domingo, noviembre 10, 2019

Finisterre

Los aviones más grandes, como los elefantes, tienen cara de resignación. Formidables bestias. Mi vecino de abajo, el pintor, me miró con media sonrisa cuando se lo dije sin venir a cuento, sólo para interrumpirlo. Entendí que se quejaba del ruido que hacía yo durante mis ejercicios, aunque él no elevaba la voz ni tenía la jeta larga, sólo miraba con curiosidad creciente hacia el interior de mi habitación mientras seguía hablando. Yo montaba en mi bicicleta estática todas las tardes, como un animal sometido a un experimento, y mi piso su techo debía vibrar aunque sólo fuera lo justo para notarme. Un roce repetido. Un golpeteo sordo. Un eco de hormigón. Él asintió al final de ese momentáneo silencio de ponderación y, como reanudara su discurso tranquilamente, pensé haber atinado en la gramática. Porque ya desde entonces me habló siempre en francés. Porque, ingenuo como yo era por tener poco tiempo en aquel país, ignoraba la costumbre local de hablar en la propia lengua y aún en el dialecto más cerrado a todo cristo, sin consideración de extranjerías o dificultades. Porque ningún francés permitiría que una cosa tan ridícula como la de no entender ni oui ni non se atravesara en el camino de una buena discusión intelectual, pero menos que nadie un bretón del Finisterre. Y pintor, encima.
No tuve más remedio que hacer ademán de invitarlo a pasar, cosa que hizo quitándose los zapatos y sentándose sobre la cama hasta recargarse contra la pared. Le ofrecí vino que aceptó de buena gana e interrumpí así mi rutina de ejercicios, una más de las muchas que ensayaría, sin éxito, durante mi vida. Los ojos hundidos y pequeños, color negro cenizo, la nariz ganchuda y la tendencia a mirar de lado o por encima, le daban un aire córvido muy adecuado para examinar mis estanterías y escasos libros. Su conversación, de la que pude colegir que estudiaba por indicación de sus padres una carrera de diseño que no le interesaba o que había tenido una relación intensa con una mujer que, como él, había caído en la toxicomanía, estaba puntuada por preguntas de cuya contestación prescindía, ya porque fueran retóricas, ya porque no me bastaba el tiempo que me daba para responderlas. Fue así, en medio de un olor a leche agria preferible al aire helado de febrero, como supe que pintaba. De modo que, fingiendo un interés que no tenía, aproveché esta noticia para hacerme invitar a su habitación y sacarlo de la mía.
Bajamos un piso. Improvisado como taller, aquel cuarto tenía una atmósfera tan cargada como la cantidad de objetos que tenía, todos ellos en completo desorden. Caballete y pinceles, sí, algunas telas sucias con pintura, pero también platos y cacerolas, pan y restos de sopa de pescado, montañas de ropa y recortes de periódico. Entonces sentí interés. Imitándole, me hice un lugar en su cama apartando pañuelos sucios y tarros abiertos de compota, miré hacia el techo de donde había venido el ruido de mi furioso pedaleo y sentí alegría. Él debió notarla porque interrumpió su discurso para volver a ofrecerme esa media sonrisa con la que me obsequió en el piso de arriba cuando lo de los aviones. Le pregunté por su trabajo y, negándose a descubrir el caballete cubierto por una sábana, sacó una enorme carpeta de una estantería alta y, sin ponerla en mis manos, se sentó a mi lado para hojear sus contenidos. Era tal la cantidad de objetos sobre la cama que se hallaba muy pegado a mí en esa pequeño territorio que yo había abierto en mitad de ella. Un contacto extranjero. Piel, olores, sus zapatos y los míos tirados por el suelo. Los dibujos eran mediocres, pero como en todos los inicios yo me hallaba abierto al mundo de la forma más generosa posible y, como una copa, recogía su belleza para beberla sin importar cuán oculta se hallara. En los objetos y paisajes. En las personas. En los accidentes y calles habituales o desconocidas. Me despedí de él, iluminado.
Como si se tratara de un secreto, oculté mi relación con el pintor a los que por entonces se pasaban por mi habitación: los hispanohablantes y sus amigas polacas, los magrebíes, pero sobre todo el par inverosímil de un camerunés y un alsaciano, negro y blanco, con los que solía cenar de vez en cuando en lugar de beber alcohol o fumar du shit como hacía con los otros. Que un gabacho conviviera con un africano se explicaba como una instancia del principio general según el cual un francés pasa su tiempo con extranjeros sólo si es un individuo marginal o fracasado. El alsaciano era infantil y, aunque enterado de los asuntos del mundo, demasiado lelo para sus coterráneos más funcionales, de modo que debía compensar satisfactoriamente el vacío social por medio de la convivencia con aquel negro dócil que lo acompañaba a todas partes. Éste, a su vez, debía apreciar más la conveniencia de comer gratis que la molestia de sobrellevar una presunta amistad a la que no faltaban pequeñas exigencias. Porque al alsaciano le gustaba hablar de política y costumbres, de religión y sexo y economía, de ciencia, sin que le impidiera exponer sus puntos de vista la absoluta falta de referencias comunes con el negro. Con los carrillos hinchados de comida, éste asentía a todo lo que el alsaciano contaba sin hacer siquiera un esfuerzo por disimular su falta de interés o comprensión, de modo que al hallarme dispuesto a prestar oídos y a debatir cualquier tema desde mi condición de inferioridad lingüística (y, desde su punto de vista, probablemente también cultural y genética), el alsaciano intentó decididamente incorporarme a su órbita. Lo consiguió parcialmente, aceptando que no me sometiera a las mismas sevicias que el negro, pero utilizándome como depósito de sus pensamientos y cuitas. Acepté el trato inicialmente como parte de mi disposición a abrazar todo lo que la nueva vida me daba, pero luego también por divertirme con la candidez de sus confesiones.
Mientras en medio de risas el negro nos contaba anécdotas picantes de su relación con una menor de edad francesa de familia adinerada, prometiendo presentárnosla pronto, el alsaciano me hablaba en privado de la urgencia de poner fin a su virginidad, de que había descartado ser homosexual por no haber hallado en ello estímulo suficiente (j'ai mis le doigt, je te jure!), de que, como a buen hijo de Descartes, los musulmanes y judíos le irritaban por su incapacidad de razonar. Un buen chico en busca de orientación. Uno de esos franceses excepcionales de ropa bien cuidada y buen olor. Un poco bobo, es verdad, un tanto insensible y egocéntrico, pero dueño y sujeto de una lógica impecable. Y, sin embargo, sólo superficialmente distinto del pintor que una tarde tocó a la puerta mientras el alsaciano y yo hablábamos de su infancia. Quiero decir, mientras él hablaba. No hubo más remedio que presentarlos.
Se miraron con recelo. Luego de unas cuantas frases el pintor se quitó los zapatos y se sentó en mi cama, tocándose la cara grasosa con más frecuencia de la habitual. Que ahora mismo el frío era mayor en Finisterre, dijo con cierta presunción y como burlándose de sí mismo por hablar del clima. Que era mayor en las montañas, dijo entonces el alsaciano como quien acepta un duelo, porque allá el frío pela y los metros de nieve y la sombra, precisó. El pintor reviró que eso podía ser, pero el frío no es nada si no se acompaña de un viento y una humedad como los de Bretaña. Para volverse locos. Yo les serví vino y me senté sobre la bicicleta estática a pedalear muy lentamente mientras ellos se enzarzaban en otras disquisiciones geográficas y meteorológicas, con la misma pasión y ritmo de quien hace esgrima. El alsaciano ignoraba todo en materia de nombres propios del pasado, de Vermeer a Velázquez, de Bacon a Renoir. Al pintor le enfadaba profundamente que se trajera a colación la política contemporánea, aunque se hallaba cada vez más divertido por el descubrimiento de aquel juguete humano del que se podía extraer tanto alimento surrealista. Cuando se hubo acabado el vino, el pintor se puso de pie y se calzó de nuevo sus desgastados zapatos negros rematados en punta. Se acercó a mí para despedirse y, como hiciera ademán de besarme, dejé de pedalear y nos ofrecimos ambas mejillas. Vaya tipo más raro, dijo el alsaciano una vez que se perdieron los pasos del pintor por el pasillo. Olía a leche agria, agregó. Le sonreí sin responder nada. Volví a pedalear.
Cuando ya era primavera la conocimos. Una chica normal, aunque el negro nos dijo más tarde que consumía drogas, no supo decir si fuertes o de las que todo el mundo, especialmente los magrebíes, usaban. Llevaba rastas en el pelo y ropa limpia, lo que no era suficiente para saber si, como decía el camerunés, era de familia adinerada. Nos miró con indiferencia, un tanto ausente, durante los breves minutos en que estuvieron en mi habitación, mientras quedábamos para vernos otro día, quizá comer juntos. Estaba seria, a pesar de que el negro reía a carcajadas, pero no parecía molesta. En algún momento la vi morderse las uñas. El alsaciano describía con grandes gesticulaciones lo bien que la pasaríamos cuando nos reuniéramos y yo pedaleaba otra vez, pareciéndome que todos actuaban de manera extraña. ¿Estaban nerviosos? Bajé de la bicicleta para despedirlos y en la puerta apareció el pintor, estorbando la salida. Presentaciones. El negro riendo por lo bajo por lo que luego nos confesó era el aspecto gracioso de aquel personaje, aunque ni el alsaciano ni yo pudimos entenderlo. Debería venir a la comida, apuntó ella en una de sus pocas intervenciones. Claro, por qué no, coincidimos todos, incluido el pintor, que aceptó la invitación con una ceremonia inusual que me hizo pensar que también se hallaba nervioso. ¿Era ella la causa? Figuraciones mías, pensé, debía ser el deshielo y el cambio de clima.
En el par de semanas que precedieron a la comida hubo dos movimientos que, ahora lo veo, eran anticipaciones inconscientes de lo que estaba a punto de ocurrir. El pintor se presentó una tarde lluviosa con un par de discos y una botella en las manos. Son películas, dijo, descalzándose conforme a su costumbre e instalándose junto a mí en la cama para verlas. Nos servimos vino y entrecerramos las cortinas para crear la atmósfera de un cine. En la pantalla aparecieron dos mujeres en lencería ligera que recibían a un cartero al que hacían pasar a casa, persuasivas. Le acariciaban por encima del uniforme y le besaban la boca, el pecho, las nalgas y el paquete, para luego ocuparse de su erección por todas las vías. Era pornografía. Aguanté la turbación excitado por los posibles significados de esta iniciativa, pero también porque mi disposición para abrazar el absurdo era entonces la más alta. En la obscuridad distinguía sus pies, envueltos en calcetines negros lisos, contorsionándose por lo que suponía era excitación, mientras vigilaba de reojo su entrepierna por si aparecía algún bulto del que hubiera que dar cuenta. Permanecimos callados largos minutos. De vez en cuando él se pasaba una mano por la bragadura haciendo que el olor a leche agria subiera hasta mi nariz con mayor intensidad. ¿Cuándo terminaría esto? ¿Cómo? La tensión comenzaba a ser reemplazada por el aburrimiento y entonces él habló de cualquier cosa, se puso de pie y sacó el disco. Yo abrí las cortinas. Volvió al relato de su antigua relación tormentosa en que su mujer y él tenían sexo y se drogaban por noches enteras. Sus ojos se volvieron más cenizos. Estos dientes me han quedado así por culpa de aquello, me dijo mostrándome una encía babosa en que se distinguían manchas negras y oquedades. Se despidió de cualquier manera dejándome los discos, pero llevándose lo poco que quedaba de la botella. Para trabajar, decía.
El segundo movimiento consistió en el reemplazo por alcohol de las cenas que tenía con el alsaciano y el negro. Ellos no solían beber y yo sólo lo hacía con los hispanohablantes y las polacas, pero el alsaciano debió pensar que aquello era una forma de alejarse del carácter infantil de nuestro trato. Con el incondicional concurso del negro y una participación inicialmente escéptica de mi parte un primer indicio de que se resquebrajaba mi disposición para con ese nuevo viejo mundo nos dispusimos una noche a dar cuenta de una botella de tequila. Poco acostumbrados a beber, el alsaciano y el camerunés se entregaron a toda clase de payasadas que yo aproveché para meterles mano y llevarlos a nuevos límites de degradación: besos en la boca, patadas en los testículos, pintura de labios con el lipstick que dejó por ahí la novia del negro, finalmente mear en todo sitio, incluso desde la ventana, aprovechando que estábamos en la habitación del alsaciano en el cuarto piso. El experimento se repitió una vez más junto con la chica del negro que, aunque no bebía, aprovechó para drogarse y follar con éste en el baño. Mientras eso hacían, el alsaciano me explicaba, sobreexcitado, que oírlos follar lo ponía caliente y que semejante consecuencia lúbrica constituía una prueba más de que no era homosexual. Yo me reía de él llamándolo abiertamente estúpido y liquidando así, alcoholizado, los últimos restos de belleza de mi primer período francés.
Pero quedaba uno, quizá el más importante, el día en que todos cenamos juntos para luego beber y fumar hasta altas horas de la madrugada. Una noche en que el universo restauró el orden natural de las cosas con una solución de fuerza. El negro y su chica alternaban momentos de discordia con otros de amartelamiento, ya entrando juntos al baño, ya saliendo al pasillo para gritarse insultos, mientras el alsaciano, el pintor y yo fingíamos extraer lecciones filosóficas de la contemplación de aquel vaivén amoroso. A los nombres por él desconocidos de Boris Vian o Raymond Radiguet, que en materia de amor, según el pintor, lo conocían todo sin necesidad de teorías, el alsaciano oponía puntos de vista científicos que, como bien se sabe, constituyen la forma más infantil de ir por la vida. Por eso los museos de ciencia son para niños y los de bellas artes para adultos, le explicaba yo al alsaciano para completar la media sonrisa del pintor, porque hay que ver el poco mérito que tiene la capacidad de un cerebro para reducirse a la deducción maquinal de los ordenadores, un programa sin criterio, una ejecución ciega. Que estábamos equivocados, decía el alsaciano, que sin criterios racionales acabaríamos en la extinción. Que prescindir de la razón nos ponía en igualdad de condiciones con judíos y musulmanes. ¿Pero quién hablaba de eso? No entiendes nada. Y en eso un portazo de la chica y el negro que abre la puerta tras ella para gritarle. Que la dejara en paz unos momentos y se sentara con nosotros, aunque no entendiera nada. Y yo me pongo de pie para alcanzar a la chica y el pintor tras de mí, mientras el alsaciano y el negro, aprovechando su amistad, se quedan en la habitación hablando. 
Ella fuma en la escalera y no tiene deseos de hablar, de modo que el pintor y yo sólo la acompañamos. Ya no hace frío a pesar de que una ventana del pasillo está abierta. ¿Por qué cantan algunos pájaros de madrugada?, me pregunto. Entonces el pintor se me acerca, me sujeta firmemente por la cintura, y decidido me planta un prolongado beso en la boca que, extrañamente, no me toma por sorpresa. El olor a leche agria, su cara grasosa. Conforme transcurren los segundos voy comprendiendo que no me besa a mí, sino a la chica, que efectivamente se levanta como hipnotizada y acerca su boca para sustituirme. Con el intercambio, el pintor se la lleva a su habitación y yo me quedo solo en la escalera escuchando al terco pájaro nocturno. La noche de Europa. La cara de los aviones. Tardo en volver a la habitación donde me guardo de decirles al camerunés y al alsaciano lo que acaba de pasar, el primero se tira en la cama y se queda dormido, el otro se marcha al poco tiempo a su habitación llevándose al negro que no tiene ya cabeza para preguntar por su chica. Me quedo dormido luego de masturbarme, aliviado.
A la mañana siguiente me despiertan frenéticos golpes en la puerta. Es el alsaciano. Que lo acompañe a la recepción del edificio, que es urgente. El camerunés ha encontrado a su chica en el cuarto del pintor y le ha roto a éste la nariz. Vamos deprisa hasta abajo, gotas rojas en el suelo y amenazas de llamar a la policía, la chica fumando con el rostro ausente, apartada, el negro con la cabeza entre sus manos porque piensa que pueden echarlo del país. Lâche! le grita el alsaciano al pintor y éste lo insulta en dialecto, temblando, de modo que lo tomo por los hombros y lo llevo a su habitación tratando de convencerlo de que desista de cualquier ajuste de cuentas. Le paso un pañuelo tras otro. Blancos, de papel, luego rojos y empapados, incorporados al montón de cosas que invaden el suelo y la cama de su habitación. Qué bien secan estos pañuelos, pienso mientras él repite con los ojos llorosos une affaire de cul, une affaire de cul, no se rompen y a la vez son suaves, une affaire de cul, cuando me vaya de aquí me llevaré una caja entera, ya lo creo que sí. Levanto la vista y ahí está el caballete sin su sábana, desplegando una tela vacía. Me invade un profundo cansancio.
La chica es una puta, dice el negro más tarde, satisfecho de dar por zanjada la cuestión con esa fórmula que presuntamente salva su honor. Han terminado como es lógico. El alsaciano me consulta sobre la conveniencia de invitar a la pute a salir, visto que fue la novia de su amigo y que ya pasó por las manos del pintor. Así podría perder la virginidad con alguien que sabe lo que hace, afirma con enorme sentido práctico. Usaré condón, por supuesto, pues estoy bien enterado de los riesgos y de cómo evitarlos. Es un cartesiano, un hombre de negocios en su tiempo. Es higiénico. El camerunés no tiene objeción, que haga lo que quiera con ella, no piensa volver a verla. Y en mi habitación, perdida una vez más mi capacidad para apreciar la belleza del mundo, la chica y el alsaciano recrean el amor en su versión más civilizada, más antigua, mientras me repito que il faut jamais profiter de l'élan.
Jamás.

