domingo, abril 18, 2021

El fantasma del Doctor Kaczynski

'Siempre existe ese riesgo de que lo sin futuro no acabe'
—Tu rostro mañana de Javier Marías.

No hay productividad que me alivie, aunque escojo mantenerla alta para tener menos que reprocharme al final del día. 'Mira', parezco decir a un juez invisible que en tiempos fue dios y ahora su implacable sombra, 'no he arreglado mi vida, pero a cambio no he perdido el tiempo, no me he detenido a examinar el sentido de lo que hago como pretexto para la pereza, aunque acaso esto no sea lo correcto y deba detenerme lo antes posible asumiendo las consecuencias, ¿no me valen aunque sea en calidad de préstamo los lugares comunes acerca de la significación de lo que hago? Es fácil para los maestros, dicen, incluso para los hombres de ciencia'. Mientras se suceden en la televisión los así llamados videos de interés o entretenimiento, noticias o música, con un libro cuya lectura avanza a cuentagotas en la mesita de noche, van desdibujándose este y otros pensamientos para dar paso a la duermevela cuyos contenidos ya son sólo imágenes o sensaciones, nunca la paz ni el silencio, nunca el consuelo o la satisfacción. A veces me sobresalto horrorizado de una idea fugaz y abro los ojos para orientarme; otras veces la memoria me devuelve a escenas pasadas que, si bien fueron inocuas en su momento, hoy se aparecen contaminadas de presciencia, como si ya contuvieran el germen de este largo presente inacabado y mi voz no alcanzara a prevenir a mi ingenuo predecesor, una y otra vez —para siempre— condenado a repetir la trayectoria. A mi derecha se extiende la cama como una llanura desierta habitada por un control remoto. Lo interrogo con la mirada antes de apagar la televisión: '¿es que la vida en pareja sirve para acallar estas voces? ¿reemplaza un cuerpo tibio todas las preguntas?' Los muchos años del amor firme —pero amistoso— y los pocos del amor apasionado —pero desleal— sugieren que no todo puede dejarse para mañana indefinidamente. 'Cuando llega la hora de responder', me digo, 'descubrimos que estamos solos'.
Se hace la obscuridad, la habitan monstruos, no así el insomnio que gracias a la compulsión heredada de mi madre es sustituido por el agotamiento ganado a pulso en actividades sin pausa, físicas e intelectuales, laborales y —al menos nominalmente— recreativas. Viajo. Me alejo lo más que puedo con éxito variable. A veces espero a que la mayor de mis tías termine de arreglarse frente a su espejo ovalado mientras hojeo sus libros de anatomía. A veces me acompaño de muertos sin saber que lo están o bien teniendo cuidado de no comentárselo, rostros que no envejecen igual que el de los vivos en su tiempo cenital. Recorro calles y estaciones, casas y azoteas conocidas que al despertar no tienen geografía precisa. Pero no tiene demasiado valor aquello a lo que prestamos nuestras palabras o deseos, no cuando la tenue luz del alba dibuja gradualmente los contornos de la realidad silenciosa difuminando a su vez el más allá. En el espacio que llamamos aquí y ahora el cuerpo no admite aplazamientos ni especulaciones, así consigo ponerme de pie y reincorporarme a la rueda del mundo, deslizarme cuidadosamente por entre las fronteras de lo poco y lo mucho para que no se diga de mí que he sido un irresponsable o un desaprensivo, un parásito o un imbécil, 'otro día, pues, de no cargar con más cadáveres que los admisibles en la vida civil, otro día sin matarme, sin dejar de alimentar a las perras o regar las plantas, otro día de trabajo sin cuestionamientos de nueve a siete, con ingenio incluso, con garbo, sin ofender demasiado a quienes aún me frecuentan o se ven obligados a frecuentarme, ¿para qué decirles hoy que hace tiempo que ya no me interesan? ¿por qué no esperar a mañana o a pasado mañana confiando en que el azar los borre o cambie por otros? Ah, otro día de paciencia o entumecimiento, de alimentar la ironía para que la conciencia no nos empuje a la desesperación ya que no podemos simplemente eliminarla —la conciencia—, otro día de hacer lo que se espera de mí, otro día de yo mismo o de su idea. I am sick of it! Tomando en cuenta todo, qué suerte que aún sepa bien la comida'.
No deben confundirse las ganas de vivir de nuevo con la sensación de haber desperdiciado la vida. Cuando joven, entraba emocionado en cada etapa consciente de su finitud y feliz de transitarla para iniciar otra más, pero a partir de cierto momento, casi inadvertidamente, lo hacía deseando que fuera la última para instalarme en ella para siempre, un error sin duda, una involuntaria estupidez acaso avivada inconscientemente por la idea burguesa de la madurez como feliz resultado del progreso, ley de vida dicen los idiotas, así en el amor en el que supongo nadie se instala a plazo fijo, aunque este plazo exista y se le ignore o dé por descontado. 'Si al menos esas referencias hubieran sobrevivido a las vicisitudes del tiempo', me digo sin querer en el momento de hacer una pausa frente al ordenador en pleno mediodía, 'si al menos quedara ese asidero mientras a mi alrededor las cosas cambian, si se hubieran dado la mano el deseo y la realidad'. Pero lo que era para siempre resultó no serlo y no hay reflexión ni análisis, no hay catarsis ni exégesis que pueda darle un cierre definitivo. 'Sólo la superioridad objetiva del presente puede poner al pasado en su sitio', me acude al pensamiento mientras corto en trozos el pimiento morrón y la cebolla, echo aceite en la cacerola y tiendo el pescado en una cama de sal y pimienta, 'pero mucho me temo que esa superioridad sólo vendrá de la soledad y no del sucedáneo del amor, ¿pero y luego?, se fríe el pescado entre la cebolla y el pimiento, las perras se acercan a la puerta de la cocina y olfatean, 'acaso me arrepienta después si no tengo convicciones firmes para la soledad, pero ¿no es peor vivir acompañado e insatisfecho? ¿qué va a pasar cuando acabe este período de suspenso?', el arroz y las verduras reciben en el plato al pescado frito con cebolla y pimientos, me instalo frente al ordenador, antes trabajo, ahora entretenimiento, más tarde conversación, amor o sexo. Pantallas siempre. Pantallas que apago por escasa media hora para leer un párrafo y tomar una siesta, a veces sólo comido, otras también eyaculado. 'A este paso no alcanzaré a leer los libros de mi biblioteca ni a escribir algo que no sea lo exigido por el trabajo. Porque no he arreglado mi vida, cierto, ¿pero acaso tengo opción? ¿tiene arreglo cuando hay que ponerse de pie y encender de nuevo el ordenador?' Me duermo. 
Nuevos viajes a los mismos sitios. Baba en la almohada. Mi madre me recibe en la casa de mi adolescencia en un anochecer violeta mientras un policía de dientes salidos vigila desde la caseta de enfrente. Ella dice al abrazarme, asfixiándome: 'Has tardado, hijo, pero ya has llegado, nos hemos quedado solos y es lo que más nos conviene, no quería decírtelo cuando estabas con el amor firme (qué largo) ni cuando estabas con su sucedáneo (qué corto) para que no pensases que era yo quien te inducía, pero debes saber que yo lo he sabido desde siempre porque te concebí a mi imagen y semejanza, nosotros somos solos, esa es nuestra suerte y hay que aceptarla, aquí esperaremos la muerte juntos, ven, pasa a tu cuarto, te llamaré cuando esté la comida'. Los mismos muebles. Las paredes con diplomas. La televisión encendida. En el viejo cuarto me apoyo contra la ventana como un niño triste y miro hacia la macabra pared de ladrillos y al cielo negro de más allá que desaparece apenas abrir los párpados. Sudor en el pecho. Sólo han pasado diez minutos desde que me dormí, pero estoy repuesto. Me veo obligado por varias horas más a no hacer caso del cálido aire de la tarde ni de su meridiana luz progresivamente oblicua —primero el patio, luego la pared, al final sólo las copas de los árboles en la distancia— y a preparar ingenieros y científicos de la civilización industrial, esa que según leo 'ha producido en un siglo más desechos y materia muerta que todas las otras civilizaciones juntas, desde la revolución del neolítico'. Es fácil justificarme, pero ni siquiera lo intento porque descreo de los resultados. El fantasma del Doctor Kaczynski flota en el ambiente, 'pero yo soy sólo un hombre', me digo cediendo finalmente a una tímida generalización, un hombre que apaga el ordenador pasadas las siete de la noche y sale a caminar o a hacer ejercicio para seguir esperando que algo —un meteoro, un virus, una señal— lo saque de su jaula y lo devuelva a la vida.

