Hay gente con suerte y poca o ninguna inteligencia que un buen día por su falta de propósito en la vida, se ve becada para hacer estudios de maestría o doctorado en la Ciudad o, cuando sobra presupuesto y con la connivencia de profesores europeos que en virtud de sus cuotas de corrección política no pueden prescindir del elemento exótico, en medio de un continente al que mal entienden porque sus conocimientos de historia no van más allá del acordado por el consejo editorial de los libros de texto gratuitos. Tienen suerte, ya digo, no tanto porque se instalen a costa del erario en un continente culturalmente rico que de todos modos sólo sobará su egotismo y les pasará enteramente desapercibido, ni porque ello sea sólo el principio de una vida entrenada para la depredación de presupuestos, sino porque según sea la época en que ello ocurra puede pasarles lo que al dottore de la Sapienza, que en el colmo de las coincidencias consigue volver al país en el momento en que sus imbéciles autoridades creen posible superar el subdesarrollo de un plumazo decretando la apertura de plazas y la creación de centros de investigación a los que llenará cuanto pendejo esté disponible en ese momento: él, por ejemplo.
Un presidente dice que esta república es científica y enseguida se aprestan los que cobran del presupuesto federal a dos cosas: primero demostrar su independencia criticando la medida como insuficiente, pero necesaria, pues el dinero, aun si fuera infinito, nunca basta; segundo, demostrar en revistas ad hoc que efectivamente la ciencia tiene instalada entre nosotros desde la época prehispánica sin apenas discontinuidad (luego esta publicación se reporta como producto científico por el que a su vez se cobra otro emolumento). El dottore de la Sapienza trae su título europeo bajo el brazo y desearía quedarse en la Ciudad por mucho que ésta sea ya un retorcido laberinto de miserables calles donde se revuelven explotados y explotadores a respirar una atmósfera cargada tanto de plomo como de mierda. Le acompañan en su razonamiento los mixtecos y zapotecas, los de la sierra de Puebla y la Huasteca distante, costeños de Veracruz y campesinos de Guerrero: es aquí, en este hacinamiento, donde vive el poder en hombres de traje y corbata; y es aquí, por tanto, donde tenemos más oportunidad de que caiga algo de la mesa de los grandes señores. Pero no es tan fácil: ignora el dottore que aquí ya hay científicos mexicanos como Memelovský y LeMonde, Hsu y Popov, bien instalados en sus puestos desde hace siglos y poco dispuestos a renunciar o morir, de modo que no le queda más remedio que hacer sus maletas y acompañar a todos aquellos a quienes desechó la Ciudad hacia la nueva unidad Rancho Grande donde se le ha regalado una de las nuevas plazas tan rápidamente que apenas ha quedado tiempo a sus ex-asesores para celebrar el haber devuelto a su patria a semejante cenutrio.
'Ya está', se ha dicho el dottore apenas sentarse en su oficina expropiada a una granja donde antes se llevaban a cabo tareas improductivas como el cultivo de maíz y la producción de huevo. Él producirá artículos científicos y cobrará por ello (de hecho, podrá cobrar mensualmente aun sin producirlos). Él pondrá el nombre de esta república en alto. Ya cuelga sus degrees en la pared y pone sus cuatro libros en los estantes, ya se hace de una estilográfica para plasmar sus grandes ideas mientras frunce el ceño y eleva el labio superior, despectivo y babeante. Pero tiene la mente en blanco. Un blanco perfecto, inmaculado, no sólo ayuno de ecuaciones sino de meros pensamientos; sus neuronas un engrudo en el que no enciende ninguna chispa. Se descubre muermo, pero al menos consciente de que ello no debe ser notado por nadie, de que deberá ocultarlo siempre si desea salir adelante. ¿Pero cómo? El miedo le proporciona las herramientas: pedantería sin cortapisas ni vergüenza, abuso de los subordinados y refuerzo de las jerarquías (él es el investigador y luego será el jefe, ¡coño!), dress code estricto de tweed y pantalón de pana o gabardina, una loción dulzona y sobrecargada, gemelos en las muñecas...
Las dificultades, sin embargo, no se hacen esperar: los estudiantes de las primeras generaciones lo ven desnudo y lleva tiempo —y una paulatina acumulación de poder y presupuestos, de cortinas de humo y escamoteo de datos— convencer a generaciones más jóvenes y modernas, es decir, imbéciles, de su sólido prestigio que se sustenta en nada y de su influencia internacional que se reduce a una mueca despectiva de cuantos colegas lo conocen. Se hace experto en pegar su nombre al trabajo de los demás, al principio apelando a la colaboración entre los miembros de la unidad Rancho Grande, luego disponiendo de dinero público para traer colegas extranjeros a trabajar en la unidad a cambio de favores académicos, finalmente empujando a estudiantes a producir lo que sea sin apenas asesoría ni sentido (¿y cómo podría darlos?). No le lleva mucho tiempo acostumbrarse a la desvergüenza: ¿qué le importa si Chilekovský o Stefanío, Kurva o Nelsson piensan que es un idiota si al final les pudo sacar dos o tres publicaciones y presumir de haberlos traído a conferencias y cursos y estancias? ¿qué más le da que se le caricaturice si al final dispone de los presupuestos y a sus ambiciones se pliega la ahora gerontocracia de la unidad Rancho Grande luego de veinte años? Sigue siendo un hombre con suerte al que no le hace falta voluntad para que las propias circunstancias le den lo que no ha pedido, eso inmerecido que defenderá con ferocidad y que ahora se traduce en residencias en colonias pudientes y colegiaturas en escuelas privadas para sus hijitos y en trato sudoroso con eclesiásticos, clubes de buenas costumbres y de rotarios. A researcher life-style, como si dijéramos, que debe defenderse contra amenazas reales e imaginarias.
Porque a veces se cuelan piedritas en el zapato y, apenas percibe molestias, el dottore de la Sapienza pierde la compostura y quiere morder y liquidar los asuntos de un manotazo. A veces le duele que se le toque el orgullo aunque éste sea producto de falacias y embustes, pues a fuerza de disfrazarse ha terminado fundido con sus máscaras y no soporta que se le resquebrajen. Este científico con espíritu de teólogo parece creer —luego de veinte años de actividad en el área, whatever that means— que lo que se publica en revistas es inmutable y no puede ser contestado, que una vez aceptadas sus mentiras y sancionadas por pares académicos ya la libró, que la discusión científica se acaba en la imprenta. Así pues, le sorprende e irrita profundamente que un par de ratas de provincia hayan demostrado que una de sus publicaciones es falsa. No se detiene a pensar que alguno de sus coautores debió perder la discusión cuando se hizo cargo de ella sin informarle, pues no se puede publicar una aclaración sin consultar a los autores. No le inhibe lo impropio de ponerse en contacto con uno de los que liquidaron su paper para decirle que debieron consultarle primero (!) cuando él mismo escribió un mensaje años atrás confirmando que estaba enterado ("¿Qué es toda esta putanata de los correos del Dr. Barney? Se supone que estamos colaborando, pero parece que somos enemigos. Dice que descubrió que los resultados que tenemos están equivocados"). No le da vergüenza, encima, apelar al sentimentalismo más barato porque todo en su mundo —las colaboraciones y las refutaciones, los argumentos y las pruebas— son asuntos personales, cuestiones de amigos o enemigos, nunca ciencia: "en vez de meternos el pie, podríamos apoyarnos", remata (!). Desde luego, no te jode: la generosidad a posteriori es siempre encomiable...
Seguirá pasando el tiempo. Al dottore de la Sapienza le esperan homenajes y reconocimientos, elogios a su trayectoria, aplausos de propios y extraños. Igual que en el momento aquel en que una favorable conjunción le dio una plaza en la unidad Rancho Grande apenas concluidos sus estudios en la vieja Europa, pronto no quedará quien le haga sombra en los consejos de administración científica (sic) de la república: será el dueño, el nivel tres, el elegante emérito que se hizo a sí mismo a base de esfuerzo y estudio porque las circunstancias así lo quisieron... El talentoso por default, el ciego en tierra de muertos, el dottore por excelencia...
Larga vida tenga el hombre. Larga vida.
lunes, marzo 16, 2015
sábado, marzo 14, 2015
Pláticas prebautismales
Treinta grados a la sombra un viernes por la noche en Santa Teresa, como quien dice el fin del invierno, y con la Iglesia hay que toparse por razones que los creyentes no pueden explicar ni sienten ni desean analizar en forma alguna, sólo reproducir ciegamente para beneplácito de sacerdotes y adalides de la pía transnacional con sede en el Vaticano, a quien debemos no escasas explicaciones sobre la historia universal, que es como se llama a la historia del lado occidente del mundo, incluidas, (cómo no) estas sus desérticas periferias.
En la nave principal —crudas paredes de ladrillos sin enjarrar rematadas por varillas arquitectónicamente un tanto alejadas de los modelos románicos y góticos que tanto colaboraron a la grandeza de esta fe— una adolescente de piel caoba se ha envuelto en un amasijo de olanes rosas salpicados de abalorios mientras la rodea un círculo de pubertos vestidos con obscuros trajes ajados de tallas aleatorias, calcetines deportivos blancos de resortes aguados y zapatos negros ahora grises por hallarse llenos de tierra. En uno de los salones laterales ya están terminando otra sesión de catecismo y, más al fondo, en un cuarto maloliente con tablones improvisados como bancas, está empezando aquella reunión a la que hemos venido padrinos y padres de familia, mirones, curiosos y niños perdidos, rezanderas de trágica experiencia y hombres píos que nunca se ordenaron sacerdotes por las tentaciones de la carne: las pláticas prebautismales.
El sexagenario que conduce la reunión es un ejemplo de eficacia pedagógica: usa el mismo tono de voz durante toda la sesión (hora y media); lee sin inmutarse las treinta y tantas páginas desgastadas donde se anotaron todos los pormenores de la plática (plan de clase); mira al público sin considerar a nadie en particular, indiferente a que se trate de personas o bultos, vegetales, minerales o bestias (equidad de género, no discriminación); es insensible a los gritos de las criaturas que corren de un lado a otro y a los chillidos de bebés cagados y meados que atruenan la sesión de manera más o menos coordinada y a los pitidos y vibraciones de los celulares y a los molestos reflejos de las pantallas iluminadas y a los cuchicheos nada discretos de los rancheros y a los ronquidos desparramados del gordo de atrás (concentración y libertad); nos invita cada cierto tiempo a aclarar nuestras dudas en el entendido de que nadie lo hará porque sería descortés y bastante imbécil preguntar si fue de los romanos —como él dice— o de los egipcios que huyeron los hebreos hacia Israel, porque no viene al caso ponerse sutiles en cómo puede el agua del diluvio universal prefigurar el bautismo junto con el agua del Mar Rojo que se aparta para dejar pasar a Moisés y los suyos (realimentación).
Los hombres y mujeres que aquí vemos lucen cansados. Hay un olor indefinible de sudor y pies en todo el ambiente. Es el final de la jornada, vienen de trabajar y por razones que no pueden explicar están aquí, haciendo lo necesario para bautizar a sus hijos. Aunque la mayoría descree de todo lo que aquí se dice o bien lo da por cierto sin entrar en detalles, aunque no exista interés por la historia ni los textos bíblicos ni los símbolos religiosos ni la teología, se anotan en las hojas que extiende el responsable y se afanan en recoger su firma para el comprobante que les dará derecho a pagar un bautizo. No parece haber nadie que crea sinceramente que su hijo pueda ir al infierno (¿o era el limbo o ya ni siquiera eso?) por no estar bautizado. No parece haber nadie que crea siquiera en el infierno y sólo unos cuántos dan por buena la existencia de un dios personalizado que premia y castiga de manera sospechosamente parecida a la mismísima suerte. ¿Están aquí entonces porque quieren hacer una ceremonia cuyo significado ignoran como pretexto para hacer una fiesta? Y si es así, ¿por qué no hacerla directamente? ¿creen que el bautizo es una magia —lo que por cierto el encargado de la plática niega una y otra vez— y, si no lo es, qué coños significa ser insuflado por el Espíritu Santo?
Hay un momento suspendido en que me veo haciendo la segunda lectura en la pequeña iglesia de San Juan Bosco frente a mis abuelos, con voz atiplada y ademán reconcentrado, orgulloso; hay un momento en que me veo reconfortado saliendo de la iglesia de San Gregorio Magno luego de hablar con el padre Sergio que ya recoge sus cosas camino a la casa contra las adicciones en la que trabaja; hay una pausa silenciosa en mi cabeza en que me veo sentado en la azotea de la casa leyendo a San Agustín y Santa Teresa, a Santo Tomás de Aquino y a San Juan de la Cruz; hay un instante que se parece mucho a un delgadísimo hilo a punto de romperse en que recuerdo una misa al aire libre allá en los Altos, en que resuena la voz en off del padre Antonio: "La esperanza más grande de un cristiano es la segunda venida de Cristo, que pondrá fin a la historia y donde todos seremos juzgados. Este fin que puede llegar hoy mismo o en la transfiguración del tiempo en la eternidad será hecho bruscamente por nosotros los cristianos..."
[...]
"Casi todos los ropones están bien nacos, con que haiga uno beish me conformo", dice una madre de familia adolescente al terminar la plática. Mientras salimos, la chica de rosa con brillitos se hace fotos en el atrio, repegada a dos de sus chambelanes. Con uno de ellos monta en una ruidosa moto que acelera evadiendo los baches y derrapando peligrosamente en la esquina para desaparecer tragada por la obscuridad.
Perdida mi fe digo con Jesucristo: mi Reino no es de este mundo. Tristemente, tampoco de aquel.
En la nave principal —crudas paredes de ladrillos sin enjarrar rematadas por varillas arquitectónicamente un tanto alejadas de los modelos románicos y góticos que tanto colaboraron a la grandeza de esta fe— una adolescente de piel caoba se ha envuelto en un amasijo de olanes rosas salpicados de abalorios mientras la rodea un círculo de pubertos vestidos con obscuros trajes ajados de tallas aleatorias, calcetines deportivos blancos de resortes aguados y zapatos negros ahora grises por hallarse llenos de tierra. En uno de los salones laterales ya están terminando otra sesión de catecismo y, más al fondo, en un cuarto maloliente con tablones improvisados como bancas, está empezando aquella reunión a la que hemos venido padrinos y padres de familia, mirones, curiosos y niños perdidos, rezanderas de trágica experiencia y hombres píos que nunca se ordenaron sacerdotes por las tentaciones de la carne: las pláticas prebautismales.
El sexagenario que conduce la reunión es un ejemplo de eficacia pedagógica: usa el mismo tono de voz durante toda la sesión (hora y media); lee sin inmutarse las treinta y tantas páginas desgastadas donde se anotaron todos los pormenores de la plática (plan de clase); mira al público sin considerar a nadie en particular, indiferente a que se trate de personas o bultos, vegetales, minerales o bestias (equidad de género, no discriminación); es insensible a los gritos de las criaturas que corren de un lado a otro y a los chillidos de bebés cagados y meados que atruenan la sesión de manera más o menos coordinada y a los pitidos y vibraciones de los celulares y a los molestos reflejos de las pantallas iluminadas y a los cuchicheos nada discretos de los rancheros y a los ronquidos desparramados del gordo de atrás (concentración y libertad); nos invita cada cierto tiempo a aclarar nuestras dudas en el entendido de que nadie lo hará porque sería descortés y bastante imbécil preguntar si fue de los romanos —como él dice— o de los egipcios que huyeron los hebreos hacia Israel, porque no viene al caso ponerse sutiles en cómo puede el agua del diluvio universal prefigurar el bautismo junto con el agua del Mar Rojo que se aparta para dejar pasar a Moisés y los suyos (realimentación).