domingo, noviembre 03, 2019

Suplantación

Pensando en la gran cantidad de libros o películas que he reunido y que sólo la cada vez más escasa aparición de gente nueva en mi vida permite revisitar con algún entusiasmo, si no didáctico, sí cómplice, me ha venido a la memoria el recuerdo de las varias ocasiones en que, orgullosos de nuestra historia juntos que contaba ya con varios lustros, nos persuadíamos el uno al otro, con algún aspaviento confirmatorio, del gran esfuerzo que supondría tener que empezar con alguien más y ponerlo al tanto de la propia vida, enseñarle lo que somos y hemos reunido, acaso buscando en él resonancias que nos aseguraran su comprensión y alimentaran la creencia en su idoneidad, 'qué pereza, ¿te imaginas? volver a contar nuestra historia y explicar nuestros gustos y manías, enterarlo del lenguaje que usamos para navegar el mundo e inventarse uno nuevo, encima', así nos convencíamos de que no había manera de sustituirnos, si no por la originalidad irrepetible de nuestra relación, sí por la cada vez mayor cantidad de experiencias y conocimientos que compartíamos, una cuesta imposible de subir para quien quiera que deseara ocupar nuestro lugar allá en la cima donde nos creíamos a salvo de cualquier amenaza para siempre, fuimos ingenuos, tal vez hipócritas bienintencionados que creyeron poder fijar algún aspecto del futuro por encima de accidentes y circunstancias, sólo para descubrir que los problemas sin solución sí existen como también existe un tiempo más allá de nosotros que puede presidir otra persona, una cuya mirada hacia las mismas películas y libros no estaría ya contaminada de suficiencia como lo estaban las nuestras en los años de inmortalidad, 'ya me veo, ¿te imaginas? hablando de todo lo que te conté a lo largo de los años como si fuera nuevo, llamando la atención sobre esta escena o aquella línea, señoras y señores, con ustedes el show de mí mismo, la tensión entre el delirio de grandeza de mi juventud y la temperancia de mi madurez, la libertad irracional del surrealismo y las cadenas de la historia patria, el misterio del continente americano como ensoñación o pesadilla del racionalismo europeo, haber nacido en el universo onírico y vivir de prestado en el socialismo, ¿cómo podría siquiera empezar a hablar de lo que he visto y leído? me sentiría ridículo y me acordaría de ti irremediablemente como de un ojo que juzga desde mi conciencia la impostura de intentar comunicar lo mismo a otra persona, un esfuerzo fútil, una payasada, pero también una fatalidad para quien posee preocupaciones vitales persistentes y reiterativas, caracol cada vez más lento que lleva a cuestas una casa cada vez más grande y compleja, tal vez una prisión', ignoraba entonces que yo volvería a intentarlo, pero también tú casi al mismo tiempo, quién sabe si por deseo genuino o por venganza, no debería juzgar tus motivaciones porque el tiempo las aleja de mi comprensión vertiginosamente y en última instancia al viejo amante leal le asiste el derecho a casi todo, pero en tu solución para el problema de qué hacer con la música y las películas, los libros y los objetos de nuestra vida en común, hubo una respuesta original que no por lógica fue menos inesperada, contraria a mi respetuosa relación con la memoria, a saber, el abandono de lo que demostró ser sólo préstamo y la suplantación de tu persona por un desconocido, un hombre que se te parece y usa tu voz y tu rostro, que aún conserva los mismos gustos en el vestir y el calzar, pero que mira desde una obscuridad inalcanzable y hosca, desprovista de amor o generosidad, ahora es grande la tentación de creer que pasaste los varios lustros de nuestra vida en común reprimiendo a este hombre nuevo y que, por este motivo, el verdadero suplantador es el que yo conocí en ese tiempo nuestro de inmortalidad, ¿no es extraño?, podríamos habernos muerto en la creencia de que eras ese que has resultado no ser y al que por fortuna le fue concedido morir para dar paso al verdadero tú que se llena de arena los pies en la playa, rodeado de amigos, bebiendo cerveza, al que escucha la música de la que abjuró en otro tiempo y asiste a todos los estrenos de cine, al que en vez de cenar en casa sale a restaurantes y usa pijama para dormir, al que celebra su cumpleaños con un gran servicio de catering y decoración ad hoc en un salón rentado al efecto, pues bien, no es la tuya una solución al alcance de mi capacidad para enajenarme, y ahora comprendo que la práctica totalidad de nuestra memoria era sólo mía, y es así que he debido asumir nuestra herencia porque se trata de mi propia vida y he debido intentar lo que hace años considerábamos imposible, 'esta escena siempre me ha gustado de una manera perturbadora y extraña, ¿sabes?, porque me recuerda el momento en que tuve que bajar a la morgue a reconocer el cuerpo, acompañado de un desconocido como el protagonista ahora, se abre la bolsa y ahí está quien hasta hace unos momentos todavía respiraba, marmóreo, gris verdoso, con una ligera contracción en los labios que deja a la vista sus dientes, esos que todavía hoy deben estar en su calavera, ¿te he contado que ese mismo día quedé con alguien para follar? parece mentira, pero mientras lo velaban yo ya estaba en el cuarto de un motel y mi pareja durmiendo en casa, ¿cuánto más podía prolongarse aquello? ¿cómo pudimos hacerlo? por eso me toca tan de cerca la película, con esas exploraciones nocturnas del doctor al que ha bastado entrever dos o tres cosas sobre su mujer para que se disparara su voluntad de asomarse, aún superficialmente, al horror de las pasiones sin brida: la prostitución y la enfermedad, las drogas, la orgía o el incesto, los lúbricos gestos incontenibles de un homosexual que dirige miradas lascivas a quien se le pone a tiro, esta larga lista de placeres que, como la muerte misma, están siempre ahí, acechando, a la vuelta de la esquina', y como esta he debido explicar muchas cosas más a quien sin duda ya acumula malos entendidos y alimenta pequeños monstruos que nos devorarán en el futuro, no importa cuánto me empeñe en oponer diques a la inundación que viene, no importa cuánto confíe en la juventud como cuenco en que puede vaciarse, corregida y mejorada, mi persona, ya podrías venir tú desde el pasado a reunirte con él para instruirlo acerca de los tratos conmigo, de cómo mi mal carácter y el salmón, de cómo los paisajes que quise y la nostalgia y el aire del altiplano, pero nada evitaría el misterio: con él nos cruzamos una tarde en medio de ciudad natal, con él nos despedimos lustros después en Santa Teresa pasando su débil llamita azul, ondulante, de unas manos a otras, irremediablemente esperanzados.