domingo, abril 04, 2021

La columna científica

Aunque ellos quedaron muy complacidos con los tres artículos que me encargaron (los privilegios de no entender nada, pero sobre todo de no querer entender), yo padecí la experiencia de principio a fin, especialmente la amenaza de contratarme para publicar semanal o quincenalmente en su así llamada columna científica, una novedad editorial que aquel periódico de provincias deseaba introducir sin desembolsar por ello las cantidades exigidas por las agencias de noticias internacionales para disponer de sus bases de datos sobre el tema, depósitos inagotables de notas mal traducidas del inglés que en estos tiempos aparecen fatigosamente repetidas desde la BBC hasta el último semanario de localidades remotas, siempre sobre la exploración espacial y la medicina, siempre sobre la naturaleza o las ciencias básicas, bobadas de interés general, información y hasta material educativo, aseguran algunos, como si bastara con declarar sus intenciones para que cualquier perogrullada o excrecencia se convierta en algo digno de consideración.
Debo reconocer que el periódico desafió la ley del mínimo esfuerzo al buscar entre los profesores de la universidad a un corresponsal científico (el término es suyo) que cobrara mucho menos que las agencias internacionales; a robar las notas directamente no se atrevían, preocupados por la posibilidad de demandas legales que otros más osados habían tenido que enfrentar. No contaban, sin embargo, con la gran disposición de los palurdos académicos a hacerse de micrófonos y reflectores o, cuando menos, de su nombre impreso en tirajes perfectamente prescindibles y sitios de Internet completamente ignorados, de modo que hubieron de improvisar criterios de selección más estrictos para reducir la enorme cantidad de candidatos que respondieron a su convocatoria. Hubieran podido cobrar, como no tardaron en comprobar cuando varios docentes intentaron sobornar al periódico para ser seleccionados, pero un inexplicable escrúpulo (que, por otra parte, no tenían cuando de recibir dinero de narcotraficantes y políticos, empresarios e iglesias se trataba) los hizo rechazar las ofertas y basarse únicamente en lo que a su pobre entender eran credenciales científicas válidas. Descartaron a todos los que no habían publicado nunca nada, pero como el grupo que quedaba seguía siendo muy grande, agregaron primero el requisito de contar con certificaciones del consejo científico nacional, luego el de no pertenecer al área de ciencias sociales y humanidades, un grupo largo y combativo éste, que alegaba estar perfectamente capacitado para la tarea y aún interpuso una demanda legal contra el periódico —prontamente rechazada— por lo que juzgaron discriminación injustificada. Fue inútil: los profesores calificados que deseaban convertirse en empleados del periódico seguían siendo demasiados. '¿Cómo es posible que haya tantos científicos en esta pequeña universidad periférica?', se escandalizaba el redactor en jefe que presidía el comité de selección, 'si nunca hemos sabido de nada que hayan desarrollado o hecho, si nadie los conoce y nadie los entrevista, deben estar coludidos todos evaluándose unos a otros para mejor cobrar del erario público a través del consejo, hijos de puta'. De modo que subieron poco a poco los requisitos echando mano del escalafón que el propio consejo establecía: eliminaron primero a los de nivel uno, luego a los del dos, finalmente se quedaron sólo con los de nivel tres creyendo que así garantizarían al menos cierta calidad, pero fue un error: bastaron algunas pruebas básicas de redacción para que el comité de selección quedara horrorizado. De nuevo el redactor en jefe se exaltó: '¿Acaso no es necesario saber escribir para hacer un artículo científico? ¿Dónde diablos publica esta gentuza? ¿En revistas de variedades? ¡Dios del cielo! Miren nada más qué galimatías ha puesto esta tipa en tan breve espacio, apenas dos párrafos y ya pueden contarse diez errores gramaticales. ¿Y qué decir de este pedante? ¿Han visto los adjetivos que utiliza? ¡Pero si ni siquiera conoce sus significados! ¡Qué gran pérdida de tiempo! Habrá que replantear la estrategia'.
Y en efecto, probada la ineficacia de los métodos democráticos, el redactor en jefe acudió al director de ingeniería para que éste señalara directamente a una persona que reuniera las características buscadas. El gordo mofletudo cuyo trasero crecía inconmensurablemente en aquella poltrona del edificio de rectoría, sumido en el sopor de una digestión permanente y la firma irreflexiva de documentos embrutecedores, lo remitió en medio del estertor de su muy difícil respiración al jefe de departamento; éste, a su vez, me pidió a mí —que desde luego no me había postulado ni me había apenas enterado de la pesquisa— aceptar el encargo, pues como hombre provinciano e ignorante que él era tenía una inexplicable mezcla de temor y fascinación hacia el hecho de que yo trabajara principalmente con extranjeros y aún hubiera traído a algunos de ellos a mi precaria universidad para realizar vagos trabajos de investigación sobre cuya calidad y contenidos él o el director o cualquiera de mis colegas no podrían tener ni la más remota idea. 'No he querido decirle al jefe de redacción sobre tu idoneidad porque he preferido consultarlo contigo primero, pedírtelo ¿verdad? Porque yo he escuchado lo que les dices a nuestros estudiantes en las conferencias de la semana de la ciencia o en los concursos de talento o en los talleres de ingeniería, ¿verdad? Y pues esto sería una oportunidad de que ese público se amplíe, de que el mensaje llegue a más gente... el rector está enterado y está de acuerdo en que eres la persona correcta', mintió con dificultad el jefe de departamento cuando habló conmigo, deseoso de anotarse un tanto con el director y el periódico. Expresé algunas reservas, señalé a otros colegas que podrían hacer lo que ahora me proponían (sabiendo que no, no podrían hacerlo; o sí, sí podrían pero sólo en concordancia con la calidad del periódico, o sea, mal), pero al final, abstraído en mis pensamientos sin prestar atención alguna a la larga perorata del jefe de departamento, tuve la debilidad de decir que sí sólo porque me recordé fugazmente a los quince años diciendo a la delegada de los concursos estatales de matemáticas 'yo quiero ser como usted', un momento romántico totalmente injustificado —el de ahora y el de entonces— que me llevó a la redacción del periódico para envidia de muchos colegas y maledicencia de no pocas personas.     
El jefe de redacción se mostró satisfecho con la entrevista que tuvo la delicadeza de hacerme en lugar neutro, ni su oficina ni la mía, sino en un restaurante donde él pagó el desayuno un sábado por la mañana. Ya iba él decidido, me parece, a contratarme, quién sabe si engañado por el jefe de departamento o el director, a cual más me parecía imposible que pudieran convencer a nadie de nada, pero toda anomalía cabe entre esa gente. Como buen hombre a cargo de algo —no se diga ya los dueños del capital o del gobierno— se dedicó a hablar sin pausa haciendo caso omiso de todo lo que le decía, así fuesen respuestas a preguntas por él formuladas a las que asintiera con la cabeza repetidas veces como quien ha comprendido y está de acuerdo con lo que escucha, sólo para retomar su discurso ahí donde se hubiera quedado afirmando que lo que acababa de escuchar de mí era la confirmación de sus puntos de vista y no, como de hecho lo fue casi siempre, contradicción flagrante y discrepancia irreconciliable. 'Lamento decirle que, a pesar de dedicarme a la investigación científica, no estoy convencido de la conveniencia de la así llamada divulgación, que no tiene más remedio que presentarse como un conjunto de creencias porque el profano no puede entender cómo han sido deducidas; y es esta deducción incomunicable lo realmente científico del asunto, no la enumeración de meros datos o prodigios. Reducida a mera exposición de resultados e ideas no es más verificable que las tonterías de los terraplanistas o ufólogos, no transita por la lógica ni el método como tampoco lo hacen los religiosos que quieren explicar la naturaleza con simplezas, reclama para sí una credibilidad basada en la autoridad científica cuya validez no puede establecer el gran público (sólo para decirle enseguida que el método científico no se basa en la autoridad, sino en las evidencias que para el profano son lo mismo: no las conoce y, de hacerlo, ignora su valor), crea la ilusión de que todo es accesible o comunicable cuando precisamente no lo es: la ciencia es para iniciados, o sea, para quienes la hacen, no para los que creen poder divulgarla con metáforas y analogías, a nivel de ideas dicen, porque entonces se reduce a una categoría del entretenimiento, acaso al de mera publicidad de la ciencia cuya misión es atraer nuevos acólitos o ganar al menos el favor de las mayorías para que su voluntad se decante por aquellos que se digan científicos o se erijan en sus representantes, aunque no sepan ellas si en verdad lo son ni puedan asegurarse por ningún medio que no sea convertirse ellas mismas en científicos'. Alzaba un índice como aprobando lo que acababa de decirle, extendía luego el resto de los dedos de la mano levantada y con un gesto que parecía decir ¡ahí! o ¡eureka! soltaba: 'Estoy completamente de acuerdo con usted, qué misión más noble la de la ciencia, maestro, creemos sinceramente que ha llegado el momento de que el principal periódico de esta ciudad incluya un suplemento al respecto que dé voz a la gente inteligente, a los lúcidos que aclaran las cosas que la mayoría confunde, ya ve que abundan los que creen que la ciencia es aburrida, difícil, que no se puede explicar, ignoran que las capacidades didácticas de ustedes son el puente que todo lo une, no sabe cómo me alegran sus palabras y comprobar que pensamos lo mismo, ya verá usted que con un poco de orientación acerca de las trucos para escribir correctamente podrá irse soltando hasta adquirir la misma calidad de cualquiera de nuestros redactores'. Me horroricé. Quise interrumpirlo, pero él bajó instintivamente la vista para desentenderse y continuó con cosas como 'No, no me lo agradezca... Mire, ahora que hemos estado buscando a un corresponsal para estos asuntos me he enterado de que en la universidad hay muchos investigadores certificados. Son cosas que la mayoría de la gente ignoramos y esto debe cambiar, pues son para presumir, ¿me entiende? Y para aprovechar, por supuesto, de manera que la población en general disfrute de sus conocimientos. Después de todo son ellos los que pagan sus sueldos a través de los impuestos, ¿no? Ellos son el patrón al que se debe rendir cuentas'. Levantó la vista, se rio cordialmente luego de unos segundos de seriedad. Sí, éramos empleados de gobierno al fin y al cabo, funcionarios pagados por el erario, pero el razonamiento del redactor en jefe era especioso; consiguió con él, no obstante, hacerme callar y transigir. Era un individuo ágil, astuto, que no mostraba a las claras lo que realmente pensaba y al que no le importaba la ambigüedad con tal de conseguir lo que buscaba, nada parecido al torpor bovino de mis jefes en la universidad. 'Mire, usted sabe que muchos de sus colegas no redactan bien, aunque sean científicos importantes; usted sí. ¿Le importaría echarnos una mano? Usted es maestro, disfruta de enseñar: aproveche. Es más: le adelantaré el pago de tres artículos, sólo tres, uno por semana. Cuando concluya volvemos a hablar, ¿qué le parece?'. Tenía una sonrisa amplia, algo burlona, pero diplomática, divertida. '¿Pero de qué voy a hablar si justamente le estoy diciendo que desconfío de la divulgación?'. 'Pues de eso, ¿por qué no? Son temas científicos. Si escribe tan apasionadamente como se ha quejado durante este desayuno, no habrá problemas, se lo aseguro: es usted un periodista nato, un pendenciero'. Alzó de nuevo el índice como quien dice ¡así es! o ¡hecho!
El redactor en jefe no adelantó el pago. Dificultades administrativas, dijo. Ese día por la noche redacté el primer artículo aunque disponía de una semana larga para entregarlo. Todo lo que en él decía me sonaba impostado, no porque se tratara de falsedades ni porque yo lo considerara obvio, sino por su inevitable tono didáctico, casi moralizante, tan común entre la hoy abundante fauna de docentes que, aún a nivel universitario, considera parte de sus obligaciones formar en valores al alumnado, es decir, retirarle la calidad de adulto para imponerle, aún desde las formas más obtusas o descaradas, puntos de vista completamente predecibles y bobos; el imperio, en suma, de lo políticamente correcto. '¿Cómo se ha producido esto?', me preguntaba, 'sin sentirlo, sin buscarlo, sólo por la mera conciencia de estar escribiendo en tanto personaje público y no desde el ámbito privado de mis tesistas, esa extensión cautiva de mi familia en la que puedo manifestar mis verdaderas opiniones sin reservas (y seguramente no debería), ¿cómo hacen los políticos y los empresarios, incluso el jefe de departamento y el director, para vivir instalados en esta esquizofrenia de hombres públicos a tiempo completo, hablando sin parar de aquello en lo que no creen o de lo que no se han detenido a reflexionar o, todavía peor, de lo que tragan a pies juntillas como estólidos avatares sin personalidad propia? Es un problema irresoluble', pensé, 'en el que tiene parte todo mundo por el sólo hecho de vivir en sociedad: exigimos que quienes nos representan, lo mismo en el gobierno que en la junta de vecinos, en la escuela, pero también en el periódico, se comporten de cierto modo y nos mientan con deliberación, cuando hablen o escriban, cuando arenguen o tan sólo informen, que parezcan aquello que más se ajuste al promedio exigido y no se sinceren ni tengan dudas, que abandonen cualquier originalidad e interpreten sus personajes públicos abrazando la hipocresía; qué cercanos están los católicos modernos a este espíritu gazmoño impermeable a la contradicción y qué lógico resulta ahora hallar al jefe de departamento y al director, al rector incluso, en misa de seis todos los domingos, aconsejando a los estudiantes a tener familia en cuanto concluyan sus estudios, promoviendo el deporte como una panacea del sinsentido, ¿cómo no lo vi antes?'. 
Quise renunciar, pero consideré el impulso una exageración histérica de mi parte. Atemperadas, le comuniqué al redactor en jefe algunas de mis objeciones cuando a media semana le entregué mi primera redacción. Él me escuchó cordialmente, me dijo que no me preocupara. 'Tres artículos, maestro, y ya sólo le restan dos. Verá que para cuando termine no tendrá ya ninguna duda acerca de la conveniencia de seguir haciendo ciencia'. 'Esto no es ciencia, pero ya que lo menciona, debo decirle que ella no es todo lo pura que usted cree, no sé qué se imagina'. 'Yo estoy de acuerdo con usted, por eso vale la pena seguir haciéndola, para mantener su carácter impecable, el producto más depurado del hombre en la búsqueda de la verdad, sí señor. La columna científica no le dará puntos en el consejo, estoy de acuerdo, pero lo hará patrimonio del público, servidor directo de la nación'. Su sonrisa pareció más burlona que de costumbre. No quise contestar a su palabrería porque efectivamente eran sólo dos los artículos que me restaban para estar libre de este compromiso absurdo. No valía la pena comentarle que en las más prestigiosas revistas científicas se estilaban zancadillas y politiquerías de todo tipo, por ejemplo, que el mismo editor británico que había aprobado con escasa resistencia un paper matemáticamente incorrecto sólo porque uno de los autores era coautor suyo, acababa de rechazarnos uno que superaba con creces a aquel, sólo porque el coautor ruso ya no estaba ahí. 'Y pensar', me dije mentalmente, 'que hay divulgadores que creen garantizar la veracidad de sus dichos sólo porque citan como fuentes a revistas científicas, qué tragedia, sin saber que existen miles y miles de calidad discutible, sin imaginar que en las mejores se cuela basura por revisiones perezosas o mal administradas; los científicos no son distintos a cualquier grupo humano, incluidas, desde luego, todas sus miserias y mezquindades'.
Con todo, completé los tres artículos. Cuando entregué el último, relajado al fin por lo que entendía era el fin de mi brevísimo paso por el periódico local, el redactor en jefe me ofreció contratarme por tiempo indefinido para publicar semanal o quincenalmente la columna científica. 'Ya sé que tiene usted sus objeciones, pero quiero que lea usted algunos de estos correos que nos han hecho llegar los lectores de su columna. Son demasiados, como puede ver, sus publicaciones son todo un éxito. Permítame bajar a nómina y enseguida estoy con usted, unos diez o quince minutos y entonces me da el sí, ¿eh? Nada de dejarme plantado, maestro'. Los correos eran efectivamente elogiosos con la columna y su autor, pero apenas traspasaba el umbral de las felicitaciones descubría que los lectores habían tergiversado o contradicho, enredado o revertido lo que sea que yo hubiera afirmado, atribuyéndome ideas que en modo alguno se relacionaban con lo que estaba escrito e ignorando por completo lo que de verdad se hallaba ahí. 'Dios santo', me dije, '¿qué diablos es esto? Es así como deben vivir quienes publican en prensa y todavía más quienes lo hacen en Internet, en medio de un griterío ininteligible al que finalmente se hacen adictos por no soportar más el silencio y el ser ignorados, deseosos de acumular no ya lectores ni oyentes, sino tan sólo números, cifras o cuentas que les permitan sentirse notados, qué horror tan parecido al de los políticos que no pueden prescindir de vivir instalados en la palestra, aunque se les deteste o interprete de la manera que sea, parecen creer que lo importante es seguir montados en la rueda del mundo, jaleados por las multitudes, qué maldición y qué espanto'. 
Me puse de pie y salí de ahí a toda prisa. No cobré por los artículos y me negué en redondo a recibir al redactor en jefe o a contestar a sus correos en los días que siguieron. Todo continuó igual. O casi: recientemente encontré en la columna científica del periódico una nota mal traducida de la BBC. 'Está llegando el futuro', me dije sonriendo.