Los hombres y mujeres que aquí vemos lucen cansados. Hay un olor indefinible de sudor y pies en todo el ambiente. Es el final de la jornada, vienen de trabajar y por razones que no pueden explicar están aquí, haciendo lo necesario para bautizar a sus hijos. Aunque la mayoría descree de todo lo que aquí se dice o bien lo da por cierto sin entrar en detalles, aunque no exista interés por la historia ni los textos bíblicos ni los símbolos religiosos ni la teología, se anotan en las hojas que extiende el responsable y se afanan en recoger su firma para el comprobante que les dará derecho a pagar un bautizo. No parece haber nadie que crea sinceramente que su hijo pueda ir al infierno (¿o era el limbo o ya ni siquiera eso?) por no estar bautizado. No parece haber nadie que crea siquiera en el infierno y sólo unos cuántos dan por buena la existencia de un dios personalizado que premia y castiga de manera sospechosamente parecida a la mismísima suerte. ¿Están aquí entonces porque quieren hacer una ceremonia cuyo significado ignoran como pretexto para hacer una fiesta? Y si es así, ¿por qué no hacerla directamente? ¿creen que el bautizo es una magia —lo que por cierto el encargado de la plática niega una y otra vez— y, si no lo es, qué coños significa ser insuflado por el Espíritu Santo?
Hay un momento suspendido en que me veo haciendo la segunda lectura en la pequeña iglesia de San Juan Bosco frente a mis abuelos, con voz atiplada y ademán reconcentrado, orgulloso; hay un momento en que me veo reconfortado saliendo de la iglesia de San Gregorio Magno luego de hablar con el padre Sergio que ya recoge sus cosas camino a la casa contra las adicciones en la que trabaja; hay una pausa silenciosa en mi cabeza en que me veo sentado en la azotea de la casa leyendo a San Agustín y Santa Teresa, a Santo Tomás de Aquino y a San Juan de la Cruz; hay un instante que se parece mucho a un delgadísimo hilo a punto de romperse en que recuerdo una misa al aire libre allá en los Altos, en que resuena la voz en off del padre Antonio: "La esperanza más grande de un cristiano es la segunda venida de Cristo, que pondrá fin a la historia y donde todos seremos juzgados. Este fin que puede llegar hoy mismo o en la transfiguración del tiempo en la eternidad será hecho bruscamente por nosotros los cristianos..."
[...]
"Casi todos los ropones están bien nacos, con que haiga uno beish me conformo", dice una madre de familia adolescente al terminar la plática. Mientras salimos, la chica de rosa con brillitos se hace fotos en el atrio, repegada a dos de sus chambelanes. Con uno de ellos monta en una ruidosa moto que acelera evadiendo los baches y derrapando peligrosamente en la esquina para desaparecer tragada por la obscuridad.
Perdida mi fe digo con Jesucristo: mi Reino no es de este mundo. Tristemente, tampoco de aquel.
miércoles, marzo 11, 2015
El cine
A veces echo de menos la ciudad. Normalmente no cedo a la tentación de exponerme, pero tarde o temprano no queda más remedio que hacerlo: hay que ir a hacer la despensa, cortarse el cabello (aunque una buena maquinilla puede terminar con el problema en pocos minutos), ir a poner gasolina. El cine no es indispensable, y en reconocer que no lo es fallé hace poco con Birdman, de González Iñárritu, que sólo estuvo en exhibición una semana cuando por fin pasó por estas yermas tierras el año pasado y se reestrenó con motivo de los Óscares hace poco. ¿Por qué no me quedé en casa a esperar a que apareciera en DVD para comprarla y verla? ¿Por qué tenía que ocupar una butaca frente a una pantalla gigante si ni siquiera era una película de grandes efectos visuales? ¿Por qué di por sentado que era una buena idea escuchar sus diálogos y ruidos incidentales por medio de un potente equipo de sonido de múltiples salidas en una sala a la que conducía un pasillo que empezaba en una gigantesca dulcería atendida por adolescentes pasivos y manifiestamente estúpidos? Respuesta: porque se me olvida que no estoy en la ciudad.
El tranquilizador consuelo de muchos que pasa por reconocer que tanto en la ciudad como aquí se cuecen habas, que en uno u otro lugar me pudo tocar la misma fauna dentro de la sala, no funcionó esta vez: si en algún momento a la parte más elevada de mi espíritu le daba por sentirse profundamente identificada con la insaciable necesidad del protagonista de atraer la atención sobre sí mismo y conquistar un éxito tan indefinible como inalcanzable, la familia instalada a sólo tres asientos del mío echaba por tierra toda pretensión zambulléndose como una piara de cerdos en inmensas cajas de palomitas y bandejas de nachos rebosantes de amarilla grasa, sorbiendo coca-cola al tiempo en que se limpiaban las manos en los asientos para pasar sus dedos pegosteosos por inocentes pantallitas que iluminaban la sala como hace décadas sólo lo hacían las lámparas de los acomodadores, esos desempleados de profesión honorable ahora perdida para siempre...
'¿Qué pensarían?', pensé en algún momento. ¿Qué pensarían estos marranos cuando entraron a ver Birdman? Qué gran decepción se habrán llevado al comprobar que no era otra película de cómics y qué horrible aburrimiento esperar las escasas dos o tres apariciones del superhéroe alado, siempre magras, siempre ininteligibles. ¿Cómo se explicarían la película entera mientras el azúcar en su sangre se disparaba formidablemente y la grasa formaba bolitas que se adherían a sus —esperemos pronto— endurecidas y taponadas arterias? ¿Qué chingados —me decía circunspecto, casi elegante— podría pasar por la puta cabeza de esta familia silvestre mientras veían en la pantalla a una reseñista de Broadway que se quita sus lentes de pasta para decir al protagonista que va a despedazar su obra? ¿qué obra? ¿cómo despedazar? ¿a patadas? ¿por medio de una balacera que entonces sí le daría emoción a esta inexplicable cinta hacia la calificación de shila? Me resistía a creer que fuesen capaces de conseguir distinguir el objeto de su representación y más bien me inclinaba a que, como hacían algunas abuelas al principio de la televisión, estos imbéciles dieran por ocurrido cuanto veían en la pantalla ahora mismo y aquí, delante de nosotros: que le pidieran a Keaton no saltar por la ventana, que le ofrecieran el hielo de sus litros de soda a Norton para que se le quitara el dolor de un puñetazo, que se agarraran de sus asientos para no caer a la calle cuando acompañaban a Birdman por el aire. Pero esto hubiese sido tanto como pedirles concentración: ¿no era más fácil asumir que estaban simplemente comiendo en una sala de cine sin prestar la más mínima atención a lo que ocurría frente a sus ojos, desaparecidos los conceptos de trama, historia, diálogos, secuencias, etcétera? ¿no estarían asistiendo a todo esto simplemente como quien ve un atardecer o unos juegos pirotécnicos? Una vez conocí a alguien que me preguntó por qué compraba libros tan caros si en el supermercado los había tan baratos: literatura por kilo, ¡pásele, pásele!
Y, sin embargo, la disfruté. No sé cómo, pero la cinta logró absorberme lo suficiente como para que aquel ruido de chiquero casi ni lo notara. Ni siquiera lo echaron a perder el par de estúpidos niños que llegaron casi al final provenientes de otra sala y que, con sobrepeso, paseando de un lado a otro en medio de gritos que me hicieron intervenir para callarlos y preguntar si no venían acompañados de un adulto (?), terminaron por convencer a su familia de abandonar la sala: ¡eran los hijitos de los puercos de a tres butacas! ¿Cómo no lo vi venir si lo primero que hace la estupidez es reproducirse para aumentar sus posibilidades de supervivencia?
A veces echo de menos la ciudad. A veces el cine. Y volar.
domingo, marzo 08, 2015
La terminal eficiencia
Entrecierro los ojos en medio de la junta. Un guiñapo miembro de la elegante élite blanca, burguesa y ranchera, de la localidad, más dueño de la institución que cualquiera de los presentes aunque parezca deslizarse inadvertida y jesuíticamente por entre pasillos y oficinas, nos instruye sobre las exigencias de una remota federación con sede en la Ciudad. Serio, pero adornado con esa sonrisa cordial de los que se saben invulnerables y se congracian generosamente con compadres que más bien son subordinados suyos, nos informa de requisitos contradictorios para seguir en el negocio privado de la educación pública: hacer investigación sin descuidar la docencia, hacer docencia sin descuidar la investigación; hacer vinculación sin plegarse a las exigencias de industrias transnacionales y peregrinas, pero tomando en cuenta si nuestros egresados satisfacen sus demandas de inserción laboral a la plug-and-play; ser rigurosos en la conducción de los cursos, pero flexibles a fin de comprender de manera humana, demasiado humana, a nuestros estudiantes; formar a los mayores de edad en los valores de la adultez mediante medidas infantiles como las de pasar lista, anotar retardos justificados e injustificados, llenar bitácoras de asesoría que den cuenta hasta de la más inocua conversación, enseñarles a guardar silencio mientras otro habla y a expresar cuanta idiotez pase por su cabeza con entera confianza para que no sientan la menor opresión. El guiñapo informa, comparte nuestras preocupaciones (dice) y nos exhorta a cumplir estas metas para gozar de la certificación de organismos presididos por burócratas que pasan su vida en oficinas adornadas con sus enmarcados diplomas de pedagogos y masters en política pública, no en aulas. Nadie pone en duda que las medidas son razonables: si se exige más es que hay más calidad, parecen pensar mientras mascan chicle o pasan sus grasosos deditos por las pantallas de sus celulares. A nadie se le ocurre pensar que quizá deberíamos contestar las medidas. A nadie se le pasa por la cabeza que una universidad pueda manifestar disenso y sustraerse razonadamente a lo que se impone desde arriba, pues son miembros bien educados en la propia educación que intentan transmitir: esa que aplasta las contradicciones mediante la alienación de un double-thinking orwelliano.
Cierro los ojos por más segundos como hace uno para escaparse de una realidad demasiado intolerable, pero no puedo evitar escuchar la última campanada del guiñapo: hay que aumentar la eficiencia terminal, dice, pues no egresa un porcentaje adecuado de la gente que entra a hacer estudios con nosotros. Abro los ojos y ahí está, sonriente el muy cabrón, sin preocuparse de que hace apenas unos minutos hubiera pedido aumentar la matrícula como si de una fábrica de autopartes se tratara. ¿En qué momento se convirtieron las universidades en máquinas tortilladoras regidas por principios de negocios? ¿Cómo puede explicarse que gente dedicada presuntamente a actividades intelectuales no haya sabido ver el perjuicio y la estupidez de someterse a semejante adulteración si no es a través del envilecimiento producido por la combinación de sus cada vez mayores vulgaridad y salarios? Gente progresivamente menos educada parasita las instituciones y sus presupuestos, vende "educación" como si de la panacea universal se tratara, sin medir consecuencias ni impactos, presumiendo que repartir títulos universitarios es bueno en sí sin importar el número, los destinos laborales, ni la viabilidad del país como tal. Hacen lo que sea, menos lo sustantivo, con tal de seguir cobrando más y más cada quincena, no se sabe si con cinismo (lo dudo, visto el esfuerzo intelectual que requiere) o enajenados como soldados nazis que sólo siguen órdenes para continuar la matanza. ¿Se le habrá ocurrido a este imbécil que la eficiencia terminal podría estar aunque sea vagamente relacionada con la calidad de la gente que ingresa y que no puede aumentarse por decreto si no es en detrimento de las exigencias? ¿Advertirá el pendejo que pedir un aumento de la matrícula y una mayor eficiencia terminal es como escupir hacia arriba y no ensuciarse con el esputo? Hago una prueba y pregunto qué porcentaje considera aceptable como eficiencia terminal. Mientras el guiñapo reflexiona sesudamente me digo que no puede ser tan ingenuo como para dar un número, que eso sería imposible y... "Como arriba del cincuenta o sesenta por ciento", responde al fin para mi estupefacción.
Vuelvo a entrecerrar los ojos y procuro tranquilizarme recordando que los países democráticos tienen dirigentes que más o menos se corresponden a los deseos de la mayoría. Esta no es la excepción: denme un público sin educación, adocenado, que le gusten las pantallotas, las casotas, las camionetotas, y te daré un robavacas como este por jefe. Me guste o no, es el líder adecuado para la irreflexión y la estulticia, para la vulgaridad y el saqueo presupuestado, para la buena conciencia y el escamoteo de responsabilidades. Es un hombre en el tiempo, el lugar y las circunstancias correctos...
Me da sueño y en mi cabeza la vida prestada de que gozó este país en razón del petróleo se desvanece: se cancelan programas y presupuestos, se desmantela la burocracia de la educación, cierran algunas universidades superfluas, llegan emisarios de la Ciudad para anunciar que ya no hay más presupuesto y los maestros vuelven a dar clases evaluando sin cortapisas a estudiantes adultos que conocen las reglas y se atienen a ellas, mientras los investigadores estudian los temas que les apasionan porque ya no hay dinero por el qué concursar para inventarse intereses espurios, hilos negros o proyectos de humo. Es un mundo simple, pero sostenible; austero, pero responsable... Pero no me siento tranquilo: anochece y de la obscuridad del oriente vienen hordas de miserables que asaltan negocios y saquean propiedades, pasando a cuchillo a las buenas personas que se refugian en sus casonas y a la que ya no protegen ni guardias ni rejas. La propia universidad arde en llamas. 'Ya era demasiado tarde', me digo una y otra vez. 'Demasiado tarde'...
Despierto y la junta termina. Todos recogen pesadamente sus cosas entre bromas y palmaditas en la espalda, gente de bien con hijitos y trabajo, el mundo todavía habitable...
Pero el guiñapo sigue ahí.
Cierro los ojos por más segundos como hace uno para escaparse de una realidad demasiado intolerable, pero no puedo evitar escuchar la última campanada del guiñapo: hay que aumentar la eficiencia terminal, dice, pues no egresa un porcentaje adecuado de la gente que entra a hacer estudios con nosotros. Abro los ojos y ahí está, sonriente el muy cabrón, sin preocuparse de que hace apenas unos minutos hubiera pedido aumentar la matrícula como si de una fábrica de autopartes se tratara. ¿En qué momento se convirtieron las universidades en máquinas tortilladoras regidas por principios de negocios? ¿Cómo puede explicarse que gente dedicada presuntamente a actividades intelectuales no haya sabido ver el perjuicio y la estupidez de someterse a semejante adulteración si no es a través del envilecimiento producido por la combinación de sus cada vez mayores vulgaridad y salarios? Gente progresivamente menos educada parasita las instituciones y sus presupuestos, vende "educación" como si de la panacea universal se tratara, sin medir consecuencias ni impactos, presumiendo que repartir títulos universitarios es bueno en sí sin importar el número, los destinos laborales, ni la viabilidad del país como tal. Hacen lo que sea, menos lo sustantivo, con tal de seguir cobrando más y más cada quincena, no se sabe si con cinismo (lo dudo, visto el esfuerzo intelectual que requiere) o enajenados como soldados nazis que sólo siguen órdenes para continuar la matanza. ¿Se le habrá ocurrido a este imbécil que la eficiencia terminal podría estar aunque sea vagamente relacionada con la calidad de la gente que ingresa y que no puede aumentarse por decreto si no es en detrimento de las exigencias? ¿Advertirá el pendejo que pedir un aumento de la matrícula y una mayor eficiencia terminal es como escupir hacia arriba y no ensuciarse con el esputo? Hago una prueba y pregunto qué porcentaje considera aceptable como eficiencia terminal. Mientras el guiñapo reflexiona sesudamente me digo que no puede ser tan ingenuo como para dar un número, que eso sería imposible y... "Como arriba del cincuenta o sesenta por ciento", responde al fin para mi estupefacción.
