación, pasamos años dedicados a satisfacer las necesidades que fijaron otros dentro de estructuras hace ya largo tiempo establecidas, permitiendo así que se nos subordine a una productividad desquiciada de cuyos beneficios nunca disfrutamos, encontrando natural al paso del tiempo la imposición de que somos objeto y aún justificando que ello ocurra de dicha manera por haber adquirido nociones de responsabilidad y moral incapaces de admitir alternativas: ¿cómo si no habríamos de ganarnos el pan de cada día si no es por medio del resignado tránsito por los canales ya fijados de nuestra libertad? ¿cómo podríamos siquiera plantearnos escapar de nuestros así llamados deberes para con los demás aún si éstos sólo buscan nuestra destrucción y rebajamiento? ¿qué lugar puede tener la imaginación cuando los que nos rodean no admiten ninguna broma en cuanto a la ejecución exacta de propósitos que, sin ser sus autores, han hecho suyos de manera fanática e irracional, feroz e intransigente?
Si bien hemos de admitir que nos faltó talento y coraje para insistir en el camino trazado en nuestra juventud, llegado el día de nuestra vida adulta en que nos percatamos del largo malentendido y sentimos el vértigo que nos produce la mera consideración de las consecuencias de cada acción que debiésemos emprender para reordenar nuestra vida en torno a aquel propósito original, la suerte de renuncias y eliminaciones que han de seguir, los puentes que habrán de derribarse, llegado ello no queda más remedio que actuar porque el aplazamiento indefinido de la marcha hacia lo que ya se identificó como un propósito más elevado sólo traería como consecuencia la destrucción del propio ser y una abyección aún mayor que la de aquellos que jamás se percataron de haber abandonado ningún propósito original o del todavía más abundante grupo de los que nunca tuvieron ni juventud ni propósito algunos, seres no por estúpidos e intercambiables menos peligrosos para el espíritu, que identifican lo diferente y lo combaten para aniquilarlo, que sospechan de quienquiera que asome por encima de sus cabezas y lo matan por asimilación, irreflexiva e inexorablemente.
Nos damos cuenta un buen día de la vida adulta de la ambición elevada de nuestra juventud que se proponía abordar el mundo con las herramientas intelectuales y espirituales más finas, así la consistencia por un lado sin menoscabo de la imaginación por el otro, así el rigor lógico en las ciencias como la libertad en las artes; nos reconocemos al instante en esos pocos a los que la integridad y la fantasía son más caras, en contraste con los corruptos agentes de la realidad bruta con los que era inevitable el conflicto por cuanto viven del medro y la tergiversación, así en las ciencias, seres espiritualmente estériles que no imaginan y por tanto no comprenden la ficción y desean suprimirla, así en las artes; a nuestra imaginación oponen mojigatería, a nuestra probidad el cohecho; en los asuntos concretos del mundo instalan seriamente la tramposa comedia de la ambigüedad que no admite bromas, así la política y los negocios, mientras que en las ideas del mundo a las que toman a broma, obligan a los creadores a escoger entra la literalidad y la moraleja por un lado o la censura y la persecución por el otro, así en las artes.
Es una cuestión de supervivencia, nos decimos un buen día de la vida adulta cuando nos percatamos de que debemos recuperar a la brevedad y con la mayor firmeza el camino trazado en la juventud. Una cuestión personal, desde luego, pero también colectiva porque a poco reflexionar nos percatamos de que ello atañe a la civilización completa y que, de no darse despertares semejantes en forma suficiente, crujidos individuales o colectivos, fragmentados o coordinados, ello supondrá dentro de bien poco nuestra extinción definitiva y con ello el fin del pensamiento y la sensibilidad, del matiz y la coherencia. Ya se sabe que el amor no es improductivo.
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