miércoles, marzo 31, 2021

Ciencia y capital: una máquina loca

Puede ser que la ciencia y la tecnología resulten extraordinariamente estimulantes para quienes las desarrollan y que, al menos en principio, la inmensa mayoría de la humanidad se beneficie de ellas. Puede ser que ambas sean inevitables como parte de la naturaleza humana, especialmente cuando se desenvuelve en libertad, democracia y capitalismo, las formas más o menos predominantes del mundo occidental moderno: la libertad de pensar permite el desarrollo de ideas, la libertad de expresión su intercambio, la libertad económica la posibilidad de convertirlas en productos del mercado, la libertad política la capacidad de regular el mercado involucrando a la población en general. Parece un cuadro armónico destinado a perdurar, un círculo virtuoso que permite a la humanidad su mejoramiento y autocontrol indefinidos. Pero el galopante aumento del deterioro ambiental, la desigualdad e incoherencia del desarrollo, la creciente amenaza de cataclismos de todo tipo, hacen suponer que el sistema, con ser quizá el mejor de cuantos se han experimentado, no garantiza ni siquiera la supervivencia del hombre, todavía menos la posibilidad de una vida con sentido: no sólo personal, sino como especie; no sólo aquí, sino eventualmente allá, fuera de este planeta.
¿Cuánto es suficiente en materia de desarrollo? ¿En qué punto vale la pena que se instalen las sociedades para guardar un equilibrio entre vivir bien o vivir por encima de sus posibilidades? ¿Es mejor ir a Marte o crear vacunas? ¿Lo es disponer de teléfonos inteligentes o de cadenas de suministro que permitan hallar en el mercado productos de todos los rincones del planeta? Quizá estas preguntas estén mal formuladas. Quizá asumen indebidamente que dicho punto estacionario existe. Quizá hacen creer que puede haber prioridades en un mundo de libertad o que la única que realmente existe es la económica, la agenda del capital. Puede ser. Es posible que para crear lo necesario deba aparecer lo secundario y aún lo frívolo o lo directamente estúpido. O que el equilibrio esté vedado a las especies ambiciosas, es decir, a todas, pues no hay una sola que no se salga de madre cuando las condiciones le son favorables: el programa darwinista de la vida desde hace millones de años contra los imperativos morales de recientísima factura. '¿Qué esperabas?', podría alegarse, '¿Que los hombres renuncien a sus deseos y posibilidades para buscar el bien común en cuya definición ni siquiera podrían ponerse de acuerdo? ¿Que los astutos y voraces no lo fueran y que no hubiera tontos u holgazanes sino sólo gente consciente? ¿Y qué te hace suponer que la conciencia de dos o más individuos produce resultados armoniosos? ¿Qué te hace creer que existe una solución o que esta es única?'. Y se podría agregar: 'Acaso lo que era una población de tamaño aceptable en tu juventud fue la pesadilla de los ancianos de aquel tiempo, acaso disponer del agua escasa de un pozo era normal contra la opinión de los que ahora no podrían vivir sin la entubada, así lo que hoy consideras un exceso y una tontería es siempre inevitablemente lo normal para alguien, a cada uno le cuenta lo suyo y no hay punto de vista privilegiado'. Y aún si se apuntara la finitud de los recursos se diría: 'Ya puede acabarse el agua dulce o no haber más tierra cultivable, nuevas adaptaciones surgirían aún a costa de una gran mortandad porque esa es la naturaleza de la vida, la del hombre, la de las especies todas, las ya extintas y las que vendrán; pero no ahora, no todavía, aún tolera el mundo a los que medran y explotan y arrasan y se regodean, no puedes hacer nada contra ello, todos los que lo intentaron antes han fracasado y producido monstruosidades mayores: comunismo, fascismo, politburó o anarquía, desesperados actos terroristas como disparos en la obscuridad para restaurar el orden, el primitivo o el natural, el laico o el religioso, la edad de oro perdida que nadie conoció pero todos creen intuir, da igual, llegando a estos pantanos todos se anegan y ahogan, déjalo ya, no te resistas'.
Cuesta trabajo, sin embargo, pensar que todo da igual o que siempre fue lo mismo: la responsabilidad del desarrollo científico y tecnológico en una enloquecida espiral de soluciones y problemas es evidente, especialmente desde que se dio la mano con el capital en el siglo diecinueve. Los empresarios y gobernantes serían impotentes de no haber sido ellos mismos técnicos o haberlos tenido a su disposición para posibilitar sus negocios: del mismo modo en que un faraón pudo ordenar la construcción de las pirámides porque contó con individuos capaces de hacer los cálculos, el presidente Truman pudo ordenar la construcción de la bomba atómica porque tuvo un equipo de físicos a la cabeza del proyecto. Los dueños de vidas y haciendas han sido obedecidos porque detentan la fuerza, pero también porque a los dueños del conocimiento les falta criterio para decidir cuándo cooperar y cuándo fingir demencia, al punto de que quizá ya es demasiado tarde para hacerlo, incluso a título individual. Saber programar una computadora no permite entender las consecuencias de hacerlo como tampoco importa al jefe de obra la creación de diez o cien multifamiliares en las periferias de una ciudad mal planeada. Enseñar en una universidad para mantener el flujo de ingenieros que manejen, despreocupados de las consecuencias, las industrias y empresas de las transnacionales instaladas en países subdesarrollados, hacinando comunidades, envenenando el ambiente, sometiendo ayuntamientos y voluntades como un crecimiento canceroso, deja así de ser una noble actividad para convertirse en un motor de la destrucción en marcha. Estimular vocaciones científicas y tecnológicas se hace cada vez menos por el interés de explicar el mundo —el carácter contemplativo y teórico, culto incluso, de los sabios que precedieron por siglos a la aparición de la burguesía capitalista— y más por su carácter utilitario —las cosas sólo pueden estudiarse si sirven para algo, si se pueden convertir en dinero—, así no es extraño que haya cada vez más gente dispuesta a convertirse en autómata intercambiable para mantener funcionando los negocios de sus patrones, una maquinaria insaciable cuya productividad debe crecer enloquecida e incuestionablemente a costa de lo que sea. 
¿Debemos abjurar del primer antropoide que pudo hacer abstracción de la suma de uno más uno igual a dos sólo porque las consecuencias de sus ideas nos han metido en este atolladero? ¿Debemos condenar el momento en que a la actividad contemplativa la reemplazó la producción en serie a pesar de que la vida es más confortable —aunque de manera muy desigual— ahora? ¿Hay que emprenderla contra gobiernos y empresas, industriales y banqueros, como hacen los histéricos del ambientalismo? No hay respuestas fáciles ni únicas, pero acaso no haga daño una mayor conciencia a nivel individual de la parte que jugamos en el consumo y la procreación de nuevos consumidores (y aún en esto algunos alegarán que más población es siempre necesaria desde el punto de vista económico, otro caso de espiral inevitable y loca): con ella viene la moderación, con ella la capacidad de prescindir de algunas cosas, con ella el uso del conocimiento y la libertad para ir con pies de plomo, una idea radicalmente opuesta a la falsa premisa del capitalismo moderno, pues no somos inmortales.

domingo, marzo 14, 2021

Creyentes científicos

Me conmueven las personas de buena voluntad que aún sin estudios especializados se alinean con posiciones científicas, porque al hacerlo no se distinguen demasiado de aquellas a quienes critican por explicar los fenómenos a partir de creencias religiosas o supersticiones. Entre la afirmación de que Dios creó el universo y la de que éste comenzó con una rápida expansión de toda la materia concentrada en un punto, los creyentes científicos prefieren la segunda explicación por hallarla más plausible, más racional, incluso menos infantil y perezosa que la primera. Los más enterados citarían textos de divulgación científica donde se listan las evidencias que los especialistas han reunido para sustentar la segunda causa en vez de la primera: el progresivo alejamiento entre sí de todos los cuerpos en el universo y la radiación de fondo como eco del big bang primigenio, por ejemplo. Los especialistas, a su vez, insistirían en que su cuerpo de conocimientos, a diferencia de los libros sagrados o las creencias, es modificable según se presente mejor evidencia y reproducible por cualquier ser humano que se aplique a ello. Sin embargo, al carecer de formación profesional y no poder proceder ni siquiera por analogía (como tal vez podrían hacer los especialistas de un área al considerar lo que afirman los especialistas de otra), los creyentes científicos sólo estarían escogiendo al mejor depositario de sus creencias según de qué tema se trate, sin inquietarse mayormente por la forma en la que se llegó a esas ideas ni disponer de ninguna posibilidad de entenderlas a cabalidad o, al menos, sin deformaciones graves: mejor lo que dice un físico que las ocurrencias de un teólogo, mejor atender las indicaciones de los virólogos que morir por hacer caso a quienes aseguran que el virus no existe. 'Es lógico', nos dirían quienes se sienten muy satisfechos discurriendo sobre mecánica cuántica a partir de textos divulgativos y no de ecuaciones, fascinados por la ciencia como depurado sucedáneo de la magia que reemplaza al hocus pocus por partículas subatómicas y al hombre barbado que entre nubes nos vigila por fotografías del espacio exterior, evidencias todas de las que se deducen claramente los hechos equis o ye. ¿Pero qué valor tiene la repetición de las palabras de los expertos cuando no se dirigen a sus colegas y son reproducidas con mayor o menor fidelidad por sus acólitos? Si no es para fomentar vocaciones científicas atrayendo a los profanos al estudio sistemático de algo —la posibilidad de abarcarlo todo desde luego proscrita desde hace cientos de años para cualquier ser humano— no cumplen otro papel que el publicitario o el de ser una instancia más del entretenimiento. Los grandes clásicos de la divulgación científica que eran ellos mismos científicos —Hawking, Penrose, Sagan—, los que sin serlo desearon popularizar la ciencia en medios impresos, radio y televisión, los ahora miles que desde el Internet dicen explicar hechos científicos con mayor o menor gracia, con inevitables ingenuidad y distorsión y sesgo, son todos ejemplos de una clase de literatura o producción audiovisual que, al no ser propiamente científica ni sólo lúdica, al proclamar la crítica sin ejercerla, al ser inevitablemente didáctica o edificante, la emparentan en su infantilismo y gazmoñería con lo que condescendientemente la industria del entretenimiento llama literatura juvenil. No en balde los museos de ciencia están dirigidos a niños y jóvenes mientras que los de arte, por no hablar de la literatura más elevada, se reservan a la esfera adulta. En ésta no se hace énfasis en las certezas cuanto en las dudas, no asombran las leyes que gobiernan los astros cuanto el misterio humano que aquí o allá, ahora o en un futuro lejano e intergaláctico, seguirá siendo el que es ahora. La divulgación científica no es ni siquiera filosofía, aunque lo parezca, demasiada preocupada por los hechos más que por las interpretaciones, convertida por la necesidad de dirigirse a públicos no especializados en mera enumeración de prodigios o acontecimientos, postula en el mejor de los casos un programa tibio y cándido para la humanidad donde se mezclan democracia y buen comportamiento, responsabilidad y conocimiento, invitando discretamente —acaso por el estímulo de la imaginación— al verdadero estudio de algo que no será necesariamente a colores sino muy posiblemente árido y rutinario. En el peor de los casos la divulgación científica sugiere tácitamente la aceptación de lo que digan los que saben aunque el que acepte no pueda saber si lo que le dicen es cierto, si unos expertos tienen más o menos credibilidad que otros, o si al llegar parafraseada la información no será ya una completa desviación de lo que es en realidad. Si el conocimiento científico se publica en revistas especializadas una vez que supera la evaluación por pares y no todas estas publicaciones pueden tener el mismo nivel, rigor o calidad; si existe (como en todas las actividades humanas) una mayoría mediocre o descuidada, tramposa o mezquina, que casi siempre se hace con las posiciones de poder e influencia; si los divulgadores más preocupados por respaldar sus afirmaciones citan (aún sin entender) los trabajos publicados por esta mayoría en aquellas revistas, ¿por qué es mejor ser un creyente científico que un creyente cualquiera? Para contestarlo, aunque sólo sea por analogía, habría que estudiar, es decir, dejar de serlo. Para dudarlo (hasta el punto de preferir un prudente silencio disfrazado de respeto hacia creyentes y divulgadores) habría que llegar a ser un gran especialista. El creyente científico es así el mejor compromiso entre el ignorante que no sabe lo que ignora y el sabio que ya entiende lo que no va a saber nunca: el conocimiento a la altura del hombre.