Vuelvo a entrecerrar los ojos y procuro tranquilizarme recordando que los países democráticos tienen dirigentes que más o menos se corresponden a los deseos de la mayoría. Esta no es la excepción: denme un público sin educación, adocenado, que le gusten las pantallotas, las casotas, las camionetotas, y te daré un robavacas como este por jefe. Me guste o no, es el líder adecuado para la irreflexión y la estulticia, para la vulgaridad y el saqueo presupuestado, para la buena conciencia y el escamoteo de responsabilidades. Es un hombre en el tiempo, el lugar y las circunstancias correctos...
Me da sueño y en mi cabeza la vida prestada de que gozó este país en razón del petróleo se desvanece: se cancelan programas y presupuestos, se desmantela la burocracia de la educación, cierran algunas universidades superfluas, llegan emisarios de la Ciudad para anunciar que ya no hay más presupuesto y los maestros vuelven a dar clases evaluando sin cortapisas a estudiantes adultos que conocen las reglas y se atienen a ellas, mientras los investigadores estudian los temas que les apasionan porque ya no hay dinero por el qué concursar para inventarse intereses espurios, hilos negros o proyectos de humo. Es un mundo simple, pero sostenible; austero, pero responsable... Pero no me siento tranquilo: anochece y de la obscuridad del oriente vienen hordas de miserables que asaltan negocios y saquean propiedades, pasando a cuchillo a las buenas personas que se refugian en sus casonas y a la que ya no protegen ni guardias ni rejas. La propia universidad arde en llamas. 'Ya era demasiado tarde', me digo una y otra vez. 'Demasiado tarde'...
Despierto y la junta termina. Todos recogen pesadamente sus cosas entre bromas y palmaditas en la espalda, gente de bien con hijitos y trabajo, el mundo todavía habitable...
Pero el guiñapo sigue ahí.
sábado, febrero 28, 2015
El caso de los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje)
En la película es una chica que viste colores obscuros, lleva efectivamente un tatuaje, algún piercing, no recuerdo si en cejas o boca, pero sobre todo exhibe una actitud que la supone ferozmente independiente y, aunque atenta a todo lo que ocurre a su alrededor (porque, como ya se imaginarán, es extraordinariamente inteligente y percibe hasta el más mínimo detalle mirando sólo de reojo), se desplaza como una invisible sombra entre bultos a los que otros llaman personas. No nos detengamos a pensar cómo se puede ser totalmente independiente en el mundo moderno donde estamos obligados a vestirnos con lo que unos chinos fabrican trabajando en condiciones insalubres y por un puñado de arroz, o a comer la carne y los vegetales que se produjeron en tierras remotas y por fortuna fuera de nuestra vista, donde otros miserables debieron ensuciarse las manos y pies limpiando boñigas y cortándose las manos contra la tierra dura. Tampoco perdamos el tiempo examinando la seguramente inexistente contradicción entre el firme desprecio que a la chica le merece la sociedad en su conjunto y su gran capacidad para sustraer a esa misma sociedad los productos básicos o tecnológicos que requiere para prolongar su aislamiento. ¿Es absurdo querer pasar desapercibida y llevar el cuerpo decorado para mejor conseguirlo? Misterio.
Dando clases en nivel superior, pero especialmente en las áreas de ingeniería, la cosa no es muy distinta. Cada semestre sin falta están ahí aunque no lleven tatuaje ni perforaciones ni extensiones ni una pila de collares superpuestos como en cierta tribu africana donde parece ser parte del ritual de apareamiento; cada semestre están ahí de nuevo ocupando sillas en las aulas de la universidad nacional o en las del carajo de la provincia equis, o en la privada donde su papi les pagó o en la jesuítica donde un generoso comité de extorsionistas los ha "becado" mediante un préstamo usurero: los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje), seguros de sí mismos, vienen a darnos una lección a todos aquellos que por contrato laboral debemos impartirles un curso. Nos clavan la mirada apenas se las dirigimos, levantan la frente para demostrar que no tienen miedo (¿de qué?) en una actitud que no se distingue apenas de la de los machos de numerosas especies cuando compiten por una hembra (¿pero cuál?); algunos miran a su alrededor buscando complicidad cuando lo que escuchan les parece demasiado obvio o estúpido o directamente erróneo; si fallan en los exámenes es que no tienen importancia (medidas estándar de un mundo idiota, despreciable: ¡ellos son originales!), pero si consiguen la más alta nota se ocupan de hacer saber a todos de que es la suya y que, modestamente, "no es nada". Geeks o posmodernos, hackers o cibernoides detrás de pantallas en las que presuntamente se encuentran más cómodos (y, descontados unos cuántos verdaderos, este universo está plagado de wannabes impostores), los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje) apenas contestan con monosílabos (cuando lo hacen), nos regatean explicaciones porque todo es trivial, no admiten afectos y pretenden que su postura intransigente hacia la vanidad no es vanidad en sí, a pesar del pose estudiado con que se conducen. No son huérfanos como la chica original ni como el buen Will Hunting y no son pocos los casos en que han sido niños consentidos de papá y mamá, pero parecen creer que el mundo les debe algo y se aparecen por la escuela para mejor dejar sentado que así es. Como el niño mamón del anuncio sólo les falta decir enarcando la ceja y endureciendo el labio superior: "¡quiero madz!"
Puede que la chica del tatuaje de dragón requiera de la obscuridad del invierno escandinavo para mejor andar por las calles realizando averiguaciones sin ser notada; o de su eficacia tecnológica y su infraestructura: la certeza de que al apretar el 'enter' las cosas se ejecutarán conforme a lo planeado y de que lo que nos dice el GPS es en verdad una calle y no una raya de tiza en la arena. Puede ser. Pero eso no obsta para que los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje) no sean escandinavos, sino mexicanos, brasileños, vietnamitas, argelinos, turcos o indios, con residencia en sus países de origen. Es en el subdesarrollo donde florecen, en medio de sociedades brutalmente desiguales que acicatean su complejo de inferioridad y les permiten incluirse en la larga lista de clientes de un país aspiracional al que la realidad se empeña en negar su existencia. Convencidos de ser diferentes, apuran su paso por las facultades que les servirán de trampolín en su camino hacia las instituciones y países que sí les son propios: el extranjero como la consagración, la universidad o empresa de siglas bien conocidas donde su genio será valorado, la sociedad -digamos escandinava- a la que querrán integrarse mostrando la cordialidad y empatía que durante años no los caracterizó: ¡los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje) dejan de serlo apenas reunidas las condiciones ideales!
Como el comunista que llegado al poder se cura de su afán igualitario y decide que sean sus súbditos los que se igualen en la miseria mientras él abraza la abundancia, los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje) (exitosos) un día están donde tanto quisieron estar y se ven precisados a hablar en otra lengua más de lo que nunca hablaron en la propia, a tolerar a personas normales incapaces de demostrar ningún interés hacia ellos más allá del trato al que los obliga el trabajo, a consentir rituales sociales en un afán inútil por mimetizarse en la sociedad anfitriona que se empeña, aun después de años, en tratarlos como a huéspedes. ¿Qué esperanza les queda a estos seres extraviados sino volver con los suyos a subrayar su superioridad en la renovada certeza de que lo merecen todo? Si lo consiguen, bien podrían hallarse un buen día en el aula o en la oficina con sus sucesores: los nuevos chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje). Entonces sabrán que ellos han dejado de serlo.
Dando clases en nivel superior, pero especialmente en las áreas de ingeniería, la cosa no es muy distinta. Cada semestre sin falta están ahí aunque no lleven tatuaje ni perforaciones ni extensiones ni una pila de collares superpuestos como en cierta tribu africana donde parece ser parte del ritual de apareamiento; cada semestre están ahí de nuevo ocupando sillas en las aulas de la universidad nacional o en las del carajo de la provincia equis, o en la privada donde su papi les pagó o en la jesuítica donde un generoso comité de extorsionistas los ha "becado" mediante un préstamo usurero: los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje), seguros de sí mismos, vienen a darnos una lección a todos aquellos que por contrato laboral debemos impartirles un curso. Nos clavan la mirada apenas se las dirigimos, levantan la frente para demostrar que no tienen miedo (¿de qué?) en una actitud que no se distingue apenas de la de los machos de numerosas especies cuando compiten por una hembra (¿pero cuál?); algunos miran a su alrededor buscando complicidad cuando lo que escuchan les parece demasiado obvio o estúpido o directamente erróneo; si fallan en los exámenes es que no tienen importancia (medidas estándar de un mundo idiota, despreciable: ¡ellos son originales!), pero si consiguen la más alta nota se ocupan de hacer saber a todos de que es la suya y que, modestamente, "no es nada". Geeks o posmodernos, hackers o cibernoides detrás de pantallas en las que presuntamente se encuentran más cómodos (y, descontados unos cuántos verdaderos, este universo está plagado de wannabes impostores), los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje) apenas contestan con monosílabos (cuando lo hacen), nos regatean explicaciones porque todo es trivial, no admiten afectos y pretenden que su postura intransigente hacia la vanidad no es vanidad en sí, a pesar del pose estudiado con que se conducen. No son huérfanos como la chica original ni como el buen Will Hunting y no son pocos los casos en que han sido niños consentidos de papá y mamá, pero parecen creer que el mundo les debe algo y se aparecen por la escuela para mejor dejar sentado que así es. Como el niño mamón del anuncio sólo les falta decir enarcando la ceja y endureciendo el labio superior: "¡quiero madz!"
Puede que la chica del tatuaje de dragón requiera de la obscuridad del invierno escandinavo para mejor andar por las calles realizando averiguaciones sin ser notada; o de su eficacia tecnológica y su infraestructura: la certeza de que al apretar el 'enter' las cosas se ejecutarán conforme a lo planeado y de que lo que nos dice el GPS es en verdad una calle y no una raya de tiza en la arena. Puede ser. Pero eso no obsta para que los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje) no sean escandinavos, sino mexicanos, brasileños, vietnamitas, argelinos, turcos o indios, con residencia en sus países de origen. Es en el subdesarrollo donde florecen, en medio de sociedades brutalmente desiguales que acicatean su complejo de inferioridad y les permiten incluirse en la larga lista de clientes de un país aspiracional al que la realidad se empeña en negar su existencia. Convencidos de ser diferentes, apuran su paso por las facultades que les servirán de trampolín en su camino hacia las instituciones y países que sí les son propios: el extranjero como la consagración, la universidad o empresa de siglas bien conocidas donde su genio será valorado, la sociedad -digamos escandinava- a la que querrán integrarse mostrando la cordialidad y empatía que durante años no los caracterizó: ¡los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje) dejan de serlo apenas reunidas las condiciones ideales!
Como el comunista que llegado al poder se cura de su afán igualitario y decide que sean sus súbditos los que se igualen en la miseria mientras él abraza la abundancia, los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje) (exitosos) un día están donde tanto quisieron estar y se ven precisados a hablar en otra lengua más de lo que nunca hablaron en la propia, a tolerar a personas normales incapaces de demostrar ningún interés hacia ellos más allá del trato al que los obliga el trabajo, a consentir rituales sociales en un afán inútil por mimetizarse en la sociedad anfitriona que se empeña, aun después de años, en tratarlos como a huéspedes. ¿Qué esperanza les queda a estos seres extraviados sino volver con los suyos a subrayar su superioridad en la renovada certeza de que lo merecen todo? Si lo consiguen, bien podrían hallarse un buen día en el aula o en la oficina con sus sucesores: los nuevos chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje). Entonces sabrán que ellos han dejado de serlo.
domingo, febrero 08, 2015
El programa de estímulos
En una institución educativa de remota provincia, caracterizada por su transparencia, un buen día el cacique que fungía como rector decidió que los fondos recibidos por la federación debían concursarse según un sistema de estímulos con reglas claras y justas. Llamó a sus ayudantes informáticos y solmene dijo: "El papel es cosa de tiempos primitivos. Lo moderno, según me informan mis asesores, es la computadora. Hágase pues un sistema informático donde los maestros capturen su producción académica anual para luego ser evaluada por la comisión de sabios a fin de decidir la parte que a cada uno corresponderá del estímulo federal". Se celebró la decisión con encendidos discursos sobre democracia y rendición de cuentas, se transmitieron órdenes para imponer la eficacia y el resultado fue un sistema de cómputo barroco que reproducía los usos y costumbres locales junto con una comisión que, de acuerdo a las órdenes del rector, exigía fuesen escaneadas anualmente todas las constancias emitidas en papel por la institución para sus propios empleados. Aquello era un espectáculo maravilloso que duraba de dos a tres semanas anuales: la comisión de sabios de la institución exigía que el profesor de la institución escaneara la constancia emitida por la institución donde la autoridad correspondiente, por ejemplo, recursos humanos, certificara que el empleado contaba con equis años de antigüedad, o que el jefe de su adscripción diera fe de que dirigía la academia fulana o que el director hiciera constar que se atrajo el proyecto mangano o que un departamento de publicaciones donde nadie publicaba nada, certificara que el profesor en cuestión había hecho diez artículos en la revista de la universidad con diez colegas como coautores cada uno.
El sistema floreció, como era de esperarse de la decisión unilateral de un rector democrático, y produjo, entre otros beneficios, unas mayores y más efectivas camaradería y colaboración entre profesores y administrativos, que viendo hasta qué punto era importante la emisión de constancias, no dudaron en ayudarse unos a otros, incluyéndose -viniera al caso o no- en academias, comisiones, cursos, publicaciones, creación de planes de clase, programas virtuales, tutoría de estudiantes, capítulos de libro, invitación a profesores visitantes, conferencias, ponencias, seminarios, jefaturas, responsadurías, liderazgos, viceloquesea y hasta en el registro de pláticas de pasillo que nunca tuvieron lugar como si de congresos se tratara. Los beneficios no se detuvieron en esta saludable colaboración entre empleados, sino que, aprovechando el tamaño manejable de la comunidad universitaria y el todavía más razonable del rancho en que estaba instalada, indujo una mayor convivencia entre los miembros de cofradías, departamentos, programas y dependencias, que discutían sus asuntos libremente en medio de carnes asadas, celebración de cumpleaños, clubes deportivos y de rotarios, organizaciones de damas católicas y eucaristías dominicales donde todo rezumaba un ambiente familiar de unidad indivisible. Esta anestesiante felicidad apenas se veía perturbada por ocasionales disgustos que eran despachados con autoridad moral, como fue el caso del Loco Agustín que cometió terribles faltas a la ética al robar dinero a los estudiantes a cambio de calificaciones. "Qué corrupción", decían escandalizados los profesores, para luego llenar sus constancias de acontecimientos hipotéticos y cobrar un año de sobresueldos por ellas.
El dinero nunca alcanza, ya se sabe, y un buen día la federación empezó a exigir más cosas a cambio de los estímulos económicos. Nuevo rector, nuevas autoridades emergidas del voto popular y doblemente familiarizadas con la democracia, advirtieron estas exigencias y empezaron a contratar individuos que dieran el ancho ya que los de la gran familia feliz parecían decididos a sólo dejarse crecer el trasero y seguir cobrando por ello. No debemos culparlos, claro que no, pues estos inocentes operaron según reglas de otra época menos mamona y más entretenida, hecha de prestaciones de caja de ahorro, vivienda, bonos, sabáticos, sobresueldos por antigüedad, seguros médicos, cenas de Navidad y tarjetas de felicitación por cumpleaños. Que los recursos los saquen los nuevos, ¿no? Era una solución razonable hasta que a algunos de ellos les tocó participar en el propio programa de estímulos: ¿cómo era posible que una persona que no había atraído ni un centavo a la institución por parte de proyectos externos ni por su calidad de investigador ni por su perfil docente cotizara más alto en el programa de estímulos? ¿cómo era posible que las autoridades continuaran exigiendo a los nuevos elementos participar en proyectos, en convocatorias, mantener altos índices de productividad según las reglas federales, mientras premiaban a los miembros de la gran familia feliz con los sobresueldos fabulosos del programa de estímulos? Las autoridades, adalides de una época peleada con el autoritarismo y ejemplo de apertura, escucharon a los quejosos e invitaron a algunos de ellos a sus oficinas para -con gestos pausados y amistosas palmaditas en la espalda- mostrarles sus planes de revolucionar el programa de estímulos de tal manera que se ajustara a las nuevas exigencias de la federación y se terminaran las injusticias que beneficiaban a los antiguos en perjuicio de los nuevos. "Esto apenas empieza, pero estamos de su lado", afirmaban.