domingo, octubre 20, 2019

Mago

A veces hago restas del año presente menos diez o menos veinte años. Y me digo: 'estoy por volver de Francia definitivamente'. O: 'recién termino la maestría y me dispongo a vivir los mejores tres años de mi relación con Equis'. Es terrorífico. A esta hora de hoy, sin embargo, me siento aturdido, así que no quiero ir a ninguna parte. Ni volver de Francia. Ni ir a Lagos ni nada. Ni mucho menos. Sólo Ye podría quitarme el asco que tengo en estos momentos. No más mi madre ni estudiantes, no más papers ni cursos ni la puta que parió a todos ustedes. Sólo él. Equis sería mortal. Sería violencia. Que se vaya a la verga. Con su comprensión artificial, empujada a huevo, cagante. Ye no me harta, me harto yo que no lo comprendo porque lo quiero coger con las pinzas de la razón y eso es idiota en alguien que a todas luces produce pensamientos no triviales por vías alternas y no siempre racionales, que además entiende y ve lo que no ven los demás, especialmente lo que no ven gente como Usted, no se diga ya lo que ven imbéciles totales como Zeta o Doble U o quien sea, todos absolutamente prescindibles, listos para faltar ya, desde mañana mismo. Me harto yo sabiendo perfectamente que no me asiste el derecho a hartarme absolutamente nunca porque quiero ser libre y lo soy en el más alto grado cuando estoy con Ye, pero como soy neurótico soy incompatible con la libertad y así mis deseos teóricos se deslizan dolorosamente una y otra vez hacia el deseo concreto de atrapar a las personas y muy particularmente a quien más me importe y tenga cerca, como Ye. ¿Cómo no va a reventar mi hartazgo si el más libre de todos, el que más se resiste es Ye, ya no por rebeldía sino por naturaleza, porque toda barrera es invisible para él? ¿Y cómo no me van a hartar también todos los demás, dóciles pedazos de mierda imitando, repitiendo, medrando para sus intereses pendejísimos a costa mía? Por eso a Ye, que es toda voluntad de estar conmigo, debería corresponder en el más alto grado. Y a todos los demás, que son interés de expoliarme, debería corresponder con la más tajante de las negativas: a la verga, a-la-ver-ga
Yo siempre tengo razón. Eso no es ninguna novedad y no ayuda en este asunto. Es el problema precisamente. No es reducible por la razón que él haya querido y aún quiera aquí y ahora estar conmigo. Lo tomo o lo dejo. No hay más. Y yo lo he tomado. Y puede ser que el regalo deje de darse en el momento que sea y habrá que aceptarlo. ¿Por qué insistir en la vida eterna? Yo no tengo nada que regalar y así en esta como en la otra relación sólo recibo. Y no siempre de buena gana. Y tratándose de Ye, encima, lo colmo de explicaciones racionales a cambio de su gratuidad abierta y limpia y divertida. Le abrumo con mis excrecencias cuando lo que debería hacer es ir al retrete de una vez y para siempre. Debería vomitar. Vomitar una década entera y que me saquen la llave del estómago. Pronto. In our final experiment, we synthesize... Etcétera. Un texto que me dé mucha risa y me devuelva a mis sentidos. Sí, soy hombre de razón y no estoy abogando en estos momentos por dejar de razonar, sólo estoy diciendo que no es ese el enfoque correcto en relación con Ye. La parte más importante de nuestra relación está fuera de la razón y es ahí donde hay más riqueza y más futuro. Vivir a plenitud es dejarlo perder la noción del tiempo mientras yo miro aprensivo el reloj, él el sueño y yo la vigilia, sin que nos limiten las cárceles de expectativas formadas y digeridas. 
Yo no quiero un compañero para la ceremonia de los Óscares ni para la del Nóbel, quiero una persona como él, que me guste y quiera acompañarme libremente, de manera decidida... ahora más que nunca, de hecho, aunque pueda irse cuando sea...Una persona así es impresentable para cenar con los Luises o para ir al teatro con Usted y su mujer (o la puta que se encontró). Pero eso no importa porque Ustedes no importan al lado de esto. En absoluto. Son otra cosa enteramente distinta. O, si lo prefiere, él es una persona completamente distinta a todo lo que conozco. Y es eso precisamente lo que permite que esto sea todo lo irrefrenable y sorpresivo que es, todo lo arrasante y explosivo posible, que cause tanta atención y revuelo y vértigo inasible. Y así es como debe ser porque no lo compensa absolutamente nadie en el terreno racional y no me compensaría en absoluto poder estar acompañado de alguien como Equis que es tan sólido y tan institucional, tan confiable y tan estructurado, tan perfectamente heterosexual y maduro y responsable-de-mierda, la persona ideal para que me contagie por vía de contratos de su respetabilidad. Me cago en su respetabilidad y en su reconocimiento y en cuanta mierda me han ofrecido y que me ha dejado completamente solo sin ninguna de mis fantasías originales en la cabeza. Tenerlos cerca o dando vueltas o expoliando o dando por culo ya es suficientemente bueno, ya está bien. Basta de ellos, basta de los otros, basta de ustedes. Para pareja no quiero otra persona normal que me valore y piense cuánto le convengo, que me aquilate y mida y comprenda para mejor servirse de mí. No. Quiero una que me permita deshacerme de esta lógica de mierda. O nada. También puedo con la nada
Ye vuela. Yo vuelo. Los demás son gusanos evidentes. No me haga entrar en detalles. Ye no quiere hacer una carrera, los demás sí; Ye no estudia un doctorado, sino temas; Ye no quiere literatura francesa ni inglesa ni lingüística ni política, sino abrevar aquí y allá de intereses casi diría inmateriales que no deben traducirse necesariamente ni en dólares ni en bienes ni en su puta madre. Y ese tipo, así, con esos intereses inexplicables e inencajables en ningún lugar, sin más destino fijo que el de su mente, me quiere a mí para hacerse acompañar, ¿ve usted? ¿ve lo que le digo? ¿Cómo cambiar esa libertad por su plan de conseguir una plaza? ¿Cómo cambiar esa libertad por el plan de los demás de hacerse de un título? ¿Cómo cambiar esa libertad por un trabajo asalariado de mierda? ¿Cómo cambiar esa libertad por una obra leída y otra y otra más para 'tener una opinión' o 'ser una persona cultivada' como diría el mil-veces-estúpido del Porco? Me cago en todos ellos, ¿entiende? No podría vivir con ninguno de ninguna forma y me moriría de aburrimiento en cada pendejada en que me viera obligado a asentir y participar y producir... ¡No y mil veces no! Ya que dio la casualidad de que puedo actuar para proteger la integridad de este espíritu libre, aunque sea por poco tiempo, aunque sea para quedarme solo al final por no haber podido mantener encendida la llama que alumbramos, prefiero defenderlo por encima de números y leyes. Su libertad, por supuesto, pero también la mía
Sobre todo la mía.

lunes, octubre 14, 2019

Ira

Sentado frente a la mesa rota, la lámpara en el suelo, Metonimio hace un cálculo mental. 'En dos mil veinticuatro no puedo ser presidente, queda demasiado cerca; quizá en dos mil treinta, pero para entonces estaré ya mediando los cincuenta, será demasiado tarde'. Hay luna llena detrás del cielo encapotado. Ha llovido todo el día. Como además es domingo el silencio ha sido el mayor en varias semanas. Por la calle no ha pasado nadie que él haya visto al cruzar de la habitación a la cocina o al baño, tampoco ha escuchado a los vecinos. 'Uno diría que se han muerto todos o que han abandonado sus casas, no se entiende, en un país tan ruidoso como este al que ya no podré gobernar'. Con un pie empuja las tablas de la mesa que han quedado inclinadas sobre el suelo y lo recoge enseguida cuando los trozos resbalan hasta encontrar un nuevo reposo. Ha sido él, rompiendo la mesa a puñetazos, quien hizo a los perros del patio levantar las orejas por unos instantes, apenas unos segundos tensos antes de que oyeran los cristales de la lámpara hacerse añicos en el suelo y entonces se pusieran a ladrar. 'He debido ser más paciente', se reprocha Metonimio, 'porque no es correcto que un hombre de mi edad, así sea lo que se dice de carácter fuerte, así esté todo lo solo que se puede estar sin faltar al trabajo ni dejar de pagar las cuentas, se permita perder la compostura por pequeños y aún grandes inconvenientes. ¿Qué he ganado? Sacar a los objetos de su calma indiferente hasta aniquilarlos como un loco, inquietar a los perros, tener los nudillos hinchados como corresponde a quien no tiene costumbre de pegar, ¿cómo puedo ser tan irracional?' Se acoda sobre la ventana que abre para que escape el humo del cigarrillo que acaba de encender, pero no hay viento. Una humedad densa se pega a su rostro sin que el tabaco ahuyente a los mosquitos que aprovechan la oportunidad para picotearlo. Un pellizco. Un ardor mínimo. Se da un manotazo en el hombro y un resto de ceniza cae al piso del cuarto. Mancha roja sobre piel blanca. Pulpa amoratada en sus nudillos. Mientras fuma examina la calle mojada y los rincones obscuros a donde no llega la luz de las farolas, seguro de que alguien lo ve, si no detrás de los cristales de las casas vecinas, sí desde el cielo nebuloso o aún desde dentro de las paredes de su cuarto, una mirada que llega a él como un zumbido de fondo o una ondulación a través del aire, un presentimiento horrendo que desdeña con calculada calma y aún cruzando las piernas. 'Si estuvieras en la ciudad podrías contactar las personas adecuadas y ser presidente en un par de períodos', se dice, 'pero tendrías que hacer algo con esos ataques de violencia, no se puede andar por la vida dando golpes, ni siquiera a las mesas, yo sé que tienes razón y que es justamente un exceso de lucidez el que te ha llevado a emprenderla contra tus cosas para sacudirte la mierda del mundo, pero no es correcto que un hombre de tu edad... en fin, Metonimio, ya sabes...' Quisiera darse una palmada en la espalda, pero le basta con imaginarla. Los perros duermen siempre a esta hora, aunque hoy se han recogido más temprano debido a la lluvia. No están capacitados para darle vuelta a las cosas: se rompió una mesa y se hizo pedazos una lámpara. Ladraron. Fin de la historia. No desperdician sus energías prestando más atención que la mínima a las cosas que van sucediendo. Esta ondulación, este zumbido, no deben ser tan fuertes como Metonimio los supone porque de serlo ya se habrían enterado los perros, se habrían puesto alertas y empezado a ladrar como locos para exigir que lo que fuera se revelara o partiera. 'Vivo voluntariamente en el engaño de que pertenezco a una comunidad que me respeta, pero el hombre solo no es respetado, sino visto con extrañeza y desconfianza, sin importar cuánto se le encargue de día, se le abandona de noche. Haría bien en irme a la ciudad donde se toman las decisiones que afectan a todos, ahí podría empezar a labrarme una carrera para ser presidente, no ya en dos mil veinticuatro, por supuesto, pero quizá en el treinta o el treinta y séis ahora que la gerontocracia está de moda'. La lluvia se detiene y el agua en los bajantes se resiste a dejar de sonar por unos minutos. Luego viene el canto de los grillos y el lejano chirriar de llantas de automóviles donde se habrá consumado un nuevo crimen. La colilla del cigarro rueda por la banqueta todavía hecha brasa y se extingue finalmente al entrar en contacto con un charco sobre la calle. Es medianoche. Metonimio cierra la ventana y vuelve a sentarse frente a la mesa rota. Se agacha hasta recoger uno de los cristales verdes de la lámpara y lo contrasta con la luz de la bombilla. ¿Por qué no entienden los demás lo que dice? ¿Por qué no siguen sus argumentos? ¿Por qué no es suficiente tener razón? Cierra los ojos y el verde sigue ahí flotando en el centro sobre un fondo obscuro hasta difuminarse en las mil variaciones del negro. 'Esta mesa está rota porque no has querido entender cuando te explicaba con gran detalle cómo debía ser nuestra relación, porque a pesar de las decenas de analogías y ejemplos ilustrativos que te proporcioné, no se desprendía de tus palabras comprensión alguna, porque cuando expuse las contradicciones en tu modo de ver las cosas no fuiste capaz de reconocer ni siquiera lo más evidente, no sé bien ya si por falta de generosidad o por genuina estupidez. Ha sido muy desconcertante enfrentarme de nuevo a tus limitaciones, ¿sabes?, ¿por qué no puedes distinguirte del resto de los seres humanos y ser sólo un poco más consistente? No pido mucho. Estoy dispuesto a aceptar la verdad cuando se me expone, pero no recuerdo que hayas podido organizar una respuesta a ninguna de mis objeciones y señalamientos, una sola idea coherente que oponer a mis ideas, ¿por qué? Si no logro convencerte a ti, ¿cómo puedo ser presidente de este país? ¿acaso sólo hay lugar para el engaño? ¿cómo no voy a reventar esta lámpara de un manotazo hasta dar con ella en el suelo? ¿me quieres explicar? ¡escúchame! ¡contesta! ¡escúchame!' Metonimio se ha puesto de pie y ha tirado al suelo la silla en la que estaba sentado. El zumbido. La ondulación. Esta casa hace homenaje a sus muertos con pequeños altares vaticanos. Con fotografías y objetos de quienes los usaron. Con escritos y entrecruces y duermevelas. La mesa rota se le aparece ahora como un homenaje más y la lámpara que no enciende como el último argumento, apagado. Quiere volver a golpear, pero al ver el mechero en sus manos escoge prenderle fuego a las tablas. Un grito. Unas pisadas manchadas de sangre. Está aturdido y, sin embargo, mientras el fuego se eleva hasta tiznar el techo, enciende otro cigarrillo con la pira. Se acoda de nuevo en la ventana y la lluvia vuelve a comenzar. 'En el treinta y séis, Metonimio, no antes, porque en el treinta apenas habrás consolidado una carrera entre los secretarios de estado o los fundadores de partidos. Quizá para entonces vuelva Jesucristo, Metonimio, la parusía, el fuego purificador... lo que este país necesita no es un presidente, sino un juicio final, bien me lo decía mi madre con su visión apocalíptica, limpiar a todos, el suicidio de la humanidad por el bien de la tierra, ya lo creo que sí... ah, si hubieras comprendido a tiempo cómo debía ser nuestra relación, ¿crees que Dios razone correctamente o será como tú que a veces dan ganas de cruzarte la cara? ¡mira lo que me has hecho hacer con la mesa...! ah, qué tarde es ahora, ¿verdad? ¿escuchas a los perros ladrar? ¿o es sólo la lluvia? ¿un rechinar de llantas? ¿los mosquitos? Nadie vendrá a rescatarme. Nadie'. 
Metonimio está en paz. Sin ira.