domingo, marzo 07, 2021

Gente a salvo

La casi segura inclusión de funcionarios en vez de pares académicos en los comités de evaluación de científicos ha reavivado un antiguo debate en mi memoria, uno que pasa por la ciencia misma, por quién la paga y a quién debe rendir cuentas. Las sociedades y sus ocupaciones se hacen progresivamente más complejas y especializadas, no sólo en lo tecnológico y en la infraestructura que caracterizan al mundo moderno, sino también en la aparición de intereses cada vez más sofisticados o, si se prefiere, frívolos: ingenieros para las telecomunicaciones, pero también curadores de museos; aeronáuticos y bioquímicos, pero también arqueólogos. Hay ballet en Madrid, pero no en Santa Teresa, como hay agencia espacial en Estados Unidos, pero no en Bolivia. Luego hay edificios en cualquier lugar, pero quizá no los mismos como resultado de la sociedad que los construye, las prioridades que tiene, los gobiernos que se da, así las distintas calidades. ¿Qué es indispensable? ¿Qué debe enseñarse en las escuelas? ¿Qué debe o no subvencionar el gobierno y qué debe dejarse en manos de las así llamadas leyes del mercado? Es casi seguro que muchos quehaceres no sobrevivirían sin la protección oficial. Es evidente, también, que no todos los países pueden permitirse todos los oficios. Así pues, ¿qué es lo justo?
[...]
Cuando comencé la carrera en Ciudad Natal no existía ningún lugar donde se pudiera hacer un posgrado en ingeniería eléctrica. El centro de investigación y la universidad nacional, ambos en la capital, captaban sus científicos en el extranjero, ya porque eran originarios de aquellas tierras, ya porque eran nacionales que habían ido a estudiar al exterior y volvían al país. Es comprensible: lo que no hubiera dentro había que formarlo fuera para luego emanciparse. Los que volvían, capacitados o no, ocupaban las primeras plazas en una progresión que imitaba la forma en que se habían ido extendiendo las universidades en el país: primero en la capital, luego en la provincia; primero en los centros de investigación dedicados sólo a posgrados, luego en las universidades. La práctica totalidad se integraba así a la academia, es decir, empleaba su formación para convertirse en asalariado del gobierno. No se incorporaban a industrias o empresas, no fundaban ningún negocio: daban clases y hacían investigación. Cuando egresé de la carrera, cuatro años después de iniciada, el centro de investigación de Ciudad Natal llevaba ya dos años en operación: lo constituían —cómo no— extranjeros y capitalinos que habían hecho posgrado en el extranjero y que administraban el naciente proyecto con holgura presupuestaria y afectación, más preocupados por las formas que por los contenidos, más constituidos en nacientes burócratas que en consumados científicos. Como algunos no daban clase o no conocían los contenidos de sus cursos, intenté hacerlos cumplir con su trabajo: fracasé. Más de dos décadas después, en sus flamantes instalaciones cuyo terreno, al igual que muchos fraccionamientos y empresas, han conseguido robar al bosque de la ciudad, los científicos locales son entrevistados periódicamente por los medios. Son justamente jactanciosos y triunfalistas. Son patriotas. Han formado a numerosas generaciones que a su vez han ocupado plazas en centros y universidades todavía más periféricos. Han alcanzado influencia, presupuesto, quizá poder. Pero los números con que se miden las citas de sus trabajos científicos —esos a los que no prestaba atención veinte años atrás— no se corresponden con su vanagloria.
[...]
¿Pero quién mide el éxito científico? La ciencia, para avanzar, debe ser esotérica, es decir, para los iniciados, para los que saben. Son ellos —los expertos de cada área, los que se dedican a la misma— quienes de forma más o menos natural se ordenan jerárquicamente por méritos, los que privilegian ciertos problemas sobre otros, los que hacen de una solución un clásico o algo marginal o erróneo. Sobra decir que esta manera de funcionar, como la democracia, no es una panacea ni está exenta de contaminarse de todos los vicios humanos, pero también como la democracia es el funcionamiento menos malo de todos los posibles. Ahí donde han privado intereses ajenos a lo meramente científico (como en los regímenes totalitarios que imponían una ciencia adjetivada en uno u otro sentido, restringiendo la libertad y aún negando los resultados, es decir, faltando deliberadamente a la verdad), no se han producido avances. Quienes padecieron imposiciones en su investigación se vieron frecuentemente obligados a huir o a caer en el ostracismo. La ciencia necesita de la libertad para su desarrollo; el mérito científico lo deben medir los expertos. 
[...]
El problema aparece cuando debemos considerar quién debe pagar al científico, que quizá no es lo mismo que preguntarse quién debe pagar la ciencia. En los países desarrollados muchos científicos se emplean en empresas e industrias privadas y, por lo tanto, quedan sujetos a la ley de la oferta y la demanda. No es del todo malo: es gracias a la iniciativa privada que se han producido muchos avances tecnológicos (y los problemas que ello trae aparejado y que un buen gobierno, siempre algo atrás, debe regular). Pero en los países subdesarrollados, cuando existen, los científicos o sus sucedáneos son empleados del gobierno a través de universidades y centros de investigación como los de Ciudad Natal, es decir, reciben su sueldo de los impuestos pagados de una u otra forma por todos los habitantes de su respectivo país; luego, son sujetos de escrutinio público como cualquier otro funcionario. Naturalmente, la eficacia del referido escrutinio y la rendición de cuentas están en proporción directa con el nivel de desarrollo político alcanzado por el país en cuestión: a mayores credenciales democráticas, mayor rendición de cuentas; a mayor debilidad institucional, mayor opacidad o arbitrariedad. Si el racismo ha caído en descrédito como explicación posible de las diferencias entre unos y otros países, si las evidencias sugieren que existen las mismas habilidades cognitivas potenciales en todos los seres humanos, si el ciudadano promedio —el adolescente francés o peruano, el viejo británico o hindú— es más o menos igual de brillante o estúpido en cualquier lugar, hemos de concluir que los países desarrollados sólo se distinguen de los que no lo son en su capacidad para poner a las personas competentes según la tarea a realizar. Cuando esto último ocurre, tomadas las providencias para evitar conflictos de interés y otros problemas similares, podemos estar seguros de que los científicos de cada área serán los más adecuados para evaluar a los científicos de la misma. Esto es lo que se denomina evaluación por pares. Pero la desconfianza que norma el comportamiento de las sociedades que no funcionan bien y que, pese a todo, cuentan con un grupo de científicos financiados por el gobierno, hace lógico cambiar las reglas arbitrariamente, caer en múltiples inconsistencias y, faltaba más, incluir a burócratas en la evaluación del trabajo científico del asalariado.
[...]
¿Qué puede decir una persona cualquiera sobre la calidad de un trabajo científico? Probablemente nada. ¿Qué derecho tiene la persona que paga ese trabajo (o sus representantes) a decidir acerca de continuar o retirar el apoyo con base en una evaluación? Todo el derecho. En teoría, la mayoría de las sociedades occidentales eligen democráticamente a sus representantes y éstos, dentro del marco de las leyes respectivas, pueden exigir lo que sea exigible a los científicos pagados por el erario público, lo que no significa que todo lo que emane de este mecanismo será necesariamente bueno. Puede ser democrático aprobar la extinción de cualquier apoyo a científicos y artistas. Puede ser catastrófico que todos los ciudadanos quieran serlo. La ciudadanía o sus representantes pueden tomar decisiones equivocadas o contraproducentes, incluso ilícitas, pero siempre legales. Sólo puede o debería impedirse lo ilegal; fuera de ello, todo es discutible, todo negociable. Si la sociedad que elige es en su mayoría ignorante, bruta o retrógrada, ¿de dónde va a elegir sino de ella misma? Si no ha conseguido la eficacia de las democracias más avanzadas que ponen a la gente competente en los lugares que las exigen, ¿quién puede cuestionar que el desorden resultante no sea genuinamente representativo de su voluntad? Así de frágiles son las cosas. Si la inclusión de funcionarios en vez de pares académicos en los comités de evaluación científica viola alguna regla, no debe permitirse; pero si está dentro de las atribuciones de los responsables, puede proceder aunque sea absurdo. Como tantas otras cosas.
[...]
La sociedad paga a los funcionarios, incluidos los científicos empleados por el gobierno: deben rendir cuentas. Pero si la evaluación de lo científico debe ser científica, ¿qué cuentas se rinden a la sociedad o a sus representantes más ignorantes metidos a evaluadores por mandato de ley? Hoy en día abundan los programas de divulgación científica que, quizá por brevedad, se hacen llamar de ciencia y a los divulgadores se les confunde con científicos. Su tarea, que ha sido una tradición en países anglosajones desde hace décadas, permite incidir en el gran público divulgando hallazgos y creando un clima propicio al escepticismo y el pensamiento lógico, estimulando vocaciones científicas e inclinando a las sociedades para que elijan gobiernos más comprometidos con el sentido común. Todo muy loable, desde luego, aunque también gracias a ellos existe la creencia de que la ciencia es divertida, accesible, siempre explicable en palabras, al alcance de cualquiera con ingenio y voluntad suficientes, pero sin necesidad de detalles ni escuelas ni mucho menos ecuaciones o deducciones engorrosas. El científico que dice trabajar en el desarrollo de naranjas con mayor contenido de azúcar tiene así la comprensión y posible aprobación de que difícilmente goza aquel que busca condiciones suficientes y necesarias para el problema de realimentación de salida en sistemas no lineales. Y, sin embargo, son las ciencias con mayor capacidad de abstracción y lenguaje propios, las más alejadas de lo coloquial, las que mayores avances e impactos tienen, aunque las sociedades que se benefician eventualmente de ello no tengan ni idea. 
[...]
¿Debemos pagarle entonces a cualquiera que se declare científico y pedir que sus colegas lo evalúen sustrayéndonos de lo que sea que haga porque no nos concierne (aunque nos cueste)? ¿Debemos más bien retirarles el dinero a todos para que sea la ley de la oferta y la demanda la que permita la supervivencia de los más aptos o la extinción de los prescindibles? ¿Por qué un contribuyente debiera pagar el trabajo de un científico que sólo hace ecuaciones y no el de un novelista o cantante? ¿Por qué el estipendio oficial que es incompatible con la independencia del artista no lo es con la independencia del científico? ¿Debiera serlo? Quien escribe y se precia de prescindir de apoyos oficiales —más en países desarrollados que en los subdesarrollados, todo sea dicho— seguirá a lo suyo porque es una vocación que le rebasa. Sacrificará sin duda muchas seguridades en favor de su obra. La literatura no existiría si hubiera dependido de que las sociedades pagaran por ella a sus autores. De manera similar, la ciencia no se detiene porque un gobierno o su sociedad —inevitables reflejos uno de la otra y viceversa— pague o deje de pagar, evalúe por pares o por comisarios políticos, divulgue resultados que no entiende pero cree entender, la prostituyan doctores convertidos en burócratas o intenten secuestrarla centros de investigación y universidades. No. La ciencia, pese a todo, atrae al que la cultiva con la misma fuerza con que la música llama al compositor y la tela a la pintora: no puede evitarse cuando es verdadera, a veces con consecuencias trágicas para la familia del iluminado o para él mismo. Los científicos verdaderos son, pues, desde tiempo inmemorial, gente a salvo de vicisitudes. Unos necesitan más equipo que otros para hacer su trabajo y huyen hacia donde lo encuentran. Otros se aburren de estar rodeados de funcionarios y emigran a lugares menos inhóspitos para el pensamiento. La domesticación es contraria a su naturaleza. 
[...]
Quizá llegue el día en que la sociedad toda cuente con una formación científica mínima donde el especialista no sea un apestado recurrente; quizá, por el carácter disperso e inabarcable del conocimiento humano, ello no sea nunca posible. Parece que, como ya intuían los antiguos, no podemos conocer más allá de lo que nos dicen los sentidos (a veces): el cuerpo de nuestros conocimientos no es otra cosa que un conjunto de creencias plausibles. Mientras tanto, los petulantes científicos locales del centro de investigación de Ciudad Natal, que habrán votado en masa por el Ungido para mejor significarse como gente de izquierdas, mirarán con desdén y silencio los cambios propuestos en la evaluación tras décadas de manutención y vistas al poluto valle que no los vio nacer: 'uno de los privilegios de vivir en el subdesarrollo', se habrán dicho desde sus oficinas al lado del bosque, 'consiste en la inmovilidad absoluta de las estructuras gracias al caos'. El buen científico es, en estos países y hoy más que nunca, aquel que no lo es.