Algunos de los nuevos son gente competente, sí, pero infantil: no entienden lo que es la negociación ni el intercambio de favores; consideran los resultados del programa de estímulos un agravio contra la opinión que tienen de sí mismos; desean no tanto el dinero como el reconocimiento y el respaldo de las autoridades, y éstas lo entienden bien y no lo dan más que cuando necesitan algo porque son hombres de negocios, no idiotas: saben que necesitan mantener la incertidumbre y la ambigüedad, esas mismas que a los nuevos les ponen los pelos de punta, porque gracias a ellas conservarán siempre un margen de maniobra y ases bajo la manga.
Un año transcurrió y la convocatoria volvió a aparecer: sus términos y categorías son idénticos a los de años anteriores; el sistema informático -paradigma de ineficacia computacional, repetición de funciones e interfaz mongólica- no ha sido modificado absolutamente en nada; la redundancia de que los miembros de la institución soliciten constancias de la institución para presentarlas al consejo de sabios de la institución, sigue sin cambiar un ápice. Ingenuamente, los nuevos se preguntan qué pasó con los planes de revolucionar el programa para hacerlo más justo, se preparan ya para perder de nuevo frente a los antiguos que ni siquiera se inmutan. Un directivo se mese las barbas y explica con sabia brevedad la cuestión, grave y circunspecto, descubriendo para todos el hilo negro detrás de todo el tinglado: "Se encontraron resistencias", afirma. Hay que joderse.
El sistema floreció, como era de esperarse de la decisión unilateral de un rector democrático, y produjo, entre otros beneficios, unas mayores y más efectivas camaradería y colaboración entre profesores y administrativos, que viendo hasta qué punto era importante la emisión de constancias, no dudaron en ayudarse unos a otros, incluyéndose -viniera al caso o no- en academias, comisiones, cursos, publicaciones, creación de planes de clase, programas virtuales, tutoría de estudiantes, capítulos de libro, invitación a profesores visitantes, conferencias, ponencias, seminarios, jefaturas, responsadurías, liderazgos, viceloquesea y hasta en el registro de pláticas de pasillo que nunca tuvieron lugar como si de congresos se tratara. Los beneficios no se detuvieron en esta saludable colaboración entre empleados, sino que, aprovechando el tamaño manejable de la comunidad universitaria y el todavía más razonable del rancho en que estaba instalada, indujo una mayor convivencia entre los miembros de cofradías, departamentos, programas y dependencias, que discutían sus asuntos libremente en medio de carnes asadas, celebración de cumpleaños, clubes deportivos y de rotarios, organizaciones de damas católicas y eucaristías dominicales donde todo rezumaba un ambiente familiar de unidad indivisible. Esta anestesiante felicidad apenas se veía perturbada por ocasionales disgustos que eran despachados con autoridad moral, como fue el caso del Loco Agustín que cometió terribles faltas a la ética al robar dinero a los estudiantes a cambio de calificaciones. "Qué corrupción", decían escandalizados los profesores, para luego llenar sus constancias de acontecimientos hipotéticos y cobrar un año de sobresueldos por ellas.
El dinero nunca alcanza, ya se sabe, y un buen día la federación empezó a exigir más cosas a cambio de los estímulos económicos. Nuevo rector, nuevas autoridades emergidas del voto popular y doblemente familiarizadas con la democracia, advirtieron estas exigencias y empezaron a contratar individuos que dieran el ancho ya que los de la gran familia feliz parecían decididos a sólo dejarse crecer el trasero y seguir cobrando por ello. No debemos culparlos, claro que no, pues estos inocentes operaron según reglas de otra época menos mamona y más entretenida, hecha de prestaciones de caja de ahorro, vivienda, bonos, sabáticos, sobresueldos por antigüedad, seguros médicos, cenas de Navidad y tarjetas de felicitación por cumpleaños. Que los recursos los saquen los nuevos, ¿no? Era una solución razonable hasta que a algunos de ellos les tocó participar en el propio programa de estímulos: ¿cómo era posible que una persona que no había atraído ni un centavo a la institución por parte de proyectos externos ni por su calidad de investigador ni por su perfil docente cotizara más alto en el programa de estímulos? ¿cómo era posible que las autoridades continuaran exigiendo a los nuevos elementos participar en proyectos, en convocatorias, mantener altos índices de productividad según las reglas federales, mientras premiaban a los miembros de la gran familia feliz con los sobresueldos fabulosos del programa de estímulos? Las autoridades, adalides de una época peleada con el autoritarismo y ejemplo de apertura, escucharon a los quejosos e invitaron a algunos de ellos a sus oficinas para -con gestos pausados y amistosas palmaditas en la espalda- mostrarles sus planes de revolucionar el programa de estímulos de tal manera que se ajustara a las nuevas exigencias de la federación y se terminaran las injusticias que beneficiaban a los antiguos en perjuicio de los nuevos. "Esto apenas empieza, pero estamos de su lado", afirmaban.
Algunos de los nuevos son gente competente, sí, pero infantil: no entienden lo que es la negociación ni el intercambio de favores; consideran los resultados del programa de estímulos un agravio contra la opinión que tienen de sí mismos; desean no tanto el dinero como el reconocimiento y el respaldo de las autoridades, y éstas lo entienden bien y no lo dan más que cuando necesitan algo porque son hombres de negocios, no idiotas: saben que necesitan mantener la incertidumbre y la ambigüedad, esas mismas que a los nuevos les ponen los pelos de punta, porque gracias a ellas conservarán siempre un margen de maniobra y ases bajo la manga.
Un año transcurrió y la convocatoria volvió a aparecer: sus términos y categorías son idénticos a los de años anteriores; el sistema informático -paradigma de ineficacia computacional, repetición de funciones e interfaz mongólica- no ha sido modificado absolutamente en nada; la redundancia de que los miembros de la institución soliciten constancias de la institución para presentarlas al consejo de sabios de la institución, sigue sin cambiar un ápice. Ingenuamente, los nuevos se preguntan qué pasó con los planes de revolucionar el programa para hacerlo más justo, se preparan ya para perder de nuevo frente a los antiguos que ni siquiera se inmutan. Un directivo se mese las barbas y explica con sabia brevedad la cuestión, grave y circunspecto, descubriendo para todos el hilo negro detrás de todo el tinglado: "Se encontraron resistencias", afirma. Hay que joderse.
domingo, febrero 01, 2015
No me lo creo
En Kika, Almodóvar hace que Victoria Abril en el papel de Andrea Caracortada le pregunte a la madre de Joaquín "El Portugués", si se da cuenta de que su hijo ha matado: "Soy su madre y creo que no... no lo ha hecho", contesta ella convencida. "Le advierto que lo tengo grabado", revira Andrea. Le muestra el vídeo, pero la madre ni se inmuta: "Ya. Pero no me lo creo", concluye categóricamente. ¿Es puro cinismo? ¿Negación? ¿El bien conocido cuanto manoseado amor de madre? ¿Qué diablos le pasa a la gente que no tiene ganas de lidiar con las evidencias? ¿Cuándo deja de ser comedia almodovariana para convertirse en la impunidad de los abundantes hijos de perra que visto el deterioro intelectual del mundo ya saben que no hace falta recurrir a explicaciones ni coartadas, sino al más descarado y reiterativo "no me lo creo", "no me lo creo", "no me lo creo"?
Dios es dios porque es arbitrario, porque no debe dar explicaciones ni justificar sus actos, porque la perplejidad de la razón es mera vulgaridad humana. Dios no razona, no lo necesita. Si el poder de los reyes era un don de dios y de su ejercicio sólo a él debían rendir cuentas, no es de extrañar que éstos también se hayan sentido exentos de sujeciones lógicas y responsabilidades, ni que pensaran que sus súbditos estaban hechos "para callar y obedecer y no para discurrir ni opinar en los altos asuntos del gobierno". No hay más monarquías absolutas en el mundo y los totalitarismos, salvo excepciones, se han suavizado aquí y allá por la necesidad de los hombres de negocios de un mínimo de garantías para continuar la saludable explotación de la gente, una domesticación que es preferida al horror y la barbarie de la guerra, por muchos derechos que ésta conquiste y muchas limitaciones al poder que ésta imponga. Pero el atributo de exención lógica de que gozaba el dios antiguo y del que se reclamaban herederos los monarcas absolutistas, aun es acariciado por presidentes republicanos, jefes de despacho con credo democrático, empresarios medioambientalistas y cuanto cabrón se ha puesto a la cabeza de una colectividad, sea por las buenas o por las malas.
Las imposiciones ya no son bien vistas. El ejercicio de las atribuciones que por su cargo tienen los responsables de tal o cual cosa, ya no se hace así nada más. No. Ello sería antidemocrático, sexista, inequitativo. ¿Entonces cómo hacen los modernos para ponerse a salvo de la lógica? ¿cómo para no visitar la cárcel o para salvarse de un buen tomatazo cuando les da por hacer sofismas en vez de silogismos y encima cobrar por ello? La clave ya la dio la madre de Joaquín "El Portugués", que no admite lo que es evidente ni se inmuta por lo que sucede, que gana por repetición, que no se resiste a las pruebas sino que simplemente asiste a ellas mientras sostiene sus... ¿cómo decirlo modernamente? Sus convicciones. Los jefes modernos convocan a juntas, consultan, informan, quieren que se vote lo que ya decidieron de antemano, no admiten las bromas en relación con sus medidas (la risa, ya lo decía Jorge en El nombre de la rosa, no es de dios; dios no ríe: parece que lo saben hasta los islamistas contemporáneos), felicitan a diestra y siniestra, reparten palmadas en la espalda con gestos comprensivos y estudiados, dicen "los y las", "compañeros y compañeras", se cuidan de adoptar cualquier posición por si acaso y jamás levantan la mano cuando se produce un conflicto. Son imposibles de atrapar, la lógica no aplica a ellos. Llegado el momento, son capaces de negar una y otra vez como autómatas lo que resulta evidente. Y si encima, como en este país, se mueven entre un público adocenado, ignorante y retrógrado, convencido de su importancia porque el jefe les dé la mano o les llame a ocupar un digno cargo o les proporcione un favor en vez de reglas, mucho mejor.
¿Por qué no se dedicaron a la literatura si querían que el mundo fuese como ellos decían? ¿Por qué se empeñan en ocupar cargos de gobierno, dirigir empresas y universidades, hacerse incluso científicos en el tercer mundo? Es conmovedor, si se piensa en ello con explicaciones alternativas a la mucho más simple de la deshonestidad intelectual: si los artículos "científicos" chinos, hindúes, iraníes o mexicanos están no sólo pésimamente editados, sino lógicamente mal construidos, con falsedades muchas veces deliberadas, gráficas milagrosamente ajustadas y divisiones entre cero por fin resueltas, ello no se debe a la incompetencia que (dios no lo quiera) sería una explicación casi neonazi, sino más bien a que provienen de sociedades marcadamente teológicas donde existe preferencia por creer en vez de dudar, donde el escepticismo y la autocrítica son vistas con sospecha y despachadas con un "no mames", donde a falta de cerebro predomina un gran corazón. ¿Qué hay de malo pues en que no razonen con la misma lógica blanca y elitista del primer mundo occidental? ¿Qué hay de malo en que constituyan una alternativa donde la lógica se suspende en un "sálvese quien pueda"? Chingado, no me lo creo.
Dios es dios porque es arbitrario, porque no debe dar explicaciones ni justificar sus actos, porque la perplejidad de la razón es mera vulgaridad humana. Dios no razona, no lo necesita. Si el poder de los reyes era un don de dios y de su ejercicio sólo a él debían rendir cuentas, no es de extrañar que éstos también se hayan sentido exentos de sujeciones lógicas y responsabilidades, ni que pensaran que sus súbditos estaban hechos "para callar y obedecer y no para discurrir ni opinar en los altos asuntos del gobierno". No hay más monarquías absolutas en el mundo y los totalitarismos, salvo excepciones, se han suavizado aquí y allá por la necesidad de los hombres de negocios de un mínimo de garantías para continuar la saludable explotación de la gente, una domesticación que es preferida al horror y la barbarie de la guerra, por muchos derechos que ésta conquiste y muchas limitaciones al poder que ésta imponga. Pero el atributo de exención lógica de que gozaba el dios antiguo y del que se reclamaban herederos los monarcas absolutistas, aun es acariciado por presidentes republicanos, jefes de despacho con credo democrático, empresarios medioambientalistas y cuanto cabrón se ha puesto a la cabeza de una colectividad, sea por las buenas o por las malas.
Las imposiciones ya no son bien vistas. El ejercicio de las atribuciones que por su cargo tienen los responsables de tal o cual cosa, ya no se hace así nada más. No. Ello sería antidemocrático, sexista, inequitativo. ¿Entonces cómo hacen los modernos para ponerse a salvo de la lógica? ¿cómo para no visitar la cárcel o para salvarse de un buen tomatazo cuando les da por hacer sofismas en vez de silogismos y encima cobrar por ello? La clave ya la dio la madre de Joaquín "El Portugués", que no admite lo que es evidente ni se inmuta por lo que sucede, que gana por repetición, que no se resiste a las pruebas sino que simplemente asiste a ellas mientras sostiene sus... ¿cómo decirlo modernamente? Sus convicciones. Los jefes modernos convocan a juntas, consultan, informan, quieren que se vote lo que ya decidieron de antemano, no admiten las bromas en relación con sus medidas (la risa, ya lo decía Jorge en El nombre de la rosa, no es de dios; dios no ríe: parece que lo saben hasta los islamistas contemporáneos), felicitan a diestra y siniestra, reparten palmadas en la espalda con gestos comprensivos y estudiados, dicen "los y las", "compañeros y compañeras", se cuidan de adoptar cualquier posición por si acaso y jamás levantan la mano cuando se produce un conflicto. Son imposibles de atrapar, la lógica no aplica a ellos. Llegado el momento, son capaces de negar una y otra vez como autómatas lo que resulta evidente. Y si encima, como en este país, se mueven entre un público adocenado, ignorante y retrógrado, convencido de su importancia porque el jefe les dé la mano o les llame a ocupar un digno cargo o les proporcione un favor en vez de reglas, mucho mejor.
¿Por qué no se dedicaron a la literatura si querían que el mundo fuese como ellos decían? ¿Por qué se empeñan en ocupar cargos de gobierno, dirigir empresas y universidades, hacerse incluso científicos en el tercer mundo? Es conmovedor, si se piensa en ello con explicaciones alternativas a la mucho más simple de la deshonestidad intelectual: si los artículos "científicos" chinos, hindúes, iraníes o mexicanos están no sólo pésimamente editados, sino lógicamente mal construidos, con falsedades muchas veces deliberadas, gráficas milagrosamente ajustadas y divisiones entre cero por fin resueltas, ello no se debe a la incompetencia que (dios no lo quiera) sería una explicación casi neonazi, sino más bien a que provienen de sociedades marcadamente teológicas donde existe preferencia por creer en vez de dudar, donde el escepticismo y la autocrítica son vistas con sospecha y despachadas con un "no mames", donde a falta de cerebro predomina un gran corazón. ¿Qué hay de malo pues en que no razonen con la misma lógica blanca y elitista del primer mundo occidental? ¿Qué hay de malo en que constituyan una alternativa donde la lógica se suspende en un "sálvese quien pueda"? Chingado, no me lo creo.
domingo, enero 25, 2015
Solemnes cabrones
Una característica habitual de los hijos de puta es su propensión a la solemnidad. Ya se trate de grandes corruptos financieros o administrativos, curas pederastas o ayatollahs genocidas, incluso del oscuro académico que engorda sus bolsillos dirigiendo tesis fraudulentas en las que es incapaz de poner las competencias técnicas de que carece, todos ponen caras largas y jetas endurecidas, ceños fruncidos y reconcentrados, cuando se trata ya no sólo de ceremonias o actos oficiales, sino de meros diálogos con subordinados y conocidos, conversaciones de pasillo, diálogos de fin de semana y hasta pláticas familiares con sus esposas e hijos.
