Por la crianza que me dio mi madre, pero también por mi propia forma de ser, siempre me ha preocupado el aspecto teórico de las situaciones antes que su mero tránsito o realidad, lo que desde luego ha impedido que disfrute sin más de lo que se me ofrece espontáneamente por hallarme más ocupado en explicarlo que en vivirlo y, todavía más, en acomodarlo como instancia de un plan filosófico superior.
[...]
La casa que mi madre mantenía en mi niñez, aunque modesta, disponía de todo lo necesario para vivir cómodamente y era causa de admiración entre sus escasas amistades, por el orden y limpieza que mostraba, pero también porque dichos orden y limpieza hacían suponer que gozábamos de una posición económica privilegiada que no teníamos. Especialmente cuando recibíamos visita mi madre nos vestía, a mi hermana y a mí, con tanto primor como le permitían sus recursos, pero luego nos impedía jugar en el suelo para no ensuciar la ropa y nos vigilaba constantemente para que no sacásemos más juguetes de los que ella juzgaba necesarios. Si, como solía ocurrir, yo optaba en esos días por tomar un libro de la estantería de la sala y debía ir al baño, al volver al sillón me encontraba con que mi madre había guardado el ejemplar en su lugar. Leer en el baño o sobre las camas nos estaba prohibido y los paseos de mi madre por las distintas estancias de la casa unido a su conocimiento exacto del lugar que ocupaban los objetos, hacía imposible que no se percatara de que un ejemplar, por pequeño que fuera, faltaba en las estanterías.
Mi hermana y yo compartíamos una habitación cuya ventana daba a la calle. Esta ventana, como las pesadas cortinas obscuras que la cubrían, solía estar cerrada, salvo un par de horas por la mañana y otro par por la tarde. Era mi madre la única autorizada a abrir las cortinas y, en casos extraordinarios, la ventana, aunque en estos últimos casos solía quedarse con nosotros sentada en una silla mientras remendaba ropa o leía distraídamente, mirándonos de vez en cuando por encima de sus anteojos. Entonces intentaba verla el mayor tiempo posible sin que ella me pillara haciéndolo, tan imbuido de miedo y admiración como seguro de que me regañaría si se percataba de mi visión furtiva. Pero nunca me vio, o fingió no verme, repasar su rostro concentrado o sus manos de venas tenues, estudiar la transparencia de sus medias o el hecho de que no hubiera cambiado de página en una hora. En su presencia y a pesar de estar en nuestra habitación, mi hermana y yo bajábamos la voz o procurábamos no hablarnos, a veces ignorándonos uno al otro, pero otras veces intentando comunicarnos con señas y gesticulaciones que nos ponían al borde de una risa violenta, tanto o más excitante cuanto más inminente era, aunque finalmente nunca se producía. A veces, cuando advertía que llevábamos alguna mancha en los zapatos o un cabello despeinado, mi madre se levantaba de la silla e iba a por un paño o el peine para repasarnos en silencio con movimientos excesivamente firmes, luego llevaba el paño o peine a su respectivo lugar y volvía a su silla respirando pesadamente como si intentara calmarse luego de un gran disgusto; tras un minuto, volvía a la normalidad.
Conforme mi niñez se acercaba a su fin, aunque aún sin desafiarla, buscaba maneras de hacer lo que me apetecía a pesar de mi madre, pero también a pesar de mi hermana que ocupaba la misma habitación que yo en perjuicio de mis urgencias. Hube de acostumbrarme a vigilar el sueño de mi hermana, a veces atendiendo a su respiración, a veces examinando difícilmente en la obscuridad si se hallaba dormida o, por lo menos, de espaldas a mi cama y vuelta hacia su pared. La puerta de la habitación estaba siempre abierta por órdenes de mi madre, pero una vez que ella se dormía y sin que llegase a roncar, nos alcanzaba el rumor de sus involuntarios quejidos. Gracias a estas señales yo conocía el momento de meterme la mano derecha en la entrepierna disfrutando del aire cargado debajo de las cobijas y de la agradable asfixia de una sábana envolviéndome la cabeza. Al principio, cuando terminaba mis ejercicios nocturnos restregándome contra una almohada o la pared, experimentaba una sensación placentera y culposa, sin mayores consecuencias materiales, pero cuando me encontré con poluciones que manchaban la ropa o las sábanas hube de temer que mi madre me castigara cuando hiciera la colada o me descubriera en la madrugada tratando de asearme dentro del cuarto de baño. No me preocupaba mi hermana, ni siquiera cuando estuve seguro de que ella conocía mis actividades nocturnas.
Cuando finalmente mi madre me llamó a cuentas aprovechando que mi hermana se hallaba en sus clases de música, me abofeteó antes que nada sin decir una palabra. Cuando se hubo saciado, me tomó del brazo y me hizo sentar en la sala donde me quedé cabizbajo y lloroso. Hizo una pausa frente a mí, de pie y con las manos metidas en los bolsillos de su gabardina, respirando pesadamente antes de empezar a hablar. Luego sacó ambas manos repentinamente y con una de ellas me tomó con fuerza de la mandíbula obligándome a mirarla; entonces habló: 'Has transgredido el orden de esta casa, pero sobre todo el de tu propia vida. Nunca más podrás recuperarlo. Nunca más sabrás cuál es el lugar de cada cosa. Ahora no puedes darte cuenta, pero yo estoy consciente porque te conozco de que ya has elegido vivir en la inquietud hasta el fin de tus días. Porque quien ha decidido como tú es sin duda esclavo de sus instintos. Sí. Pero quien además piensa como tú, con tu inteligencia privilegiada y tu sensibilidad enorme, nunca podrá conciliarlos. Vivirás infeliz buscando lo que hoy perdiste. En tu propio cuerpo. En hombres y mujeres. En objetos y bestias. Todo será inútil porque ya has abandonado la posibilidad de certeza. Podías volar, pero ahora vas a arrastrarte'. Me soltó la cara con desprecio y me encerró en mi habitación bajo llave 'el tiempo que fuera necesario'.
[...]
Es así que siempre me han fatigado las relaciones, pero también los largos períodos de celibato o promiscuidad, con sus negociaciones interminables con uno mismo tratando de conseguir un marco, si no inamovible, al menos adaptable para fijar lo que ocurre e indicar lo que ha de hacerse. Preocupaciones teóricas. El amor siempre en búsqueda de justificación a partir de sus manifestaciones externas: los apoyos de orden práctico, las lealtades a prueba, el sexo que nunca sé si es mucho o poco, si presentable o indigno. Saber vivir, sea porque se consigue someter la realidad a un libreto o porque se prescinde de él. ¿Cómo no entender a los eremitas que rechazan el mundo para mejor tener control sobre sus propias vidas? ¿Cómo no entender la condena de la carne como fuente de desorden y de placer? Un placer que no se acomoda nunca a la plenitud: si porque es sólo carnal, alejado del compromiso; si porque atiende al corazón, con la amenaza del tedio y la saciedad.
[...]
'Mi madre tiene razón', recuerdo haber pensado sentado en el suelo de mi habitación mientras me secaba las lágrimas. Luego un brillo debajo de la cama. Luego un restregarme contra el suelo tratando de alcanzarlo. La boca entreabierta, el estertor sagrado.
[...]
La habitación sigue cerrada.
sábado, enero 19, 2019
sábado, enero 05, 2019
El guardián de la memoria
Subimos los peldaños que llevan de la puerta de la calle al salón de estar en silencio, sin saber bien a bien cual de las emociones experimentadas y contradictorias merecía más nuestra atención. No éramos los jóvenes, casi niños, que hace treinta años coincidieron en mitad de la escuela secundaria, pero igual que entonces él vino a mí necesitado de comprensión y, al mismo tiempo, protegiendo su orgullo con un vago aire aristocrático, una conducta que terminó por convencer a nuestros compañeros más silvestres de moderar su tendencia al desafuero. Tomó asiento en el sillón de una plaza que dominaba el salón, las escaleras por donde habíamos entrado y la cocina. A su izquierda quedaban las escaleras que iban a la cochera, separadas por un barandal del rincón donde había instalado un librero y el escritorio que casi no tenía ocasión de utilizar, ni siquiera porque dormía en la habitación de al lado donde, de noche, se escuchaban los quejidos de aparatos, tuberías y paredes de la cocina con la que era contigua. Tenía más de diez años de haberme separado de mi mujer y de haber aceptado el ofrecimiento que me hiciera la mayor de mis tías para quedarme a vivir en esa casa, una de las muchas que ella había adquirido o hecho construir en aquella colonia de la periferia que ya no podía expandirse por hallar en la Barranca su límite natural.
Mirándolo de reojo desde la cocina donde me preparaba a ofrecerle un vaso de agua que aceptó, lo recordé sentado en el sillón rojo de su habitación de adolescente, pasándose las manos por la frente o la barbilla con la misma altivez con que lo hacía ahora mientras detenía los ojos en distintos puntos del salón. Solía prepararse así, mediante aquella inspección rápida y furtiva, para plantear un asunto o exponer una situación, aunque su cuarto le fuese entonces perfectamente familiar y el salón de mi casa sólo lo hubiera visto una vez, poco después de mi separación. Su recorrido ocular terminó entonces cuando le hube acercado el vaso de agua sobre el que fijó la vista un momento, para luego bebérselo de golpe y dejarlo sobre la mesa, vacío. Sonreímos al mismo tiempo, relajándonos.
—He venido a pedirte un favor. O quizá convenga que lo veas como un negocio, dependiendo de si aún eres el hombre sentimental que fuiste mientras crecíamos juntos a unas calles de aquí, o si ya eres un hombre de negocios. Aunque sólo sean malos negocios...
Sonrió y me hizo sonreír a su vez, pero no dije nada. Volvió a ponerse serio. Continuó:
—Haberte casado y haber concebido una niña con esa mujer son pruebas de que diste algunos pasos, aunque sólo fueran tímidos o torpes, para convertirte en un hombre de negocios. Tu mujer no era una romántica. Tu niña no come poesía —extendió su mano izquierda para que yo mirara el escritorio lleno de papeles —Y así es posible que el hombre sentimental que fue mi amigo no exista más y lo haya reemplazado un hombre convertido sólo en instrumento de exigencias prácticas. Pues incluso a ese hombre le tengo una oferta.
—Que no tenga yo ahorros sino deudas y viva en una casa prestada, separado de mi mujer y la niña, difícilmente me hace pasar por un hombre de negocios, ¿no te parece?
—Ser hombre de negocios es una cuestión espiritual y no materia de resultados, es una disposición de ánimo frente a la vida que poseen la mayoría de los hombres, sean pobres o ricos, exitosos o fracasados, es una inclinación esencial hacia la depredación. Nunca la tuviste y me alegra darme cuenta por tu respuesta de que sigues sin tenerla; aunque con ello padezcan quienes más esperan de ti en la práctica: tu mujer y la niña.
—Has dicho malos negocios y has dicho bien, pero no estoy convencido de ser el mismo hombre bueno que conociste. Que no haya tenido ocasión de causar el daño que mis malos sentimientos sugerían no me hace buena persona. Que los odios y rencores acumulados por las innumerables ocasiones en que he creído ser víctima de injusticias no se hayan traducido en venganzas puntuales no significa que dichos sentimientos no existieran. Admito que la filosofía es inevitable, pero no tanto como principio sino como explicación tramposa de lo que fue. Casa bien con el hombre que conociste decir que vivo con pocos bienes materiales porque no constituían mi interés, pero es falso; que es normal que busque la solución razonada a conflictos y no la confrontación o la violencia, pero es también cobardía; que atendía a los sentimientos de las mujeres antes que sacar ventaja de ellas, pero buscaba la saciedad fisiológica. Es grande la tentación de demostrar que somos consistentes, especialmente cuando tenemos ya un pasado a cuestas y podemos apoyarnos en una selección arbitraria de hechos y otra muy discutible interpretación de los mismos. Y luego decir 'esto soy, esto siempre he sido'. Pero es casi siempre humo.
—Durante años pensé que la consistencia de mi vida profesional como hombre de ciencia y cultura, la de mi vida intelectual, se correspondía con la de los años transcurridos al lado de mi mujer, la de mi vida privada. No advertí o no quise tomar demasiado en serio las distintas amenazas y evoluciones de las casi dos décadas que vivimos juntos, esencialmente porque el éxito profesional alimentaba la idea del éxito personal, porque la formalización de nuestro matrimonio y la llegada de las niñas consolidaron las ideas de completitud y armonía. Superados los primeros años creí íntimamente en algo tan contrario a la razón como que estábamos destinados el uno para el otro y así yo era siempre con ella y ella conmigo, indistinguibles, asumidos, en todos los planes y proyectos, en todas las consideraciones y providencias, sin advertir que la fe en nuestra relación como cosa dada e inamovible nos hacía invisibles y, por lo tanto, vulnerables. Mi mujer desapareció hace casi dos años junto con las niñas luego de dejarme una carta escueta. No sé dónde están ni he vuelto a tener noticias de ellas.
No lo miré conmovido. Después de todo se trataba de un hecho que ya empezaba a ser antiguo y para el que él había dispuesto de demasiado tiempo para encajarlo, no sólo el transcurrido desde la desaparición, sino también el del distanciamiento previo que se adivinaba largo. Intenté organizar una respuesta:
—Lo siento. No sé qué haría de no poder ver a mi hija. A estas alturas es lo único que le da sentido a mis actos, aunque sean pocos e inefectivos. Siempre puedo adornarme diciendo que conocí el amor y que tener descendencia me justifica. Podemos compartir estas últimas razones, si gustas, pero son extremadamente vulgares, al alcance de cualquiera. Y la verdad es que en casi todo fui un fracasado, ahora puedo decirlo con tranquilidad porque no tiene caso engañarme. No terminé mis estudios ni conseguí emprender ningún negocio. Pero tú eres un hombre de carrera. No es lo mismo. Puede que tu matrimonio se haya derrumbado y con ello muchas de tus ideas sobre la vida, pero tienes intereses superiores, por decirlo así.