domingo, febrero 28, 2021

No debe resucitarse a los muertos

Las cosas tienen que cumplir la pena y sufrir la expiación que se deben recíprocamente por su injusticia, según los decretos del Tiempo
—Anaximandro.

Como en otras ocasiones —pocas, más bien excepcionales— me ha traído comida. No me ha gustado. Solía cocinar muy bien, pero esto lo ha comprado en la calle. He debido recibirlo en casa, preguntar por su salud, hablar del clima. Nunca había sido tan insoportable la cordialidad. Somos como dos extraños algo tímidos y raros, obligados a convivir en un vagón de tren: uno ha preguntado la hora y el otro, además de darla, cree necesario apuntar que va a llover; el primero tarda en responder, luego lo hace precipitadamente; se hace un silencio y recomienza el forzado intercambio mientras cada uno se remueve, incómodo, en su asiento, a veces mirando por la ventana, a veces sonriendo fingidamente. Somos divorciados desde hace cuatro años y, aunque la separación no fue del todo tersa, hemos mantenido el contacto. Llamarle amistad sería inexacto. Quizá fuimos amigos en los últimos años de nuestra relación, cuando ya no había nada que pudiera llamarse sexo. Entonces podíamos conversar. Nos queríamos. Hoy sabemos que contamos el uno con el otro. Nos lo hemos dicho en alguna fecha señalada. Nos lo hemos probado con algunos favores concretos. Ayudas de orden práctico. Servicios. Pero no podemos conversar. Y no estoy seguro de quererlo ni de que me quiera. Acaso al contacto al que llamamos amistad lo sostiene sólo un vago sentimiento de culpa, no por las circunstancias concretas de la separación, sino por la responsabilidad implícita en el fracaso último de un proyecto que consumió muchos años de nuestra vida y que se suponía destinado a durar indefinidamente. Tal vez esta es nuestra forma de seguir abonando al compromiso a fin de hacernos disculpar, ya no por el otro como por uno mismo. Quizá es todo un malentendido y, de ser posible hablar, de poder hacerlo —oídos que no hay, palabras como llaves perdidas— desharíamos el trato y no habría más comidas no solicitadas ni favores como compensación de deudas inexistentes. Quizá la geografía —extranjeros ambos de la misma tierra— nos obliga a buscarnos acomodo en nuestras vidas cuando ya no lo hay, agotados como están por nuestra larga relación el enamoramiento (si lo hubo) y la amistad, el amor (que sí hubo) y su sucedáneo. Hemos muerto y no nos enteramos. Ahora somos fuerzas del más allá en la vida del otro. Espíritus útiles. Intercesores ocasionales de milagros. Pero nadie habla con los muertos, ni siquiera para el pasado. Cuando he querido invocar, ya no digo los viejos tratamientos —la verdadera amistad, tierna y firme—, sino tan sólo la lógica y la sensibilidad mínimas para atravesar la primera de las muchas capas que en tiempos solía horadar sin problemas en su investigación atenta y sagaz de nuestros pensamientos y emociones, me he encontrado con un bruto orgulloso de su primitivismo al que no le importa ser incoherente o simple, esquivo o desmemoriado. Pretexta vivir instalado en el presente. Alega que la vida es demasiado corta como para complicarse. Me mantiene al tanto de sus acciones más audaces o irresponsables, sin dar explicaciones. Hitos temerarios. Marcas deportivas. Hace tiempo que no me preocupa, sólo me entristece. Creo que empezó a vivir de esa manera para sobreponerse a nuestro divorcio, pero ahora ya es efectivamente esa persona y no la que era. ¿A dónde se habrá ido la que conocí? ¿Por qué no conseguí nunca volver a conversar con ella? ¿Vivirá aún dentro de este hombre grotesco que no quiere envejecer solo? Se dice que cada uno tenemos nuestra manera de lidiar con el dolor y yo acepto la suya. Quiero decir: no hago nada para cambiarla. Asumo que esta incapacidad para razonar y sentir que no estorba su disposición a traerme comida de vez en cuando e incluso a cuidarme si yo cayera gravemente enfermo, es su manera de lidiar con el dolor derivado de nuestra mutua pérdida. Por eso no hago nada para cambiarla pese a echar en falta —pero cada vez menos, cada vez en forma más amortiguada— sus antiguas perspicacia y sutileza, su hilar fino en lo que requería cerebro, pero sobre todo en lo que necesitaba corazón: porque temo causarle dolor si lo intento. No debe resucitarse a los muertos. ¿Pero está bien procurarles, quiero decir, de muerto a muerto? Acaso no es un gran sacrificio estar al tanto uno del otro viviendo la frustración, quizá compartida, de no alcanzar nunca la vieja complicidad, el viejo afecto. Una incomodidad permanente como el último rescoldo de una relación. Una cuenta pendiente que no va a saldarse nunca y cuyos montos exactos no se pueden conocer. Una injusticia irreparable que nos es recordada día con día. Una presencia fantasmal que no podemos esconder ni disimular. 'Hola de nuevo, soy yo, el que podría hablarte interminablemente de lo que vivimos juntos porque fue extenso y profundo y tiene infinitos matices y guarda sin duda incontables lecciones, pero no lo haré, no hablaré de eso ni de nada más que se identifique con ese tiempo y esa hondura, soy la persona más significativa de tu pasado y sólo he de hablarte de si he dormido bien o mal, si ha venido el plomero a reparar la gotera o ha vuelto a escaparse el gato, diré contigo que hace calor cuando sea verano y que hace frío cuando sea invierno, mi vida nueva —mi vida sin ti, la verdadera vida de ahora— transcurrirá oculta a tu escrutinio, plana como una cinta, no podrías reconocerme de todos modos si asistieras a ella y acaso me avergüence por impostada e inferior, por inmediata y sin expectativas, por eso nos ceñiremos al guion y no nos andaremos por las ramas porque nuestro árbol hace ya tiempo que fue cortado, hecho leña, y ya sólo arden las últimas brasas, mejor así, mejor este limbo eterno y no perdernos de vista, por si acaso, mejor algo que nada'.  