domingo, octubre 06, 2019

Frustración

Ser de esos países donde toda obra de arte está obligada a reflejar los problemas nacionales es una pesadez. Uno desearía, por ejemplo, escribir una novela. Una historia de largo aliento con alguna trama y personajes más o menos consistentes. Ofrecer un recorrido, un paseo que den ganas de volver a hacer. ¿Qué encuentra? Que las novelas las escriben los franceses, los alemanes, los ingleses. Que no es ya que se asuma natural que la Rue de Rivoli o Hyde Park sirvan de escenario a cualquier historia, sino que de verdad existe esta última. Que hay incluso ideas. O estética. O filosofía. Que los pensamientos a veces se articulan, a veces se insinúan, pero son siempre originales, claros. Encuentra uno que si no se es europeo, al menos debería serse argentino o norteamericano para poder escribir correctamente. Más de uno dirá que existen buenos novelistas peruanos. Que los hay turcos y sudafricanos. Es verdad. Pero evidentemente no se trata del lugar donde han nacido esos autores, sino de la cultura a la que se adscriben. Y esta, cuando se escriben novelas de verdad, es invariablemente europea, occidental, o lo que es lo mismo, universal.
¿Qué es el resto entonces? Fundamentalmente folclor. Un mexicano se sienta ante su mesa para escribir una novela, pero sólo le salen novelas mexicanas. Otras veces quiere hacer una película y siempre le resulta una cinta nacional. Un francés, por su parte, escribe sólo novelas. Menciona a los bouquinistes del Sena, al barrio latino, la gare de Montpellier y el resultado sigue siendo una novela. Un mexicano no puede crear una historia de papel o celuloide porque no escribe para eso: lo hace para dar una lección, para extraer una moraleja, para describir paisajes que son siempre los más hermosos o los más abominables, para expiar culpas y escarbar complejos, para perderse en anécdotas, para inventar personajes estrafalarios que son siempre los mismos, para demostrar que está a favor de los pobres o en contra de los ricos, para alinearse o desmarcarse, para mostrar las tradiciones de su pueblo, para defender a los oprimidos, para presumir orgullosamente su gastronomía, para dejar claro que como México no hay dos, para rechazar lo extranjero, para mostrarse hospitalario o justiciero, para demostrar que todo está podrido y no hay esperanza, para insinuar que hay cosas sagradas que todo lo salvan, para colaborar con el gobierno o maldecirlo, para mirar a la luna o mirarse el ombligo (si no son ambas la misma cosa).
Salvan su arte los que se vuelven extranjeros, más precisamente occidentales. Los que ya lo son admiran la obra de los que no lo eran pero consiguieron serlo como la de cualquiera de los suyos: por la obra misma. Los coterráneos, en cambio, no miran las películas ni leen los libros, de hacerlo no los comprenderían en absoluto, pero insisten en el orgullo nacional y el reconocimiento a lo propio que su éxito entraña. Mientras los que se volvieron extranjeros todavía eran nacionales, sus coterráneos no les reconocían ningún mérito. Fueron incapaces de verlos. Los escasos que reconocieron universalidad en su obra, en vez de alentarlos, desearon suprimirlos. Gracias a la envidia consiguieron encontrar el pretexto ideal para condenarlos: la heterodoxia de su obra. Les calificaron de metecos y malinchistas. De traidores a la patria. Escamotearon sus logros. Pero una vez convertidos en extranjeros e integrados a la comunidad de los hombres universales, quienes intentaron derribarlos afirman haber sido los primeros en reconocerlos, les llaman mexicanos o peruanos, orgullosamente turcos o sudafricanos. Inventan la falacia de que el éxito del que dejó de ser nacional es un orgullo nacional. De que la obra universal es un producto local.
Para los que viven en esos países folclóricos donde se exige que toda obra sea una apología de la nación, es posible, sin embargo, acceder a la universalidad sin poner un pie fuera del país. Hacerse extranjero en casa, occidental en medio del ruido. Muy pocos lo han conseguido. Los que lo lograron se apoyaron en las comunicaciones. En libros escogidos con buen olfato y buen juicio. A veces, todavía menos, lo consiguieron por poseer una clarividencia innata similar al talento que tiene el matemático genial que no tiene más remedio que serlo sin esfuerzo ni escuela alguna. Evidentemente la oposición de la mayoría que no los comprende y de la minoría envidiosa que sí lo hace, estará presente de manera cotidiana. Los involuntarios molestarán involuntariamente. Los decididos decididamente. A todos han de prestarse oídos sordos: la buena obra, la universal, la novela o la película que no sea mexicana ni turca ni peruana, sino sólo novela o película, ha de surgir en soledad, con distancia suficiente para ponerse a salvo de la autocomplacencia y afilar el colmillo crítico. Debe serse insensible a la aprobación de los coterráneos que son capaces de regodearse en el reflejo de sus vicios: mientras que franceses, ingleses, alemanes, cuentan historias en novelas o películas, los mexicanos o peruanos o turcos cuentan historias mexicanas o peruanas o turcas que, sin importar su sordidez o bastedad, exaltan la mexicanidad, la peruanidad, la turquidad. Esperpentos. Bodrios. Contentamientos. Una estética de la corrupción en alta definición o en forma de pasquín barato para reflejar la realidad nacional, como si de la más alta meta se tratara y como si no fuese, paradójicamente, lo contrario a una crítica limpia e intelectualmente honesta.
Así pues, aunque estemos en uno de esos países, quizá sí se pueda, por ejemplo, escribir una novela. O hacer una película. Aunque en el proceso hayamos debido renunciar al fardo de nuestras nacionalidades. Aunque una vez conseguida la obra aparezca la Rue de Rivoli o la Calzada Independencia, el pain au chocolat o los chilaquiles, pero por supuesto no sólo ellos. Entonces y sólo entonces el resto de los hombres pueda por fin leernos, pueda, quizá, mirarnos.

lunes, septiembre 30, 2019

Vagabundo

El día en que murió José José bajé al sótano del Sanborns de Juárez y Dieciséis de Septiembre. Yo sabía que las cosas ya no eran como antes. Que los baños ya no eran gratis. Que los maricones ya no venían aquí. Que Doña Herlinda y su hijo se habían quedado atrapados en el infernal tráfico de afuera. A pesar de todo me atuve al ritual y recorrí las estanterías de revistas. Me pasee entre las islas de libros que rodean la escalera. Hice como que examinaba las tarjetas de buenos deseos que se hallaban casi a un lado de la entrada a los baños, ahora vigilada por una señora pequeñita pero adusta que cobraba cinco pesos a quien quisiera pasar. Pensé en si los maricones habían dejado de venir por los muchos lugares donde ahora podían meterse mano o si era su sola tacañería la que había convertido a este lugar en un sitio de encuentros démodé. Sé que yo no quise averiguarlo pagando cinco pesos. Que me limité a pasar frente a los baños echándoles una rápida mirada que se encontró con la de la señora pequeñita pero adusta. Que esta mirada terminó por seguir en su ingreso al baño a uno de los vigilantes más jóvenes y bien parecidos, todavía demasiado ocupado en hablarle a susurros a su auricular al momento de entrar gratuitamente en el servicio. Pero no entré tras él. Esperé a que saliera entreteniéndome en los ademanes afectados de los cajeros, abriendo distraídamente enormes volúmenes ilustrados sobre cultura mexicana y otras quimeras, levantando algunos objetos inútiles que querían pasar por elegantes accesorios de oficina y sólo eran vulgares trozos de madera plastificada. Subdesarrollos.
Pero el vigilante no salió y la insistencia oportunamente comercial de los empleados del área de discos en hacer tragar a todo José José de golpe, me hizo subir las escaleras camino a la calle y volteando de vez en vez para ver si captaba al vigilante saliendo por fin del aseo. Me aburrieron en esos segundos las comparaciones mentales entre mi cuerpo aroperado de hombre en sus cuarentas y las carnes magras con que solía ligar a chicos en este mismo lugar veinte años atrás. 'Aquí me giraba también para ver si alguien me seguía', pensé asqueado de mi barato recurso de cine, 'me veo ahora mismo frente a las revistas, mirando de reojo al de al lado, ¡qué joven era!', pensé burlándome de mí mismo. Crucé perfumería asombrado de que los vigilantes no revisaran la mochila que llevaba a la espalda. Me enfrenté al ruido y la luz de la calle entrecerrando los ojos y llevándome una mano a la frente a modo de visera. 'Solía salir y esperar a veces pegado a los cristales para que pudiera verme aquel que me siguiera, por si se hubiese retrasado abajo o fuera de esos antiguos que se toman su tiempo: ligar a pie, sobre la marcha, ¡qué privilegio de jóvenes!', me dije haciendo muecas de vergüenza por mis pensamientos. Pero entre el gentío nadie se habría dado cuenta.
Caminé hasta la Plaza de Armas y me senté frente al quiosco recién reinstalado luego de la última salvajada que el subdesarrollo infligió a esta ciudad: una nueva línea de tren ligero, subterránea y elevada, que como la cicatriz de un navajazo la desfigura de un lado al otro. 'También aquí ligué, por supuesto, sobre las bancas, con sólo tocarme los genitales'. Y afligido por este pensamiento vulgar que me parecía paralelo a la destrucción urbana, abracé la mochila por el frente hundiendo mi cabeza contra ella. En el camino hacia acá había pensado en seguir leyendo mi libro sudamericano hecho en Europa, pero me lo impidió un repentino cansancio. Miré el reloj del Palacio de Gobierno con su ridículo agujero para entretener turistas con historias de balaceras revolucionarias, eché en falta a dos de las cuatro estatuas que adornaban el jardín representando a las estaciones que en sitios más civilizados que éste transcurren año con año, 'quizá ya adornen el jardín de algún político', me quejé como si fuera yo menos que un sastre. Entonces se acercaron la reportera y el camarógrafo.
'¿Qué opina Usted de que haya muerto José José?', le preguntó ella al hombre que se hallaba en el otro extremo de la banca mientras el camarógrafo apoyaba la cámara en un tripié. El entrevistado no entendía lo que estaba pasando y era tan anciano que, cuando intentó responder, contestó con un hilo de voz ininteligible. La reportera lo tenía frente a ella y no lo miraba, no podía mirarlo porque sus ojos lo atravesaban de lado a lado. El camarógrafo, detrás del tripié, ni siquiera asistía a la escena: se mordía las uñas de una mano y con la otra miraba su celular. Un par de profesionales haciendo trabajo de rutina. Fríamente. '¿Le ha entristecido la noticia o cómo se siente por esta tragedia?', 'Uno de los grandes que nos abandona, ¿no le parece?'. Cuando hubo tenido bastante pasó al siguiente hombre sobre la banca, el de en medio, quien se explayó ajustándose milimétricamente a la cretinización que se le exigía: 'Verá Usted, a mí por supuesto me ha consternado esta noticia, muy lamentable, muy gran pérdida para el mundo, una gran voz y un gran talento, ¿verdad? vamos a tardar en reponernos de este golpe tan duro para la música y el arte, porque es un arte lo que él hacía, ¿verdad? el príncipe de la música o ¿cómo era? sí, eso, la canción, pues bien tristes nos quedamos, ¿verdad? ¿que si creo que habrá otro como él? Verá Usted, la historia da muchas vueltas, ¿verdad? ahí tiene usted al joven este ¿cómo se llama? ¿Roberto Úrsula? qué voz tiene, promete mucho ese muchacho... siempre cuando desaparece una gran estrella surge un lucero nuevo, ¿verdad? es todo lo que le puedo decir'. Yo seguía con la cabeza hundida en la mochila valorando si contestar a la entrevista con alguna floritura ingeniosa o cínica o irónica, o si de plano negarme no sin antes decirle a ella algo como 'creo que ya has tenido bastante de respuestas estereotipadas y lugares comunes a tus preguntas sin sentido, ¿no te parece?', pero la reportera no había terminado con el individuo que ridículamente afirmaba sentirse personalmente afectado por el fallecimiento de José José, '¿qué recomienda usted a los que también sufren por esta increíble tragedia?', '¡por dios santo!', pensé para mis adentros, '¿cómo puede ser increíble la muerte de un alcohólico? ¿dónde ha estado esta imbécil en todo este tiempo? Ahora me va a oír'. Pero el tipo seguía contestando sin dar muestras de arredrarse con el carácter cada vez más absurdo de las preguntas. Entonces, cuando la reportera le dio las gracias y el camarógrafo cerró su tripié para moverse de lugar, sin siquiera mirarme, se alejaron rápidamente.
Sonreí. Me puse de pie. Como un vagabundo anduve hasta los arcos donde despachaban nieve de yogur y las famosas donitas de masa dulce. Seguí hasta la estación de Plaza Universidad donde una multitud se entretenía con otra de esas rutinas de payasos en donde participaban voluntarios del público. No existía ya desde hace años la tienda de discos donde compré los de Santa Sabina, tampoco ya la famosa Copa de Leche a donde invité, por sugerencia de mis amigos, a la segunda de mis novias; sí estaban, en cambio, todavía en su sitio, la Librería Cervantes de libros usados en cuyo fondo ignominioso alguna vez tuve que cagar y El Nuevo Mundo, la tienda de ropa donde jugaba escondidas junto con mi hermana para no aburrirnos mientras mi madre se probaba blusas y vestidos. 'Otros tiempos', me dije reprochándome instantáneamente aquella frase tópica e inservible. Llegué así al Parque Revolución cuyos habitantes modernos inexplicablemente llaman Parque Rojo. Tampoco aquí quedaba ya ninguno de los maricones que lo hicieron famoso, algunos de ligue y otros de prostitución, los mismos que luego se mudaron a la calle Morelos y más tarde, con la proliferación de sitios esnóbicos a donde acuden los fines de semana los wannabes de toda índole para beber cerveza en medio de música ensordecedora, se mudaron a ninguna parte: desterrados de lo que fue suyo en espera de otros tiempos que los reivindiquen, sombras que deben estar al acecho del tiempo propicio detrás de paredes y ventanas. '¿Volverán a la tierra? ¿volveré yo?', me pregunté mientras sacaba mi libro sudamericano hecho en Europa, ahora sí decidido a leer.
Un chico muy joven de estudiado aspecto hip hop se detuvo frente a la pareja que ocupaba una banca cercana. No escuché lo que decía, pero le vi cerrar sus manos como en un rezo, describir algo, sacar unos caramelos con forma de flor de la mochila y ponerlos en las manos de la pareja, intentando convencerlos de comprarle la mercancía. La rutina llevaba sus buenos cinco minutos y los bien arreglados rizos de su cabello se agitaban con los movimientos y la gesticulación, sus lentes de sol redondos y pequeños apoyados a media nariz, la piel morena uniforme, el chándal negro con los calcetines pasándole por encima de la pantorrilla como un par de tobilleras. Una delicia. Preparé una moneda para cuando se acercara. Con una mano apoyada sobre el libro abierto y la mochila a mis pies, le vi dirigirse hacia otra pareja, ahora a mi derecha, iniciando su rutina con las mismas manos unidas con que lo vi iniciarla un momento antes a mi izquierda. Devolví la moneda a su bolsillo. Un hombre sentado en mi propia banca quiso hacerme conversación y fingí ser mudo. Se levantó y se fue, quién sabe si ofendido. El moreno terminó su segundo discurso sin éxito y acudió a una tercera pareja, luego de la cual, pensé, se perdería de vista en el parque en esa dirección sin haberme considerado siquiera como un posible cliente. Pero el chico volvió sobre sus pasos y no quise dejar pasar la oportunidad. '¡Hey! ¡me saltaste! Ahora sí puedes ofrecerme los caramelos a mí, ¿no?', le dije. Murmurando algo, quizá enfurecido, pasó de largo sin siquiera voltear a verme y torció en la esquina perdiéndose de vista. 'Soy invisible', pensé, 'de tanto no vivir aquí, de haber envejecido en otro sitio, soy invisible'. Me rebelé contra ese pensamiento y me levanté rápidamente para alcanzarlo. Cuando llegué a la esquina lo vi doblar en la siguiente con rumbo al Paraninfo. 'Debo hablar con él', me dije, apurándome con pasos largos que terminaron en una franca carrera. 'Debo preguntarle por qué no me ve, él debe responder. ¿acaso soy un fantasma? La reportera, los vigilantes del Sanborns... '. Pero al volver a doblar ya no lo vi. Llegué al Paraninfo y no estaba en ninguna parte. En casa con mis monstruos, rezaba el letrero luminoso de un improvisado bar temático que la universidad no había tenido empacho en instalar al lado del Paraninfo: música de DJ a todo volumen, hombres blancos con ropas que querían pasar por italianas, mujeres con tatuajes que querían ser modernas, cerveza artesanal, mucha cerveza. 'Es monstruoso, en efecto', pensé recordando que en ese edificio había recibido alguna vez un premio durante el bachillerato. Me acerqué, pero nadie reparaba en mí. Ciudad prostituida. Ciudad natal. El mundo, como un tren, partido.