—No te creas. Al final todo es industria. Pero es verdad que semejante catástrofe personal no me movió de mi sitio ni apagó mi espíritu: seguí trabajando, quizá tanto o más que antes. Y no aproveché la coyuntura para largarme de ese siniestro pueblo de provincias al que en mala hora llegué para exiliarme. No tengo una sola amistad que valga la pena, Jorge. Nada. Podría irme de ahí ahora mismo y, sin embargo, vengo a comunicarte que he decidido quedarme allá.
Lo interrumpí con el ceño fruncido de extrañeza.
—Pensé que deseabas quedarte aquí. Recuerdo que hace muchos años me dijiste que esta casa te gustaba y te invité a venir sin ningún compromiso por tanto tiempo como quisieras. Ahora te ofrezco lo mismo, aunque supongo que si no has venido cuando ocurrió lo peor tampoco querrás venir ahora. Y encima esta decisión...
—Qué más quisiera que volver, pero no es posible. No se puede volver de veras como yo lo deseo. No podemos traer de vuelta a tu padre para que nos llame maricas mientras hablamos de música o cometas en el desorden de tu habitación, no así a tu hermano para que reparta el botín extraído del bolso de tu madre que se cura la jaqueca con cataplasmas en una habitación de paredes descarapeladas. No podemos volver hasta mi habitación para hacer la tarea de ciencias sociales listando los países del bloque socialista mientras mi madre llora en el cuarto contiguo por haber descubierto una nueva infidelidad de mi padre ni hay forma de ir a la tienda de los hermanos que siempre buscaban la manera de hacernos pasar a la trastienda. ¿Volver a dónde, Jorge? Ciudad natal no existe más.
—Ya. ¿Cómo puedo ayudarte entonces?
—La casa de mi madre está sola. Quiero que la cuides y, si así lo deseas, vivas en ella. Ahí están todos los muebles que teníamos. La barra del desayunador y el sillón rojo. La mesa redonda con sillas de rattan en imitación bambú. La licorera y la mesita de centro. Las camas con una repisa como librero de cabecera. El estéreo con tocadiscos y bocinas con fieltro.
—¿Por qué no la rentas?
—No. Quiero conservarla. Mi madre tampoco volverá. Quizá no volvamos a vernos.
Me reí inesperadamente llamándolo dramático y le di un fuerte abrazo. Contra mi costumbre, saqué una caja de cigarros de la cómoda y encendí uno ofreciéndole otro que aceptó. Llevaba poco más de tres años sin fumar y aunque me asustaba la posibilidad de que fumarme un cigarrillo desencadenara otro período de tabaquismo intenso, ello no ocurrió. Le mostré algunas fotografías de la niña que él miró sin mucho interés y nos gastamos bromas mientras recordábamos a personajes de los que casi nunca volvimos a tener noticia. Le hice escuchar algunos de mis discos más recientes y le conté algunas de mis cuitas sexuales omitiendo datos aquí y allá, a veces la edad, a veces el color o el sexo. Él siguió teorizando sobre su matrimonio y habló de un túnel del que había salido, de una liberación y unos personajes imposibles, ya no recuerdo bien. Se quedó a dormir y al amanecer descubrí que se había marchado dejando una pequeña nota y un juego de llaves:
'Cuídala bien, guardián de la memoria. Quizá volvamos a vernos pronto. Quizá sea necesario recordar'.
Mirándolo de reojo desde la cocina donde me preparaba a ofrecerle un vaso de agua que aceptó, lo recordé sentado en el sillón rojo de su habitación de adolescente, pasándose las manos por la frente o la barbilla con la misma altivez con que lo hacía ahora mientras detenía los ojos en distintos puntos del salón. Solía prepararse así, mediante aquella inspección rápida y furtiva, para plantear un asunto o exponer una situación, aunque su cuarto le fuese entonces perfectamente familiar y el salón de mi casa sólo lo hubiera visto una vez, poco después de mi separación. Su recorrido ocular terminó entonces cuando le hube acercado el vaso de agua sobre el que fijó la vista un momento, para luego bebérselo de golpe y dejarlo sobre la mesa, vacío. Sonreímos al mismo tiempo, relajándonos.
—He venido a pedirte un favor. O quizá convenga que lo veas como un negocio, dependiendo de si aún eres el hombre sentimental que fuiste mientras crecíamos juntos a unas calles de aquí, o si ya eres un hombre de negocios. Aunque sólo sean malos negocios...
Sonrió y me hizo sonreír a su vez, pero no dije nada. Volvió a ponerse serio. Continuó:
—Haberte casado y haber concebido una niña con esa mujer son pruebas de que diste algunos pasos, aunque sólo fueran tímidos o torpes, para convertirte en un hombre de negocios. Tu mujer no era una romántica. Tu niña no come poesía —extendió su mano izquierda para que yo mirara el escritorio lleno de papeles —Y así es posible que el hombre sentimental que fue mi amigo no exista más y lo haya reemplazado un hombre convertido sólo en instrumento de exigencias prácticas. Pues incluso a ese hombre le tengo una oferta.
—Que no tenga yo ahorros sino deudas y viva en una casa prestada, separado de mi mujer y la niña, difícilmente me hace pasar por un hombre de negocios, ¿no te parece?
—Ser hombre de negocios es una cuestión espiritual y no materia de resultados, es una disposición de ánimo frente a la vida que poseen la mayoría de los hombres, sean pobres o ricos, exitosos o fracasados, es una inclinación esencial hacia la depredación. Nunca la tuviste y me alegra darme cuenta por tu respuesta de que sigues sin tenerla; aunque con ello padezcan quienes más esperan de ti en la práctica: tu mujer y la niña.
—Has dicho malos negocios y has dicho bien, pero no estoy convencido de ser el mismo hombre bueno que conociste. Que no haya tenido ocasión de causar el daño que mis malos sentimientos sugerían no me hace buena persona. Que los odios y rencores acumulados por las innumerables ocasiones en que he creído ser víctima de injusticias no se hayan traducido en venganzas puntuales no significa que dichos sentimientos no existieran. Admito que la filosofía es inevitable, pero no tanto como principio sino como explicación tramposa de lo que fue. Casa bien con el hombre que conociste decir que vivo con pocos bienes materiales porque no constituían mi interés, pero es falso; que es normal que busque la solución razonada a conflictos y no la confrontación o la violencia, pero es también cobardía; que atendía a los sentimientos de las mujeres antes que sacar ventaja de ellas, pero buscaba la saciedad fisiológica. Es grande la tentación de demostrar que somos consistentes, especialmente cuando tenemos ya un pasado a cuestas y podemos apoyarnos en una selección arbitraria de hechos y otra muy discutible interpretación de los mismos. Y luego decir 'esto soy, esto siempre he sido'. Pero es casi siempre humo.
—Durante años pensé que la consistencia de mi vida profesional como hombre de ciencia y cultura, la de mi vida intelectual, se correspondía con la de los años transcurridos al lado de mi mujer, la de mi vida privada. No advertí o no quise tomar demasiado en serio las distintas amenazas y evoluciones de las casi dos décadas que vivimos juntos, esencialmente porque el éxito profesional alimentaba la idea del éxito personal, porque la formalización de nuestro matrimonio y la llegada de las niñas consolidaron las ideas de completitud y armonía. Superados los primeros años creí íntimamente en algo tan contrario a la razón como que estábamos destinados el uno para el otro y así yo era siempre con ella y ella conmigo, indistinguibles, asumidos, en todos los planes y proyectos, en todas las consideraciones y providencias, sin advertir que la fe en nuestra relación como cosa dada e inamovible nos hacía invisibles y, por lo tanto, vulnerables. Mi mujer desapareció hace casi dos años junto con las niñas luego de dejarme una carta escueta. No sé dónde están ni he vuelto a tener noticias de ellas.
No lo miré conmovido. Después de todo se trataba de un hecho que ya empezaba a ser antiguo y para el que él había dispuesto de demasiado tiempo para encajarlo, no sólo el transcurrido desde la desaparición, sino también el del distanciamiento previo que se adivinaba largo. Intenté organizar una respuesta:
—Lo siento. No sé qué haría de no poder ver a mi hija. A estas alturas es lo único que le da sentido a mis actos, aunque sean pocos e inefectivos. Siempre puedo adornarme diciendo que conocí el amor y que tener descendencia me justifica. Podemos compartir estas últimas razones, si gustas, pero son extremadamente vulgares, al alcance de cualquiera. Y la verdad es que en casi todo fui un fracasado, ahora puedo decirlo con tranquilidad porque no tiene caso engañarme. No terminé mis estudios ni conseguí emprender ningún negocio. Pero tú eres un hombre de carrera. No es lo mismo. Puede que tu matrimonio se haya derrumbado y con ello muchas de tus ideas sobre la vida, pero tienes intereses superiores, por decirlo así.
—No te creas. Al final todo es industria. Pero es verdad que semejante catástrofe personal no me movió de mi sitio ni apagó mi espíritu: seguí trabajando, quizá tanto o más que antes. Y no aproveché la coyuntura para largarme de ese siniestro pueblo de provincias al que en mala hora llegué para exiliarme. No tengo una sola amistad que valga la pena, Jorge. Nada. Podría irme de ahí ahora mismo y, sin embargo, vengo a comunicarte que he decidido quedarme allá.
Lo interrumpí con el ceño fruncido de extrañeza.
—Pensé que deseabas quedarte aquí. Recuerdo que hace muchos años me dijiste que esta casa te gustaba y te invité a venir sin ningún compromiso por tanto tiempo como quisieras. Ahora te ofrezco lo mismo, aunque supongo que si no has venido cuando ocurrió lo peor tampoco querrás venir ahora. Y encima esta decisión...
—Qué más quisiera que volver, pero no es posible. No se puede volver de veras como yo lo deseo. No podemos traer de vuelta a tu padre para que nos llame maricas mientras hablamos de música o cometas en el desorden de tu habitación, no así a tu hermano para que reparta el botín extraído del bolso de tu madre que se cura la jaqueca con cataplasmas en una habitación de paredes descarapeladas. No podemos volver hasta mi habitación para hacer la tarea de ciencias sociales listando los países del bloque socialista mientras mi madre llora en el cuarto contiguo por haber descubierto una nueva infidelidad de mi padre ni hay forma de ir a la tienda de los hermanos que siempre buscaban la manera de hacernos pasar a la trastienda. ¿Volver a dónde, Jorge? Ciudad natal no existe más.
—Ya. ¿Cómo puedo ayudarte entonces?
—La casa de mi madre está sola. Quiero que la cuides y, si así lo deseas, vivas en ella. Ahí están todos los muebles que teníamos. La barra del desayunador y el sillón rojo. La mesa redonda con sillas de rattan en imitación bambú. La licorera y la mesita de centro. Las camas con una repisa como librero de cabecera. El estéreo con tocadiscos y bocinas con fieltro.
—¿Por qué no la rentas?
—No. Quiero conservarla. Mi madre tampoco volverá. Quizá no volvamos a vernos.
Me reí inesperadamente llamándolo dramático y le di un fuerte abrazo. Contra mi costumbre, saqué una caja de cigarros de la cómoda y encendí uno ofreciéndole otro que aceptó. Llevaba poco más de tres años sin fumar y aunque me asustaba la posibilidad de que fumarme un cigarrillo desencadenara otro período de tabaquismo intenso, ello no ocurrió. Le mostré algunas fotografías de la niña que él miró sin mucho interés y nos gastamos bromas mientras recordábamos a personajes de los que casi nunca volvimos a tener noticia. Le hice escuchar algunos de mis discos más recientes y le conté algunas de mis cuitas sexuales omitiendo datos aquí y allá, a veces la edad, a veces el color o el sexo. Él siguió teorizando sobre su matrimonio y habló de un túnel del que había salido, de una liberación y unos personajes imposibles, ya no recuerdo bien. Se quedó a dormir y al amanecer descubrí que se había marchado dejando una pequeña nota y un juego de llaves:
'Cuídala bien, guardián de la memoria. Quizá volvamos a vernos pronto. Quizá sea necesario recordar'.
viernes, diciembre 28, 2018
Pastillas, desierto y pensamiento
—¿Puede darnos tres buenas razones para vivir?
—Sí. La primera es haber nacido. La segunda es seguir vivo.
Y la tercera lo molesto que es o debe ser suprimirse.
[De una entrevista a Juan Benet]
—Sí. La primera es haber nacido. La segunda es seguir vivo.
Y la tercera lo molesto que es o debe ser suprimirse.