Imagino que la disciplina impuesta por la educación que exige no reírse ni soltarse un pedo durante la misa, termina por filtrarse hasta las capas más profundas de la persona, convertida así en un consumado autómata cuyo núcleo está protegido por su hipocresía. Bien es verdad que esta última es civilización, lubricante social, base de una cordialidad que, como los vasos de agua, no se le niega a nadie en principio; pero de ahí a convertirla en la herramienta por la que nos convencemos de nuestras intrínsecas bondad y pureza mientras nos manchamos las manos de sangre, no hay sino un paso.
Pensaba en todo esto a propósito de los recientes atentados contra el semanario Carlitos, en aquel país donde la Doctora Vergobitch obtuvo su doctorado. ¿Cómo, habiendo pasado años en aquella nación tan antigua, jacobina, reina de la sátira y el sarcasmo, revolucionaria de la ilustración e inspiradora de ateos y artistas y escritores, pudo la Doctora Vergobitch terminar convertida en una perra histérica y mojigata que no podía resistir la menor crítica u observación? ¿Cómo pudo convivir el complejo de inferioridad mexicano en toda su holgura xenófoba y obscurantista con la sociedad incluyente y burlona de los Voltaire, los Sartre, los Coluches? Quizá de la misma manera en la que muchos musulmanes se instalan ahí, se mantienen aislados y resentidos, se reproducen como conejos y un buen día revientan, si bien la Doctora Vergobitch no pertenece a una cultura como la japonesa o la árabe donde se admire el honor hasta el punto de llegar a harakiris y yihads. No. La Doctora Vergobitch pertenece a una sociedad anodina y pía, célebre por su ignorante indiferencia disfrazada de pacifismo, sede de millones de crímenes diarios de pequeña escala que sumados producen un gran total de corrupción al que luego se denomina folclóricamente "usos y costumbres"; la Doctora ha reunido títulos académicos para los que su patria tortillera le ha becado y obtenido a temprana edad una plaza en una unidad de investigación cuyo prestigio ya no necesita de hechos para sustentarse: se alimenta de su propio prestigio; la Doctora ha demostrado su independencia como científica por casi veinte años incluyendo en sus publicaciones los nombres de otros científicos de menor escala que se acogen a su generosidad, aunque paradójicamente éstos sí cuenten con trabajos sin más coautoría que la de sus estudiantes.
¿Entonces qué pueden tener en común la Doctora Vergobitch y los asesinos del semanario Carlitos? Allá por 1998 la Doctora Vergobitch creyó verse en una caricatura de la misma manera en la que los asesinos creyeron ver en otra el rostro del Profeta Mohammed. No es que conozcamos el rostro de este último ni que la abstracción de unos monos mal hechos sean claramente el rostro consumido por el acné de la Doctora Vergobitch. No. Es que tanto asesinos como doctora han realizado en sus tiernos cerebros esa paranoica operación de metonimia que confunde la representación con el objeto. Es que da igual que se explique a necios lo que por definición tienen voluntad de ignorar: ella ya decidió que lo que el papel le devuelve es su imagen y ellos ya establecieron que se les ha tocado lo más sagrado al dibujar a un hombre barbado con una bomba en la cabeza. Poner en duda la ofensa significaría lo mismo que descreer de una patada en los huevos. La caricatura, sombrero caído que recogen los afectados para tocarse con él, pellizca la solemnidad y resquebraja la hipocresía con que se juzgan a sí mismos. Y ya lo dice el viejo adagio: la risa es la que chinga.
Pero los así difamados por su psicología retorcida no se conforman con que desaparezca aquello que cuestiona su seriedad: exigen además el reconocimiento de sus buenas intenciones y el sometimiento de curiosos y transeúntes. En el auditorio gris donde nos habían reunido a los profesores para informarnos de las nuevas disposiciones para el registro de asistencia a clases, que implicaban encender el equipo, entrar a un sistema, registrar entrada y salida del profesor en intervalos específicos de tiempo, así como el pase de la lista de estudiantes a través del mismo, el presentador aclara que "para agilizar las cosas" puede pasarse asistencia en papel y luego, cada semana, pasar el registro al sistema informático. Un profesor levanta la mano. Tiene tres grupos y un total de dieciocho clases a la semana. Pregunta: ¿debe pasar lista en aula y además pasar el registro al sistema para todos ellos? Otro profesor le contesta que sí, que la ventaja está en poder hacerlo dos veces. Irritado, el presentador pregunta si alguien más desea contar otro chiste. En suma: el propio presentador que sugirió agilizar las cosas registrando asistencia en papel para luego hacerlo en sistema, se enfurece porque ello es traducido como lo que es: "trabajar doble". En otras palabras, no le asiste a uno ni el derecho a reírse de uno mismo, aunque sea uno el que haga ese trabajo, porque puede pensarse que nos reímos de la estupidez de quienes orquestaron las medidas. Como buenos hijos de puta en cuyo comportamiento estarían de acuerdo los Castro, los Hitler, los Pol Pot, los Kim Jong-Un de todos los tiempos, no sólo quieren dar por culo, sino que esto sea agradecido por los afectados con una salva de aplausos.
Acaso debamos quejarnos menos. Acaso debamos estar agradecidos con la cultura de corrupción del país que favorece la holgazanería y el comfort, incompatibles de momento con las armas que un buen día podrían tomar la Doctora Vergobitch o el simpático presentador para hacerse obedecer y respetar. Que siga la fiesta, como se dice por aquí, en paz...
Imagino que la disciplina impuesta por la educación que exige no reírse ni soltarse un pedo durante la misa, termina por filtrarse hasta las capas más profundas de la persona, convertida así en un consumado autómata cuyo núcleo está protegido por su hipocresía. Bien es verdad que esta última es civilización, lubricante social, base de una cordialidad que, como los vasos de agua, no se le niega a nadie en principio; pero de ahí a convertirla en la herramienta por la que nos convencemos de nuestras intrínsecas bondad y pureza mientras nos manchamos las manos de sangre, no hay sino un paso.
Pensaba en todo esto a propósito de los recientes atentados contra el semanario Carlitos, en aquel país donde la Doctora Vergobitch obtuvo su doctorado. ¿Cómo, habiendo pasado años en aquella nación tan antigua, jacobina, reina de la sátira y el sarcasmo, revolucionaria de la ilustración e inspiradora de ateos y artistas y escritores, pudo la Doctora Vergobitch terminar convertida en una perra histérica y mojigata que no podía resistir la menor crítica u observación? ¿Cómo pudo convivir el complejo de inferioridad mexicano en toda su holgura xenófoba y obscurantista con la sociedad incluyente y burlona de los Voltaire, los Sartre, los Coluches? Quizá de la misma manera en la que muchos musulmanes se instalan ahí, se mantienen aislados y resentidos, se reproducen como conejos y un buen día revientan, si bien la Doctora Vergobitch no pertenece a una cultura como la japonesa o la árabe donde se admire el honor hasta el punto de llegar a harakiris y yihads. No. La Doctora Vergobitch pertenece a una sociedad anodina y pía, célebre por su ignorante indiferencia disfrazada de pacifismo, sede de millones de crímenes diarios de pequeña escala que sumados producen un gran total de corrupción al que luego se denomina folclóricamente "usos y costumbres"; la Doctora ha reunido títulos académicos para los que su patria tortillera le ha becado y obtenido a temprana edad una plaza en una unidad de investigación cuyo prestigio ya no necesita de hechos para sustentarse: se alimenta de su propio prestigio; la Doctora ha demostrado su independencia como científica por casi veinte años incluyendo en sus publicaciones los nombres de otros científicos de menor escala que se acogen a su generosidad, aunque paradójicamente éstos sí cuenten con trabajos sin más coautoría que la de sus estudiantes.
¿Entonces qué pueden tener en común la Doctora Vergobitch y los asesinos del semanario Carlitos? Allá por 1998 la Doctora Vergobitch creyó verse en una caricatura de la misma manera en la que los asesinos creyeron ver en otra el rostro del Profeta Mohammed. No es que conozcamos el rostro de este último ni que la abstracción de unos monos mal hechos sean claramente el rostro consumido por el acné de la Doctora Vergobitch. No. Es que tanto asesinos como doctora han realizado en sus tiernos cerebros esa paranoica operación de metonimia que confunde la representación con el objeto. Es que da igual que se explique a necios lo que por definición tienen voluntad de ignorar: ella ya decidió que lo que el papel le devuelve es su imagen y ellos ya establecieron que se les ha tocado lo más sagrado al dibujar a un hombre barbado con una bomba en la cabeza. Poner en duda la ofensa significaría lo mismo que descreer de una patada en los huevos. La caricatura, sombrero caído que recogen los afectados para tocarse con él, pellizca la solemnidad y resquebraja la hipocresía con que se juzgan a sí mismos. Y ya lo dice el viejo adagio: la risa es la que chinga.
Pero los así difamados por su psicología retorcida no se conforman con que desaparezca aquello que cuestiona su seriedad: exigen además el reconocimiento de sus buenas intenciones y el sometimiento de curiosos y transeúntes. En el auditorio gris donde nos habían reunido a los profesores para informarnos de las nuevas disposiciones para el registro de asistencia a clases, que implicaban encender el equipo, entrar a un sistema, registrar entrada y salida del profesor en intervalos específicos de tiempo, así como el pase de la lista de estudiantes a través del mismo, el presentador aclara que "para agilizar las cosas" puede pasarse asistencia en papel y luego, cada semana, pasar el registro al sistema informático. Un profesor levanta la mano. Tiene tres grupos y un total de dieciocho clases a la semana. Pregunta: ¿debe pasar lista en aula y además pasar el registro al sistema para todos ellos? Otro profesor le contesta que sí, que la ventaja está en poder hacerlo dos veces. Irritado, el presentador pregunta si alguien más desea contar otro chiste. En suma: el propio presentador que sugirió agilizar las cosas registrando asistencia en papel para luego hacerlo en sistema, se enfurece porque ello es traducido como lo que es: "trabajar doble". En otras palabras, no le asiste a uno ni el derecho a reírse de uno mismo, aunque sea uno el que haga ese trabajo, porque puede pensarse que nos reímos de la estupidez de quienes orquestaron las medidas. Como buenos hijos de puta en cuyo comportamiento estarían de acuerdo los Castro, los Hitler, los Pol Pot, los Kim Jong-Un de todos los tiempos, no sólo quieren dar por culo, sino que esto sea agradecido por los afectados con una salva de aplausos.
Acaso debamos quejarnos menos. Acaso debamos estar agradecidos con la cultura de corrupción del país que favorece la holgazanería y el comfort, incompatibles de momento con las armas que un buen día podrían tomar la Doctora Vergobitch o el simpático presentador para hacerse obedecer y respetar. Que siga la fiesta, como se dice por aquí, en paz...
sábado, enero 17, 2015
Ternuritas de academia
Hace años, en alguna conversación, el Doctor Kurva dijo que había emigrado de Rusia a México porque aquí sí había dinero para la ciencia. La corrupción, que en su país de origen había resultado un obstáculo porque no le favorecía, le resultó muy conveniente en el altiplano. Acaso ignoraba que la tradición nacional, firmemente contraria a la ciencia por considerarla extranjera y acaso sospechosa de satanismo, había accedido en las últimas décadas a hacerla su prioridad siempre y cuando estuviera bendecida... por un apellido extranjero: Ross, Halphen, Dreyfus, Tschang, Kamp, Schaeffer, Nakagwasi, Karova, eran los nuevos mexicanos que inundaban las listas de resultados de convocatorias científicas, en cuya ayuda acudió rápidamente el modernísimo expediente de que la nacionalidad es al fin y al cabo un pasaporte, y que pensar lo contrario supone racismo y no sé cuántos otros crímenes contemporáneos. La televisión de los setentas fue pionera del status quo que alguna vez acogería a Kurva y a otros altruístas que desinteresadamente vinieron de todas partes del mundo a cobrar del presupuesto nacional: el mejor científico mexicano se llamaba A.G. Memelovský y su equipo de trabajo eran un sapo, una lagartija, un abejorro y un ratón. Cola más o alas menos, años después el propio Kurva tendría equipos de trabajo similares, aunque morenos.
Amplios han sido los beneficios que esta captación de talentos a nivel mundial ha traído a México, talentos que ya no escogen los aburridos destinos habituales del MIT, Oxford, Cambridge o la Sorbona, inferiores en calidez humana y apoyos gubernamentales, siervos de necesidades de mercado que aquí, mal que bien, se encuentran contrarrestadas por estados re-revolucionarios. Entre estos beneficios se encuentra la cada vez más sofisticada estructura científica del país cuyo principal objetivo debe mucho al viejo propósito del artículo tercero constitucional en alguna de sus versiones: educación gratuita para todos que, so pena de parecer reaccionario o contrario a los intereses de la nación, se traduce en títulos para quien levante la mano y becas para transeúntes más o menos desocupados. Esta democratización de obvios beneficios que ha roto para siempre el elitismo tan perjudicial que suponía que para tener un grado había que demostrar competencia técnica por medio de resultados, ha sido encabezada por los nuevos mexicanos y apoyada frenéticamente por viejos connacionales en puestos directivos y rectorías, creándose una espiral virtuosa de esquizofrenia por la productividad vacua bajo nombres y logotipos muy variados.
Todo ha sido tan rápido que debemos ser comprensivos con quienes han navegado estas turbulentas aguas haciendo cuanto han podido por seguir la corriente aceptablemente. Tal es el caso, por ejemplo, del Doctor Herrumbre, a quien alguna de las siglas bajo las cuáles se agrupa la ciencia mexicana becó durante tres años para que realizara un doctorado aparentemente indispensable para su pobre universidad de provincia. El hombre fue e hizo cuanto pudo, sufriendo indeciblemente en las calles del Reino Unido, por cuanto aquella sociedad prescindía de las tortillas de harina, obligaba al aprendizaje de un idioma que no era de dios y encima exigía algo más que su sola presencia para otorgarle el título de doctor que presuntamente buscaba. No le compensaba, desde luego, la percepción simultánea de su sueldo y su beca, el pago de sus billetes de avión para ir y venir de vacaciones a su patria, el aumento de sueldo al que por su nuevo grado podría aspirar al volver al país. Volvió a su tierra, señoreó cursos con autoridad de doctor sin título en su universidad, le fueron otorgadas responsabilidades, su trasero engordó. Tímidamente, el organismo que lo becó utilizando recursos públicos, le ha pedido que consiga por favor, si fuese tan amable, el título para el que se le concedió la morralla de su beca. A regañadientes, fastidiado como es lógico, el Doctor Herrumbre se ha hecho asesorar por el Doctor Tribilín en cuya contratación participó, como estudiante de doctorado de la propia institución en que ambos trabajan. No es fácil, desde luego, porque encima de estudiar y seguir las instrucciones de su nuevo asesor, debe dar clases y atender otras muchas responsabilidades. Pero sus jefes son comprensivos y pacientes, como lo prueba el hecho de que hayan esperado durante años y tras varios cambios de asesor, la titulación, ya no de doctor, sino de maestro, del Ingeniero Bizarro. Son jefes generosos, de sonrisa meliflua, ropa planchada y vida familiar intachable. Saben que están educando, orientando, moldeando a estos muchachos de cuarenta años que, caramba, han tenido una vida difícil.