sábado, febrero 13, 2021

El escondite inglés

Había en Ciudad Natal durante mi infancia una tía divertida, preferida de mi madre, que se casó con un hombre divertido. Mi madre no deseaba los sermones de la hermana mayor ni el misticismo y mojigatería de las más jóvenes. Los varones no contaban, anulados como estaban por la violencia de mi abuelo que años después sería un hombre dulcísimo conmigo. Durante su breve soltería, una vez que quedó claro que no tenía el interés ni la capacidad para los estudios que tuvo su hermana mayor, mi madre aceptó a regañadientes hacer carreras breves en secretariado y enfermería, para gran preocupación de sus padres que temieron lo peor cuando ella tuvo que irse de la ciudad a un pueblo del sur con el pretexto del servicio social. Los lápices labiales confiscados, los alfileres con que se alzaba la falda, los restos de rímel en sus párpados, tuvieron de pronto un significado claro para mis abuelos, pero también para mi tía la divertida que desde entonces admiró a mi madre por los mismos motivos y se aprestó a ayudarla en su desdoblada vida, ya procurándole coartadas irrebatibles, ya poniéndola sobre aviso si podían descubrirla en sus excursos. Se hicieron amigas hasta donde podían serlo dos hermanas. 
La divertida espiaba a mi madre cuando la dejaban jugar al escondite inglés con los vecinos, burlando la regla de no doblar la esquina para verla manosearse con alguno de sus novios desde detrás de un coche o unos matorrales, sin importarle que el juego se retrasara por su prolongada ausencia y la llamaran a voces dándose por vencidos. Alguna vez la siguió hasta el interior de la vecindad de azulejos, donde luego de habituarse a la sombra del patio la descubrió entrando de la mano de un chico a una de las casas. Aguantando la respiración para no delatarse, miró a mi madre y al chico desnudos en el salón, desde el orificio de una cerradura. Su boca se secó y un silencio sordo se hizo en derredor suyo como si se hubiera sumergido en una piscina. No le dijo nada a mi madre acerca de lo que vio, pero en los días siguientes manchó la cama por primera vez. Se asomó al taller de mi abuelo con más frecuencia para ver a los trabajadores. Visitó a mis tíos en su habitación maloliente sin arredrarse ante sus quejas. Robó calzoncillos de los tendederos vecinos. Era encantadora y astuta. No le costaba, pues, manipular a los demás para sus fines, ocupados como estaban mis abuelos en reprender y amenazar a mi madre por lo que consideraban un comportamiento licencioso, e inocentes, si no idiotas, los niños y jóvenes con que convivía.
Consideró que era mejor dejar a mi madre el campo de los jóvenes y reservar para ella el campo de los niños, pues la intimidaba el recuerdo de lo que vio hacer a aquella en la vecindad de a la vuelta; no sería capaz, venía a decirse, de lidiar con una cosa semejante que debe doler infinito y hacer sentir el cuerpo como si se partiera en dos, mejor sus propias manos y la asistencia dócil de quienes ella escogiera, mejor el trueque de un beso en la mejilla por un dulce de anís, mejor tocar las nalgas a cambio de una ventaja inexistente la próxima vez que jugaran al escondite inglés. Fueron en vano las quejas de la hermana mayor que, aun entre gruesos tomos de anatomía y fisiología, aun detrás de sus grandes gafas y tras largas horas de estudio, había intuido que algo no iba bien con mi tía la divertida y quiso advertir a mi abuela a fin de que interviniera, quizá le faltaron las palabras precisas que no empleó por no escandalizar a mi abuela, quizá le hicieron entender de una forma cruel e injusta que ella no era la madre de su hermana y por tanto no debía ocuparse de esos asuntos, 'demasiada ropa tengo yo que lavar y planchar', le habría dicho mi abuela, 'como para ocuparme de tonterías, anda ponte a estudiar para que valga la pena mi sacrificio y el de tu padre, anda a tu pupitre y no molestes más que luego hay que fregar los pisos y lavar los cacharros y sacudir los muebles e ir al mercado, tu padre no está de muy buen humor y más vale que no acudas a él, sabes perfectamente que te cruzaría la cara si le insinúas siquiera algo de lo que has venido a decirme, en esta casa no pasan esas cosas y punto'. 
No tuvo pues, mi tía la divertida, que enfrentar ninguna consecuencia por su extraño comportamiento, no al menos mientras mi madre vivió con su familia acaparando los reproches y vergüenzas de la casa; pudo escudarse detrás de ella en las escasas ocasiones en que mis abuelos se percataron de sus escapadas, mucho más frecuentes de lo que ellos suponían, a casa de las Wilbur o de María Belleda, al Club Verde o al de Enfermería; consintió mi madre en que mi tía la acompañara en la esperanza de dividir la culpa y fue inútil; reían, sin embargo, luego de las broncas y los castigos, siempre para aquélla, nunca para ésta, que pudo así cultivar tranquilamente el carácter guasón más o menos simpático, picante y atrevido, que sólo la hermana mayor, ahora médico, veía con sospecha. Así fue su entrenamiento, sin novios conocidos, siempre rodeada de niños, tomando del mundo adulto lo que conviniera para mantener su séquito infantil, hasta que mi madre se fue a un pueblo del sur como pasante de enfermería. No le disgustó mayormente hallarse sola con las bobas de sus hermanas ni ver a los varones partir con mujeres igualmente sosas; aborrecía, sin embargo, verlos volver cada domingo para visitar a mis abuelos, con la vista baja y una conversación de monosílabos, también a su hermana mayor, ahora médico, que usaba cada vez más su creciente capacidad económica para explotar el sentimiento de culpa de sus padres. No extrañaba a mi madre, pero reconocía la necesidad de imitarla cuanto antes yéndose de la casa. ¿Pero cómo sin estudios ni matrimonio de por medio? Sin saber por qué, creyó hallar la respuesta en las excitantes noticias que un día llegaron del sur: mi madre estaba embarazada y no volvería a casa, sino a una pensión. Quería reír y hubo de contenerse porque mi abuela lloraba con la carta arrugada entre las manos. Quería romper en carcajadas, pero no lo hizo, cuando mi abuelo amenazaba con matar al responsable y, borracho, apuntaba al techo o los cacharros con una pistola oxidada y sin balas, mientras el resto de mis tías lloraban suplicándole que se calmara. 'Ridículas', pensó mi tía la divertida. 'Taradas', se dijo entre risas mientras recibía en la puerta los dedos de uno de sus niños más adictos. En las semanas siguientes averiguaría el nuevo domicilio de mi madre, la visitaría con frecuencia a la salida del bachillerato y le daría noticias de casa con las que poder burlarse de sus padres. 'Deberías casarte', le dijo mi madre un día por ningún motivo. 'Tú no estás casada', le respondió mi tía en tono burlón. 'Pero tengo a mi hijo', dijo mi madre acariciándose la inmensa barriga. 
Hubieron de pasar todavía seis años para que mi tía la divertida, siguiendo el consejo de mi madre, pero también el de sus propios instintos, se casara con un hombre divertido. De rostro aniñado y, desde luego, más joven que ella, mi tío hacía chistes y migas con sus cuñadas y sobrinos, un poco menos con mis abuelos que lo consideraban un payaso y casi ninguno con la hermana mayor, ahora médico especialista, que lo censuraba con dureza. Mientras no tuvo hijos, mi madre y sus hermanas bobas llevaban a los suyos a pasar algunos fines de semana con mi tía la divertida: 'Estaré sola porque él se irá a ver a mis suegros a la capital', decía por ejemplo, para luego agregar con voz aniñada, 'así que tráiganlos aunque sea para que me hagan compañía, ¿sí? ¿sí? ¡por favor! ¡no sean malas!'. Entonces nos hallábamos mis primos y yo, también mi hermana, primero en una casa que tenía un salón amplio con alfombra, un pequeño librero y tocadiscos, luego en un condominio con estudio, su segunda casa, al fondo de un andador más o menos privado. 'Qué bonitas pompis tienes', decía mi tía refiriéndose a mis nalgas, riendo para que entendiera que sólo estaba bromeando. Me sentaba entonces yo sobre la alfombra del salón de la primera casa o en el sillón del estudio de la segunda, y cogía un libro para no moverme más de ahí. Debía aburrirle con mis preguntas y comentarios acerca de los libros que leía, porque ella prefería la compañía de mis primos más pequeños que accedían a hacer todo lo que les pedía mientras ella no paraba de reír: mostrarles el trasero, besarse entre ellos, tocarse las chichis o la entrepierna. Mi hermana a veces se quedaba con ellos y me lo contaba todo, otras veces se quedaba conmigo aunque no pudiera leer más de cinco minutos sin salir corriendo de la habitación. A la risa de mis primos solían seguirle lagunas de silencio o murmullos en los que sólo reparaba después de varios minutos, a veces media hora si tenía los auriculares puestos con algún disco de Cri Cri, pero prefería seguir absorto a levantarme de mi asiento como no fuera para ir al baño (y sabía aguantar muy bien las ganas de orinar) o para ir a la cocina (donde había siempre pastelillos y chocolate caliente), después de todo confiaba en mi hermana para comunicarme aquello que valiera la pena no perderse (pero todo era perdible según mi joven criterio). Leía Miguel Strogoff y La pequeña Dorrit, El libro de la selva y Robinson Crusoe, pero también los libros que sobre fenómenos sobrenaturales y mil y un posiciones sexuales tenían mis divertidos tíos en sus estantes. Aprendí mucho, aunque también era muy sugestionable. Rechazaba por este motivo jugar al escondite inglés en casa de mi tía, pues temía que en el interior de un closet o ropero, debajo del lavadero o en los rincones oscuros del jardín, alguna de las apariciones descritas en el libro se materializara y me llevara consigo. Calmaba mi ansiedad masturbándome y mi tía protestaba porque acaparaba el cuarto de baño, de modo que pronto impuso la regla de que los chicos debíamos bañarnos juntos para ahorrar agua y con la puerta abierta para que ella no tuviera de qué preocuparse. Alguna vez quiso hacer un baño mixto, con todo y mis primas y hermana, pero me negué argumentando que tenía que consultarlo con mi madre: 'no es necesario, dejémoslo', dijo mi tía divertida, riendo y ofreciendo chocolate caliente. Alguna vez llegó su marido antes de lo esperado y mi tía lo riñó. Desde la mecedora del estudio donde me había puesto a leer, hube de bajarme los auriculares sólo para captar palabras aisladas: 'no es tu asunto', 'ya habíamos hablado', 'debes involucrarte más', 'es mi dinero'. Me sorprendió comprobar que algunas veces mis tíos no eran divertidos. 
Nosotros crecimos. Ellos tuvieron sus propios hijos. Sus hijos tuvieron otros primos de su edad. Ya nunca coincidimos. Mi prima, su hija, conociendo mi afición por los recuerdos, me ha llamado desde Ciudad Natal para decirme que, si no quiero quedarme con ellos, echará a la basura los discos (no tiene ya dónde tocarlos y no le interesan) y videocassettes (¿pero quién tiene ya dónde reproducirlos?) con las grabaciones caseras de su ahora fallecida madre, mi tía divertida. He pagado por su envío hasta Santa Teresa y, ahora que han llegado, surgen aquí y allá imágenes de la vida familiar de mi tía la divertida, a veces sola con sus hijos, a veces con los primos de la edad de éstos, a veces con su marido haciendo de camarógrafo: 'vamos, dale un beso y un abrazo a tu hermana, sí, así, no seas payaso, no huele mal, muy bien chiquitín, ¿ya viste el culito de tu primo? ¡qué bonito es!, ¡a que sí! voltea a ver a tu tío, ¿ya viste lo que tiene ahí? ¡qué grande, eh! vamos a apagar esto y nos vamos todos a jugar al escondite inglés, ¿eh? ¿qué tal?'

domingo, enero 31, 2021

Historia de perros

Perros, ¿queréis vivir eternamente?
—Fritz Wöss

De las mesetas occidentales que rodean las últimas montañas de la sierra, el Crío de entre los cañaverales y el Enano de la favela, bajaron un día hacia el corredor costero del noroeste y emigraron hacia el norte hasta instalarse en el valle de Santa Teresa, una plancha desprotegida entre un golfo estancado y una muralla de picos, donde fueron acogidos con curiosidad y escepticismo por la población recelosa, primero en una habitación cerca de la empresa de Práctico a donde fueron a estudiar y trabajar, luego en una casa inquietantemente parecida a la otrora fundacional de Santa María Tequepexpan con muebles rústicos y un cintillo decorativo que recorría las paredes de la sala, a poca distancia un canal y luego otro a lo largo de los cuales corría la carretera donde el Peregrino blanco hizo sus primeros recorridos conducido por el Enano que se empeñó inútilmente —como en tantas otras cosas— en enseñar al Crío a conducir, ni borracheras ni convivencias pudieron sacar a éste de su cordial parsimonia, no los animales salvajes a punto de extinguirse en la empresa de Práctico para ser sustituidos por criaturas asexuales sin asideros, no el ejemplo del Enano que recorría alegremente las calles polarizadas para liberar a jóvenes sombras de sus urgentes efluvios, lo mismo en la casa de muebles rústicos y rosas negras que en la infestada de ratones a un lado del callejón, lo mismo en oscuros descampados de la periferia que en la casa de dos pisos cuyo patio de adoquines vigilaban tres indios incrustados en la pared de ladrillos, tres las mudanzas necesarias para concluir un ciclo convergente de peregrinaciones, siete los meses transcurridos en completarlas con la consecuente domesticación de la aventura inicial y la insinuación cada vez más sostenida de una institución que amenazaba en la distancia, así acumulaban deudas en alguna contabilidad oculta el Crío y el Enano, lo mismo por desperdicio que por abuso, cuando al fugaz enamoramiento etílico y foráneo del primer año lo sustituyó el también alcohólico pero colectivo del segundo, la incestuosa paternidad repartida en cuatro víctimas mortales ofrecidas por Práctico, con el pretexto de la ciencia, para su masticación y procesamiento, modo elegante e inesperado de encaminar al Crío hacia la madurez por abandono mientras se ensayan sucesivamente la amistad patológica, el intrigante hermetismo, el compadrazgo impensable y el acompañamiento testimonial, dos años o tres de preparación para la isla geográfica y sentimental, con océano o tierra de por medio, de los que se van pero también del que se queda, el Enano a la vez solo y acompañado por la institución que baja finalmente desde la meseta para ocupar un lugar que ya no es suyo, así lo descubren poco a poco a través de señales ominosas como la de un hombre que se aleja hasta volverse un punto en una playa de arenas blancas y remotas, un dolor de muelas de difícil extracción en la soledad más bien fétida de la semana grande, la rendición y posterior entierro bajo una bugambilia del can que guardaba la memoria de su juventud, anticipaciones todas que no supieron leer ni conjuraron como si de antiguos faraones se tratara, advertencias del cielo o de los libros que no les hicieron marcar la puerta de su casa con sangre de cordero ni huir del valle de Santa Teresa sembrado de cuerpos desmembrados, envés de la superficie por la que transitaban y desde cuyo seno inescrutable llegó el cataclismo que acabó con el incipiente hombre que era el Crío en mitad de un día de primavera, atrás dejó sólo un par de calcetines y una caja de curación para un hombre súbitamente envejecido que ya no bebía para celebrar la vida ni recorría las calles para salvar a los cuerpos de su virginidad, sino para adormecerse en los brazos de la institución cada vez más impotente y desorientada, gran paliativo de viajes y bienes materiales, de una nueva y asfixiante casa, de dos perras secuestradas, así los encontró una nueva tentación de oponer el sexo a la muerte con pretextos vagamente fraternos, ya no como en el caso de los cuatro perros ahora perdidos en sus islas respectivas, ya no como en las primeras generaciones de esa camisa de fuerza que para los miembros de la empresa diseñaron Práctico y el Enano, acaso creyó este último que las cuentas estaban saldadas y que la vida le estaba en deuda, pero se enredó torpemente en sus afectos y ambigüedades, en sus compromisos y campos, hasta que la inmoralidad le abrió las piernas del Único y el valle de Santa Teresa dejó de ser extranjero y la institución se derrumbó como lo hicieron las murallas de Jericó con el terremoto de ese año, más señales de que las plagas no habían terminado aún de cernirse sobre él y de que sus nuevos pecados no se lavaban escapando del país por seis meses ni volviendo luego anónimamente para esgrimir el amor entre Único y él como justificación última del elevado endeudamiento moral de esos años, un amor ferozmente mordido y cuestionado, sujeto a mentiras y negociaciones y cálculos, enmarcado por el desplazamiento del poder político hacia la ignominia y la posverdad, de la carne humana hacia las pantallas y los artilugios por causa de la nueva peste, Práctico habría de caer víctima de ésta para mejor significar el completo agotamiento de las razones originales que lo trajeron a Santa Teresa, acaso la necesidad de un nuevo pacto fundacional o un nuevo viaje, ¿pero qué desiertos quedan luego del desierto? ¿hacia dónde hay que mirar en busca de signos? ¿hay vida después de la muerte?

domingo, enero 24, 2021

El homosexual necrológico la emprende de nuevo

A continuación extractos de su diario de juventud que prueban, aún involuntariamente y sin lugar a dudas, su megalomanía, su contradicción intelectual y moral, y su absurda noción del "deber ser" por encima del ser que emerge irremediablemente de sus apuradas palabras, pero sobre todo, de sus torpes ocultamientos. Otro enero de otro siglo.