[De una entrevista a Juan Benet]
Me pregunto si los que se suicidan viven mañanas como esta en las que intentan ordenar sus pensamientos, sin conseguirlo, recuperar una sensación plácida, un recuerdo agradable que puede estar a una distancia ridícula, apenas un par de horas antes o la noche anterior, un esfuerzo en el que no sirven de nada el brillo del sol o el azul del cielo porque, igual que el resto, se perciben como perturbadoramente inabarcables, imposibles de acomodar a una finitud pacífica que uno pueda mecer en su regazo hasta quedarse dormido, la locura es vigilia reconcentrada y circular, sin puertas ni ventanas, ojo abierto al que le basta un individuo cualquiera que nos haga reparar en las fisuras de la realidad para no volver a parpadear noches enteras, ya en la esperanza de entrever la amenaza que puede surgir de entre los huecos, ya enfrascado en el cálculo de las inagotables combinaciones de lo posible, nuestra anticipación siempre insuficiente y las soluciones sólo temporales, así la convicción de los amaneceres desordenados en que un cambio sutil en la atmósfera o una cena insuficiente nos provoca náuseas y una cabeza inflamada de pensamientos urgentes e inaprehensibles, nada firme según la razón que intenta hacerse con el mando mediante argumentos de orden metabólico o neuroquímico, para luego caer, víctima de ella misma, en la comprobación reiterada de que a ningún pensamiento paranoico falta el rigor lógico, el horror más pavoroso producto de deducciones impecables cuya verdad no depende del malestar con que fueron hechas, ya sobre la cama deshecha y con las sienes dolorosas, ya acompañando cada pensamiento con un amargo trago de saliva, la espalda fría y el pecho sudando en el despertar inestable que continúa en el día las angustias de la noche, un inacabable tren que intenta descarrilar a toda costa aquel que se encuentra atravesado por él, pero que se revela invulnerable porque, contrario a lo que cree la mayoría de la gente y no escasos especialistas, está hecho de razones y no de delirios, de necesidad y no de contingencia, derribarlo requiere suspender el buen juicio y participar de una alienación colectiva, entregarse a la verdadera demencia que exige, por encima de todo, la convivencia con los demás en todas sus formas, familia y pareja, pero también amistad y trabajo, allí donde deban intercambiarse palabras quedamos invariablemente expuestos a la incomprensión y la incompletitud, la incertidumbre que no podemos disipar jamás, se equivocan así quienes atribuyen a la soledad la responsabilidad de la locura y la tentación del suicidio, son los otros los responsables absolutos del desorden y el ruido que invaden nuestras cabezas, son ellos quienes nos impiden organizar correctamente la biblioteca y construir sin contratiempos un edificio sólido, no somos animales para sacrificar nuestra obra al gregarismo y así son los demás, los más animales, quienes nos orillan a la locura y al suicidio en mañanas como esta, de cielos despejados y zumbidos en los tímpanos, al obligarnos a su consideración y trato, a sus convenciones y juegos, arrogándose la representación de la humanidad que no tolera disidencias ni sobresalientes ni desafíos...
Vuelca el frasco de las pastillas sobre el buró y me pongo de pie, tambaleante. Hace muchos días que no hablo con nadie. Nadie me ha buscado. Nadie sabe de mí. He perdido a mi mujer y a las niñas, es verdad. He perdido a mis amigos. Mi madre sólo viene cuando no me hallo en casa. 'Soy libre', me digo sonriendo tímidamente mientras me apoyo en las paredes del pasillo camino a la cocina. 'Soy libre', me repito entrecerrando los ojos que se inundan de la luz del patio. 'Soy libre' y la sonrisa se hace ancha aunque la mano izquierda intente calmar las arcadas de mi estómago, aunque la derecha me apriete las sienes con sus dedos, feliz.
domingo, diciembre 23, 2018
El túnel
Una vez hubieron desaparecido mi mujer y las niñas detrás del cambio de año, alimentada crecientemente pero sin datos la sospecha de que ellas se hallaban en ciudad natal, volví mi vista hacia ésta como sucede a todos los que emergen de una larga relación como de un túnel, esperando hallar al final del mismo la reanudación de lo que desapareció al entrar, los amigos y paisajes, la juventud suspendida, pero también la agitación no desahogada cuyo registro obra en agendas y notas, números telefónicos intercambiados a los que nunca se dio seguimiento y que ahora examinaba esforzándome por recordar a quien pertenecían, los nombres que los acompañaban incapaces de acomodarse a ningún rostro fijo que, en cualquier caso, también habría cambiado junto con los cuerpos, no transcurren sin consecuencias veinte años en la vida de las personas, y de este modo no podrían ya despertar excitación las entrepiernas que otrora acariciara con codicia debiendo interrumpir lo comenzado por algún escrúpulo o ineludible compromiso, la imagen todavía perturbadora de un cuerpo que desciende del auto y se aleja para doblar una calle a la que luego, quizá poco antes de mudarme a Santa Teresa o durante unas vacaciones, vuelvo para transitar con lentitud mirando de reojo ambas aceras en la esperanza absurda de ver a quien ya estaba envuelto en brumas desde el primer y único encuentro, la calle empedrada en donde estábamos seguros de reconocer el domicilio en donde aliviamos el deseo mientras un caballo invadía la sala contigua en medio de una poblada y excesiva fiesta ahora se presenta desierta, la casa en cuestión imposible de distinguir entre otras cien tanto si vamos a pie como si la buscamos con los ojos cerrados en la memoria, no sólo el tiempo, sino la saña con que a ciudad natal se le ha desfigurado mientras sus habitantes eran expulsados o desaparecidos, ha obrado el milagro de que no pueda ya orientarme en sus calles ni entender la lengua de sus nuevos inquilinos, gente hostil a la conservación y venida de tierras yermas como Santa Teresa a cuyo abrazo mortal accedí en mala hora sólo para terminar de perder a mi mujer, ha hecho muy bien ella en sacar a las niñas de este páramo inútil donde nacieron y empezaban a crecer, quizá lo ha hecho a tiempo antes de envenenarse por completo, aunque es casi seguro que entonces ella como yo ahora haya querido reanudar lo que interrumpieron nuestros años juntos, es decir, su vida anterior en ciudad natal a cuyas múltiples deformaciones calificará sin duda de puestas al día y a cuya sustitución demográfica juzgará de cosmopolitismo y a cuyas amistades desaparecidas reemplazará inmediatamente por otras, mujer de adaptación implacable y memoria selectiva a la que nunca pude convencer definitivamente de la otra realidad, esa que hizo inevitable nuestro encuentro inicial y llenó con palabras de amor nuestras bocas, la que acompañó nuestra cotidianeidad desde su morada subterránea emergiendo una y otra vez a través de sueños y presentimientos, señales y significados, la que me convenció de la deriva fatal de nuestras almas que se perdían de vista y ahora me acompaña de manera preponderante desde el día en que ella y las niñas se marcharon, así una mujer sale del túnel y decreta el día disipando los fantasmas mientras el hombre marca un número telefónico tras otro sin que nadie se ponga al otro lado de la línea donde quizá sólo haya una casa derrumbada debajo de cuyas losas cría malvas el cuerpo acariciado en tinieblas hace ya muchos años, 'no importa', me digo, deben quedar algunos amigos aunque sólo sea acorralados en los nuevos barrios de ciudad natal, así que aprovecho el invierno para buscarlos a tientas por calles que terminan en desfiladeros, desplazándome en autobuses y trenes en los que ya soy incapaz de seducir a nadie, por encima del pasamanos reparo en un espejo redondo que me devuelve una imagen que no es más la del joven que se masturbaba en el asiento trasero con desconocidos camino a la universidad privada, ahora soy un viejo de cabeza gris al que ven con desconfianza y recelo todos los que en la calle abordo, mis recorridos infructuosos resultado de sus indicaciones contradictorias, así es muy grande mi sorpresa cuando se abre la puerta de la casa amarilla a la que he llamado sin esperar ya nada y en el marco se recorta la imagen de Jorge que me dice: 'te he estado esperando mucho tiempo', y luego de abrazarme y hacerme pasar, pregunta: '¿ya sabes que se acabó la muerte?...¿no?...es un hecho'.
Y la puerta se cierra detrás de nosotros.
Y la puerta se cierra detrás de nosotros.
jueves, diciembre 20, 2018
Los padres que no fueron (una hija)
Mi madre era una puta tímida, pero ambiciosa. No era particularmente inteligente, pero tenía un gran sentido práctico que aplicaba sobre todo en los terrenos económico y logístico; gracias a ello pudo escapar tempranamente por medio de un matrimonio de conveniencia de la promiscuidad y pobreza que le esperaban como mujer de clase baja en Santa Teresa, aunque entiendo que la vida de mis padres en los primeros años de su matrimonio no fue muy desahogada. He dicho conveniencia, pero al principio faltaba dinero y mi padre apenas se distinguía de los alcohólicos de la región, salvo por un detalle que a mi madre no pudo habérsele escapado cuando decidió embarazarse de mí para engancharlo a él: tenía una plaza definitiva en el gobierno.
Mi padre era inculto, pero inteligente, una de esas personas aptas para la ingeniería por su facilidad de cálculo, pero no por su criterio. Gozaba de un extraordinario olfato político que le permitía manipular a los demás como si de piezas de un ajedrez se tratara, hasta que terminaba poniéndose por encima de ellos, imperceptible, pero inexorablemente. Sus métodos rudimentarios habrían resultado inefectivos en casi cualquier lugar del mundo, pero en Santa Teresa eran los más adecuados y él tenido por líder natural de individuos incapaces de matiz o iniciativa; las personas que intentaban oponérsele sólo disponían de la moral o la razón, pero estas herramientas que a la mayoría de los locales resultaban foráneas a él sólo le merecían un profundo desprecio.
Como parte de sus planes, mi padre habrá comprendido desde muy joven la conveniencia de hacerse de una mujer, no sólo para satisfacer su deseo sexual o sembrar su simiente, sino para ejercer el poder al que aspiraba desde una posición respetable. Esta mujer, que desde luego tenía que ser fértil y buena sirvienta, tenía que ser también ventajosa para sus fines, alguien cuya voluntad pudiera comprar con dinero. Fue así que, desprovisto de todo estorbo romántico o afectivo, mi padre reconoció en la secretaria de la oficina, mi madre, las características de compra-venta a las que años de pagar putas lo habían acostumbrado. Bien es verdad que esta vez la operación no tendría lugar en una cantina llena de humo ni se limitaría a un patético acto de eyaculación precoz, pero nada esencial cambiaba si las partes sacrificaban cualquier consideración a la mayor ganancia, al mejor postor.
Como es natural, tardé algunos años en entender todo esto y reflexionar sobre aquello que ocurría cuando era demasiado pequeña. Mi padre era un hombre espantoso y su fealdad debió condicionar poderosamente su actitud: ¿cómo iba a despreciar la oportunidad que le daba mi madre de comprar una mujer que, además, presentaba ventajas prácticas indudables? ¿cómo iba a vengarse mejor del asco que producía sino sometiendo a los demás a sus órdenes? No podía echar de menos un amor desinteresado que nunca conoció ni una amistad que no estuviese revestida de conveniencias mutuas, así me explico su indiferencia glacial hacia nosotros, sus hijos, a quienes siempre nos apartó como quien resulta un engorro sólo presumible frente a los demás en tanto cosas que se poseen. En mi madre descargaba la tarea de nuestra limpieza y alimentación, el mantenimiento de la casa y nuestra asistencia al colegio, pero ésta nos trataba también como a una inesperada carga de trabajo cuya realización se escamotea por todos los medios: cocinaba poco y mal o compraba comida hecha, la casa era siempre un desorden en el que dominaba el olor a sudor ácido y pis, manifestaba continuamente su molestia por tener que llevarnos hasta el colegio o pasar a recogernos, ¿quién podía echárselo en cara si había escogido a mi padre esperando vivir en la abundancia, rodeada de sirvientas y nanas que se harían cargo de nosotros? ¿cómo podía vernos siquiera con simpatía si éramos el producto de su prostitución mal retribuida?
No tengo memoria de las dificultades económicas de mis padres en sus primeros años juntos, pues su mutua ambición económica las vio pronto superadas, pero sí de la hostilidad creciente y variada con que se trataban, a veces por el alcoholismo de mi padre que por fortuna nunca se tradujo en efusiones afectivas hacia nosotros y que fue disminuyendo conforme su salud empeoró, a veces por la frustración de origen sexual, económico o afectivo de mi madre que ni siquiera ella estaba en condiciones de expresar honestamente por falta de luces. Ella le gritaba a él por cualquier motivo y él solía ignorarla con una tranquilidad que sólo le causaba a ella más irritación. Mi padre no era violento en el sentido en que lo era la mayoría de los hombres de Santa Teresa, jamás le cruzó la cara a mi madre ni le levantó la voz casi nunca, su violencia era más sutil y desesperante, pues consistía en la aplicación del mismo método melifluo y torvo con que sometía la voluntad de sus colegas, pacientemente, de forma inflexible y descarada, sin ceder un ápice del terreno ganado mientras su oponente, ella en este caso, se desgañitaba y consumía hasta agotarse. Era evidente, así, la inteligencia superior de mi padre, pero también el drama de suplir todas sus carencias afectivas y sexuales por medio de la satisfacción de ganar: a veces dinero que acumulaba en cuentas a nombre de sus hijos, a veces poder sobre la voluntad de los demás, incluida mi madre. Ésta, a su vez, vivía obsesionada con cobrar cada vez más caro las afrentas de mi padre, aunque la única real fuese aquella a la que ella había accedido: casarse con un hombre al que no quería ni deseaba a cambio de vehículos más grandes y lujosos, ropa y joyas más caras y de peor gusto, pero luego también, cuando conoció a otras esposas de Santa Teresa con ínfulas de sofisticación, viajes a lugares exóticos que por supuesto no le interesaban para nada y de los que regresaba ignorándolo todo.
Así nosotros, sus hijos, fuimos los pretextos ideales para calmar el vacío y despropósito de la vida de nuestros padres, aunque siempre podrían decir que su tarea cada vez más eficaz de acumulación de bienes e influencias tenía por objeto que no nos faltara nada. Parece noble. Algunos pensarán que nos faltaron precisamente ellos, nuestros padres, pero con los años he entendido que ni él ni ella podían dar nada de provecho que no fuera precisamente lo que nos dieron. Nos faltaron padres, es verdad, pero debían ser otros porque los que lo fueron no podían serlo.
Hace años que me fui de Santa Teresa y mi madre vegeta en una casa de ancianos donde mi hermano y yo acordamos internarla. Mi padre murió repentinamente cuando una auditoría reveló que no había sido tan inteligente como pensamos para cubrirse las espaldas ante su desmedida ambición. Dicen que existe el llamado de la sangre y puede ser que eso explique que siga pagando el asilo de mi madre desde el extranjero. Pero no siento nada por ella. Y no siento nada por él.