Difícil ha sido, también, la historia de la Doctora Perica, que en una conversación reciente se mostró sorprendida de la existencia de un concepto denominado conflicto de interés y al que se aludió con motivo de que fungiera como asesora de doctorado de su marido. Sí, el marido de la Doctora Perica, a quien como al Doctor Herrumbre también se le dieron dineros y ahora se le pide, de favor, muy amablemente, que tenga la bondad de mostrar el título que fue a adquirir cobrando beca y sueldo y que ya no podrá tener por parte de la institución a la que fue, es ahora el estudiante de su esposa. Es muy tierno, si se piensa en ello con la generosidad de quien comprende que todos somos seres humanos, con la valentía de quien no le tiene miedo a ser despedido y con la sencillez de quien comparte sus cuitas familiares con el gran público. Y es la ternura, sin duda, el sentimiento que ha ganado sobre la mezquindad de los que se extrañan de este incesto académico que sólo está motivado en engrandecer a este país y beneficiar a la universidad provinciana. Que la Doctora Perica saque beneficios económicos de esta asesoría a través de programas de estímulos, es secundario, ¿por qué no habría de hacerlo si es su trabajo?
Pero el Estado es celoso de sus impuestos y no lleva bien la competencia. La suerte del Ingeniero Bizarro, del Doctor Herrumbre o del esposo de la Doctora Perica, no pudo ser compartida por el Loco Agustín, quien una buena mañana e inspirado por el ambiente empresarial de los tiempos que corren, se puso a cobrar un billete de los del rojo sapo-pintor a cada estudiante que quisiera aprobar la materia que impartía por este método alternativo. Se hicieron consultas. Se preguntó a estudiantes. Se hicieron pesquisas. Se preguntó a colegas. Cuando por fin se tomó la decisión, se preservó la elegancia y no se le insinuó siquiera que la razón por la que se le asignaba a una oscura comisión fuera de aulas era su competencia desleal en materia de cobros. ¿Despedirlo? Ni pensarlo. Ya lo dijo Kurva en otra de sus célebres citas: chiste es vivir bien.
domingo, junio 15, 2014
Imposibilidades
Casi todos lo
logramos, pero él no pudo. Debió padecer de una lamentable disposición de ánimo
que su circunstancia profesoral no habrá hecho más que empeorar, porque aunque
tenía aquella pareja fija a la que acudía cada vez que tenía que lamerse las
heridas y recuperar la cordura, no tardaba en volver a experimentar esa ilusión
que sólo vemos desplegada en las películas y que conduce a seres presuntamente
iluminados a liderar revoluciones y convencer escépticos, demostrando que
abstracciones como fe, amor o amistad son capaces de mover montañas y llevar el
espíritu humano a nuevas cumbres, tan arbitrarias éstas como su distorsionada
convicción —quizás un problema bioquímico reforzado por malentendidos
psicológicos— acerca de la belleza intrínseca de las almas jóvenes cuyas discutibles
virtudes magnificaba al tiempo en que hacía caso omiso de sus mezquindades. ‘Están
aprendiendo a amar’, se decía cada vez que alguno —y fuimos muchos los que
desfilamos por sus aprensiones— le demostraba ingratitud o apocamiento,
aversión o reserva, porque intentaba poseernos, ya no digo físicamente —era muy
consciente de sus inclinaciones e intentaba sublimarlas de todas las maneras
posibles— sino a través del minucioso conocimiento de nuestras ridículas vidas,
creyendo ver motivos y señales donde sólo había accidente y coyuntura,
inconsistentes como fuimos en aquella época y aun seguimos siéndolo en mayor o
menor medida en nuestra vida adulta, nunca tan buenos como él mismo para darnos
demasiada importancia, para pensar en nuestras vidas y cronología como quien
recorre una obra maestra, ¿cómo hubiésemos podido convencerlo de que no había nada
de lo que él ya había decidido que había? ¿cómo además desde nuestras muchas
veces verdaderas impenetrabilidad y tozudez, tacañería sentimental y ordinariez
sin intención ni trasfondo? No diré que fuimos inmunes a su influencia y
locura, no diré que no tomamos de ella los beneficios inmediatos que nos producía
fingiendo o hasta convenciéndonos auténticamente en alguna ocasión aislada de
debilidad y gazmoñería, pero nos recuperamos, ya lo creo que sí, con el debido
tiempo y experiencia hemos podido mirar hacia atrás y hasta sugerir dos o tres
causas para su mal incurable, no así remedios, me temo, porque quien tiene un
hueco tan grande desde la infancia no puede aspirar a llenarlo en la adultez,
por mucho que los mecanismos cerebrales quieran adelantarse a las emociones, es
imposible, y lo suyo escapaba al orden racional a pesar de su capacidad para
explicarlo y aun preferirlo como el retorcido combustible de su vida, así
condenada a distinguirse en todo de la paz que le hubiese procurado una adultez
como la nuestra hecha de matrimonios más o menos burgueses e hijos tranquilizadoramente
estúpidos, funcional por cuanto el resto de la humanidad nos produce
indiferencia y bostezos y no deseamos ocuparnos de ella, menos aun enamorarnos de
terceros a los que idealizar para luego alimentarnos del desgarramiento de su
partida, el amargo descubrimiento de su libertad y finitud.
Casi todos lo logramos, pero él no pudo, ahora ya podemos decirlo con certeza porque se le acabó el tiempo y él mismo sabría entender que al paso del mismo todo se diluye y rebaja, no aguanta, se va borrando hasta que se extingue; lo recuerdo lamentando una buena mañana no sentir ya nada por alguien que hasta la víspera le había obsesionado y había querido como a alguien excepcional, yo mismo por ejemplo, por quien tanto hizo sin que se le pidiera, sin que yo hubiese siquiera respondido a su solicitud ya no digo con el mismo apremio y devoción, sino con un mínimo de comunicación que le hubiese asegurado que le reconocía y estimaba, pero no, no pude hacerlo porque no sentía nada, porque aunque fuese mortal —y entonces en el fondo lo ignoraba— no todo había de servirme para paliarlo, no cualquier amor, no desde luego el suyo.
‘Qué inconstancia la mía’, se censuraba en esas treguas sentimentales cargadas de lucidez. Acariciándole el cabello, aquella pareja fija le tranquilizaba con resignada paciencia: ‘Toda la vida’.
Casi todos lo logramos, pero él no pudo, ahora ya podemos decirlo con certeza porque se le acabó el tiempo y él mismo sabría entender que al paso del mismo todo se diluye y rebaja, no aguanta, se va borrando hasta que se extingue; lo recuerdo lamentando una buena mañana no sentir ya nada por alguien que hasta la víspera le había obsesionado y había querido como a alguien excepcional, yo mismo por ejemplo, por quien tanto hizo sin que se le pidiera, sin que yo hubiese siquiera respondido a su solicitud ya no digo con el mismo apremio y devoción, sino con un mínimo de comunicación que le hubiese asegurado que le reconocía y estimaba, pero no, no pude hacerlo porque no sentía nada, porque aunque fuese mortal —y entonces en el fondo lo ignoraba— no todo había de servirme para paliarlo, no cualquier amor, no desde luego el suyo.
‘Qué inconstancia la mía’, se censuraba en esas treguas sentimentales cargadas de lucidez. Acariciándole el cabello, aquella pareja fija le tranquilizaba con resignada paciencia: ‘Toda la vida’.
jueves, mayo 29, 2014
Idus
—No le hagas
caso a mi hermano. Ven, ayúdame a escoger el menú de la boda.
—Grace, se supone que debo estar disponible para...
—¡Para mí! Somos amigas, ¿no? Mi hermano tiene ahorita muchas cosas en la cabeza, por favor, no puedes ayudarle a resolver sus problemas, pero sí puedes ayudar con los míos, ¿verdad que sí mamita? ¿verdad que sí?
—Está bien Grace. Voy para allá.
—¡Sí, sí, sí! Aquí te espero.
Había llegado a la empresa como secretaria de planeación hacía cuatro años, un trabajo que no me interesaba en absoluto, pero que necesitaba, toda vez que Chuy ya no se hacía cargo de sus obligaciones y mis hijos adolescentes seguían estudiando: había que comer, pagar las facturas, dar la impresión a mis padres de que todo en mi matrimonio iba sobre ruedas aunque Chuy se viera obligado a pasar largas temporadas en el norte. "Así gana más dinero", les decía. Y no había mentira en ello, aunque el destino de esos billetes claramente no fuéramos nosotros. Mi madre fruncía la boca con desaprobación (nunca pude complacerla), mi padre refunfuñaba, pero luego volvía a la interminable narración de sus cuitas familiares y de trabajo matando sus escasas sospechas; ambos adoraban a Chuy, no me atrevía a contrariarlos.
Como siempre que salía a buscar trabajo, este también lo obtuve luego de las preguntas habituales que no tienen otro objeto que humillar a quienes nos vemos obligados a fingir entusiasmo para obtener el puesto: por qué quiere trabajar con nosotros, cómo se visualiza (graciosa palabra) en cinco años, en diez, en veinte, qué opina de la empresa, por qué no trabajar con la competencia, qué puede Usted aportar y qué podemos nosotros aportarle. Ya me hubiera gustado decirles: 'Mis razones no le importan, no me haga perder el tiempo; asegúrese de que yo sepa lo que haga falta saber y continuemos, ni Usted ni yo debemos tratarnos de este modo: eso es lo que quieren sus jefes, que nos hagamos la vida imposible para ganarnos sus favores, que nos estorbemos compitiendo por sus migajas. ¿Qué diablos es una empresa? Una empresa no es nada, entiéndalo, maquinaria ciega que se instala como plomo en nuestras cabezas'. Pero no dije eso y sonreí bastante y aprobé la prueba de mecanografía, no así la taquigráfica (en aquellos tiempos todavía era importante, pero empezaba a dejar de serlo); de computadoras no sabía nada, pero me dijeron que podía aprender con el tiempo; mi solicitud contenía como siempre dos o tres mentiras, los años me bailaban en la cabeza: fecha de nacimiento, años de egreso de la secundaria, de la escuela de secretariado para señoritas... Entonces la conocí:
—Qué elegancia, vamos a ver —dijo deteniéndose ante mí cuando estábamos las cinco candidatas todavía esperando a que nos dieran una plática de inducción y llenando formularios. Las cuatro de la tarde y aun sin comer. —Dile a mi hermano que esta es la mejor.
—Pero Grace, el señor Alonso dijo que... —trató de explicar la encargada de Recursos Humanos.
—¿Quiénes somos los dueños aquí, nena? ¿Eh, eh?
—Ustedes Grace, pero tu hermano el señor Alonso...
—Él sabe que yo tengo buena mano, aceptará lo que le diga porque también soy dueña y también trabajo aquí, ¿está claro? ¿Cómo te llamas lindura? —dijo volteando hacia mí luciendo unas joyas discretas, pero muy caras, yo siempre he tenido ojo para eso.
—Jane —dije sabiendo que el puesto era mío.
—Qué bonito nombre, ¿verdad? Estás contratada, pero con una condición.
—Dígame —contesté solemne como solemos hacerlo los que no tenemos el mando y nos vemos obligados a no ser nosotros mismos en casi toda circunstancia.
—No me hables de Usted. Me llamo Grace —y soltó una carcajada infantil. —Me debes una —agregó. Y luego dirigiéndose a las otras cuatro mujeres mientras aplaudía para llamar la atención, gritó con teatralidad:
—¡Se acabó muchachas, se acabó! ¡desfilando! Les agradecemos su interés, ¿eh? de verdad, pero el puesto está ocupado. Jane, acompáñame, debemos tomarte medidas para tus uniformes...
—¡Pero Grace! —interrumpió de nuevo la de Recursos Humanos —Déjame por lo menos que completemos el registro, por favor.
—Ay por supuesto nena, discúlpame, ya sabes que respeto tu trabajo, mil perdones —le dijo mientras me guiñaba un ojo con complicidad. Se despidió dando pasitos rápidos por un largo pasillo:
—Nos vemos pronto Jane, bienvenida a esta cueva de locos.
No exageraba. Grace debía tener casi mi edad, poco menos de cuarenta. Era muy blanca y se maquillaba demasiado, la discreción y el buen gusto eran sólo para las joyas y los vestidos. Ella y sus hermanos habían heredado una fortuna de sus padres, dirigían la empresa inmobiliaria y tenían buenos negocios con el gobierno que entonces vendía los bienes públicos a precios ridículos por considerarlos improductivos y estar muy de moda el respeto a las leyes del mercado y el libre comercio. Hubiese querido decirles que esas leyes parecían hechas a su medida, no a la mía, pues en los cuatro años no cambié de auto ni apenas me compré otra prenda que no fueran las medias que solían rasgarme los resortes y costuras endurecidas del Fairmont ochenta que me vendiera mi padre y al que por toda mejora pinté de negro en mala ocasión. "Parece carroza fúnebre", decía mi hijo algunas mañanas mientras lo calentaba: solíamos irnos juntos porque su preparatoria quedaba de paso a mi oficina, un buen chico él, qué lástima que a Chuy, su padre, ni siquiera le diera curiosidad, será que hay hombres que no están hechos para tener hijos y si los tienen no saben qué hacer con ellos, dónde acomodarlos, qué decirles, cómo apartarlos para mejor continuar su vida de egoísmo y soltería.
El señor Alonso era muy buena persona. Alto, delgado, con algunas canas sobre las sienes e incapaz de soltar las majaderías que soltaba Grace, su hermana menor, a la menor provocación y oportunidad. Los primeros años trabajé más con él que con Grace: aprendí a usar la computadora, adecuó mi espacio de trabajo para que yo me encontrara cómoda, nunca me cuestionó sobre mi familia ni hacía preguntas indiscretas. Yo no tuve problemas con él, pero conforme pasaban los años las visitas de personajes protegidos por guardaespaldas o militares fueron cada vez más frecuentes. De esas largas sesiones a puerta cerrada solía emerger el señor Alonso ennegrecido, como si se hubiese tragado corajes, sus ojos dos pozos fríos que ya no transmitían la serenidad de los primeros años y que parecían contener todas las barbaridades que soltaba Grace con despreocupación. Entonces empezó a faltar por muchos días o semanas. Alguna vez no se presentó en un mes. Yo acudía a mi puesto y me quedaba ahí sentada sin nadie que me diera instrucciones, a veces por jornadas enteras, el teléfono sonando cada vez de manera más escasa. En una ocasión era el propio señor Alonso el que llamaba luego de días de no presentarse. Parecía una llamada muy lejana, entrecortada, como se escuchaban los auriculares de aquellos aparatos naranja que había en los años ochenta en cada esquina y a los que había que depositar veinte centavos para tener un enlace cuando había suerte:
—...no puede. Entonces debes hacer como si ... ¿entendido señorita Jane? —nunca me llamó señora, quizá porque no sabía ni siquiera que estaba casada ni que tenía hijos.
—No le entiendo, señor Alonso, ¿puede repetirlo por favor?
—Sí. Que ya no debes contestar porque hay que hacer como... Grace puede decirte lo que haga... Cuídense porque...
—¿A Grace? ¿Grace qué señor Alonso? Dígame.
—Es que...
—¿Señor Alonso? ¿señor Alonso?
Nunca más lo vi ni volvió a llamar. Grace se casaba en diciembre en Nueva York y entendí por ello que en cuanto ella saliera de la empresa yo sería liquidada. ¿Cómo iban a seguirme pagando por ser la secretaria de alguien que nunca asistía? ¿Cómo por ser la asistente de una mujer que pronto se iría a vivir en matrimonio lejos de la empresa? Faltaban unos cuatro meses y Grace estaba como loca. Realizaba compras al por mayor, ignoraba los documentos que debía firmar en ausencia del señor Alonso, se dedicaba a llamarme por los motivos más increíbles para que fuera a su oficina y ante mis objeciones hacía una voz infantil, como de niña, llamándome mamita y amenazando con ponerse a llorar y hacer pucheros. Mis compañeras, antes hostiles, ahora me trataban con cordialidad porque sabían que estaba a punto de desaparecer junto con Grace: me invitaban a cenar a sus casas junto con José, uno de los guardaespaldas, que ya entonces me cortejaba con insistencia; me ofrecían consejos sobre sitios donde podría solicitar trabajo en cuanto ocurriera lo inevitable; la jefa de almacén llegó al extremo ridículo de regalarme una manta firmada por muchos compañeros para demostrarme su "afecto y gratitud", todavía me pregunto a cuenta de qué.