lunes, septiembre 23, 2019

Intérprete

Dudo mucho de la ingenuidad como fuente de los primeros malentendidos. De la pureza de intenciones detrás de los primeros pasos en la dirección equivocada. Un buen día nos oye cantar mamá en el patio mientras jugamos y al otro nos hace hacerlo delante de los profesores de solfeo. La vanidad hace el resto. Clases, concursos, premios. La convicción de que hemos nacido para algo nos la dan los demás, pero al ganarla vamos dejando de ser nosotros mismos para ser lo que otros quieren que seamos. No hay ingenuidad en optar por el aplauso y la aprobación, si acaso una educación moralmente defectuosa que ya nos convirtió en monstruos desde los primeros años. Culpa de mamá, me dirás. Pero no he sido niña siempre ni acepté contra mi voluntad lo que se me fue presentando, luego soy la primera responsable de haber arruinado mi vida, triunfando. Porque queda poco para morirme de esta enfermedad y porque ya soy vieja de cualquier manera, sé que ya no podré enderezar nada. Porque siguen llegándome cartas de admiradores y mil solicitudes de periodistas, los discos vendiéndose por millones, sé que he triunfado. ¿Pero cómo explicar sin demasiada vergüenza que esto no es en modo alguno lo que quería? ¿Cómo sacar a la luz las paradojas que como montañas han terminado por rodearme en este tramo final?
Desde luego el primer error ha sido creer que era especial. Es verdad que tenía una voz privilegiada como tienes tú cabeza para las matemáticas, pero eso no tiene necesariamente que ser nuestra vocación ni nuestro destino, menos aún nuestra condena. ¿Cuántos talentos se habrán torcido igual que el tuyo y el mío cediendo paulatinamente al engranaje del mundo? ¿No querías ser escritor? A mí me ha pasado igual que a esos que escriben y escriben sin que los lea más que un puñado de amigos y, un buen día, son contactados por un editor que dice estar interesado por su trabajo, un editor que luego se toma la libertad de pedir más de esto y menos de aquello, un hombre práctico que suprime capítulos enteros por hallarlos demasiado esotéricos y se atreve incluso a sugerir tramas para ciertas partes de la obra, soluciones, les llama; sale por fin el libro y es un éxito de ventas y el público quiere más de eso que ya no es el autor, quiere más de ese producto y está dispuesto a condenar cualquier intento del escritor por volver a sí mismo. Naturalmente, casi siempre se cede.
En la academia tuve notas excelentes y aún desde antes de egresar era llamada para pequeños trabajos como solista, en teatro y musicales, en este país que no es desde luego el más culto de Europa, pero también en sitios tan exigentes como Berlín o Milán. Empecé a vivir cómodamente. No era rica ni famosa, tampoco tenía visos de poder llegar a serlo de continuar en ese medio de personas cultas y resignadas. Gente interesante, liberal, con la que solía trasnochar para escándalo de mis padres que pronto se arrepintieron de haber animado la que decían era mi vocación. 'Sois todas unas putas', decía mi padre, 'todas las artistas'. 'Yo no soy artista, papá', le espetaba, pero supongo que a la larga no se equivocó porque de eso (de artista, no de puta) terminaron por tratarme en todos esos países miserables donde también se habla esta lengua zarrapastrosa. Mi madre se limitaba a pedirme que rezara el rosario, 'aunque sólo sea de vez en cuando', tratando de asegurar una conducta honesta de mi parte por medio del absurdo chantaje de sus sollozos. Entonces, luego de un concierto mal pagado en esa ciudad costera que se siente ilustrada, me contactó el agente mexicano.
Tú no sabes el dinero que tienen los que lo tienen en esos países de mierda. El agente vestía carísimo, hablaba con extraordinaria cordialidad, me pagó una botella importada que ahora debe costar unos doscientos euros, sólo para plantear su asunto. Quería que hiciera unas pruebas para grabar un disco y, si me parecía, grabarlo con fines comerciales. No pareció inquietarse en lo más mínimo cuando me reí ni cuando alegué ahora veo que estúpidamente que yo era una cantante profesional, con estudios, no una chica con ínfulas de ídolo juvenil. 'El compositor es ya muy famoso en mi país', me explicó pacientemente, 'de modo que el éxito está asegurado, no tendrá usted que preocuparse más que de cantar'. Hasta ahora había trabajado para públicos más o menos selectos o que aspiraban a serlo, aunque las expectativas de mejora material o profesional fueran limitadas, ¿podría soportar cantar para el gran público? Estaban de moda los cantantes de baladas románticas, individuos que afectaban una vida tormentosa y bohemia, ridículos, que eran aplaudidos lo mismo por jovencitas histéricas que amas de casa, por hombres que regalaban sus discos o amenizaban reuniones vaporosas con ellos. El pop no era todavía el fenómeno que terminaría por ser, no en este país que apenas se desperezaba ni en los otros que también hablaban esta lengua bajuna: era sólo anglosajón, lejano y admirable. ¿Renunciaría yo a la convivencia con mis compañeros cantantes y músicos para entrar en lo que entonces se llamaba con irrisoria ceremonia industria musical? 'Sois todas unas putas', me dijo el director de la orquesta cuando le anuncié que había aceptado la oferta del agente mexicano. Pero no conocía a mi padre. 
Tú sabes cuán sucio nos puede jugar la creencia de que debemos cultivar nuestros talentos y llegar a lo más alto, cuán fácil es confundir la dicha altura con el reconocimiento de los demás, interesado o no, experto o profano, ¿o me vas a decir que los profesores más destacados que has conocido, esos a los que invitan a conferencias plenarias en congresos internacionales, que sonríen siempre, que estrechan manos y reciben circunspectos trofeos y diplomas, que hacen discursos que son presuntas muestras de su ingenio, son todos autores de obras brillantes que destacarían por sí solas sin toda la parafernalia que las rodea y que el referido tiene a bien procurar siempre? ¿no es verdad que casi nada soporta una segunda vista ni el detalle? ¿y no es cierto, todavía más, que aquellos cuya obra es verdaderamente excepcional, realmente indispensable para avanzar en la ciencia o arte de que se trate, son casi siempre individuos que abjuran de las alabanzas y rehuyen los reflectores? Esto se sabe cuando se tienen dos dedos de frente y una pizca de sinceridad para consigo mismo. Yo lo sabía y aún así visité aquella ciudad horrorosa allende el Atlántico para grabar el primero de muchos discos en que hacía de intérprete de las composiciones de un maricón, piezas de una complejidad nula, de letra vulgar, estúpida, que me hicieron subir los colores al rostro. Yo era una mujer, si no culta, sí cultivada, que había frecuentado gente interesante y cabal, que había hecho estudios y visitado capitales verdaderas y no esta mierda. Pero el disco se grabó. Gustó. Me hizo rica y famosa en muy breve tiempo.
A la balada romántica le sucedieron rancheras y el folclor más variado, todas las mamarrachadas de que era capaz el maricón. Vomitadas en mis discos, eran luego reproducidas en el radio, tarareadas lo mismo por albañiles que por amas de casa, chóferes de camión y borrachos de todas las fiestas del subdesarrollo. Dejaron de llamarme al teatro y la ópera en mi país y pronto no tuvo sentido continuar en Europa. El agente mexicano me hizo comprender la velocidad a la que viajaba el tren al que acababa de subirme y el perjuicio mortal que me causaría intentar bajarme: promociones en televisión donde debía fingir que cantaba mientras se reproducía la canción grabada en el disco, entrevistas en radio con individuos que buscaban a toda costa fagocitarme por medio de las más atroces simplificaciones y majaderías, conciertos ante masas informes que repetían las horrorosas letras compuestas por el maricón y de las que yo sólo era una intérprete, alguien a quien se le exigía fingir que sentía lo que cantaba, ya fuera el enamoramiento o la muerte, la venganza o la revelación, una emoción acartonada después de otra sin apenas pausa ni sentido; firmas de discos con gente que parecía normal sin serlo, giras por sitios de nombres impronunciables y hoteles que no eran tales, pequeños shows privados a los que llamaban palenques y en los que vaqueros adinerados y gordos se emborrachaban rápidamente para luego interrumpirme a gritos y disgustar a sus esposas-objeto, mujeres con aspecto de travestidos, cubiertas de joyería grotesca y excesivo maquillaje. La locura.
Como pasa a todos los que se acomodan a aquello que detestan, inventé motivos para hacer pasar lo inadmisible por tolerable, a fin de no dejar de amasar la fortuna que estaba consiguiendo. Cuando podía estar en la enorme casa que me había hecho construir en mi ciudad, lejos del espantoso continente lumpen allende el Atlántico, me encerraba en el cuarto de baño que daba a un pequeño jardín y me metía en la bañera por largas horas, primero haciendo como que disfrutaba de aquel solaz, pero luego sollozando incontrolada cuando por fin lograba abandonar el papel que interpretaba. Buscaba entonces a mis viejos amigos, pero no todos accedían a visitarme ni todos los que me visitaban eran capaces de verme de la misma manera. Es extraño, pues, que tú sigas aquí. Y todavía más sorprendente que me comprendas habiendo pasado tu vida metido en la universidad haciendo matemáticas. No eres famoso. No eres rico. ¿Cómo puedes decir que tú también te has equivocado de camino? Estás en la situación en la que yo me hallaba antes de encontrarme con el agente mexicano, ¿no? Tendrás colegas más o menos interesantes con los que convivir de vez en cuando, tendrás romances en esta ciudad o en aquellas que visitas durante seminarios y conferencias, qué sé yo. ¿Dices que querías ser escritor? ¿Que has hecho lo que hiciste porque querías seguir convenciendo a los demás de que eras bueno en matemáticas, tal como decía mamá y luego dijeron los maestros, tal como decían los compañeros de la escuela y luego los colegas? Bueno, querido Luis, ¿qué te puedo decir yo acerca de interpretar papeles si sólo me estoy muriendo?