Mi padre era inculto, pero inteligente, una de esas personas aptas para la ingeniería por su facilidad de cálculo, pero no por su criterio. Gozaba de un extraordinario olfato político que le permitía manipular a los demás como si de piezas de un ajedrez se tratara, hasta que terminaba poniéndose por encima de ellos, imperceptible, pero inexorablemente. Sus métodos rudimentarios habrían resultado inefectivos en casi cualquier lugar del mundo, pero en Santa Teresa eran los más adecuados y él tenido por líder natural de individuos incapaces de matiz o iniciativa; las personas que intentaban oponérsele sólo disponían de la moral o la razón, pero estas herramientas que a la mayoría de los locales resultaban foráneas a él sólo le merecían un profundo desprecio.
Como parte de sus planes, mi padre habrá comprendido desde muy joven la conveniencia de hacerse de una mujer, no sólo para satisfacer su deseo sexual o sembrar su simiente, sino para ejercer el poder al que aspiraba desde una posición respetable. Esta mujer, que desde luego tenía que ser fértil y buena sirvienta, tenía que ser también ventajosa para sus fines, alguien cuya voluntad pudiera comprar con dinero. Fue así que, desprovisto de todo estorbo romántico o afectivo, mi padre reconoció en la secretaria de la oficina, mi madre, las características de compra-venta a las que años de pagar putas lo habían acostumbrado. Bien es verdad que esta vez la operación no tendría lugar en una cantina llena de humo ni se limitaría a un patético acto de eyaculación precoz, pero nada esencial cambiaba si las partes sacrificaban cualquier consideración a la mayor ganancia, al mejor postor.
Como es natural, tardé algunos años en entender todo esto y reflexionar sobre aquello que ocurría cuando era demasiado pequeña. Mi padre era un hombre espantoso y su fealdad debió condicionar poderosamente su actitud: ¿cómo iba a despreciar la oportunidad que le daba mi madre de comprar una mujer que, además, presentaba ventajas prácticas indudables? ¿cómo iba a vengarse mejor del asco que producía sino sometiendo a los demás a sus órdenes? No podía echar de menos un amor desinteresado que nunca conoció ni una amistad que no estuviese revestida de conveniencias mutuas, así me explico su indiferencia glacial hacia nosotros, sus hijos, a quienes siempre nos apartó como quien resulta un engorro sólo presumible frente a los demás en tanto cosas que se poseen. En mi madre descargaba la tarea de nuestra limpieza y alimentación, el mantenimiento de la casa y nuestra asistencia al colegio, pero ésta nos trataba también como a una inesperada carga de trabajo cuya realización se escamotea por todos los medios: cocinaba poco y mal o compraba comida hecha, la casa era siempre un desorden en el que dominaba el olor a sudor ácido y pis, manifestaba continuamente su molestia por tener que llevarnos hasta el colegio o pasar a recogernos, ¿quién podía echárselo en cara si había escogido a mi padre esperando vivir en la abundancia, rodeada de sirvientas y nanas que se harían cargo de nosotros? ¿cómo podía vernos siquiera con simpatía si éramos el producto de su prostitución mal retribuida?
No tengo memoria de las dificultades económicas de mis padres en sus primeros años juntos, pues su mutua ambición económica las vio pronto superadas, pero sí de la hostilidad creciente y variada con que se trataban, a veces por el alcoholismo de mi padre que por fortuna nunca se tradujo en efusiones afectivas hacia nosotros y que fue disminuyendo conforme su salud empeoró, a veces por la frustración de origen sexual, económico o afectivo de mi madre que ni siquiera ella estaba en condiciones de expresar honestamente por falta de luces. Ella le gritaba a él por cualquier motivo y él solía ignorarla con una tranquilidad que sólo le causaba a ella más irritación. Mi padre no era violento en el sentido en que lo era la mayoría de los hombres de Santa Teresa, jamás le cruzó la cara a mi madre ni le levantó la voz casi nunca, su violencia era más sutil y desesperante, pues consistía en la aplicación del mismo método melifluo y torvo con que sometía la voluntad de sus colegas, pacientemente, de forma inflexible y descarada, sin ceder un ápice del terreno ganado mientras su oponente, ella en este caso, se desgañitaba y consumía hasta agotarse. Era evidente, así, la inteligencia superior de mi padre, pero también el drama de suplir todas sus carencias afectivas y sexuales por medio de la satisfacción de ganar: a veces dinero que acumulaba en cuentas a nombre de sus hijos, a veces poder sobre la voluntad de los demás, incluida mi madre. Ésta, a su vez, vivía obsesionada con cobrar cada vez más caro las afrentas de mi padre, aunque la única real fuese aquella a la que ella había accedido: casarse con un hombre al que no quería ni deseaba a cambio de vehículos más grandes y lujosos, ropa y joyas más caras y de peor gusto, pero luego también, cuando conoció a otras esposas de Santa Teresa con ínfulas de sofisticación, viajes a lugares exóticos que por supuesto no le interesaban para nada y de los que regresaba ignorándolo todo.
Así nosotros, sus hijos, fuimos los pretextos ideales para calmar el vacío y despropósito de la vida de nuestros padres, aunque siempre podrían decir que su tarea cada vez más eficaz de acumulación de bienes e influencias tenía por objeto que no nos faltara nada. Parece noble. Algunos pensarán que nos faltaron precisamente ellos, nuestros padres, pero con los años he entendido que ni él ni ella podían dar nada de provecho que no fuera precisamente lo que nos dieron. Nos faltaron padres, es verdad, pero debían ser otros porque los que lo fueron no podían serlo.
Hace años que me fui de Santa Teresa y mi madre vegeta en una casa de ancianos donde mi hermano y yo acordamos internarla. Mi padre murió repentinamente cuando una auditoría reveló que no había sido tan inteligente como pensamos para cubrirse las espaldas ante su desmedida ambición. Dicen que existe el llamado de la sangre y puede ser que eso explique que siga pagando el asilo de mi madre desde el extranjero. Pero no siento nada por ella. Y no siento nada por él.
domingo, diciembre 09, 2018
La visita a casa de María Estela
No fue inmediata mi amistad con Gustavo y sus amigos, a quienes apenas tomaba yo en cuenta cuando ingresé a la universidad privada, antes pasaron pocos meses en que el azar me reunió con algunas mujeres hijas de adinerados y poderosos de los pueblos vecinos a las que se permitía, quizá por primera vez, realizar una carrera universitaria, aunque sólo fuese bajo la férula de una institución de filosofía ultramontana que sólo entonces, luego de décadas de rigidez y al compás de los cambios nacionales e internacionales, disimulaba los aspectos menos presentables de su mentalidad retrógrada para dar paso a jugosos negocios inmobiliarios, se guardaba de consideraciones religiosas para participar de novedosas franquicias producto del libre comercio que entonces empezaba a estar en boga y que, andando el tiempo, sería el responsable de la destrucción material y espiritual de ciudad natal, las mujeres que me acogieron eran pues pioneras en sus respectivos pueblos y se distinguían de nuestras compañeras citadinas no tanto por el dinero, que no faltaba en las familias de unas y otras, sino por la conciencia de clase que nunca faltaba a las segundas y se hallaba inhibida en las primeras, hubo de transcurrir algún tiempo para que las foráneas se asimilaran a las locales hasta donde ello era posible, es decir, en todo lo superficial, desde la indumentaria hasta el maquillaje, desde las tiendas hasta los restaurantes, sus esfuerzos por reproducir el lenguaje de la burguesía local siempre inacabados, como si el dinero distinguiera su origen y no fuera igual si venía del ganado o de las finanzas, si del latifundio o la medicina, siempre aquel tufo acompañando a las mujeres que me acogieron al ingreso a la universidad privada y meses antes de que optara por Gustavo, y del que sólo se harían conscientes a fuerza de miradas sutiles y comentarios indirectos, no de mi parte, desde luego, que aunque distinguía bien sus orígenes y diferencias era incapaz de interesarme por ellos, sino de las compañeras citadinas que encontraron en ellas una manera más de divertirse a la altura de su extremo aburrimiento y degeneración moral, una conducta decadente con la que yo ya me hallaba familiarizado desde el bachillerato privado donde los hijos de empresarios y dueños tenían a bien subrayar continuamente nuestras diferencias de la forma más hiriente posible, aunque yo hubiese estado entonces ontológicamente incapacitado para recoger una sola de sus ofensas por disponer, felizmente, de una cabeza llena de pájaros y el espíritu libre, una inmunidad que se extendía ahora al período universitario, aunque ya fuese un hombre más consciente y quedasen, por decirlo así, menos pájaros en la cabeza, así vivía los primeros meses en la universidad privada acogido por mujeres que me trataban con condescendencia y curiosidad, gusto y consideración del los que luego abjurarían cuando comprendieron que yo también, pese a ser local, era completamente inaceptable para la burguesía de la ciudad, una a una se me fueron apartando conforme transcurrió el tiempo y comprendieron que yo no concedía importancia alguna a las reuniones convocadas por las hijas de adinerados y poderosos citadinos, compañeras nuestras, en restaurantes para mí impagables y centros comerciales de mortecina artificialidad, que no aspiraba como ellas a la inclusión sino justamente a lo contrario, al aborrecimiento de quienes me resultaban aborrecibles, ellas lamentaban en su fuero interno que no fuese más tolerante o aquiescente, pero estaban obligadas por su educación a atender siempre a criterios prácticos por encima de los afectivos, no era de otra forma como habían conseguido sus padres ser caciques en sus respectivos pueblos y darles la condición privilegiada, aunque silvestre, de que gozaban, se explica así que no estuvieran dispuestas a acompañarme en la marginación que me condujo a Gustavo ni a dar la espalda a sus nuevos amigos, pues debían ser admitidas aunque fuesen despreciadas y despreciar a su vez cuando fueran admitidas, fue en estas circunstancias en que accedí a acompañarlas a una reunión convocada en su casa de Colinas de San Javier por María Estela, una de las más conspicuas burguesas locales, hija de un banquero, que estudiaba en la universidad privada por ser su padre uno de los principales accionistas, 'una casa privada al fin y al cabo y no un restaurante impagable o un centro comercial', pensaba, 'quizá no resulte del todo inaceptable', hasta ese sitio acudimos en el coche de un compañero serpenteando entre los altos muros de las casas de la zona que aprovechaban las pendientes para instalar terrazas escalonadas, jardines con estatuas verdes o marmóreas y azules piscinas, a veces se entreveían perros de razas exóticas detrás de elevadas rejas, a veces sirvientas en uniforme caminando deprisa sobre las banquetas, la casa de María Estela tenía un jardín pequeño en comparación con los de la zona, pero gozaba de enormes ventanales que inundaban de luz los distintos niveles de una cómoda estancia escalonada, la sala donde nos instalamos hasta la parte más baja y una biblioteca allá en lo alto que, según nos dijo, utilizaba más su tío que su papá, un personaje, aquel, por el que yo tenía mucho interés al tratarse de un escritor disidente muy conocido y del que María Estela se permitió hablar con desenfado y familiaridad, 'es un comunista', decía saboreando la palabra como quien se atrevió a revelar un gran secreto, 'de modo que se dedica a escribir todo el tiempo cuando no está de fiesta con sus amigos', rio de repente con torpeza y los demás la imitaron mientras la mujer del servicio traía galletas y café, yo intervine preguntando de qué vivía su tío cuando un perro invisible ladró desde algún lugar de la casa, '¿trabajar? él escribe libros, pero la verdad es que no vende ninguno', respondió, 'se los compran sus amigos, pero no los leen, ahora mismo está de viaje con uno de ellos, en Creta, ¿que de qué vive? pues del dinero mismo, supongo, ¿no?' y volvió a reír con la misma torpeza de antes, ahora eran las mujeres que me acogieron en aquellos primeros meses en la universidad privada y a las que había acompañado hasta esa casa, las que ingenuamente aprovechaban la oportunidad para hablar del trabajo de sus respectivos padres, María Estela fingía ponerles atención entre bostezos, asintiendo con la cabeza, dando sorbos nerviosos a su café, hasta que aprovechó que yo me había acercado a la biblioteca para interrumpirlas y hablarme a gritos: '¡a mi papá y a mi tío les gusta mucho la historia, a mí todos esos libros me aburren, por eso estudio ingeniería!', se rio nuevamente mientras todos miraban en mi dirección, '¿están aquí los libros de tu tío?', pregunté, 'no lo creo, es un comunista, ¿no te he dicho ya?, él no cree en la acumulación de bienes... tú tampoco ¿verdad?', respondió María Estela utilizando un tono que pretendía ser irónico, contesté 'yo debo comer', di una mordida a la galleta que tenía en las manos, las migajas cayeron al suelo, 'de modo que sí creo en la acumulación de bienes, pero me parece que tu tío cree en ella más que todos nosotros, ¿no? porque sólo vive del dinero, del dinero de los demás, como tu padre, otro comunista de verdad...', las mujeres que me habían llevado daban muestras de estarse arrepintiendo de haberlo hecho, aunque no comprendían bien el motivo de su incomodidad pues esta conversación no se parecía en nada a lo que ellas estaban acostumbradas a escuchar en sus respectivos pueblos, en la joyería de una, en el establo de otra, en las tierras de aquella, jamás palabras abstractas que no se refirieran a la vida privada de la gente del pueblo, jamás teorías generales o abstracciones que no tuvieran que ver con funciones elementales, casi fisiológicas, con sus correspondientes bromas cerriles, así que cuando María Estela depositó su taza de café en la mesita del centro, una de las foráneas consideró necesario intervenir: 'en mi casa tenemos la Biblia y la vida de los santos... y bueno, a mí también me gustan los libros, pero me gustan más las revistas, la verdad...', se hizo un breve silencio, María Estela y yo nos miramos uno al otro con absoluta seriedad, entonces prorrumpimos en carcajadas ante la mirada atónita de los demás que no tuvieron más remedio que seguirnos...