Grace se casó y no volví a saber de ella.
—Cuando vuelva de la luna de miel, querida, te llamaré.
—Sí Grace, cuando gustes.
—Somos amigas, eres muy importante para mí y lo sabes. Que yo me vaya a casar no quiere decir que nos vayamos a separar, ¿eh mamita? Si Alonso no te quiere yo sí.
—Claro Grace.
—Ahora voy a colgar porque viene mi marido.
Me despidieron en la primera quincena de diciembre, pero luego, con la crisis, parece que en enero ninguna de las solícitas compañeras que tanto me tuvieron lástima se quedó en la empresa: esta sencillamente dejó de existir. Al Señor Alonso lo buscó la Interpol por algún tiempo. No supe si lo agarraron. De Grace ya no supe nada, como tengo dicho. A Chuy no lo buscaba la Interpol, pero se esfumó de la misma manera.
'Todos abandonan', pienso. Y miro a mis hijos, desempleada.
—Grace, se supone que debo estar disponible para...
—¡Para mí! Somos amigas, ¿no? Mi hermano tiene ahorita muchas cosas en la cabeza, por favor, no puedes ayudarle a resolver sus problemas, pero sí puedes ayudar con los míos, ¿verdad que sí mamita? ¿verdad que sí?
—Está bien Grace. Voy para allá.
—¡Sí, sí, sí! Aquí te espero.
Había llegado a la empresa como secretaria de planeación hacía cuatro años, un trabajo que no me interesaba en absoluto, pero que necesitaba, toda vez que Chuy ya no se hacía cargo de sus obligaciones y mis hijos adolescentes seguían estudiando: había que comer, pagar las facturas, dar la impresión a mis padres de que todo en mi matrimonio iba sobre ruedas aunque Chuy se viera obligado a pasar largas temporadas en el norte. "Así gana más dinero", les decía. Y no había mentira en ello, aunque el destino de esos billetes claramente no fuéramos nosotros. Mi madre fruncía la boca con desaprobación (nunca pude complacerla), mi padre refunfuñaba, pero luego volvía a la interminable narración de sus cuitas familiares y de trabajo matando sus escasas sospechas; ambos adoraban a Chuy, no me atrevía a contrariarlos.
Como siempre que salía a buscar trabajo, este también lo obtuve luego de las preguntas habituales que no tienen otro objeto que humillar a quienes nos vemos obligados a fingir entusiasmo para obtener el puesto: por qué quiere trabajar con nosotros, cómo se visualiza (graciosa palabra) en cinco años, en diez, en veinte, qué opina de la empresa, por qué no trabajar con la competencia, qué puede Usted aportar y qué podemos nosotros aportarle. Ya me hubiera gustado decirles: 'Mis razones no le importan, no me haga perder el tiempo; asegúrese de que yo sepa lo que haga falta saber y continuemos, ni Usted ni yo debemos tratarnos de este modo: eso es lo que quieren sus jefes, que nos hagamos la vida imposible para ganarnos sus favores, que nos estorbemos compitiendo por sus migajas. ¿Qué diablos es una empresa? Una empresa no es nada, entiéndalo, maquinaria ciega que se instala como plomo en nuestras cabezas'. Pero no dije eso y sonreí bastante y aprobé la prueba de mecanografía, no así la taquigráfica (en aquellos tiempos todavía era importante, pero empezaba a dejar de serlo); de computadoras no sabía nada, pero me dijeron que podía aprender con el tiempo; mi solicitud contenía como siempre dos o tres mentiras, los años me bailaban en la cabeza: fecha de nacimiento, años de egreso de la secundaria, de la escuela de secretariado para señoritas... Entonces la conocí:
—Qué elegancia, vamos a ver —dijo deteniéndose ante mí cuando estábamos las cinco candidatas todavía esperando a que nos dieran una plática de inducción y llenando formularios. Las cuatro de la tarde y aun sin comer. —Dile a mi hermano que esta es la mejor.
—Pero Grace, el señor Alonso dijo que... —trató de explicar la encargada de Recursos Humanos.
—¿Quiénes somos los dueños aquí, nena? ¿Eh, eh?
—Ustedes Grace, pero tu hermano el señor Alonso...
—Él sabe que yo tengo buena mano, aceptará lo que le diga porque también soy dueña y también trabajo aquí, ¿está claro? ¿Cómo te llamas lindura? —dijo volteando hacia mí luciendo unas joyas discretas, pero muy caras, yo siempre he tenido ojo para eso.
—Jane —dije sabiendo que el puesto era mío.
—Qué bonito nombre, ¿verdad? Estás contratada, pero con una condición.
—Dígame —contesté solemne como solemos hacerlo los que no tenemos el mando y nos vemos obligados a no ser nosotros mismos en casi toda circunstancia.
—No me hables de Usted. Me llamo Grace —y soltó una carcajada infantil. —Me debes una —agregó. Y luego dirigiéndose a las otras cuatro mujeres mientras aplaudía para llamar la atención, gritó con teatralidad:
—¡Se acabó muchachas, se acabó! ¡desfilando! Les agradecemos su interés, ¿eh? de verdad, pero el puesto está ocupado. Jane, acompáñame, debemos tomarte medidas para tus uniformes...
—¡Pero Grace! —interrumpió de nuevo la de Recursos Humanos —Déjame por lo menos que completemos el registro, por favor.
—Ay por supuesto nena, discúlpame, ya sabes que respeto tu trabajo, mil perdones —le dijo mientras me guiñaba un ojo con complicidad. Se despidió dando pasitos rápidos por un largo pasillo:
—Nos vemos pronto Jane, bienvenida a esta cueva de locos.
No exageraba. Grace debía tener casi mi edad, poco menos de cuarenta. Era muy blanca y se maquillaba demasiado, la discreción y el buen gusto eran sólo para las joyas y los vestidos. Ella y sus hermanos habían heredado una fortuna de sus padres, dirigían la empresa inmobiliaria y tenían buenos negocios con el gobierno que entonces vendía los bienes públicos a precios ridículos por considerarlos improductivos y estar muy de moda el respeto a las leyes del mercado y el libre comercio. Hubiese querido decirles que esas leyes parecían hechas a su medida, no a la mía, pues en los cuatro años no cambié de auto ni apenas me compré otra prenda que no fueran las medias que solían rasgarme los resortes y costuras endurecidas del Fairmont ochenta que me vendiera mi padre y al que por toda mejora pinté de negro en mala ocasión. "Parece carroza fúnebre", decía mi hijo algunas mañanas mientras lo calentaba: solíamos irnos juntos porque su preparatoria quedaba de paso a mi oficina, un buen chico él, qué lástima que a Chuy, su padre, ni siquiera le diera curiosidad, será que hay hombres que no están hechos para tener hijos y si los tienen no saben qué hacer con ellos, dónde acomodarlos, qué decirles, cómo apartarlos para mejor continuar su vida de egoísmo y soltería.
El señor Alonso era muy buena persona. Alto, delgado, con algunas canas sobre las sienes e incapaz de soltar las majaderías que soltaba Grace, su hermana menor, a la menor provocación y oportunidad. Los primeros años trabajé más con él que con Grace: aprendí a usar la computadora, adecuó mi espacio de trabajo para que yo me encontrara cómoda, nunca me cuestionó sobre mi familia ni hacía preguntas indiscretas. Yo no tuve problemas con él, pero conforme pasaban los años las visitas de personajes protegidos por guardaespaldas o militares fueron cada vez más frecuentes. De esas largas sesiones a puerta cerrada solía emerger el señor Alonso ennegrecido, como si se hubiese tragado corajes, sus ojos dos pozos fríos que ya no transmitían la serenidad de los primeros años y que parecían contener todas las barbaridades que soltaba Grace con despreocupación. Entonces empezó a faltar por muchos días o semanas. Alguna vez no se presentó en un mes. Yo acudía a mi puesto y me quedaba ahí sentada sin nadie que me diera instrucciones, a veces por jornadas enteras, el teléfono sonando cada vez de manera más escasa. En una ocasión era el propio señor Alonso el que llamaba luego de días de no presentarse. Parecía una llamada muy lejana, entrecortada, como se escuchaban los auriculares de aquellos aparatos naranja que había en los años ochenta en cada esquina y a los que había que depositar veinte centavos para tener un enlace cuando había suerte:
—...no puede. Entonces debes hacer como si ... ¿entendido señorita Jane? —nunca me llamó señora, quizá porque no sabía ni siquiera que estaba casada ni que tenía hijos.
—No le entiendo, señor Alonso, ¿puede repetirlo por favor?
—Sí. Que ya no debes contestar porque hay que hacer como... Grace puede decirte lo que haga... Cuídense porque...
—¿A Grace? ¿Grace qué señor Alonso? Dígame.
—Es que...
—¿Señor Alonso? ¿señor Alonso?
Nunca más lo vi ni volvió a llamar. Grace se casaba en diciembre en Nueva York y entendí por ello que en cuanto ella saliera de la empresa yo sería liquidada. ¿Cómo iban a seguirme pagando por ser la secretaria de alguien que nunca asistía? ¿Cómo por ser la asistente de una mujer que pronto se iría a vivir en matrimonio lejos de la empresa? Faltaban unos cuatro meses y Grace estaba como loca. Realizaba compras al por mayor, ignoraba los documentos que debía firmar en ausencia del señor Alonso, se dedicaba a llamarme por los motivos más increíbles para que fuera a su oficina y ante mis objeciones hacía una voz infantil, como de niña, llamándome mamita y amenazando con ponerse a llorar y hacer pucheros. Mis compañeras, antes hostiles, ahora me trataban con cordialidad porque sabían que estaba a punto de desaparecer junto con Grace: me invitaban a cenar a sus casas junto con José, uno de los guardaespaldas, que ya entonces me cortejaba con insistencia; me ofrecían consejos sobre sitios donde podría solicitar trabajo en cuanto ocurriera lo inevitable; la jefa de almacén llegó al extremo ridículo de regalarme una manta firmada por muchos compañeros para demostrarme su "afecto y gratitud", todavía me pregunto a cuenta de qué.
Grace se casó y no volví a saber de ella.
—Cuando vuelva de la luna de miel, querida, te llamaré.
—Sí Grace, cuando gustes.
—Somos amigas, eres muy importante para mí y lo sabes. Que yo me vaya a casar no quiere decir que nos vayamos a separar, ¿eh mamita? Si Alonso no te quiere yo sí.
—Claro Grace.
—Ahora voy a colgar porque viene mi marido.
Me despidieron en la primera quincena de diciembre, pero luego, con la crisis, parece que en enero ninguna de las solícitas compañeras que tanto me tuvieron lástima se quedó en la empresa: esta sencillamente dejó de existir. Al Señor Alonso lo buscó la Interpol por algún tiempo. No supe si lo agarraron. De Grace ya no supe nada, como tengo dicho. A Chuy no lo buscaba la Interpol, pero se esfumó de la misma manera.
'Todos abandonan', pienso. Y miro a mis hijos, desempleada.
domingo, mayo 04, 2014
Becarios
La fila
avanzaba lentamente sin que la sombra escasa de los árboles hiciera más
tolerable la espera aquella mañana de mayo en que se llevó a cabo la
entrevista. 'Extraño', pensé, 'que se haga este proceso en una escuela primaria
del sur de la ciudad, haciéndonos venir de todas partes de la república, trasladando
las pesadas cajas de expedientes desde las oficinas centrales hasta este
edificio de los años veintes que inaugurara el secretario Vasconcelos'. Algunos
entraban y salían de la fila pidiendo que les reservaran el espacio para ir a
comprar un refresco helado a la tienda de la esquina, otros arriesgaban la ropa
comiendo tacos de canasta rebosantes de salsa, algunos más formaban corrillos
cargados de risas que parecían no tomar en cuenta que los entrevistadores se
quedarían con sólo la cuarta parte de los solicitantes. Me sentí perturbado por
tanta familiaridad, tanto ambiente de fiesta. Yo no había hablado con nadie,
quizá era momento de ensayar con el de al lado, un tipo con cola de caballo
(hay que joderse) y rostro abotagado.
—Qué tal, ¿a entrevista? —me sentí un idiota apenas preguntar. Él no tuvo piedad:
—¿Cómo? ¿no es esta la fila de las tortillas? Por supuesto que vengo a entrevista.
—Quise preguntar... en fin, ¿a dónde estás solicitando?
—No vengo a solicitar nada.
—¿Entonces sí vienes a las tortillas? —bromee dándole una palmadita en la espalda que él censuró con una mirada fulminante.
—Mi nombre es Aldo Saldaña —se presentó como tratando de atajar así su ira —y digo que no vengo a solicitar nada, sino a entrevistarme con el guiñapo que me toque en suerte para cantarle sus verdades. Esos hijos de puta no saben el mal que están causando. Son unos imbéciles.
—¿Perdón? —mi desconcierto era auténtico. Él sacó su caja de cigarros y me ofreció uno que acepté distraídamente.
—Lo que está oyendo, señor —dijo hablándome de usted mientras ahuecaba las manos para proteger la débil flama de un cerillo. Yo insistí en tutearlo.
—¿Quieres decir que no estás buscando una beca? Esta fila es para la entrevista. Se supone que todos los que estamos aquí ya cumplimos los requisitos de ley, pero por razones presupuestales se deja en manos de los expertos decidir quiénes van y quiénes se quedan. Yo he solicitado...
Me interrumpió el estertor profundo y sincopado de sus carcajadas. 'Un bipolar', pensé, 'un fanático de esos que pasan sin transición de la furia inaplacable al entusiasmo sin cortapisas'.
—¿Cumplir los requisitos? Por favor, señor, no me haga perder el tiempo. Mire esta fila —dijo tomándome de la espalda y empujándome para que ganara perspectiva— ¿de verdad cree que esta fauna merece que el pueblo gaste sus recursos en ella? ¿cree que los contribuyentes deben pagar las ambiciones personales de estos parásitos? ¿es en el extranjero donde deben ser bendecidos para que vengan después a gobernarnos? ¡Y una mierda!
Un par de chicas de aspecto vulgar comían tortas de tamal embarrándose los dedos de grasa, un hombre a todas luces casado hablaba de que se llevaría a su familia a Estocolmo, otro más presumía conocer a un funcionario que lo puso al tanto de los verdaderos procedimientos de selección: él ya estaba asegurado, todo esto no era sino un trámite. Sentí náuseas. Había dormido mal en el autobús, llegado muy temprano a la ciudad y comido en la Casa de los Azulejos: quizá me había sentado mal el desayuno.
—Creo entenderte, pero no veo qué tiene de malo ir a prepararse a un mejor país, sobre todo si se hace para mejor servir al nuestro.
—¿Por qué me insulta dándome ese "razonamiento" de pacotilla en el que ni siquiera cree? Hay quienes sí se lo cuentan y se lo tragan, es cierto, pero Usted no parece tan estúpido. Déjeme adivinar: está harto de este país, de la gente vulgar que bien podría estar representada en esta fila; cree que debe irse pero con riesgos controlados, por supuesto, que el exilio lo paguen ellos y no Usted de su bolsillo, que le den las gracias por ser tan brillante como para no merecerlo; habrá pensado largos años en la oportunidad que le daban las buenas notas en la escuela para ponerse a salvo, porque de verdad lo cree, ¿no es cierto? De verdad cree que el extranjero es la salvación, el sitio donde su talento será valorado y donde no habrá que esforzarse por mantener la barbarie a raya porque ya está domesticada desde hace siglos: Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Japón, toda una vida soñando con irse a vivir con los fuertes, ¿verdad? con los inteligentes, con los ganadores...