lunes, septiembre 16, 2019

Violador

Cuando aún los tenía, consolaba a mis amigos diciéndoles que el tiempo no se desperdicia nunca, ¿lo recuerdas? Les explicaba que es inevitable ocupar todas las horas que nos son asignadas exactamente las mismas a cada uno de nosotros y adquirir, aún desde la más improductiva de las rutinas, una experiencia vital irrepetible que nos hace menos ignorantes que cualquier otro en esos rubros en que decidimos o consentimos, aún pasivamente meternos. Un consuelo barato, sin duda, en el que evidentemente no creía si tomamos en cuenta la cantidad de obras y logros objetivos en que puse el mayor de los empeños para conseguir el reconocimiento de los demás. Así pues, nunca supe desperdiciar el tiempo, pues incluso leyendo libros o mirando películas con aire despreocupado, me atravesaban toda clase de síntesis mentales, procesos que fijaban lo que tenía delante para su aprovechamiento ulterior. Una productividad a ultranza, condenada al fracaso por talento insuficiente, pero también por la raíz megalómana de sus motivaciones. Un quehacer intelectual que estorbaba el vicio que medraba en el orden. Un permanente combate entre contrarios sobre la arena del tiempo. Porque siempre queda algo fuera, ¿verdad? Lo entendemos mejor conforme se agotan los plazos. Se pierden oportunidades continuamente, tú mejor que yo lo sabes. Y así, contrario a mi falso consuelo, es evidente que siempre estamos desperdiciando el tiempo.
Nunca somos claros. Vives separado de tu mujer desde hace años y, sin embargo, has dejado pasar casi todos los ofrecimientos sexuales que te han hecho diversas empleadas y clientes de la tienda, aún los más decididamente físicos, sin ramificaciones sentimentales aparentes. ¿Por qué? En tu juventud dejaste que la indecisión ganara terreno hasta que te fue imposible cambiar en lo profesional o económico: te condenaste a fuerza de no hacer nada. ¿Qué ocurrió? Si eras una persona tan sexualmente activa como yo, si tus capacidades eran mejores que las de muchos de nuestros salvajes compañeros de la escuela elemental, si a tus inquietudes y miras, si a tu conciencia toda y tu nobleza correspondía un destino a la altura, ¿por qué vives en las sombras? Podemos ensayar respuestas y recuperar algunas de las muchas conversaciones que tuvimos desde la adolescencia hasta el día de ayer en que ya no éramos jóvenes, pero debo decirte que ahora soy yo quien se hace las mismas preguntas, los mismos reproches. Porque, igual que a todos, llega un momento en que te detienes a mirar alrededor y descubres que el mundo ha seguido su marcha por otro camino. Porque ya no puedes desandar ni volver a escoger. Porque no había respuesta correcta.  
Yo desperté muy pronto a la sexualidad y no fui un niño inocente. Manipulé a los adultos de mi entorno para satisfacerme y aproveché las prohibiciones y condenas de quienes me descubrieron las de mi madre y maestras, las de algunos compañeros para alimentar la obsesión onanista a la que me limité con escarceos materialmente insignificantes, pero de gran incentivo psicológico hasta más allá de los veinte años. Mi sola experiencia desacreditaría la histeria moderna por proteger a la infancia de sus presuntos depredadores, aunque mi historia no es en modo alguno una excepción: tú mismo reconoces la deliberación de buena parte de tus actos impúberes. Que la época se haya vuelto excesivamente hipócrita y delicada, absolutamente idiota, hasta el punto de no reconocerse a sí misma sus intenciones, es sin duda un triunfo de la mentalidad ultramontana que ya hubieran querido para sí los sacerdotes católicos de tiempos presuntamente más obscuros y, paradójicamente, menos ñoños que los actuales. Tú mismo fuiste víctima de mis avances. Entonces podíamos hablar de consenso. Hoy no. Los tiempos son tan alelados que estoy seguro de que, aún sin mi consentimiento, alguien tendría la iniciativa de denunciarte por haberte aprovechado de mí hace veinte años, sólo porque tú insertabas y yo recibía, sólo porque cediste a la seducción que, según estos tarados, yo no podía conducir por no ser consciente de lo que hacía, cuando si alguna víctima inocente hubo fuiste tú. Porque yo era un niño demasiado inteligente y tú uno de buenos sentimientos. Porque yo era un niño alevoso y tú uno sin dobleces, genuinamente puro
Así pues, el ejercicio de mi sexualidad llegó tarde y mal, pasados los veinte y en calidad de niña, pues no fue sino hasta los veinticinco en que descubrí que podía ser yo quien penetrara a otros convirtiéndome en hombre, es decir, en agresor según los tiempos que corren. Entonces ni siquiera me daba cuenta de que todas las lenguas consignan como sinónimos del acto al que llegaba con tanto retraso verbos como joder y chingar, cargando de violencia el rol que ahora asumía y haciendo de mis genitales un bumerán perfectamente capaz de volverse contra mí. Así me lo hizo saber la policía de ciudad natal, por medio de la extorsión, cuando me sorprendió en un parque acompañado de un limpiaparabrisas cuya edad incierta permitía hacer caso omiso de su voluntad. Así lo comprendí también cuando, amenazado, tuve que sacar a empellones de la casa o el coche a quienes hasta hace un momento se mostraban obsecuentes y salaces. Cuando sentía alivio ante un vuelo que por fin me elevaba por encima de tentaciones y amenazas. Cuando cogía el coche para alejarme durante meses del lugar donde se hubieran producido malos entendidos. Imagínate cuánta gente indecisa y cuánta víctima en un país de acomplejados y maricas como este, cuántas ganas de culpar al de al lado y de linchar a quien se atraviese. Cuánta irracionalidad como materia prima inagotable. Así que cuando me descubrí hombre tuve que sortearlo todo e intentar recuperar el tiempo perdido. Un cuarto de siglo como niña, nada menos.
Cuando miro lo hecho, pese a todo, me asalta la sensación de que desperdicié años preciosos. A la precocidad de mi niñez le siguió una juventud lenta que para colmo se enredó con esa pareja de largo aliento que amaba tanto como no me gustaba. Con su presunto consentimiento, pero a sus espaldas, se produjeron encuentros incompletos o pobres arrebatados a hurtadillas en baldíos y callejones, coitus interruptus en hoteles espantosos y azoteas de vecindad, exploraciones arrebatadas a los márgenes que iba dejando la conducción de una vida intelectual que pronto me llevaría al extranjero. Hasta ahí la juventud permitía que la distancia entre mis chicos y yo la cronológica, pero también la económica y social fuese razonable; pero una vez transcurrido el largo intervalo extranjero donde convivieron la inopia sexual y la continuada ficción de una relación a distancia, me encontré separado de mis chicos por un abismo que no ha dejado de crecer, transformando lo natural en sospechoso, lo gratuito en interesado, lo consentido en abuso. He recordado, a propósito, un programa de televisión en el que una juez norteamericana que atendía un pleito entre un hombre mayor y una mujer joven, recriminaba a aquel, con un puritanismo típicamente norteamericano y muy de la época, el no haberse metido únicamente with his own kind. La imagino perfectamente apuntándome con su dedo condenatorio mientras hace una severa admonición: your own kind, Mr. Gala! What were you thinking?! ¿Cómo puedo seguirme acostando con mis chicos cuando ya tienen la mitad de mi edad? ¿Cómo puedo presentar a esta juez los numerosos casos en que ello se ha producido sin mediar coacción alguna cuando la diferencia es ya prueba de coacción? Repeat after me, me diría: a esta edad ya no hay sexo consensuado.
Ciudad natal quedó atrás apenas terminado mi dilatado salto extranjero, hirviendo de jóvenes con los que acostarse en calles que ya no pueden recorrerse. Huido a Santa Teresa, cuyas dimensiones combinadas con mi actividad me hicieron perder el anonimato rápidamente, continué la ficción de la relación a distancia que no moría, pero ya no estaba viva undead y aproveché, siempre insuficientemente según mi propio recuento, los cuerpos que generosamente me fueron ofrecidos antes de que la inconsciencia sobre mi edad y circunstancia desapareciera definitivamente. Si bien la corrección política había quedado a varios años de distancia gracias a la geografía, mi tiempo de cara al mundo se agotaba: un día fue a reunirse conmigo quien ya había muerto; otro día se fueron mis últimos amigos por los que creí equivocadamente que aún era joven; luego murió mi hijo. Nunca como entonces la enorme distancia intelectual y material con mis yacientes fue tan manifiesta, nunca mayor el peligro de los carros siniestros de cristales velados que disminuían la velocidad al pasar. Sentí la amenaza de los muchos ojos que me rodeaban y me descubrí desnudo.
Hace tres años que me separé como tú. Contrario a lo que supondría hallarse solo luego de casi dos décadas de promiscuidad a espaldas de mi relación un tiempo inexplicablemente largo, claramente desperdiciado si se toma en cuenta que la unión no tenía sustento sexual sino subliminal: una idealización de la pareja no he vuelto a acostarme con nadie. No faltan jóvenes dispuestos, desde luego, como esas empleadas y clientes que te acosan continuamente, chicos con voluntad y autonomía, con curiosidad, aunque se las niegue esa juez televisiva y casi cualquier miembro de la sociedad presente. Pero no he cedido, quizá porque el deseo no es tan grande como en otro tiempo y empiezo a cansarme, quizá porque quiero liquidarlo para que no siga estorbando la consecución de mis obras. Gran inquietud perturbadora. Potro demencial. Tiempo desperdiciado cuando faltaba pudiendo hacerse ¿como ahora? pero también despilfarrado cuando se tuvo, siempre insuficiente.