Por detrás de la biblioteca, sin ser visto, su padre asistía a todo tomando notas.
Por detrás de la biblioteca, sin ser visto, su padre asistía a todo tomando notas.
domingo, noviembre 25, 2018
Libros perdidos
Están los que existen, pero no tengo. Uno puede así mantener la esperanza de hallarlos en los establecimientos de libros usados; también en los tianguis de antigüedades que se pusieron de moda en ciudad natal para satisfacer las necesidades, ya no de lectura, como de objetos coleccionables que dieran cuenta de la presunta sofisticación de quienes los poseen. En ciudad natal, como en Santa Teresa, importa el dinero, pero al ser tanta la población y tan escaso aquel, algunos listillos han querido sustituirlo por la pretensión de una vida intelectual hecha de poses. Uno de los cuales es fingir desprecio por el dinero. Otro de los cuales es adquirir libros en los tianguis de antigüedades. Esnobismo tercermundista, me digo. En balde, sin embargo, he recorrido tianguis y establecimientos en busca de ellos. Pasa el tiempo y se hace cada vez más improbable encontrarlos: el tercer tomo de las obras completas de un historiador michoacano cuyo faltante me acusa desde la estantería, la incongruencia de empezar en el tomo dos las obras del presidente espiritista asesinado hace más de cien años. Dolorosos faltantes que, en mi genuino interés por la lectura sin menoscabo de la completitud, me han llevado a planear repetidas veces, con sus desistimientos correspondientes, visitas a bibliotecas públicas para sustraer del patrimonio nacional los volúmenes que faltan en mi haber. Pero siempre me arrepiento. A veces lo hago camino al lugar del proyectado hurto. A veces a un lado de la estantería donde el volumen correspondiente aparece casi nuevo y con la tarjeta de préstamos vacía. Con el libro en las manos maldigo a la sociedad autocomplaciente y burra donde vivo diciéndome que la obra no podría estar en mejor sitio que conmigo, tanto desde el punto de vista de su lectura (que haría, téngase por seguro) como de su conservación, pues jamás permitiría que se acumularan el polvo y la humedad que campean en las bibliotecas públicas, nunca las termitas ni cucarachas, tampoco las ratas que son motivo de orgullo entre los libreros más viejos del centro de ciudad natal. Pero enseguida abandono el proyecto de enajenación del bien público por la cuenta que me trae a la conciencia que, no siendo ya católica, ve reemplazado su sentido de lo sagrado por la devoción hacia las leyes de la república. Aunque bananera. Aunque sólo teórica. Maldigo a los habitantes envilecidos de este pueblo bárbaro y me escondo en mi biblioteca donde, tarde o temprano, la contemplación de los faltantes volverá a agitar el ánimo de cubrirlos.
Están también los que no existen, pero debieron existir. Colecciones proyectadas por editoriales que, sobre la marcha, por razones casi seguramente económicas o todavía más contingentes que el dinero, deciden suspender la edición cuando ya han visto la luz algunos volúmenes. A veces secuenciales, en cuyo caso uno puede dar por terminada la colección sin padecer los huecos en la numeración de los lomos. Pero otras veces, más frecuentemente de lo que se supone, todo queda truncado cuando, por razones misteriosas, se han editado los volúmenes uno y tres y cinco y siete, dejando en el limbo a los pares que a partir de entonces se insinúan sin que exista posibilidad alguna de tenerlos porque sencillamente jamás fueron impresos. No existen. Hay parte uno de las obras completas del historiador gruñón que, como buen intelectual, quedó excluido del poder y se fue a la tumba con todas sus soluciones para el país. Hay incluso discos uno y dos de los tres que anunciaba hace más de veinticinco años una comediante a la que le dio por cantar zarzuelas y chotis. Pero ni la parte dos de las obras del historiador gruñón ni el tercer disco aparecieron nunca. Frente a la mesa de mi despacho, con la biblioteca detrás a modo de abrigo, he estado a punto de escribir a editoriales y disqueras en busca de explicaciones. He redactado borradores que luego desecho por no encontrar un tono adecuado entre lo perentorio y lo romántico. He creído en la posibilidad, lo confieso, de que los destinatarios de mis misivas no enviadas, avergonzados de sus faltantes o habiendo producido los libros o discos a los que me refiero sin haberlos comercializado, me enviaran por fin el volumen o el disco que yo creía inexistentes, ya sea produciéndolos o bajando al sótano donde tendrían guardados los ejemplares nunca distribuidos. He lamentado asimismo descubrir, con la misiva por fin redactada en términos que a mí me resultaban satisfactorios, que la editorial o la disquera en cuestión ya no existía, y aún en ese caso hube de disciplinarme para no enviar la carta a un domicilio en el que imaginaba a un editor loco sobreviviendo entre pilas de libros, deseando ser contactado por quienquiera que hubiera notado lo que le faltó por hacer. Delirios.
Están, por último, los que tuve y salieron de viaje en prestamos eternos, situaciones que la mayoría de los dueños aceptan resignadamente después del segundo o tercer recordatorio a quien invariablemente dice que lo está leyendo. No así yo. Es verdad que en algunos casos la geografía ha puesto fuera mi alcance la posibilidad de recuperar lo que es mío, pero no me avergüenza admitir que he robado mis propios libros sin que en esas situaciones me asalte duda moral de ningún tipo. Así lo hice para recuperar, luego de casi diez años, un ejemplar un tanto amarillista sobre movimientos sociales de los años setenta que las maestras revolucionarias (ahora descaradamente burguesas) me pidieron en préstamo a principios de los años noventa abusando de mi ingenuidad. Vivían en una casa enorme donde discos, libros y otros objetos se amontonaban al azar por cualquier parte. Ya me habían quitado mi disco de Daniela Romo, ya se habían hecho con los apuntes sobre gnosis de mi tía la mística, ya me había resignado a no tomar ningún otro como compensación, a pesar de que los tenían antiguos y muy valiosos, de modo que no vacilé cuando distinguí en una pila de libros el lomo del que les había prestado y, aprovechando el momento en que una cocinaba y la otra había ido al baño, recuperé el mío ante la mirada acusatoria de la niña pequeña de la sirvienta que, sucia y con la boca ocupada por un gigantesco biberón, no dejó de mirarme durante todo el proceso. Lo eché rápidamente en mi mochila y luego me pasee por el patio con las manos en los bolsillos, silbando. Salí de ahí triunfante sin el menor asomo de culpabilidad.
Pero esta política encontró por fin un obstáculo ético cuando murió JC sin haberme devuelto el único libro de cuentos del mejor escritor mexicano de todos los tiempos, ese que nació y creció en Chile y pasó casi toda su vida en España. Transcurrió mucho tiempo sin que yo reparara en lo que le había prestado. Pero el día de darse cuenta llegó: una noche en que buscaba una referencia sobre Santa Teresa me encontré con el hueco en la estantería y, aunque recordé instantáneamente a quién le había prestado el libro, deseché de inmediato la idea de recuperarlo. 'Lo compraré de nuevo', me dije, pero entonces me di cuenta de que la editorial que manejaba las obras del escritor había cedido los derechos a otra: la colección ya no tendría uniformidad. 'Lo compraré en un establecimiento de libros usados', me dije. Pero luego de visitar a una decena de libreros que me miraron, primero con suspicacia y luego con mal disimulada burla, comprendí que esa edición era ya inencontrable. Entonces volví a considerar la idea de recuperar mi ejemplar, pero ¿cómo podía ir a casa de sus padres y pedir el libro de vuelta? ¿cómo podía, todavía menos, recuperarlo subrepticiamente y sentirme tan tranquilo? El libro era mío, desde luego, y escaso provecho le haría a JC ahora que ya llevaba años enterrado. Nadie en esa casa leía nada, así que el libro, como todos los demás que tenía (algunos regalos míos), acumularía polvo y sería pasto de polillas. Tenía que resolverme en un sentido u otro por mi propia tranquilidad.
Así lo hice una noche de noviembre en que se acercaba su cumpleaños. En la sala presidida por un retrato suyo me recibieron sus padres con comedimiento. Hablamos del clima y la vida en Santa Teresa. Hablamos de ciudad natal y del cultivo de la caña. Hablamos de la comida favorita de JC y guardamos incómodos silencios que, de vez en cuando, hacían más notorios los ladridos de los perros. A la vista no había ningún libro, pero luego pedí permiso para ir al baño y, al atravesar el pasillo, divisé los libros de JC sobre una estantería improvisada. Con el corazón saliéndome por la boca, descubrí entre ellos el libro de cuentos que deseaba recuperar, miré de vuelta al arco que daba a la sala donde mis anfitriones se habían quedado esperándome y, volviéndome hacia la repisa, tomé rápidamente el libro y continué mi camino hacia el baño. Ya aquí, una vez aliviado, me acomodé el volumen detrás, a medio camino entre la espalda y las nalgas, bien sujeto por el cinturón. Deseaba despedirme cuanto antes, pero me fue imposible rechazar su invitación a tomar un café con galletas. 'Estas eran las favoritas de JC', me dijo su madre. Entonces sentí las primeras cosquillas. 'Hemos pensado en que sería bueno que Usted nos ayudara a buscarle destino a los libros de JC', agregó su padre. Un sudor frío me recorrió la frente mientras las cosquillas que sentía entre las nalgas se dispersaban hacia la espalda baja y el periné. 'Ah sí', completó su madre, 'ahí los tenemos reunidos en la repisa del pasillo, pero fíjese que se infestaron de termitas y bichos, a pesar de todos los venenos con que los rociamos, quizá no debimos hacerlo'. Me puse de pie repentinamente porque algo me había picado justo en mitad de las nalgas. Estaba rojo. '¿Le pasa algo?', me preguntó su padre, alarmado al ver que yo sudaba copiosamente pidiendo ir al baño cuando apenas había vuelto de él. Entonces sentí un pinchazo más, parecido a una pequeña mordida, y me sacudí delante de ellos hasta que el ejemplar saltó al suelo con sus hojas desparramadas. Pasmados, la madre de JC tomó la iniciativa: '¿Pero qué es esto? ¡Lárguese de aquí!'. El padre de JC trataba de calmarla, pero ella sólo aumentaba el volumen de sus chillidos, mientras yo, sujetando el pantalón con una mano y sacudiéndome con la otra, salía de la casa a saltos, desesperado por el horrible picor de la entrepierna.
Supe que los padres de JC prendieron fuego a todos sus libros. Están pues, ahora, los que se hicieron humo. Y los amigos.
Están también los que no existen, pero debieron existir. Colecciones proyectadas por editoriales que, sobre la marcha, por razones casi seguramente económicas o todavía más contingentes que el dinero, deciden suspender la edición cuando ya han visto la luz algunos volúmenes. A veces secuenciales, en cuyo caso uno puede dar por terminada la colección sin padecer los huecos en la numeración de los lomos. Pero otras veces, más frecuentemente de lo que se supone, todo queda truncado cuando, por razones misteriosas, se han editado los volúmenes uno y tres y cinco y siete, dejando en el limbo a los pares que a partir de entonces se insinúan sin que exista posibilidad alguna de tenerlos porque sencillamente jamás fueron impresos. No existen. Hay parte uno de las obras completas del historiador gruñón que, como buen intelectual, quedó excluido del poder y se fue a la tumba con todas sus soluciones para el país. Hay incluso discos uno y dos de los tres que anunciaba hace más de veinticinco años una comediante a la que le dio por cantar zarzuelas y chotis. Pero ni la parte dos de las obras del historiador gruñón ni el tercer disco aparecieron nunca. Frente a la mesa de mi despacho, con la biblioteca detrás a modo de abrigo, he estado a punto de escribir a editoriales y disqueras en busca de explicaciones. He redactado borradores que luego desecho por no encontrar un tono adecuado entre lo perentorio y lo romántico. He creído en la posibilidad, lo confieso, de que los destinatarios de mis misivas no enviadas, avergonzados de sus faltantes o habiendo producido los libros o discos a los que me refiero sin haberlos comercializado, me enviaran por fin el volumen o el disco que yo creía inexistentes, ya sea produciéndolos o bajando al sótano donde tendrían guardados los ejemplares nunca distribuidos. He lamentado asimismo descubrir, con la misiva por fin redactada en términos que a mí me resultaban satisfactorios, que la editorial o la disquera en cuestión ya no existía, y aún en ese caso hube de disciplinarme para no enviar la carta a un domicilio en el que imaginaba a un editor loco sobreviviendo entre pilas de libros, deseando ser contactado por quienquiera que hubiera notado lo que le faltó por hacer. Delirios.
Están, por último, los que tuve y salieron de viaje en prestamos eternos, situaciones que la mayoría de los dueños aceptan resignadamente después del segundo o tercer recordatorio a quien invariablemente dice que lo está leyendo. No así yo. Es verdad que en algunos casos la geografía ha puesto fuera mi alcance la posibilidad de recuperar lo que es mío, pero no me avergüenza admitir que he robado mis propios libros sin que en esas situaciones me asalte duda moral de ningún tipo. Así lo hice para recuperar, luego de casi diez años, un ejemplar un tanto amarillista sobre movimientos sociales de los años setenta que las maestras revolucionarias (ahora descaradamente burguesas) me pidieron en préstamo a principios de los años noventa abusando de mi ingenuidad. Vivían en una casa enorme donde discos, libros y otros objetos se amontonaban al azar por cualquier parte. Ya me habían quitado mi disco de Daniela Romo, ya se habían hecho con los apuntes sobre gnosis de mi tía la mística, ya me había resignado a no tomar ningún otro como compensación, a pesar de que los tenían antiguos y muy valiosos, de modo que no vacilé cuando distinguí en una pila de libros el lomo del que les había prestado y, aprovechando el momento en que una cocinaba y la otra había ido al baño, recuperé el mío ante la mirada acusatoria de la niña pequeña de la sirvienta que, sucia y con la boca ocupada por un gigantesco biberón, no dejó de mirarme durante todo el proceso. Lo eché rápidamente en mi mochila y luego me pasee por el patio con las manos en los bolsillos, silbando. Salí de ahí triunfante sin el menor asomo de culpabilidad.