Silencio de rareza, de fúnebre incomprensión. En el andén me repito que no sé pensar en algo más profundo. Es justo uno de esos momentos en que todo parece estar en blanco porque la retención no va más allá de los últimos tres minutos. Se vuelve imposible recordar, pero un regusto de cenizas nos advierte de recientes incendios, y aunque es totalmente inútil reconstruir los hechos (además de inalcanzable), en el fondo se conoce una tragedia, en la intimidad se oyen como murmullos lo que recientemente fueron los gritos desesperados de la conciencia.
El amanecer fue poluto como mi paz o mi entendimiento. Sólo a este punto llegan hoy mis comentarios atmosféricos. En un afán casi enfermizo pero honesto por comprender el mundo, por percibir en todas sus caras y aristas el poliedro que forman los humanos que me rodean, en ese afán me he desgarrado, me he separado de mí mismo y a la vez me he vuelto a integrar con las nuevas verdades, conocimientos y opiniones. Es demasiado simple pensar que no ha sido fácil, pero no por simple menos cierto.
Y ahora recupero algo fundamental, trato de ordenarme. Cada nuevo encuentro, cada nueva sacudida, cada crisis que estalla entre mis manos me enseña, me parte, me precisa. Me recupero yo mismo a cada paso —y esto no es literatura— porque identifico mejor los abismos, las piedras que se estrellan miserables y certeras en mi rostro, reconozco y emerjo de las sombras con un cuerpo moral y filosófico más amplio y definido, mas no por definido acabado, no por definido sujeto o claro.
El problema filosófico, el problema moral, lejos de estar resuelto amplía sus expectativas, pero con todo y el espectacular aumento de ideas, teorías y conclusiones en ningún modo definitivas, el carácter esencial de la vida descansa cada vez más en menos pero más elementales principios. Esto es un fenómeno de simplificación y depuración convergente del que no puedo menos que sentirme satisfecho.
[...]
El colegio tridentino varonil fue un hueco que se llenó desde fuera. Nada ni nadie trascendió en forma alguna. Sobre las butacas, en la última clase de algo que osó llamarse Antropología Filosófica o Metafísica, cada uno escribió en una hoja la opinión o mensaje que más le placiera sobre cada uno de los demás compañeros. La idea era evidentemente inútil, una especie de colofón en virtud de que todos terminaban ese día el bachillerato, un colofón crítico que despertaba opiniones y calificativos diversos: divertido, tonto, sano, imbécil.
Y se reunieron las advertencias: “creo que eres buena onda, pero...”, “hubiera querido que... pero siempre fuiste...”, “deberías hacer... y evitar...”. Una o dos réplicas de confianza por muchas señales de humo en tono de emergencia, de consejo grave o hasta insulto (finalmente todo terminaba ¿no? ¿qué más daba? ). Había que decir algo, pero no cualquier cosa, algo auténtico, algo original para estos hijos de papi que lo tenían todo, pero todos sabían que no tenía siquiera el sentido anecdótico de ahora. Todos sabían.
Bomar y sus amigos llenaron el hueco de tanto estudio. Con la inocencia de un niño de diez en un cuerpo de dieciséis y la lectura de uno de cuarenta, yo los recibía con gran libertad, con absoluta independencia. Al final ni lo uno ni lo otro. Aprendizaje de una época de comunión y certeza, de gratitud y esperanza, de congruencia y fe... ¿quién necesita más? A Bomar lo rebasé por la derecha y cuando pensé haberlo rebasado me di cuenta que yo ya estaba en otro camino. Y él, en la distancia cada vez mayor de los años, igual que su precedente, Dulcino, se disuelve y se mira como mera transición, pura cáscara de un huevo que comimos muy temprano, anécdota (ésta sí) que parece conceder superficialidad a lo que era, en realidad, la primera noticia de una piedra en el zapato todavía más antigua y ahora, más actual que nunca.
[...]
El día sigue pasando y ya voy de regreso. Nadie agradece nada, eso ya se sabe. Ni tiene por qué. Cuesta trabajo creer en una vida de total desprendimiento y entrega a los demás igual que en una vida de absoluta independencia Esperar algo, tangible o intangible, es una actitud muy natural. En el espeso contraste de estos días me veo oscilar entre la entrega y la enajenación, la renuncia y el egoísmo. Dualidades insalvables, parteaguas cíclicos, líneas que con aparentes cambios son siempre las mismas como un conjunto de Mandelbrot infinitamente recursivo.
Empiezo a entender —no así a abrazar— la lógica humana dual, intrínsecamente contradictoria y sin menoscabo de construir ideas y pensamientos “lógicos”, caldo de cultivo propicio de sentimientos de toda especie igualmente contradictorios. Pero este entendimiento —comprobado directamente en ciertas predicciones mayoritariamente cumplidas— ha tenido un precio: el precio del dolor clarísimo, el precio de la inocencia decapitada., el precio del tiempo de niñez y juventud parcialmente sacrificado.
[...]
No me he podido desprender de la dignidad de los números romanos y vuelvo a titular otra nota necrológica con numeración romana. Probablemente lo que escribo sea cada vez menos inteligible en virtud de que son ya las tres y treinta y dos de la mañana y estoy extraordinariamente cansado, pero trataré de ser fiel al oficio que exige la mayor precisión posible. Vamos esta vez a mil novecientos noventa y cuatro, año de grandes transformaciones y del Mundial de Fútbol, pero bueno, estamos en el contexto personal y el mencionar el Mundial no tiene aquí cabida alguna.
Entre las cervezas tiradas dentro del carro y a lo largo del camino fijo que se trazaban, los marginados experimentaban una manera de vida bastante usual pero que en esos momentos lucía como regalo recién estrenado, como una verdadera afrenta al modo de vida convencional, como una locura, una catarsis por la que todos se sometían voluntariamente a pasar, un momento que se fue volviendo cada vez más breve hasta extinguirse de manera absoluta y convertirse en regusto de la singularidad de una época —o la sensación de que era singular—. En esos momentos...
También fueron transición y espacio temporal. ¿Hay algo que realmente quede después de una vida humana? Ninguno de nosotros ha muerto y sin embargo aquellas estructuras mentales están completamente fenecidas. La institución que en su momento comportaron los marginados se ha vuelto —nuevamente— anécdota, contemplación de un estilo de vida que sin el dinero y la irresponsabilidad suficientes sería imposible sostener. De la conciencia ganada en ese juego cínico y de alto riesgo casi todos hicieron caso omiso. Y es que olvidaba de manera imperdonable que mis amigos fueron —y hasta donde alcanzo a ver seguirán siendo— gente bien, gente acomodada, miembros de una clase pudiente y honorable, miembros de una clase de teenagers que podían darse el lujo de unos cuántos años chupando alcohol y probando distintas drogas mientras sus padres gastaban miles de pesos (de los nuevos) en colegiaturas y hasta en clínicas de recuperación donde también pudieron adquirir por módicas cantidades fe, temor de Dios, el Dios mismo y un esquema de vida donde quedaron perfectamente establecidas las causas de sus comportamientos, causas que, desde luego, no son imputables a la maldad de cada uno de ellos ni a cosa semejante. Nada de eso. Se trata de “experiencias” por las que uno debe de pasar “para apreciar la vida”. ¡Claro! La lógica humana, viéndolo bien, no es tan irracional, o mejor dicho, “loco sí, pero no pendejo”.
[...]
La madrugada está llegando a límites insoportables. No creo aguantar otra reflexión más pero vayan dos últimas notas. La presente que es tema analítico y la última nota necrológica. Bueno, tal vez ensaye otra reflexión final, pero será la última.
Entre algunas de las no pocas cosas de mi vida en que guardo cierta ambivalencia, se encuentra el hecho de que un día me manifiesto seguro y al día siguiente me encuentro completamente cuestionado. En realidad no es tan simple. En el fondo lo que ocurre es que no tengo la cabeza tan pétrea como para no cambiar de opinión. Y una de mis virtudes ha consistido en mamar hasta la médula los objetos de mi interés. Y “beber hasta la médula” significa fajarse los pantalones y vivir en carne propia los acontecimientos, causas y consecuencias. Al final, como es obvio, incorporo a mi esencia aquello que considero de mi propiedad.
Desde luego todo lleva la precisión de la congruencia con mis principios, aquellos mismos que en párrafos anteriores dije que eran cada vez menos, pero más básicos. Y es que un principio se dice tal precisamente por el carácter que tiene de base, de origen, y por origen, un principio es también un generador, una piedra angular del edificio de nuestra estructura. A partir de los principios puede derivarse la validez o invalidez de algo frente a mi propio sistema. Desde luego no tiene la deseable precisión matemática y hay asuntos controversiales y dilemas que son el trabajo arduo de mi teoría, el aspecto inacabado, el trabajo que resta por hacer y que, con toda seguridad, nunca estará terminado.
De modo que, chillen putas, no habrá divergencia al final, no habrá caos sin leyes, relatividad sin ecuaciones, teorías de integración sin claridad, principios de incertidumbre sin el rigor de la mecánica cuántica. Hasta para explicar los desórdenes se ocupa consistencia, rigurosa razón. Esto me recuerda la recomendación daliniana: “Pintor: no te esfuerces por pintar terriblemente mal. Si eres mediocre, por muy mal que te hayas esforzado en pintar, se notará enseguida que eres mediocre”. Tenía razón.
Y vuelvo a repetirlo con mayor claridad para los que no escucharon lo suficientemente bien: no habrá divergencia final. La consciencia tiene tres caminos: el retroceso cobarde, la perdición total o la gloria inagotable de la reconquista de la fe en congruencia con la propia consciencia. Yo lucho en el último sentido, pero —obvio es— no he terminado de ponerme en el camino. (Ojo: la meta no existe porque el camino es asintótico, es decir, converge pero no se alcanza).
[...]
a. En los Altos el Chivo me confiesa que él también trataba de encontrar amigos en Ciudad Natal, pero creo que en el entusiasmo de su confesión escucho que no se siente satisfecho y que me toma a mí con la suficiente confianza como para cumplir ese requerimiento. Por supuesto que quiero ser su amigo. Los cigarros se consumen, los abrazos se intuyen pero nunca llegan. La habitación encierra la misma fantasía de Bomar y los marginados. La misma necrología. Pero pocas veces fue tan auténtica.
b. Durante el viaje a la costa el Chivo se mostró muy distante, pero cuando me vio borracho y llorando me fue a ver y me pidió alivianarme, me dio un abrazo y pese a que sabía que todo estaba perdido, me sentí muy bien. En las semanas siguientes mis idealizaciones caerían de manera natural porque el arte de la levitación sigue siendo, todavía, un manifiesto fraude y una mentira total. Separar los pies de la tierra, aunque sea con la mente, es una violación universal que se paga bastante caro. Lo sé bien, pero también soy idealista empedernido (¿o un astuto hombre anidado en sí mismo de modo que se engaña de manera perfecta?).
c. El Chivo me dijo en septiembre que me tenía mucha confianza, pero, evidentemente, yo ya no lo veía igual. Ahora lo veía con gran ponderación, con sumo equilibrio, con una distancia prudente y maravillosamente exacta. No era el salvador que me enseñaría a rezar como pensé el año anterior, tampoco era el hijo de puta que me denunció a las autoridades de la universidad privada desglosando con mucha torpeza mi ideología subversiva; era simplemente el amigo que tenía enfrente esa noche de fiesta donde se manoseó sabrosamente con una mujer que todavía recuerdo, pero cuyo nombre me es ya un misterio.
d. Hoy lo volví a ver. Frente a su tumba quise encender un cigarro, conversar. Estaba aturdido porque venía dolido de otra nota necrológica reciente, venía sofocado por el viaje repentino que me decidí hacer hasta los Altos, venía algo confundido porque caminé mucho para dar con el panteón municipal, pese a que el año pasado había venido. El Chivo no contesta, no protege, no maldice. Durante el año pasado opiné de él mientras él se descomponía en esa tumba desde diciembre antepasado. Al principio lo miré como el Primer Ángel Protector de mi vida, la primera persona realmente cercana que había ido a parar con Dios y que se encargaría de protegerme mágicamente. Luego perdí la noción de Dios de una manera cruel y dolorosa, extraordinariamente impresionante y que no vale la pena desglosar ahora. Los escalofriantes hechos del año pasado los atribuí casi exclusivamente al Chivo. Era “su maldición” la causante de todas esas catástrofes, todos esos pequeños infiernos que viví en un año tan dramático y bellamente trágico. Pero ahora estaba frente a su tumba de nueva cuenta, e igual que en aquel septiembre durante la fiesta de la mujer que todavía recuerdo, pero cuyo nombre me es ya un misterio, el Chivo se me presentó con claridad, con el mismo equilibrio y la misma prudente distancia: es simplemente mi amigo muerto. No maldice, no bendice, es mi amigo muerto que ahora ya tenía su nombre en una lápida, que provocaba el llanto de sus padres cuando recibieron mi visita deshaciéndose en recuerdos, que me traía el espejo de otra renovación, otro paso más en mi construcción personal de vida. ¿Otra nota necrológica? Espero después de la más reciente no vuelva a haber una sola más. Sea por amor. Todo sea.
[...]
Y finalmente no podemos declararnos fuera. Soy otra vez e igual que todos en mayor o menor medida, combinación de algo muy mío y las circunstancias que me han tocado vivir, hechas, naturalmente, de personas, hechos y cosas. Creo que a estas alturas del texto estoy más susceptible de perder objetividad o caer en delirios autoalabatorios. Nada de eso, debo ser lo más objetivo posible y portarme como un profesional. Nada más eso faltaba. Hay que dejar hablar a la verdad, la verdad simple y llana que es siempre humilde y soberana.
¿Cuáles son las razones de mi vida? Imposible decir que es algo simple. Durante esta misma transición entre la noche y la madrugada un compañero muy admirable me decía que su vida se reducía a dos objetivos —en una simplificación máxima—: una misión y una mujer. Lo primero tenía que ver con lo que quería hacer en el mundo: lo segundo, con el amor. Ambas cosas son también una reducción posible de mi esquema. En la misión está la ciencia, está mi país, están las gentes que me rodean. ¿Qué me estimula a ello? No lo sé con certeza y tal vez miento si digo que es algo enteramente desinteresado, aunque casi siempre consigo que sea desinteresado y con la respuesta que obtengo de la gente me basta y sobra. Un solo gesto realmente humano me llena de orgullo. ¿Qué guardo para mí? Mis reflexiones, mi manera de ser que se enriquece. No es como han pensado los estúpidos que quiero ser combinación lineal de todos. Eso es demasiado imbécil y no demuestra sino un análisis superficial de mi espectro. Sólo falta la mujer y el reto más grande de toda mi vida. Lo que ocurra en delante será fundamental, la gloria o el fracaso, el triunfo o la ignominia. Pero difícilmente voy a renunciar mientras tenga vida. Siempre he sido, irremediablemente, terco. Y nunca me había sentido tan orgulloso de ser como soy, pero sobre todo, de querer ser como quiero verme al final.