domingo, septiembre 08, 2019

Orientación

Te acordarás del libro que nos hacían comprar en la secundaria para una materia llamada orientación, en realidad tres libros, uno distinto por cada grado. El que recuerdo era el del segundo año, un libro horrible editado en ese papel marrón deslavazado llamado revolución, tan popular en los ochentas, pero que leía con mucho interés porque los adolescentes mariquitas somos aficionados a la psicología de quiosco, trátese de horóscopos, revistas del corazón o libros presuntamente académicos, pero redactados en lenguaje llano por mujeres de moral ligera, las únicas capacitadas para lidiar lo mismo con niños que con padres de familia. En ese libro se describían las así llamadas ocho áreas fundamentales del ser humano como sectores de un disco cuya unidad dependía de la capacidad de cada uno para reunir sus partes. Era un dibujo que parecía mimeografiado en vez de impreso, desde luego sin colores, donde aparecían escritos, en una fuente muy próxima a la de una simple máquina de escribir, los distintos nombres de las áreas que semejaban los rayos de una rueda: la mitad se leían del centro hacia afuera: área física, área sexual, área económica, área emocional (que por alguna razón consideraba menores), la otra mitad de afuera hacia dentro: área familiar, área social, área intelectual y área espiritual (las fuertes, según yo, que así presentadas me suponían un orden de creciente importancia). 
Recordarás también que yo siempre fui aficionado a las clasificaciones: listas, cuadros sinópticos, diagramas de Venn. Al término de la primaria hice un cuaderno donde intenté reunir todo lo que sabía por materias, creo que alguna vez te lo mostré: matemáticas, ciencias naturales y sociales; incluí en él mapas de variados colores dibujados por mí mismo y cuidadosamente doblados para entrar en pequeños bolsillos de plástico que adosé a las últimas páginas con cinta adhesiva: uno por cada continente y otro del propio país con su división por estados. Le dibujé un par de nubes y un arco iris en la portada. Se lo mostré a mi padre que me despachó en pocos segundos balbuciendo la palabra bien para ocultar su desconcierto. Pero ni su indiferencia ni los insultos de mis compañeros (de los que me defendías a veces) me desanimaban en mi obsesión taxonómica, así que era lógico y esperable que me sintiera inmediatamente atraído por esa organización de la vida en forma de rueda que el libro de orientación me ofrecía. Hice una primera evaluación de mi situación a la que siguieron muchas más, casi hasta el fin de la adolescencia, ese período en que muchos nos apartamos de todo lo que consideramos ridículo sin conseguirlo nunca del todo. Luego, si hay suerte, volvemos sobre lo abandonado como si el sólo paso del tiempo le hubiera dado la dignidad que no tenía, una prestada por el sentimiento de la nostalgia. Pero volvamos al punto, que me estoy desviando: ¿qué cuentas puedo darte de mi vida si echo mano nuevamente de la rueda?
Ya no soy joven, tengo una enfermedad crónica controlada y nunca hice ejercicio como según yo deseaba. Como todo buen marica en su madurez, como bien y voy al gimnasio con regularidad, pero por supuesto no lo hago porque exista siquiera la mínima posibilidad de eliminar la panza de cuarentón que se me ha hecho ni porque quiera alimentar más el mito de mis buenas piernas o nalgas, qué va, lo hago sólo porque me distrae al tiempo en que escucho música, porque puedo evadirme y fantasear, placeres adolescentes que, a falta de mayores talento o voluntad, consigo también leyendo o escribiendo pequeños textos sin acometer las grandes obras que he deseado realizar. Así pues, el área física tal como la he concebido se opone a la intelectual porque postula la disipación en vez de la concentración: la vida más equilibrada es también la más mediocre. Y ya que estamos en ello, te comparto dudas que me has oído expresar aquí y allá: ¿es tarea intelectual haber conseguido los máximos títulos universitarios? ¿haberlo hecho en el extranjero aprendiendo otras lenguas? ¿mantener un trabajo profesional productivo como profesor investigador en matemáticas aplicadas? ¿acaso la fundación de programas y la dirección de proyectos que han influido en la vida de decenas de personas? Si la calidad del trabajo no es la máxima y reconocemos que no podemos darla, ya sea por incapacidad o pereza, ¿qué debemos hacer? ¿conformarnos con la indulgente fórmula dar lo mejor de sí? ¿abstenernos de exigir a los demás porque al fin y al cabo nosotros no cubrimos las exigencias más altas? Mi preparación académica tenía como destino una institución a la altura: ¿lo es una universidad de provincias donde se es tuerto en tierra de ciegos o es que somos nosotros los que no cabemos en las instituciones soñadas? Quizá estas últimas ni existan propiamente, pues dar la vuelta al mundo me ha dado el discutible consuelo de comprobar que nuestros problemas no son originales y que el hombre que trabaja está siempre en el lugar correcto. Pero la insatisfacción persiste. Si la obra intelectual profesional no alcanza el nivel esperado, ¿puedo conseguirlo en la literatura o es sólo un recurso para escurrir el bulto de la incapacidad? Me imagino ahora mismo a Fargas mirándome a los ojos e inquiriendo: what are you looking for, Mr. Corso? Porque da la impresión de que la obra no estará a la altura ni será de la más alta calidad en tanto no sea reconocida por la mayoría de las personas. En forma de premios y ventas. En forma de invitaciones y récords. Y eso, que quizá te sientas tentado a asociar a mi adolescencia hecha de concursos y diplomas, medallas y competiciones, es desde luego ridículo. Pero como fondo psicológico no está mal. And yet... ¿qué psicología conciliará el hecho de que Javier Marías es un escritor reconocido o exitoso o consagrado o bueno con el hecho de que Luis Gala es uno perfectamente desconocido aún si su prosa fuera magnífica?
Pero como bien decía el libro de orientación de segundo año, la vida está hecha de más cosas, como el dinero que, sin faltarme, no se sabe nunca si es mucho o poco, sobre todo porque afirmar que es suficiente mientras no nos falte nada es bastante incierto como medida, pues depende de lo que cada uno cree que necesita y del tiempo que dure su existencia (las hay tan largas o accidentadas que pueden arruinar hasta las mejores previsiones). No soy un capitalista sino un empleado. No genero dinero, antes bien aumento el número de los que se cuelgan del erario público. Con responsabilidad y rendición de cuentas, se entiende, pero también con culpa. Vivir de la escritura tendría la ventaja de decir adiós a los jefes que por regla general son imbéciles y guardar una relación menos parasitaria con la sociedad. Pero también me permitiría tener una vida más liberal sin que las sociedades de padres de familia sientan que pongo en peligro la moral de sus hijitos universitarios y mayores de edad. Porque es verdad que mi sexualidad, con ser fuente de grandes placeres, ha planteado también infinidad de problemas a lo largo de mi vida. Ustedes se dieron cuenta antes que yo de mi orientación sexual y me llamaron maricón, joto, puñal, puto, feminoide, marica, pero no fue sino hasta el fin de la primaria en que yo comprendí que era homosexual. Te acordarás que los insultos siguieron en la secundaria y la preparatoria; algo menos en la facultad y el posgrado, jamás en el extranjero. Desde que cobré conciencia de mi situación supe que tenía que guardarme de hablar del asunto con mi familia y con mis escasos amigos. Mutilarme. Muchas veces me sentí cómodo fingiendo y hasta pretendí poder cambiar, como si ello hubiera sido posible o deseable. Tuve novias. Pero cuando por fin me decidí a tener el sexo que deseaba y que no podía ser sublimado más, encontré toda suerte de dificultades, de rol y de salud, de moral propia y ajena, rematando en una pareja prematura cuya consolidación ocultó detrás de la ternura equívocos fundamentales en materia sexual. Viví así muchos años de creciente tensión entre una vida casi conyugal que se alejaba de lo físico y una estimulante y peligrosa promiscuidad exterior. Salté así desde la juventud hasta la madurez y en ésta nos encontró la separación. No valieron más las palabras sin sustancia como relación abierta o el ridículo mandato de no involucrarse sentimentalmente con nadie más. ¿Cuándo me impidió este principio enamorarme de tantos a lo largo de los años? ¿Cuándo el carácter abierto de la relación hizo menos dolorosa la comparación de nuestro sexo agónico o inexistente con el rush de los encuentros casuales? En esto el libro de orientación pecaba de ingenuidad. Ni en él ni en ninguna otra parte he hallado respuestas a preguntas esenciales, por ejemplo: ¿qué es una pareja? ¿basta comunicarnos de manera extraordinaria con esa persona aunque no la deseemos? ¿basta con desearla aunque sea una persona manifiestamente incapaz de comprender nada? ¿cuánto es suficiente sexo? ¿está en la naturaleza de las personas la promiscuidad o el agotamiento eventual de la monogamia? Es fácil decir que cada par o grupo define sus reglas, tú mismo has dicho que para ti el sexo no es tan importante, pero cuando uno aspira a algo legítimo y no a una mera comedia, se tropieza rápidamente con el requisito de enfrentar la verdad, lo que desde luego obliga a buscarla, a cuestionarse, a no descansar jamás. Y así no es de extrañar que llegue a esta edad sorprendido de que las ganas de seguir jugando sigan ahí y esperanzado de que ponerlas en un solo sitio no sea una simple estupidez, particularmente cuando el universo de mis intereses se aleja cada vez más conforme envejezco.
Me he alejado de mi familia y amigos, tú incluido, aunque su influencia ha sido grande en la formación del solitario que soy. No me siento del todo satisfecho con ninguno de ustedes, pero ya el carácter heterodoxo de mi vida sexual e intelectual hacía difíciles las relaciones duraderas, particularmente en un país como el nuestro con su cultura acomplejada y mezquina (de ahí que tenga buenos amigos extranjeros). De modo que debería estar agradecido por haber disfrutado de tratos profundos con una importante lista de personas, aunque ya no las frecuente o sólo muy de vez en cuando, impedido por razones geográficas o temporales. Las comunicaciones hacen posible que tenga noticias de ellos cada cierto tiempo y eso es satisfactorio, aunque quizá insuficiente. En todo caso no lamento el resultado lógico de hallarme solo. Quizá la persona que más ha trascendido épocas distintas ha sido mi madre, a quien puedo disfrutar y padecer ahora, mientras se adentra en la vejez. ¿Nos volveremos una de esas parejas clásicas de homosexual con su madre, enfrentando las cada vez mayores dificultades de la ancianidad solitaria? Quizá yo pueda acompañarla hasta que muera, pero luego no queda muy claro quién lo hará conmigo cuando ya no me sea posible mantener mi autonomía. ¿Tendré que suicidarme o irme a vivir con quienes no deseo ni me desean? Misterio.
Falta rendir cuentas de dos áreas, me dirás, la emocional y la espiritual, aunque nunca me quedó muy claro a qué se referían los autores con este par de rubros. Lamentablemente ya no tengo el libro de orientación conmigo para consultarlo, aunque sí los escritos que hice en mi adolescencia evaluándolas junto con las demás áreas, cada uno, dos o hasta cuatro meses. ¿Dónde encaja el amor? ¿en la vida sexual como parece colegirse de lo que te he relatado arriba? ¿en la emocional donde supongo que una vida sana ha de ser estable, sin grandes depresiones ni euforias desquiciadas? ¿o es un asunto espiritual para los que como yo hemos perdido las creencias religiosas? Siempre pensé en el mundo espiritual como en la capacidad de vivir en armonía y penetración, aún misteriosa, aún sagrada o poética, con lo que nos rodea, lo que de alguna manera he conseguido a través de una vida de amor y conocimiento, de sentido moral hacia los demás y de una obligación cada vez mayor de honestidad intelectual y ética. Seguiré viviendo tensiones entre los distintos polos que jalonan mi voluntad e insatisfacción ante lo que hay, porque quizá, a nivel psicológico, poco puede hacerse por la conformidad de aquel a quien le fue inculcado desde niño la necesidad de ganar respeto, amor, o  satisfacción, por medio de más y más obras. Después de todo, como te dije alguna vez, el amor no es improductivo.