Pero esta política encontró por fin un obstáculo ético cuando murió JC sin haberme devuelto el único libro de cuentos del mejor escritor mexicano de todos los tiempos, ese que nació y creció en Chile y pasó casi toda su vida en España. Transcurrió mucho tiempo sin que yo reparara en lo que le había prestado. Pero el día de darse cuenta llegó: una noche en que buscaba una referencia sobre Santa Teresa me encontré con el hueco en la estantería y, aunque recordé instantáneamente a quién le había prestado el libro, deseché de inmediato la idea de recuperarlo. 'Lo compraré de nuevo', me dije, pero entonces me di cuenta de que la editorial que manejaba las obras del escritor había cedido los derechos a otra: la colección ya no tendría uniformidad. 'Lo compraré en un establecimiento de libros usados', me dije. Pero luego de visitar a una decena de libreros que me miraron, primero con suspicacia y luego con mal disimulada burla, comprendí que esa edición era ya inencontrable. Entonces volví a considerar la idea de recuperar mi ejemplar, pero ¿cómo podía ir a casa de sus padres y pedir el libro de vuelta? ¿cómo podía, todavía menos, recuperarlo subrepticiamente y sentirme tan tranquilo? El libro era mío, desde luego, y escaso provecho le haría a JC ahora que ya llevaba años enterrado. Nadie en esa casa leía nada, así que el libro, como todos los demás que tenía (algunos regalos míos), acumularía polvo y sería pasto de polillas. Tenía que resolverme en un sentido u otro por mi propia tranquilidad.
Así lo hice una noche de noviembre en que se acercaba su cumpleaños. En la sala presidida por un retrato suyo me recibieron sus padres con comedimiento. Hablamos del clima y la vida en Santa Teresa. Hablamos de ciudad natal y del cultivo de la caña. Hablamos de la comida favorita de JC y guardamos incómodos silencios que, de vez en cuando, hacían más notorios los ladridos de los perros. A la vista no había ningún libro, pero luego pedí permiso para ir al baño y, al atravesar el pasillo, divisé los libros de JC sobre una estantería improvisada. Con el corazón saliéndome por la boca, descubrí entre ellos el libro de cuentos que deseaba recuperar, miré de vuelta al arco que daba a la sala donde mis anfitriones se habían quedado esperándome y, volviéndome hacia la repisa, tomé rápidamente el libro y continué mi camino hacia el baño. Ya aquí, una vez aliviado, me acomodé el volumen detrás, a medio camino entre la espalda y las nalgas, bien sujeto por el cinturón. Deseaba despedirme cuanto antes, pero me fue imposible rechazar su invitación a tomar un café con galletas. 'Estas eran las favoritas de JC', me dijo su madre. Entonces sentí las primeras cosquillas. 'Hemos pensado en que sería bueno que Usted nos ayudara a buscarle destino a los libros de JC', agregó su padre. Un sudor frío me recorrió la frente mientras las cosquillas que sentía entre las nalgas se dispersaban hacia la espalda baja y el periné. 'Ah sí', completó su madre, 'ahí los tenemos reunidos en la repisa del pasillo, pero fíjese que se infestaron de termitas y bichos, a pesar de todos los venenos con que los rociamos, quizá no debimos hacerlo'. Me puse de pie repentinamente porque algo me había picado justo en mitad de las nalgas. Estaba rojo. '¿Le pasa algo?', me preguntó su padre, alarmado al ver que yo sudaba copiosamente pidiendo ir al baño cuando apenas había vuelto de él. Entonces sentí un pinchazo más, parecido a una pequeña mordida, y me sacudí delante de ellos hasta que el ejemplar saltó al suelo con sus hojas desparramadas. Pasmados, la madre de JC tomó la iniciativa: '¿Pero qué es esto? ¡Lárguese de aquí!'. El padre de JC trataba de calmarla, pero ella sólo aumentaba el volumen de sus chillidos, mientras yo, sujetando el pantalón con una mano y sacudiéndome con la otra, salía de la casa a saltos, desesperado por el horrible picor de la entrepierna.
Supe que los padres de JC prendieron fuego a todos sus libros. Están pues, ahora, los que se hicieron humo. Y los amigos.
domingo, noviembre 11, 2018
El buen forastero
Como es natural, conforme transcurría el tiempo y se asentaba el hecho incontrovertible de la ausencia de mi mujer y las niñas, mi vida en Santa Teresa se hacía cada vez más injustificable, sin por ello encontrar las fuerzas para irme y apenas las necesarias para quedarme, no propiamente ausente del mundo cuanto incapaz de participar en sus controversias con el mismo ahínco con que lo procuraba cuando ellas estaban en casa y hacían mi vida, si no placentera, sí respaldada, un apoyo tácito cuya magnitud sólo ahora comprendía sometido a las conversaciones de Luis Gala, que se decía mi amigo y, enterado sólo superficialmente de mi situación, no dejaba de establecer gruesas analogías entre mi repentina, pero no inesperada separación, y su bien conocido divorcio de cuyos detalles apenas había exentado a un puñado de colegas, todos conocían lo que ahora me explicaba cuando yo no hallaba manera de quitármelo de encima, no porque le faltara amenidad ni gracia en sus relatos, ya ni siquiera algún punto filosófico aunque sólo fuera dicho con rapidez y contenida vergüenza, sino porque yo no deseaba corresponder a sus confidencias con más detalles sobre mi propia vida ni escuchar las suyas que causaban en mí la equívoca sensación de que el paralelismo entre su situación y la mía era efectivo y no mera exageración, aún así de vez en cuando me veía obligado a darle material para que no se sintiese demasiado maltratado y, por qué no decirlo, por esa debilidad que padecemos todos los que nos hallamos solos demasiado tiempo cuando de pronto encontramos algo que, aún insatisfactorio y decididamente inadecuado, presta oídos a lo que llevamos meses o años repasando en silencio, ahora yo llevaba semanas dominado por la idea de irme de Santa Teresa sin que ello se tradujese en un plan, ya ni siquiera un listado consciente de lo necesario para acometer tal mudanza (¿pero a dónde?), de modo que no pude evitar comentárselo a Luis Gala cuando éste me habló de una estancia que hiciera hace algunos años en Sudamérica, un viaje absurdo, según comentaba, de esos que pagan las universidades modernas porque, desvirtuadas y ciegas desde hace décadas, se conducen como empresas cuyos gerentes no tienen más propósito que el de aumentar la matrícula sin considerandos para mejor extorsionar el presupuesto público o privado de quienes creen necesitarlas, así él había aprovechado la circunstancia de que ninguno de los profesores que tenían prioridad quisiera viajar en aquel momento y, con el renuente consentimiento de los gerentes universitarios que siempre lo han visto con reprobación y sospecha, viajó hasta aquella facultad sudamericana donde, a diferencia de Europa donde había pasado muchos años en distintos países, se sentía la placentera levedad del espíritu que le permitía elevarse hasta donde lo deseara, desprovisto de las cadenas de una memoria histórica demasiado abultada y atroz, el aire era más limpio y la voluntad de hacer las cosas desde cero completamente natural, amparados por la vegetación exhuberante de las colinas y el arrullador murmullo de los insectos, un todo de signo opuesto a la inopia del páramo teresiano del que yo llevaba semanas pensando escapar, así Luis Gala se expresaba satisfecho y maravillado de aquel lugar al que aún no había llegado la plaga gerencial universitaria y en donde sus colegas lo recibieron con cordialidad y simpatía, deseando sólo trabajar y conversar, sin que su complejidad y hondura se vieran empañadas por dobleces o sombras, 'ese lugar existe', me dijo como quien va a decir algo más, pero luego se quedó callado con la mirada absorta en el horizonte, el entusiasmo reflejado en el brillo de sus ojos reemplazado por la opacidad de la resignación, entonces le comenté mi deseo de irme y él salió de su ensimismamiento para prevenirme: 'cuando habían transcurrido unos cinco días de mi estancia y me habían sido presentados una variedad de colegas, no sólo amables y dispuestos a compartir sus entusiasmos técnicos, sino también sus puntos de vista políticos, sus ingeniosas bromas que apelaban a la cultura y la ironía, al sarcasmo y a una vida intelectual sana y vibrante, el anfitrión principal tuvo a bien comentarme que todos estaban muy contentos con mi visita y con mi manera de ser, incluso la mujer del aseo a quien me dirigía con escasas palabras por no conocer la lengua local, yo siendo sociable, yo sonriendo, yo presentando mis ideas a un grupo desprejuiciado, fresco, que aún no me daba por sentado ni emitía juicio alguno sobre mi persona, yo invitado a la pizarra lo mismo que al restaurante, al parque o al mercado, yo como en otros tantos inicios en que mis anfitriones coincidían en mi originalidad agradable sólo porque me permitía conocerlos y mostrar un interés que, de entrada, era genuino, pero al que después debía alcanzarlo la rutina y la acumulación de lo acontencido, las sonrisas del buen forastero reemplazadas por el rostro inexpresivo de la industria o la mueca del matiz que todavía puede abrirse más hasta volverse diferencia o grieta que no puede salvar ya ningún puente, un espejismo pues, aquella posibilidad de empezar de nuevo y ahora sí hacer las cosas bien, como si fuese posible una relación sin malentendidos ni entuertos, sin puntos ciegos o daños, como si no fuese cuestión de tiempo para que aquí también se extrañasen de mi eventual falta de aquiescencia y, sin reparar en que a su consideración inicial nunca la acompañó un verdadero interés por mi persona sino por el reflejo que mis cordialidad y disposición les devolvían sobre ellos mismos, me relegasen a los márgenes de su existencia para eventualmente detestarme, yo testigo de su insuficiencia, yo traidor de su confianza, yo forastero que debe seguir su camino', así Luis Gala terminaba de rememorar los pensamientos que le produjo aquella Arcadia sudamericana a la que desde luego no volvió jamás y me advertía sobre la futilidad de empezar de nuevo en otro sito: 'no tiene sentido', remataba, 'cuando conoces perfectamente el resultado... a menos, claro, que sólo pienses en cambiar de decoración para representar de nuevo, punto por punto, la misma obra'.
Y diciendo esto se puso de pie ofreciéndome un cigarro que acepté.
Y diciendo esto se puso de pie ofreciéndome un cigarro que acepté.