Pareció entristecerse, la mirada en el vacío. Aprovechó para cubrir el tramo que lo separaba de la fila que avanzaba por delante de él, sacar otro cigarrillo y continuar:
—Malos entendidos, ¿sabe? La historia personal, pero también la universal está hecha de prejuicios, de ideas formadas sin justificación que luego cuesta un huevo desechar. Ellos creen que son los mejores porque han vencido; sin guión alternativo nos enseñan historia, nos venden sus productos, nos dan televisión. ¿Cuántas veces habrá sentido excitación ante la trama de una serie americana donde los recursos y la inteligencia se combinaban para formar un mundo estimulante? Maderas resistentes, edificios sólidos, leyes justas, iluminación adecuada, prensa libre, gente pagada de sí misma capaz de atraer los mejores talentos vengan de donde vengan y de resolver cualquier problema a fuerza de ciencia y técnica, ¿no? Quiere que ese mundo lo reciba, lo integre, lo haga uno de los suyos, que lo absuelva del pecado original de haber nacido en el lado equivocado. Pues bien, sepa que ellos también están contando con Usted, es decir, con la fe del mundo subdesarrollado en su superioridad; cuentan con que nosotros mismos alimentemos la convicción de que seremos mejores en la medida en que más nos parezcamos a ellos...
—¿Ah sí? ¿y qué sugieres? ¿que les metamos un tiro a todos los gringos? ¿que nos encerremos en nuestro país a resolver nuestros problemas? No seas ingenuo Saldaña, esto sólo cambia lentamente...
—¿De modo que me ha tomado Usted por un radical descerebrado? ¿uno de esos encapuchados modernos que culpan de todo al FMI o al banco mundial? No sea estúpido —empezaba a cabrearme la facilidad con que este tipo me insultaba sin siquiera haberme preguntado mi nombre —ni intente evadirse de sus responsabilidades enmarcando su miserable caso en el de las presuntas conspiraciones internacionales.
—Está bien —le exigí otro cigarrillo con un ademán torpe de manos, seguí hablando mientras lo encendía —entonces ¿cómo se supone que los países consiguen serlo, eh? ¿cómo se supone que se gane el respeto y la independencia, ya no digo política, sino también la intelectual? Pareces un psicoanalista de naciones, pero ya otros han hecho ensayos para curarnos de complejos ¿sabes? Por eso algunos nos vamos, porque ya no nos creemos el mito de que no lo merecemos, porque el extranjero no nos inhibe ni amedrenta...
—Muertos. Los países de verdad se hacen con muertos. Usted cree que Europa y los Estados Unidos son buenos, ¿verdad? O supongamos que no lo cree, pero puesto a elegir, se alinea con ellos, ¿no? Derechos humanos democracia, etcétera, siempre mejor que dictaduras y genocidios. No siempre fue así, es verdad, ahí tiene el holocausto y la infinidad de guerras intestinas que asolaron Europa hasta el ictus de la segunda guerra, pero ya pasó, ¿no? Quizá no tenían la razón, pero ahora la tienen y debemos concedérsela. ¿Por qué entonces no muestran ningún interés en nosotros que los adoramos y no les hemos causado ningún conflicto? ¿Por qué se preocuparon por la reconstrucción de sus peores enemigos hasta el punto de hacerlos nuevamente potencias como Alemania o Japón? Yo le voy a decir por qué: porque no se premia la pusilanimidad, señor, ni siquiera cuando se disfraza de pacifismo. Lo que hace ganar el respeto es la guerra, la capacidad de ser un enemigo de verdad, no una rémora, no un meteco. Merecen reconstrucción la cultura francesa, la alemana, los que consiguieron, equivocados o no, consistencia, una forma de abordar la vida que no depende de terceros... ¿Y Usted me habla de que va para allá sin complejos, sin amedrentarse? Como si los ciudadanos de aquellos países tuvieran interés en su patética necesidad de probar algo...
Llegamos a la puerta. Un par de guardias examinaban nuestras mochilas, nos pasaban las manos por el cuerpo. Sentí un nerviosismo inexplicable, no por las palabras de Saldaña, sino por la repentina conciencia de que aun no sabía qué pensaba hacer este individuo alterado y feroz cuando le tocara la entrevista. Luego de la puerta, lo alcancé al cruzar el patio que nos separaba del edificio; le tomé por un brazo, muy serio:
—¿Qué vas a hacer ahora Saldaña?
—Déjeme. Mejor que no lo vean hablando conmigo.
—Oye, por favor, reflexiona, no vayas a...
—¿Usted me va a prevenir contra locuras? Vaya a hacer su doctorado, señor, vaya a las costas de New Hampshire, a Oxford, a la Bretaña francesa por cuenta del erario; pasee por parques domesticados, compre la buena conciencia de saberse en el centro del mundo y convenientemente alejado del mismo...
Me metí al baño a mojarme la cara, luego me encerré donde uno de los retretes para serenarme. 'Qué tipo más agresivo', pensé, 'no quiero ni imaginar qué estará pasando ahora, qué locura. Tiene razón en tantas cosas, ¿cómo he podido engañarme de esta forma? Quizá debería dar media vuelta y largarme para no cargar con el peso moral de haber utilizado al país para sacar adelante mi agenda personal. ¿Cuáles son de verdad mis motivaciones? ¿No se trata esto simplemente de probar algo a alguien, una trasposición psicológica completamente vulgar? Por supuesto que lo es: paliar deficiencias afectivas con éxitos profesionales, mantener la aprobación de mamá y llamar la atención de papá que nos abandonó. Simple. Y sin embargo, ¿no debería ser adulto al respecto? Debería entender que no es por medio de sustituciones como se resuelven estos problemas, pero tampoco me sentiré bien abandonando. Debo seguir. Debo hacerlo y luego ya habrá tiempo para averiguaciones. Siempre queda más, este tipo no tiene la última palabra. ¿Estoy llorando? Marica'.
Esperé sentado media hora; entonces salí. Todo parecía normal. Al entrar al salón donde me esperaba el evaluador, Saldaña extendía una mano hacia el mismo, se despedía. Al cruzar conmigo hacia la salida, me susurró, emocionado:
—Me la dieron.
—Qué tal, ¿a entrevista? —me sentí un idiota apenas preguntar. Él no tuvo piedad:
—¿Cómo? ¿no es esta la fila de las tortillas? Por supuesto que vengo a entrevista.
—Quise preguntar... en fin, ¿a dónde estás solicitando?
—No vengo a solicitar nada.
—¿Entonces sí vienes a las tortillas? —bromee dándole una palmadita en la espalda que él censuró con una mirada fulminante.
—Mi nombre es Aldo Saldaña —se presentó como tratando de atajar así su ira —y digo que no vengo a solicitar nada, sino a entrevistarme con el guiñapo que me toque en suerte para cantarle sus verdades. Esos hijos de puta no saben el mal que están causando. Son unos imbéciles.
—¿Perdón? —mi desconcierto era auténtico. Él sacó su caja de cigarros y me ofreció uno que acepté distraídamente.
—Lo que está oyendo, señor —dijo hablándome de usted mientras ahuecaba las manos para proteger la débil flama de un cerillo. Yo insistí en tutearlo.
—¿Quieres decir que no estás buscando una beca? Esta fila es para la entrevista. Se supone que todos los que estamos aquí ya cumplimos los requisitos de ley, pero por razones presupuestales se deja en manos de los expertos decidir quiénes van y quiénes se quedan. Yo he solicitado...
Me interrumpió el estertor profundo y sincopado de sus carcajadas. 'Un bipolar', pensé, 'un fanático de esos que pasan sin transición de la furia inaplacable al entusiasmo sin cortapisas'.
—¿Cumplir los requisitos? Por favor, señor, no me haga perder el tiempo. Mire esta fila —dijo tomándome de la espalda y empujándome para que ganara perspectiva— ¿de verdad cree que esta fauna merece que el pueblo gaste sus recursos en ella? ¿cree que los contribuyentes deben pagar las ambiciones personales de estos parásitos? ¿es en el extranjero donde deben ser bendecidos para que vengan después a gobernarnos? ¡Y una mierda!
Un par de chicas de aspecto vulgar comían tortas de tamal embarrándose los dedos de grasa, un hombre a todas luces casado hablaba de que se llevaría a su familia a Estocolmo, otro más presumía conocer a un funcionario que lo puso al tanto de los verdaderos procedimientos de selección: él ya estaba asegurado, todo esto no era sino un trámite. Sentí náuseas. Había dormido mal en el autobús, llegado muy temprano a la ciudad y comido en la Casa de los Azulejos: quizá me había sentado mal el desayuno.
—Creo entenderte, pero no veo qué tiene de malo ir a prepararse a un mejor país, sobre todo si se hace para mejor servir al nuestro.
—¿Por qué me insulta dándome ese "razonamiento" de pacotilla en el que ni siquiera cree? Hay quienes sí se lo cuentan y se lo tragan, es cierto, pero Usted no parece tan estúpido. Déjeme adivinar: está harto de este país, de la gente vulgar que bien podría estar representada en esta fila; cree que debe irse pero con riesgos controlados, por supuesto, que el exilio lo paguen ellos y no Usted de su bolsillo, que le den las gracias por ser tan brillante como para no merecerlo; habrá pensado largos años en la oportunidad que le daban las buenas notas en la escuela para ponerse a salvo, porque de verdad lo cree, ¿no es cierto? De verdad cree que el extranjero es la salvación, el sitio donde su talento será valorado y donde no habrá que esforzarse por mantener la barbarie a raya porque ya está domesticada desde hace siglos: Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Japón, toda una vida soñando con irse a vivir con los fuertes, ¿verdad? con los inteligentes, con los ganadores...
Pareció entristecerse, la mirada en el vacío. Aprovechó para cubrir el tramo que lo separaba de la fila que avanzaba por delante de él, sacar otro cigarrillo y continuar:
—Malos entendidos, ¿sabe? La historia personal, pero también la universal está hecha de prejuicios, de ideas formadas sin justificación que luego cuesta un huevo desechar. Ellos creen que son los mejores porque han vencido; sin guión alternativo nos enseñan historia, nos venden sus productos, nos dan televisión. ¿Cuántas veces habrá sentido excitación ante la trama de una serie americana donde los recursos y la inteligencia se combinaban para formar un mundo estimulante? Maderas resistentes, edificios sólidos, leyes justas, iluminación adecuada, prensa libre, gente pagada de sí misma capaz de atraer los mejores talentos vengan de donde vengan y de resolver cualquier problema a fuerza de ciencia y técnica, ¿no? Quiere que ese mundo lo reciba, lo integre, lo haga uno de los suyos, que lo absuelva del pecado original de haber nacido en el lado equivocado. Pues bien, sepa que ellos también están contando con Usted, es decir, con la fe del mundo subdesarrollado en su superioridad; cuentan con que nosotros mismos alimentemos la convicción de que seremos mejores en la medida en que más nos parezcamos a ellos...
—¿Ah sí? ¿y qué sugieres? ¿que les metamos un tiro a todos los gringos? ¿que nos encerremos en nuestro país a resolver nuestros problemas? No seas ingenuo Saldaña, esto sólo cambia lentamente...
—¿De modo que me ha tomado Usted por un radical descerebrado? ¿uno de esos encapuchados modernos que culpan de todo al FMI o al banco mundial? No sea estúpido —empezaba a cabrearme la facilidad con que este tipo me insultaba sin siquiera haberme preguntado mi nombre —ni intente evadirse de sus responsabilidades enmarcando su miserable caso en el de las presuntas conspiraciones internacionales.
—Está bien —le exigí otro cigarrillo con un ademán torpe de manos, seguí hablando mientras lo encendía —entonces ¿cómo se supone que los países consiguen serlo, eh? ¿cómo se supone que se gane el respeto y la independencia, ya no digo política, sino también la intelectual? Pareces un psicoanalista de naciones, pero ya otros han hecho ensayos para curarnos de complejos ¿sabes? Por eso algunos nos vamos, porque ya no nos creemos el mito de que no lo merecemos, porque el extranjero no nos inhibe ni amedrenta...
—Muertos. Los países de verdad se hacen con muertos. Usted cree que Europa y los Estados Unidos son buenos, ¿verdad? O supongamos que no lo cree, pero puesto a elegir, se alinea con ellos, ¿no? Derechos humanos democracia, etcétera, siempre mejor que dictaduras y genocidios. No siempre fue así, es verdad, ahí tiene el holocausto y la infinidad de guerras intestinas que asolaron Europa hasta el ictus de la segunda guerra, pero ya pasó, ¿no? Quizá no tenían la razón, pero ahora la tienen y debemos concedérsela. ¿Por qué entonces no muestran ningún interés en nosotros que los adoramos y no les hemos causado ningún conflicto? ¿Por qué se preocuparon por la reconstrucción de sus peores enemigos hasta el punto de hacerlos nuevamente potencias como Alemania o Japón? Yo le voy a decir por qué: porque no se premia la pusilanimidad, señor, ni siquiera cuando se disfraza de pacifismo. Lo que hace ganar el respeto es la guerra, la capacidad de ser un enemigo de verdad, no una rémora, no un meteco. Merecen reconstrucción la cultura francesa, la alemana, los que consiguieron, equivocados o no, consistencia, una forma de abordar la vida que no depende de terceros... ¿Y Usted me habla de que va para allá sin complejos, sin amedrentarse? Como si los ciudadanos de aquellos países tuvieran interés en su patética necesidad de probar algo...
Llegamos a la puerta. Un par de guardias examinaban nuestras mochilas, nos pasaban las manos por el cuerpo. Sentí un nerviosismo inexplicable, no por las palabras de Saldaña, sino por la repentina conciencia de que aun no sabía qué pensaba hacer este individuo alterado y feroz cuando le tocara la entrevista. Luego de la puerta, lo alcancé al cruzar el patio que nos separaba del edificio; le tomé por un brazo, muy serio:
—¿Qué vas a hacer ahora Saldaña?
—Déjeme. Mejor que no lo vean hablando conmigo.
—Oye, por favor, reflexiona, no vayas a...
—¿Usted me va a prevenir contra locuras? Vaya a hacer su doctorado, señor, vaya a las costas de New Hampshire, a Oxford, a la Bretaña francesa por cuenta del erario; pasee por parques domesticados, compre la buena conciencia de saberse en el centro del mundo y convenientemente alejado del mismo...
Me metí al baño a mojarme la cara, luego me encerré donde uno de los retretes para serenarme. 'Qué tipo más agresivo', pensé, 'no quiero ni imaginar qué estará pasando ahora, qué locura. Tiene razón en tantas cosas, ¿cómo he podido engañarme de esta forma? Quizá debería dar media vuelta y largarme para no cargar con el peso moral de haber utilizado al país para sacar adelante mi agenda personal. ¿Cuáles son de verdad mis motivaciones? ¿No se trata esto simplemente de probar algo a alguien, una trasposición psicológica completamente vulgar? Por supuesto que lo es: paliar deficiencias afectivas con éxitos profesionales, mantener la aprobación de mamá y llamar la atención de papá que nos abandonó. Simple. Y sin embargo, ¿no debería ser adulto al respecto? Debería entender que no es por medio de sustituciones como se resuelven estos problemas, pero tampoco me sentiré bien abandonando. Debo seguir. Debo hacerlo y luego ya habrá tiempo para averiguaciones. Siempre queda más, este tipo no tiene la última palabra. ¿Estoy llorando? Marica'.
Esperé sentado media hora; entonces salí. Todo parecía normal. Al entrar al salón donde me esperaba el evaluador, Saldaña extendía una mano hacia el mismo, se despedía. Al cruzar conmigo hacia la salida, me susurró, emocionado:
—Me la dieron.
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