domingo, enero 17, 2021

Las razones de tu ausencia

Son innumerables las parejas que deben vivir separadas contra su presunta voluntad, casi siempre con un pretexto profesional o económico (pero acaso sólo sea eso lo que se disfraza de razones: pretextos) y en ese sentido no considero que nuestra situación sea excepcional en modo alguno: has debido irte de nuevo para continuar tus estudios. ¿Era necesario? Los que crecimos en dudosos países lidiamos con el complejo de inferioridad de muy diversas maneras, desde el nacionalismo más necio, público y primitivo, hasta las formas más sutiles que intentan sacudirse el pringoso pasado estableciéndose, aunque sólo sea de manera oportunista y temporal (pero nunca se descarta que sea para siempre), en el extranjero. Hay quien continúa o exacerba en el exterior el chauvinismo que motivó su partida. Hay quien intenta convertirse en otro aunque el país de acogida nunca lo asuma como propio más allá de un pasaporte. Resistencia y colaboración conviven en la mentalidad subdesarrollada tanto si nunca se sale del propio país como si se le ha abandonado para siempre. Nacemos pues, de algún modo, condenados a lidiar con una herencia imposible de acomodar satisfactoriamente. ¿Por eso has debido estudiar en el extranjero? Por la parte que toca a la interiorización del hecho de que hay países mejores que este, sí. Pero eso no es todo. Hay buenos estudiantes en lugares acomplejados. Hay, incluso, estudiantes excepcionales, gente brillante, genial. La inmensa mayoría de estos jóvenes notables no lo son tanto como ellos creen y quizá por eso mismo adquieren pronto la convicción de que su éxito profesional pasa por hacerse de un título extranjero. Saben que son mejores que la mayoría en sus escuelas locales, pero dudan que lo sean en comparación con los que llenan solicitudes a las universidades más exigentes, de modo que rara vez apuestan por lo difícil y abrazan sin vacilar cualquier opción de vago o aún anónimo renombre que los saque de su país. No se aseguran ni cuestionan apenas nada acerca del laboratorio, instituto, universidad, presunta lumbrera o equipo de trabajo que los acogerá, porque basta que éstos hayan accedido a recibirlos (una carta de aceptación o recomendación que se lee como un reconocimiento al propio mérito, un apellido extranjero e impronunciable que emana seriedad, incluso la ridícula imagen de una mujer con bata blanca que agita una probeta o aprieta botones en un mecanismo indistinto) para que se sientan ungidos y comiencen el más bien breve proceso de convencerse de que es la mejor opción y ellos el mejor candidato, da igual si buscando cosmopolitismo se reúnen con individuos que nunca han vivido fuera de su país ni hablan otro idioma más que el propio, que jamás se habrían planteado estudiar o trabajar en otro sitio (qué pensamiento tan exótico), que apenas chapurrean un inglés pastoso e ininteligible y conducen vidas más bien burocráticas, da igual si los méritos profesionales de sus ansiados mentores son sólo reconocidos por un puñado de amigos que se reúnen cada cierto tiempo en obscuras conferencias a costa del erario de distintos países o si las instalaciones en las que trabajan son edificios más o menos fantasmagóricos a donde sólo acuden otros extranjeros mientras los nacionales apenas se presentan unas pocas horas a la semana porque prefieren disfrutar de sus familias y amigos en confortables casas y restaurantes desplazándose en cómodos autos tanto si nieva como si hace calor. ¿Por eso aceptaste estudiar en ese laboratorio? Por lo que toca al falso sentido de oportunidad, sí. Pero hay más. Si uno no es un genio, pero tampoco un burro, si uno no puede ya alistarse en la próxima expedición a las Indias con el objeto de descubrir nuevas tierras, si no queda ya sitio para una aventura ordenada que no signifique morirse de hambre como hacen todavía los valientes mochileros contemporáneos a los que no les importa dormir debajo de un puente o no ducharse por semanas, siempre quedará la posibilidad de hacerse de una beca, tanto da si la paga el primer mundo como el tercero, para salir a la conquista de aquel que, si bien traicionó nuestras expectativas profesionales, aún puede brindarnos nuevos amigos y amantes, otras conversaciones y alimentos, enrevesadas situaciones que harán las cuitas de nuestra madurez o una riqueza cultural que la gente más pragmática (o acaso sea la menos inclinada a mentirse a sí misma) no apreciaría en absoluto. ¿Qué interés puede tener un intercambio obligadamente inferior en lo lingüístico con personas que nacieron en lugares remotos? ¿Qué clase de atractivo zoológico o racista puede aún quedar entre los habitantes del orbe occidental contemporáneo para mirar o tocar, oler o padecer a negros y árabes, asiáticos o pigmeos, eslavos o amazónicos? ¿Cuánto dura el hipotético enriquecimiento cultural que atribuimos a estos encuentros hasta reconocer que no hay nada en ello que no sea tan ordinariamente humano como lo que ya nos rodeaba en nuestro pueblo natal desde la infancia? Y así te has ido otra vez de mi lado 'to taste and touch and to feel as much as a man can', en medio de la ambigüedad que supone (o acaso el mensaje es claro y no quiero leerlo) desear este tibio y aun tímido o decepcionante sustituto de la aventura que buscaban los hombres de otros siglos y al mismo tiempo afirmar que estamos juntos aunque no sea físicamente y que nada se quiere más que estarlo de veras en el futuro, en principio con fecha o acaso margen, pero en realidad indefinido como todo lo que aún no ocurre. Ya que las razones profesionales y el subdesarrollo no se aluden más del todo por la demasiada conciencia de su insuficiencia y falsedad, ya que tus palabras niegan lo que tus hechos afirman en relación con la necesidad de instalarte por tu cuenta lejos de aquí mientras te haces de vagos amantes o nebulosas amistades, yo me pregunto qué debo hacer mientras tanto. Descubrimos pronto que llorar es inútil e intolerable, tanto si es por motivos nobles como por traiciones o daños, acaso nos lo permitimos en los instantes de la despedida o en el descubrimiento de lo que no debió ocurrir o debió permanecer oculto y sin relevancia (pero qué la tiene y qué no; y para quién), para luego enfrentarnos a la disyuntiva de seguir viviendo como si no hiciera falta el otro (disfrutar el momento, dicen con estúpida candidez bovina los más simples) o mantener el lazo no sólo con la memoria sino con esa operación artificial que consiste en suspender la propia vida en algunos rubros para guardar lo que antiguamente se llamaba fidelidad, la sentimental siempre más valorada que la física aunque siempre dañe imaginar el cuerpo amado en intercambio con otro, aún de la forma más mecánica y aséptica posible. No lo hace más fácil la variedad de medios para comunicarse —pantallas, textos, voces— porque una pareja no encuentra su fundamento más esencial en la razón que es la única que puede manifestarse por medio del lenguaje al que quedan así reducidos los que hoy se separan, sino en la irracionalidad del acto amoroso que es carne y olfato, mirada y presencia, y aún presentimiento e invisible lazo espiritual. De modo que, ya lo ves, no resuelvo nunca cómo vivir sin ti ni es deseable que lo resuelva porque sólo tiene una única solución a la que trato de evadir ocupando mi tiempo. Censuro mi sentimentalismo y mi insensibilidad, mi productividad frenética y mi descanso, el solaz al que no asistes y las dificultades que no presencias, el deseo de volver a estar contigo y la inadvertida adaptación a la soledad, el meloso tiempo breve de nuestros encuentros y el largo intervalo entre uno y otro, mi debilidad, sí, pero también mi fuerza. Torturas de tercer mundo. Voluntaria necedad. Amor, sí. Quizá.