domingo, octubre 28, 2018
Desayunos de hotel
Esta mañana, mientras tomaba el desayuno en el comedor del hotel de un país tropical hasta entonces desconocido, la última de quince días transcurridos en el aislamiento de otra lengua y la soledad propia del forastero, me vino a la memoria su recuerdo en medio de aquella alienación de la que inútilmente trataba de salir por medio del café y el pão de queijo, pues, si por algún motivo se encontraba animado, no era raro que Luis Gala nos contara anécdotas cuyos contenido y detalle hacían difícil creer en su naturaleza tímida, las dificultades de conversar con desconocidos o incluso habituales sólo transparentadas por el esfuerzo decidido que hacía por apartar la mirada de los ojos de su interlocutor sin bajar la cabeza, también, paradójicamente, por ese continuo tirar hacia delante con su narración sin encontrar la forma de detenerse a fin de no quedar expuesto a un silencio que sus oyentes querrían solventar formulando nuevas preguntas o, todavía peor, descubriéndolo vulnerable detrás de su locuacidad, casi se diría que deseaba aturdir a quienes le escuchábamos en sus momentos de mayor sociabilidad para que, sin dejar de considerarlo, no le importunásemos, pues si por un lado no deseaba ser excluido por sus compañeros tampoco deseaba significarse tanto que ellos se creyeran con derecho a pedirle favores o, todavía peor, abusar de él para gastarle bromas malintencionadas o atacarlo decididamente por haber expuesto sin querer un flanco débil, bien puede decirse así que vivía en constante paranoia, pero, inteligente como era y extremadamente consciente de sus propios excesos, se empeñaba en no dejarse llevar por ella aunque el resultado se tradujera en una extraña combinación de largas peroratas y repentinos silencios, no era en absoluto aburrido para quien recogiera los continuos guiños que, por medio de la ironía y la cultura, hacía para ganar la complicidad de quienes lo acompañaban, elevándose hasta la carcajada salvaje si encontraba un ambiente favorable o reprimiéndose hasta la más mortecina circunspección si sólo lo rodeaban primitivos, así pues reapareció frente a mí expansivo en forma de recuerdo esta mañana, explicando con graciosas gesticulaciones su sentir cuando se hallaba de vacaciones con su ya por entonces ex-mujer, de quien no dejaba de hablar impostando una neutralidad imposible, 'entonces tomas asiento en un rincón a fin de que no te molesten y vas por dos cafés, no por galantería sino porque de verdad quieres lo mejor para ella, que te mire y al mirarte te quiera, ¿no? que te considere un poco más activamente que como se considera una silla, pero ella está instalada en el mundo y yo en Babia, ella leyendo el periódico y yo pensando en el nebuloso futuro cuya incertidumbre encuentro intolerable, las vacaciones no hacen sino agudizar la conciencia de lo que debemos y en ningún momento es más insoportable esa sensación que a la hora del desayuno entre desconocidos, somos gente en tránsito, temporalmente varada en estas frías instalaciones donde el huevo siempre está a medio cocer y los platillos del bufet saben exactamente igual, nunca faltan los hombres de negocios que como ella también están leyendo el periódico, con la barba bien cuidada, la corbata puesta, dando voces en sus móviles de manera que todos alrededor sepamos cuán importantes son y cuán ocupados están y cuánto les debemos de la correcta marcha del mundo, mi mujer es como ellos y desearía no estar de vacaciones con alguien tan impresentable como yo que sólo desea llevarla a la cama, ella querría estar hablando inglés con los que conspicuamente han ido a instalarse a la mesa del centro, gringos de los que nunca faltan en los buenos hoteles de todos los rincones del mundo donde haya algo que comprar o vender y que no buscan esconderse como yo porque no tienen nada de qué avergonzarse y encuentran el mundo como hecho para ellos, a su servicio, así mi mujer que pronto no tolerará más estar al lado de quien tiene reservas y dudas y sólo ideas, ella no encuentra interés en conversar conmigo ni en dejar demasiado tiempo su mano bajo la mía, los camareros van y vienen fingiendo llenar nuestras tazas de café cuando en realidad se divierten con el espectáculo de nuestra extranjería y evidente distancia, no hay quién resista la tentación de asomarse a la desgracia ajena si además no nos concierne y tiene la virtud de asegurarnos una momentánea superioridad, ¿verdad? como los hombres de negocios y especialmente los gringos, ella deja la casi totalidad del desayuno que ella misma se sirvió en el plato y no experimenta culpa alguna por el desperdicio, pero yo siempre limpio el mío porque me siento culpable, no crean que por salvar el mundo, qué va, tan sólo un reflejo de la férrea disciplina que mi madre me inculcó y que la adultez ha transfigurado en presunta conciencia, pero es sólo miedo, un miedo católico al castigo del que ya me gustaría curarme siendo hombre de negocios, quiero decir: siendo un poco como mi mujer, pero no he pasado el tiempo suficiente en hoteles ni en sus horrendos comedores', así hablaba Luis Gala poco después de que yo llegara a Santa Teresa y así lo recordaba esta mañana mientras tomaba el desayuno en el comedor de un país tropical hasta entonces desconocido mientras calculaba mentalmente las horas de viaje que tenía por delante para volver a casa y reparaba en las pocas fotografías que había hecho y, como en un segundo plano, reflexionaba sobre la futilidad de cambiar de residencia, un deseo siempre más fuerte cuando debía dejar un sitio al que había acudido temporalmente, 'una trampa', pensaba, 'que esconde una inconformidad más esencial que no puede abandonarme sólo porque viva en este u otro lugar, jamás debí volver', me dije murmurando en algún momento sin precisar bien a dónde ni a cuál de los muchos retornos me refería, entonces saqué el móvil y, sin levantarme de la mesa, tomé un par de fotos del bufet del desayuno, pero apenas me disponía a guardarlo cuando una mujer se levantó de su mesa y, gritando fuera de sí, se acercó a la mía señalándome violentamente con el dedo ante la mirada atónita de los comensales y, si no hubiese sido por la pronta intervención de un mesero de gruesos lentes al que yo saludaba todas las mañanas, me habría arañado la cara con sus largas uñas de diseños exóticos, cada una, según pude reparar, un dibujo distinto, quise ponerme de pie cuando ya un hombre a mi costado me exigía algo sin que yo pudiera comprenderlo hasta que por fin el gringo hombre de negocios que nunca falta en ningún lugar del mundo donde haya algo que comprar o vender, pudo imponerse al tumulto y traducir para mí que estaba siendo acusado de tomar fotografías a uno de los hijos de la señora, una criança, decía intercalando la otra lengua en el inglés bostoniano con que me hablaba, busqué con la mirada al amable mesero de gruesos lentes, pero ya no estaba ahí, de modo que he acompañado al gerente hasta la recepción y le he entregado mi móvil en tanto aguardamos a que llegue la policía y yo trato de recordar si hay algo en el aparato o en la habitación a la que no se me permite subir ya que pueda comprometerme, y la gente conversa a mi alrededor en un idioma que no entiendo y el vértigo me posee hasta hacerme sentir que pierdo el conocimiento mientras escucho en mi cabeza las delirantes carcajadas de Luis Gala que se deforman gradual e inexorablemente en un potente coro de chicharras.
martes, octubre 02, 2018
Historia del dos de octubre con mi tío Humberto
Le preguntó: "¿Cómo puede llegar la Ilustración a Turquía?"
Y Monsieur Sartre le respondería:
"Monsieur, yo que usted, como intelectual de un país subdesarrollado, en lugar de estar aquí tomándome un café con leche, trabajaría de maestro en mi país".
—Cevdet Bey e hijos, Orhan Pamuk.
Cuando dejaba de ser niño a finales de los ochenta, mi tío Humberto me prestó Fuerte es el silencio, un libro de crónicas de Elena Poniatowska que, entre otras historias de —digamos ingenuamente y sin cuestionar demasiado— lucha social, abordaba el movimiento del sesenta y ocho en uno de sus cinco o seis capítulos. Apasionado de la historia de México desde pequeño, pero sin formación política alguna que me permitiera distinguir el país en que vivía, aquel fue mi primer acercamiento al México contemporáneo cuya historia, como dictaban los libros de texto y las telenovelas históricas de aquella época, se congelaba a partir de mil novecientos cuarenta con la expropiación petrolera como su cenit. Desde luego di por bueno todo lo contenido en el libro y me puse del lado de las víctimas sin entender bien a bien qué buscaban, comprendiendo quizá por primera vez que vivíamos en un régimen de partido único que asfixiaba algunas libertades, aunque no entendiera yo bien cuáles y sólo distinguiera una de ellas claramente: la libertad de disentir. Al interés despertado por el libro cooperaron la por entonces novedosa cuanto pésima película de Rojo Amanecer y las agitadas elecciones federales de mil novecientos ochenta y ocho con su estela de fraude: me tragué ambas con la misma simpleza con que leí el libro y atesoré como prueba de mi propia calidad moral el repudio e indignación experimentados hacia los abusos imprecisos de la autoridad contra reclamos también escasamente definidos.
La atmósfera de los años que siguieron tuvo dos signos que ayudaron a confirmar mi simpatía por el movimiento del sesenta y ocho: por un lado la filosofía y acciones de la universidad privada que me hacía vivir como si me hallara en la década de los años sesenta, en plena guerra fría, rodeado de furibundos anticomunistas católicos opuestos a cualquier forma de ilustración y en contra de las libertades civiles; y por el otro, algunas amistades adultas que se consideraban revolucionarias y que, quizá con más convicción que mi tío Humberto, me proporcionaron lecturas y conversaciones, películas y contactos que se oponían a la propaganda universitaria, individuos todos que aprovechando las ventajas de la apertura comercial salinista y haciendo caso omiso del desmoronamiento del comunismo en Europa del Este, prosperaron en aquellos años sin menoscabo de sus convicciones, un conjunto de creencias que creyó encontrar reivindicación en el breve levantamiento armado de mil novecientos noventa y cuatro en Chiapas. Con inesperado tino, poco antes de este levantamiento, mi tío Humberto me regaló México profundo de Guillermo Bonfil Batalla, un libro que recordaba la raíz indígena del país y su negación a lo largo de la historia, una negación particularmente patente en los años del salinismo triunfante. Una vez más me alineé con las víctimas y me indigné con los victimarios, pero las cosas ya no eran tan simples como en mi niñez ni el convencimiento tan sólido: habían aumentado mi saber y experiencia sobre el país y con ellos se habían multiplicado las dudas.
Cuando ingresé al centro de investigación público para realizar estudios de maestría supuse que la feroz vigilancia y censura a la que la universidad privada me sometió yendo tan lejos como para retirarme la beca que como estudiante de excelencia me correspondía quedaría sólo en un mal recuerdo, un asunto del pasado circunscrito a una organización de ultraderecha que en modo alguno representaban al grueso de la población del país, ¿o acaso no había convivido durante esos mismos años con las maestras revolucionarias del sindicato, con las encargadas de las olimpiadas de matemáticas, con los compañeros de la universidad pública? Ahora que iniciaba una nueva etapa en un prestigioso centro de investigación público cuyos académicos habían realizado —pagados por el erario— estudios de posgrado en países con mayor tradición democrática, científica y cultural que el nuestro, estaba convencido de hallarme en el lugar propicio para la discusión y despliegue de todas las inquietudes que durante años habían estado sujetas a censura, un ambiente laico y liberal, inteligente y lúcido. No fue así. En el treinta aniversario del movimiento del sesenta y ocho descubrí que los encargados del centro de investigación público no tenían ninguna disposición para discutir abiertamente nada y que la censura de la universidad privada era un juego de niños al lado de la que los adalides del método científico eran capaces de ejercer contra artículos, caricaturas, modos de vida, opiniones y disensos. La universidad privada consiguió poner a mi familia en serios aprietos económicos, pero dejó intactas mis ingenuas convicciones originales; el centro de investigación liquidó estas últimas y me hizo conocer por vez primera el desencanto, un sentimiento que ya no me abandonó el resto de mi vida.
En el gozne entre siglos, mientras cuestionaba la legitimidad de hacer estudios de doctorado y me dedicaba exclusivamente a dar clases, encajando el hecho de que tanto la universidad privada como las maestras revolucionarias u olímpicas triunfaran en los negocios aligerando sus cargas ideológicas de signo opuesto, me dedicaba a leer con asiduidad ya sin la asistencia de mi tío Humberto que empezaba a convertirse en un entrañable recuerdo. Gracias a Enrique Krauze y sus maestros, Daniel Cosío Villegas y Luis González y González, así como muchos otros autores que disfruté leer, creí posible remediar mediante el voto la herencia de intolerancia y desprecio por la democracia que el partido hegemónico del país había impuesto, pero la salida de éste de la presidencia no vino acompañada de ninguna dirección coherente y de pronto fue como si el ruido se hubiera instalado en la arena pública para ya no disminuir jamás, sin que yo pudiese distinguir en ese vocinglero, desde entonces hasta ahora —casi veinte años después— nada más que el oportunismo como ideario político del mexicano y la deshonestidad intelectual como su forma más lamentable de corrupción. El mexicano de las décadas que siguieron me demostró en multitud de formas —en la persona de un director, de un profesor, de un estudiante o empresario, de una recepcionista o una locutora, de un albañil o un carpintero— cuán limitada era mi visión de los problemas del país que creí encarnados en la concentración ilimitada de poder, elemento sin el cual la masacre del sesenta y ocho no hubiera ocurrido; aquella no era sino la cúspide de un infierno del que todos —como lo demostraron las sucesivas transiciones y alternancias en los gobiernos— éramos cultural y no sólo políticamente responsables.
Incapaces de asumir la crítica o el disenso como hace cincuenta años, sin importar si se pertenece a una institución de mentalidad ultramontana o a una que se proclama científica, si pública o privada, el mexicano sólo admite reírse de sí mismo en el espejo que los comediantes le proporcionan y donde asume que nada es en serio; no puede razonar porque sea ignorante, lo que acaso tuviera remedio con la debida instrucción, sino porque privilegia y aún anima la necedad, es decir, la voluntad de ignorar; es moralmente bajuno porque busca siempre hacer trampa y tiene por estúpido seguir leyes o reglas, como si vivir por encima de ellas no fuese una manifestación más de su hasta el hartazgo comprobado complejo de inferioridad, desprecia la complejidad y el matiz y prefiere aferrarse a creencias o consignas, busca así permanecer en la infancia más larga posible, sin responsabilidad ni consecuencias, lo que se ve desde luego favorecido por las características de manifiesto retroceso intelectual que en todo el mundo han caracterizado las casi dos décadas transcurridas del siglo veintiuno, de modo que no es de extrañar que cincuenta años después y por vía democrática los mexicanos hayan decidido restaurar la homogeneidad de la que habíamos escapado, aunque ahora no sea chic enviar tanques a las calles y se prefiera adoptar poses diversas que reduzcan el movimiento del sesenta y ocho —y cualquier materia— a iconos o tweets inofensivos.
¿Qué será de mi tío Humberto en estos días en que grupos de encapuchados destrozan comercios por el Paseo de la Reforma para celebrar el espíritu libertario del movimiento del sesenta y ocho? ¿Qué de él mientras padecen el Hemiciclo a Juárez o el Palacio de Bellas Artes y recibo la versión pública de lo que fue una denuncia contra el centro de investigación por abuso de autoridad? La última vez que lo vi consideró mi ateísmo —en el que su influencia fue determinante— como inaceptable y en el recuerdo de su convicción contraria a la mía, manifestada con firmeza y respeto, encuentro hoy un dulce consuelo: el de unos oídos que escuchan y una mirada que considera.