domingo, septiembre 01, 2019

Somnolencias

A los lados del tren que se mece con suavidad mientras atraviesa los campos, aparecen grupos de árboles apretados unos contra otros o separando cultivos de granos y legumbres, acolchadas superficies verdes seguidas del hirsuto café pálido del trigo, bolas de heno a las que luego reemplazan vacas u ovejas, casas y algunas carreteras, establos, pequeñas fábricas. Dentro del tren, el silencio de los hombres es el constante murmullo de las ruedas al cruzar las traviesas más separadas o el apagado chirrido de los frenos cuando se detiene la marcha, el bufido satisfecho de las puertas neumáticas que se abren o cierran, a veces sin que las atraviese nada más que un olor a tabaco o sudor, un perfume como fantasma al que le falta el cuerpo. Atardece. La luz crepuscular del sol, que de repente es destello fugaz en un cristal o añadido matiz en el aire que separa la vista de los objetos, avisa ya con su inclinación el fin del verano, obligando a quienes son llevados por el tren a recogerse en sí mismos como hacen los sobrevivientes de una larga fiesta, el calor todavía dentro de ellos como una débil flama que se resiste a desaparecer.
[...]
En algún rincón apartado por donde no pasan turistas se habrán sentado a descansar sobre la escalera de un desgastado puente de mármol, a la sombra de una enorme iglesia y de desvencijadas casas de colores térreos. La ropa blanca en los balcones meciéndose con el viento. Las flores en macetas ancladas a la herrería que dejan escapar gotas que no pudieron retener. Ya en el reflejo ondulado de las aguas verdosas del canal debajo de ellos, ya en los meandros de una mancha oleaginosa sobre la superficie o en el repentino callar del viento por encima de sus cabezas, lo habrán comprendido: el verano tiene sus días contados como lo tienen los objetos y las ciudades, como lo tiene el tiempo de mirarse uno al otro y de ir de la mano por las calles. Se hará el silencio como ahora en que ya pueden percibirse los ruidos de una cacerola lejana y el cada vez menor de unos cubiertos que son puestos a la mesa por una mano invisible; la vida de los demás, insinuada detrás de muros y ventanas, será el fondo en que ellos desaparecerán un día, ahogados como los muchos objetos que pueblan el lecho de la laguna en que, día con día, se sumerge esta ciudad.
[...]
El avión que despegó en dirección noroeste, todavía en la obscuridad por encima de una isla de luces sin agua, es alcanzado por la luz del amanecer. A la derecha, más allá de las ventanillas, se abre paso una línea roja por entre las sombras de las nubes recortadas contra el alba; a la izquierda, un azul marino casi negro es sucedido por un gris obscuro sin arriba ni abajo. Se queda dormido. El avión cae de panza con la suavidad de una hoja en medio de la plaza mayor de ciudad natal. Le sorprende no tener miedo a pesar de estar consciente del peligro de una explosión y, conforme a instrucciones mil veces repetidas, abandona el avión por uno de los toboganes desplegados aunque el suelo está prácticamente al nivel de la puerta. Conforme se aleja de los restos, distingue a pocas cuadras las puntiagudas torres de catedral y celebra la casualidad extraordinaria de haber caído aquí. 'Qué suerte', se alcanza a decir entre el gentío de pasajeros y mirones. Pero todo mundo ha traído consigo sus pertenencias mientras que él, obediente a las reglas, las ha dejado en la cabina. Siente un gran deseo de volver a por ellas porque el avión sigue estando ahí, a pocos metros, con la puerta casi al nivel del suelo y su tobogán amarillo como pasarela. Piensa en el peligro de que la aeronave explote mientras evita el arroyo de combustible que se ha formado. Vuelve a mirar de reojo la catedral, incrédulo. Ya está de nuevo frente a la puerta y apenas pone una mano en el fuselaje cuando una sacudida lo despierta. El avión da una pronunciada vuelta por encima del valle y ya distingue la cuadrícula de sus sembradíos, el trazo recto de sus calles, la forma oblonga de la laguna. Están por aterrizar. 
[...]
No debe dormir hasta el anochecer para poder adaptarse al nuevo horario. Así se lo dijo por primera vez el gordo en su jardín bordeado de cipreses donde preparaba conejo asado y su mujer servía pequeños canapés decorados de fruta y licores. Así lo corroboró el hombre cara de caballo que aún parecía joven, café en mano, luego de rechazar más conejo y hacerse con otro canapé. Hacía años de aquel despreocupado consejo que, como el resto de los que dio el gordo, nunca la rubia y sólo a veces el hombre cara de caballo que aún parecía joven, tenía toda la apariencia de ser verdadero sólo por ser autoritario. Así pues, anduvo recorriendo las calles de Santa Teresa en vez de quedarse en casa, a pesar del calor, bastante elevado todavía, del final del verano. Para evitar el insomnio. Para evitar la sombra siniestra de confusión que se alargaría sobre él cuando cobrara conciencia de que estaría solo por mucho tiempo. Ya estaba aquí, materializado, el silencio que los rodeó sentados sobre un puente de mármol de una remota ciudad antigua de canales de agua verdosa. Presentimientos...  De repente se encuentra frente a una casa que habitó con quienes ya murieron, desvencijada y rota, vacía, con el número de metal aún en su lugar y las ventanas intactas. No tiene puertas y la recorre lentamente, sobrecogido, con las historias ahí transcurridas sucediéndose en su cabeza con rapidez: el baño de azulejos amarillos donde volaban cucarachas, los armarios donde estaban las cartas de la dueña, la recámara donde hizo el amor mientras los ratones roían la madera de la cocina... Emerge y la luz lo ciega. 
Ya nadie le espera en casa.

sábado, agosto 17, 2019

Taller

Naturalmente, una vez concluido el jaloneo que en lo profesional padeció desde su juventud entre lo que creía merecer y la aceptación a regañadientes de lo que iba obteniendo, miró a su alrededor a fin de poner remedio, aún desde su escepticismo y convicción de que no tenía caso, al hecho de que prácticamente no tenía a nadie con quien ir a gastar su dinero o su tiempo. Ya no estaba en condiciones de ir a discotecas por su repulsa a las multitudes y su cada vez mayor incapacidad para aguantar desveladas y alcoholemias. Ya no era la persona encantadora que provocaba con sus conversaciones a extranjeros ociosos en aeropuertos, capitales europeas o teatros de barrio judío. Porque no encontraba ningún placer en conversar sobre asuntos domésticos con sus contemporáneos, hombres de familia y negocios, desprovistos de cualquier pasión que no fuera la acumulación interesada de bienes. Porque le avergonzaban las historias ridículas que había vivido con chicos jóvenes a los que atribuyó toda clase de virtudes sólo por haberse enamorado de ellos: individuos bobos y pasivos, aprovechados o egoístas. Y, sin embargo, una vez se halló suficientemente solo rodeado de sus libros y películas, de sus discos y colecciones, comprendió que no tenía lo que había que tener para vivir de encuentros sexuales anónimos y conversaciones estrictamente profesionales. 
De modo que miró en redes sociales y foros los relatos e imágenes de quienes parecían vivir permanentemente acompañados en medio de fiestas, viajes y paseos. Risas fotografiadas. Bromas congeladas. El acto de beber una cerveza en medio de la calle. Azoteas. Recordó un pasado remoto en el que él también se instalaba cada cierto tiempo con sus amigos en la esquina de un automóvil o una habitación a recitar poesía y lanzar insultos soeces, a entrever mujeres desnudas a través del mucho humo de cigarros y el perpendicular ruido de botellas, a abrazarse a quienes juraban lealtad o prometían juventudes eternas. Algo se encendió en él. Se dijo: 'el pasado, eco de lo que tenemos frente a nosotros'. También: 'el tiempo, magma donde se ahogaron quienes ahora me ven desde el infierno'. No usaría más las horas muertas de la oficina o la casa para fantasear con los muchos perfiles de la red. No se limitaría a masturbarse sin contactarlos ni a descargar en su celular este o aquel vídeo pornográfico. Bajaría a la calle para localizar y abordar aquellos que le resultaran más llamativos. Reuniría datos y haría de detective hasta abandonar su postura voyeur frente a la vida. Iría de nuevo al mundo una vez reconocida su incapacidad para representárselo sólo con los libros de su biblioteca y el reproductor de películas. 'Pero seguiré sin viajar', agregó, 'por pereza'.
Así pues, cada día en punto de las seis de la tarde, salía del trabajo a recorrer las calles en su auto compacto, poco vistoso pero funcional, casi como su vida, no para seguir invitando transeúntes al azar como había hecho durante años con magníficos resultados que mantenían intacta su soledad y satisfechos sus genitales, sino para localizar a aquellos que le interesaban basado sólo en un puñado de datos fragmentarios, a veces la fachada de una escuela o un edificio de oficinas, otras el color del uniforme utilizado por los que sonrientes aparecían en alguna imagen tomada con despreocupación y colgada de la red sin mayor reparo. Bien es verdad que al principio su tarea concluía en el momento mismo en que la persona buscada aparecía en su campo visual, casi siempre andando en la calle para entrar a algún sitio por él vigilado (y entonces se quedaba satisfecho sin siquiera conocer su voz), o detrás del mostrador de un establecimiento al que él se decidía a entrar (y entonces le bastaba el intercambio de palabras rutinarias para cambiar de sujeto), pero esto llegó a su fin cuando fue el Negro y no él quien lo abordó inesperadamente a la salida del taller donde aquel trabajaba.
El Negro era muy joven, no debía tener todavía los veinte años, y aunque ceceaba ligeramente lo abordó sin titubeos para pedirle que lo llevara a su casa. 'Llevas ahí media hora con el sol dándote en una mejilla, esperando a que alguien salga del taller. Bueno, sólo quedamos mi jefe y yo, pero a él ya lo viste hace un momento cuando salió a fumar y no lo llamaste, de modo que debo ser yo a quien estás esperando. ¿Me llevas?'. Sonriendo aceptó llevarlo, aunque en realidad se hallaba un tanto mosqueado por haberse dejado sorprender, 'quizá no soy tan inteligente como creía', pensó con una punzada en el estómago, y esa idea le recordó los muchos años en que vivió jalonado por la convicción de que estaba desperdiciando su talento en un trabajo y una ciudad por debajo de su nivel, 'ahora ya es tarde', pensó todavía con gran rapidez, 'porque me va bien, sí, pero también porque ya no puedo irme... la música del juego de las sillas ha terminado y no hay más opciones que el asiento en que estoy sentado... bueno, al menos no he dado con el culo en el suelo porque hay dos tipos de...' Lo interrumpió el Negro diciéndole 'yo sé quién eres'. 
Sintió que los colores le subían al rostro, pero se rió como si fuera el dueño de la situación, sin quitar la vista de la carretera. El Negro encendió lentamente un porro de mariguana luego de ajustar los bordes del papel de liar con unos dedos que brillaban de grasa, las uñas cortas pero negras de mugre; al encenderse el porro crepitó más de lo habitual por culpa de la grasa accidentalmente untada. 'Bueno, pues aquí me tienes', dijo el Negro, 'ya sabrás mucho de mí y querrás tocarme. Es justo: me estás llevando a mi casa, ¿pero podemos ir por unas cervezas primero? Podemos hacer lo que quieras', dijo. A la sorpresa y el disgusto de haber sido sorprendido, le siguió la turbación del cuerpo que se le ofrecía. Se volvió fugazmente para apreciarlo, una visión distinta de las muchas que tuvo en la red sin profundidad ni olor a taller o mariguana. Recordó de golpe a los drogadictos de su vida. A Gustavo y Carlitos. A Dany y el Nayarita. Al del crucero del Periférico y la Calzada cuando no existía el paso a desnivel. ¡Tanta gente de pensamiento impenetrable y cuyo carácter enigmático alimentó el deseo! ¡tanta conducta inexplicable y generosa! Grandes. Grandísimos. Apariciones. Se detuvo frente al depósito de cerveza y le extendió al Negro un billete. Lo miró entrar y salir de la tienda, acariciarse la melena con los dedos, mover la cadera y la u ve de su torso. No tenía ninguna curiosidad por saber cómo es que el Negro lo había identificado; tampoco por saber si era un ardid.
Continuaron el camino alternando silencio con sorbos de cerveza; él rechazó un porro que le ofreció el Negro y éste a su vez rechazó un cigarro que él le ofreció, advirtiendo que 'el tabaco mata'. Cuando decidió dar vuelta para internarse en los cultivos, el Negro no se inmutó ni preguntó a dónde iban. En la parte más profunda de aquella brecha por la que conducía ya muy lentamente, con el sol del ocaso haciéndose fuego rojo detrás de los maizales, pensó en las muchas amistades que habían terminado absorbidas por sus familias o trabajos o distantes geografías, pensó en el hecho de que nunca le habían interesado realmente y que sólo pudo reconocérselo hasta que se divorció. Se detuvo y apagó el motor. Los graznidos de pájaros fueron entonces audibles, el ulular del viento por entre las hojas, el chirrido de los grillos. 'Yo tampoco soy libre', dijo de pronto el Negro llamándole por su nombre y quitándose los pantalones sin soltar el porro de entre sus labios. Entrecerraba los ojos por el esfuerzo, marcando su musculatura con cada movimiento hasta que el tatuaje en su pecho quedó al descubierto. Luego, desnudo de la cintura hacia abajo y arremangándose las mangas de la camisa, le puso una mano en la entrepierna llamándole otra vez por su nombre. 'No te creas que eres el único, pero no puedo ofrecerte más que mi cuerpo. Sé que esperarías que todo fuera diferente, que alguno de los que has estado cazando estuviera a la altura, pero para la gente como tú no hay palabras correctas, apenas actos, gestos, circunstancias... yo también soy cazador, ¿ves?', dijo ceceando graciosamente. 
Y diciendo esto el Negro le desabotonó el pantalón y la camisa, excitado por la posibilidad de que al otro se le pasara la mano... 'Pero eso sólo pasa en las películas', pensó el Negro con el cuello cada vez más dulcemente apretado. 'Sólo en las películas', gimió por última vez con ojos de hipnotizado. La luna y las estrellas allá arriba.