¿Dónde estará mi tío Humberto?
sábado, septiembre 29, 2018
El horror
La presunta franqueza que Flautista y Violinista, pero sobre todo Práctico, atribuían a los habitantes de Santa Teresa, no obstaba para que la mayoría de éstos, pero sobre todo los que más se tenían por educados gracias a la universidad que se dieron a sí mismos y en la que se felicitaban unos a otros conforme a la más paradigmática de las mentalidades provincianas, hiciera caso omiso y cómplice silencio del galopante deterioro de las condiciones de infraestructura y seguridad del valle, reflejo fiel de su propia corrupción física y moral que, en su patológica endogamia tan pagada de sí misma, no les permitía asumir ni discutir ni tan siquiera considerar el horror en que vivían y en medio del cual casi todas las tardes, al volver a casa, yo abría los clósets vacíos donde antes estuvieran su ropa y la de las niñas, no sé bien si para compungirme con las correspondientes imágenes de abandono o si en la esperanza irracional de hallar en ellos, si no la ropa de vuelta, una explicación de lo ocurrido que nunca llegaba, a pesar de la abundancia de pensamientos instantáneos que eran, sin embargo, inaprehensibles o, si explícitos, imposibles de organizar en un todo, así transcurrían los meses en que a las noticias de nuevos crímenes plagados de cuerpos desmembrados se superponían invitaciones a semanas de la ciencia o del deporte, al éxodo masivo de colonias enteras que se habían vuelto inhabitables la publicidad universitaria donde jóvenes en ropa de inviernos desconocidos en la región sonreían delante de inexistentes bosques de coníferas, una disociación de la realidad no muy distinta de la puesta en práctica por las comunidades responsables de crímenes de guerra cuya gravedad se permiten escamotear y aún negar por medio de una memoria aligerada y una variedad de actividades que se suponen buenas o inocuas, pero que son completamente opuestas al espíritu y a la postre mortales, pues operan la sistemática sustitución de los criminales abiertos por los embozados, inatacables así en su sigilo e impermeables al rigor lógico o la responsabilidad por vía de perversa alienación, la universidad la más conspicua de las instituciones promotoras de este proceso, fábrica de pasta humana dócil y estúpida para las industrias de ciudad natal que, completando el proceso, aplanaban cuanta originalidad hubiera sobrevivido en quienes pasaron por el engranaje universitario, toda inquietud o duda arrancadas, el más mínimo disenso algo completamente impensable como una conversación verdadera que desde la partida de aquel a quien hube de traer de la isla a petición de sus padres sólo para que volviera a partir, pero ya no a la isla, no había vuelto a tener con nadie, justo ahora cuando más necesario era listar, si explicar no podía, los pasos que llevaron al vaciado de los clósets donde estaba la ropa de mi mujer y las niñas, así como las indistinguibles emociones que me producían la noticia de nuevos crímenes y el recuerdo de una palabra o gesto de mi mujer que retrospectivamente anticipaba su partida, no podía reemplazarlo a él que había vuelto irse, pero ya no a la isla, ni a ella cuyo paradero ignoraba, no así la calidad del pensamiento de aquel con el cinismo de Luis Gala ni el amor a ella atesorando el recuerdo o haciendo deporte como repetían en cháchara inane, inconsciente y convulsa, los altavoces de la universidad, preludio del pitido de fábricas y de los correos electrónicos que recibirían para ser convocados a interminables juntas quienes por el momento sólo vegetaban en las aulas, mejor así, piensan los simples, que marchando sobre Roma o en medio del fragor de tanques en un campo de Berlín, mejor así porque esto último es desde luego condenable y monstruoso, pero aquello, la educación, una vía ciudadana hacia el pacífico trabajo, también mi mujer habrá preferido ponerse al día y prescindir de la vía romántica que conduce a la grandilocuencia y el crimen y, como Práctico, habrá escogido cuidar sus intereses objetivos luego de riguroso cuanto simple cálculo, sumas y restas que al final arrojaron que lo mejor para las niñas era que yo no estuviera cerca para llenarles la cabeza de inconformidad y fantasía, tampoco ella podía quedar en la órbita de un hombre que había tenido el desacierto de abandonar ciudad natal para ir a Santa Teresa, un retroceso, casi un suicidio más que evidente en esos días en que la seguridad del valle así como su infraestructura colapsaban y yo despertaba repetidas noches cubierto en sudor sin saber si alguien había bajado el interruptor de la luz para robarme o bien había vuelto a tener fiebre tras esa pesadilla recurrente de imprecisos cuervos, '¿dónde estará?', me decía, interrumpido el pensamiento por lo que parecían disparos en la distancia, '¿hasta cuándo?'
domingo, septiembre 16, 2018
El proscrito
Cuando hube terminado mis estudios en la universidad privada poseído de sentimientos completamente opuestos a la satisfacción, con Gustavo encerrado en la clínica de adicciones de la que volvería convertido en un individuo socialmente útil y por lo tanto desprovisto del más mínimo interés para mí, decidí intempestivamente en el transcurso de una mañana de lluvia en las oficinas en las que era explotado desde medio año antes del término de mis estudios, continuar éstos en el centro de investigación público donde, pensaba, cesarían por fin la amenaza ideológica y la coerción económica en las que había vivido inmerso durante los últimos siete años dentro de la universidad privada, a este centro concurrieron entonces individuos venidos de otras partes del país entre los que se encontraba Práctico, un alcohólico originario de Santa Teresa que dominaba como ninguno el arte de la ambigüedad y que, como Flautista y Violinista, también originarios de aquella provinicia de la que yo por primera vez tenía noticia, presumía tener la franqueza por norma de vida e irremediable costumbre de aquella región, en contraste, decía, con las consabidas hipocresía y superstición predominantes en el centro del país, una declaración que encontré seductora tanto por la reciente experiencia de siete años en la universidad privada a la que no sobrevivía ninguna amistad como por el inconsciente mandato de mi madre que, en una variedad de formas que iban desde lo sutil hasta lo brutal, ordenaba hacer amigos aún a costa de mi naturaleza que no sólo no los deseaba sino que los aborrecía, así con el encierro de Gustavo volvía a estar solo mientras transcurrían los últimos meses de estancia en casa de mi madre y el ingreso al centro de investigación me hallaba desprevenido contra una amistad que se declaraba sincera y a la que podía cultivarse sin más esfuerzos que el de beber alcohol o visitar cantinas, las conversaciones hechas de anécdotas y lugares comunes nunca antes fueron tan primitivas como en esos tiempos en que fingí dar crédito a la teoría del buen salvaje, como si el rebajamiento general fuera sencillez y no estuviese yo degradándome de manera escandalosa para paliar la ausencia de Gustavo, una estúpida idea bucólica que ni siquiera era nueva por cuanto ya en el pasado había fingido en breves episodios estar satisfecho con lo popular como sinónimo de lo verdadero, entonces por enamoramiento que es al fin y al cabo una suspensión de la razón, ahora por una abyección gratuita gracias a la cual ya me enseñarían Flautista y Violinista, pero sobre todo Práctico, cuán avanzados estaban en el camino de hacerse adultos de la sociedad que los engendró, no les restaba más que comprar mujeres a las que hacer sus esposas para reproducirse, volver a Santa Teresa como héroes y ser coronados dueños de los medios de producción por sus mentores y padres políticos, mientras tanto vegetaban en el centro de investigación construyendo intereses a los que, en mi debilidad cognitiva, en mi educación sentimental, en mi historia plagada de malentendidos, yo denominaba amistades, aunque en el fondo supiera y comprobara en las décadas por venir hasta qué punto Flautista y Violinista, pero sobre todo Práctico, eran parásitos de la sociedad que los crió y que, como tales, cobrarían muy caros a ella los servicios de representarla, cerdos insaciables programados para ganar a toda costa, humildes animales que exigían el reconocimiento de sus buenas intenciones a públicos cautivos, inteligencias económicas jamás atormentadas por un solo para qué que resistiera otra cerveza o más carne grasienta y quemada, por toda literatura la biblia y el periódico local plagado de atrocidades horriblemente redactadas, el cielo reflejo del infierno de abajo al que así me acercaba en la primera mitad de los años transcurridos en el centro de investigación al que llegaron desde provincias lejanas quienes se declararon sinceros y a quienes me acerqué en mi obnubilación para mejor cumplir los dictados de mi madre, un retroceso del que quizá me habría salvado que Gustavo no hubiera ingresado en la clínica de adicciones ni hubiera vuelto de ella enajenado y útil para la sociedad, pero acaso no había forma de que él o yo pudiésemos seguir cultivando el espíritu despreocupado con que rechazamos a la universidad privada, tanto por desaparecer ésta de mi vida como por la inexorable disolución de nuestras respectivas familias que al no poder ya sufragarnos exigían nuestra incorporación al mundo productivo o nuestra muerte, así Gustavo eligió la vida al ingresar a la clínica de adicciones y extinguió para siempre su espíritu, hoy es un hombre tanto o más productivo que Práctico que a diferencia de éste no se ve asaltado por un complejo de inferioridad que nunca conoció ni se ve compungido a recordar unos humildes orígenes que no tuvo para que le sean disculpadas y aún tenidas por admirables su ambición desmedida y su arbitrariedad, así al elegir yo adoptar el punto de vista del espíritu y obligarlo a la irreconciliable convivencia con el mundo adulto al que los hombres de Santa Teresa se dirigían, destruí aquel sin ser admitido en éste y hube muerto no como hubiera sido justo de haber continuado Gustavo y yo el rechazo al envilecimiento que nos esperaba, sino como miembro de una sociedad que al no encontrarme dispuesto a la absorción inaplazable que correspondía a mi edad y circunstancia, me apartó para siempre condenándome a la errancia y el destierro.
sábado, septiembre 08, 2018
Salve
En algún momento de debilidad, transcurridos meses desde la repentina aunque no inesperada partida de mi mujer y las niñas, mientras combatía la propensión de mi mente a buscar una y otra vez cómo encajar la destrucción de lo que hasta entonces constituía el núcleo de mis creencias, desde el amor hasta la amistad, desde la ética hasta la filosofía, con los mismos desconcierto y desesperación de quien no puede acomodar la última pieza de un rompecabezas largamente construído, encontré en la conversación de Luis Gala una anticipación de lo que podía significar volver a encontrarme con ella y enfrentar así los sinsabores ya no sólo de lo roto sino de lo que no es capaz de encontrar un nuevo recipiente que lo contenga, divorciado él como separado yo, pero aún obligándose al trato amistoso con una mujer que le despreciaba y a la que arrancaba encuentros envenenados, no ya porque contuvieran discusiones o desavenencias, ni siquiera ironías o comentarios cargados de velada intención, sino precisamente por carecer de la más mínima controversia y ser por tanto insoportablemente inocuos, 'una prueba fehaciente', aseguraba, 'de que el amor que nos teníamos era un espejismo al que no sustentaba nada más que la costumbre o el apego y al que, una vez retirada la investidura matrimonial, no le quedaba más contenido que el de un par de extraños que se encontraban aburridos e inexplicables si no iba por delante la incuestionable consideración de ser pareja', así encontraba menos monstruosa la tajante brutalidad con que mi mujer decidió desaparecer con las niñas sin dar cuenta de su paradero y mediando sólo una carta como remate al lento, pero inexorable distanciamiento de los últimos años, 'así es mejor', me decía a mí mismo, 'que no tenga yo forma de verla ni de convencerla de vernos, ¿qué caso tendría si es imposible recuperar nuestra vida pasada por no existir amnesia suficiente para borrar el hecho cada día más indudable de que no hemos de morir el uno sin el otro, de que lo que nos faltaba y consideramos secundario por años ha terminado por revelarse esencial e irrestituible? mejor así', pensaba, 'que yo me revuelva con mis propias angustias e interrogantes sin tener la oportunidad de contrastarlas con su indiferencia o involuntaria crueldad, no soportaría acumular la decepción inacabable de reunirme con ella a desayunar con prisa fingiendo enterarme de su vida por medio de un recorrido superficial de sus actividades más visibles y desabridas, tener el descaro de llamar amistad a ese ritual estúpido del que Luis Gala no puede deshacerse con su ex-mujer, "ya te digo que lo que sucede a las relaciones a las que no justificaba otra cosa que la relación misma es la inopia, qué amistad ni qué coño, si sigo viéndola es sólo porque la perspectiva de explicarle que no encuentro sentido en seguirnos viendo me resulta más intolerable que la de transigir, aún a sabiendas de que ni ella ni yo lo deseamos y de que se nos ha de escapar forzosamente un resignado suspiro cuando de mala gana accedemos a agendar un encuentro que, según un calendario misterioso, es ya inaplazable", entonces hay que agradecer', me decía, 'el hachazo de su partida que ahorró explicaciones privándome de la obligación de considerar su existencia en la mía, aunque sólo fuera de manera esporádica hubiese sido un lastre innecesario del que me he salvado, una tontería a la que uno no encontraría forma de poner fin porque no se le ponen plazos a las amistades aunque sólo sean meros conocidos', así pensaba en algún momento de debilidad en que, aunque Luis Gala me compartiera su situación y yo reflexionara gracias a ella sobre la mía, no encontraba deseable hacerle confidencias a ese personaje que desde luego no constituía un sustituto para la amistad de aquel a quien hube de traer de la isla a petición de sus padres y que volvió a irse, pero ya no a la isla, dejándome a merced de colegas como el que ahora explicaba, amparado un mínimo de calidad en sus juicios por el sólo hecho de no haber crecido en Santa Teresa, que hubiera preferido que su mujer falleciera en vez de haberse divorciado de ella, 'sé que suena exagerado', explicaba confundiendo mi debilidad para alejarlo con aquiescencia, 'pero de esa manera no habría tenido que efectuar comprobaciones horribles que, encuentro a encuentro, conseguirán liquidar cuanto yo recordaba haber sentido por ella, todo el relieve y detalle del buen pasado sustituido por un presente plano y vacío, mejor la muerte', agregaba, 'que habría salvado si no lo que era nuestro matrimonio sí la idea que yo me había formado sobre él', entonces reflexionaba yo en mi situación y resistía el impulso de compartirla con ese interlocutor inopinado que también había llegado a Santa Teresa atraído por la idea de que una ciudad pequeña, aún en medio del desierto, era preferible a las grandes capitales, 'craso error', pensaba para mis adentros recordando en desorden las terrazas pobladas de ruidosos comensales en las calles de la isla o los escalonados jardines traseros de sus casas, sitios todos en los que había decidido hace años no quedarme precisamente para que mi mujer y las niñas pudieran vivir sin ser extranjeras, quién sabe si ahora se hallaran precisamente en la isla o en algún rincón de ciudad natal, mejor no saberlo que ser testigo de su degeneración, supongo, mejor desterrada que muriendo lento a mi lado como una burda amistad, mi mujer o su idea, qué más da, salvas sean ambas.
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