domingo, octubre 28, 2018
Desayunos de hotel
Esta mañana, mientras tomaba el desayuno en el comedor del hotel de un país tropical hasta entonces desconocido, la última de quince días transcurridos en el aislamiento de otra lengua y la soledad propia del forastero, me vino a la memoria su recuerdo en medio de aquella alienación de la que inútilmente trataba de salir por medio del café y el pão de queijo, pues, si por algún motivo se encontraba animado, no era raro que Luis Gala nos contara anécdotas cuyos contenido y detalle hacían difícil creer en su naturaleza tímida, las dificultades de conversar con desconocidos o incluso habituales sólo transparentadas por el esfuerzo decidido que hacía por apartar la mirada de los ojos de su interlocutor sin bajar la cabeza, también, paradójicamente, por ese continuo tirar hacia delante con su narración sin encontrar la forma de detenerse a fin de no quedar expuesto a un silencio que sus oyentes querrían solventar formulando nuevas preguntas o, todavía peor, descubriéndolo vulnerable detrás de su locuacidad, casi se diría que deseaba aturdir a quienes le escuchábamos en sus momentos de mayor sociabilidad para que, sin dejar de considerarlo, no le importunásemos, pues si por un lado no deseaba ser excluido por sus compañeros tampoco deseaba significarse tanto que ellos se creyeran con derecho a pedirle favores o, todavía peor, abusar de él para gastarle bromas malintencionadas o atacarlo decididamente por haber expuesto sin querer un flanco débil, bien puede decirse así que vivía en constante paranoia, pero, inteligente como era y extremadamente consciente de sus propios excesos, se empeñaba en no dejarse llevar por ella aunque el resultado se tradujera en una extraña combinación de largas peroratas y repentinos silencios, no era en absoluto aburrido para quien recogiera los continuos guiños que, por medio de la ironía y la cultura, hacía para ganar la complicidad de quienes lo acompañaban, elevándose hasta la carcajada salvaje si encontraba un ambiente favorable o reprimiéndose hasta la más mortecina circunspección si sólo lo rodeaban primitivos, así pues reapareció frente a mí expansivo en forma de recuerdo esta mañana, explicando con graciosas gesticulaciones su sentir cuando se hallaba de vacaciones con su ya por entonces ex-mujer, de quien no dejaba de hablar impostando una neutralidad imposible, 'entonces tomas asiento en un rincón a fin de que no te molesten y vas por dos cafés, no por galantería sino porque de verdad quieres lo mejor para ella, que te mire y al mirarte te quiera, ¿no? que te considere un poco más activamente que como se considera una silla, pero ella está instalada en el mundo y yo en Babia, ella leyendo el periódico y yo pensando en el nebuloso futuro cuya incertidumbre encuentro intolerable, las vacaciones no hacen sino agudizar la conciencia de lo que debemos y en ningún momento es más insoportable esa sensación que a la hora del desayuno entre desconocidos, somos gente en tránsito, temporalmente varada en estas frías instalaciones donde el huevo siempre está a medio cocer y los platillos del bufet saben exactamente igual, nunca faltan los hombres de negocios que como ella también están leyendo el periódico, con la barba bien cuidada, la corbata puesta, dando voces en sus móviles de manera que todos alrededor sepamos cuán importantes son y cuán ocupados están y cuánto les debemos de la correcta marcha del mundo, mi mujer es como ellos y desearía no estar de vacaciones con alguien tan impresentable como yo que sólo desea llevarla a la cama, ella querría estar hablando inglés con los que conspicuamente han ido a instalarse a la mesa del centro, gringos de los que nunca faltan en los buenos hoteles de todos los rincones del mundo donde haya algo que comprar o vender y que no buscan esconderse como yo porque no tienen nada de qué avergonzarse y encuentran el mundo como hecho para ellos, a su servicio, así mi mujer que pronto no tolerará más estar al lado de quien tiene reservas y dudas y sólo ideas, ella no encuentra interés en conversar conmigo ni en dejar demasiado tiempo su mano bajo la mía, los camareros van y vienen fingiendo llenar nuestras tazas de café cuando en realidad se divierten con el espectáculo de nuestra extranjería y evidente distancia, no hay quién resista la tentación de asomarse a la desgracia ajena si además no nos concierne y tiene la virtud de asegurarnos una momentánea superioridad, ¿verdad? como los hombres de negocios y especialmente los gringos, ella deja la casi totalidad del desayuno que ella misma se sirvió en el plato y no experimenta culpa alguna por el desperdicio, pero yo siempre limpio el mío porque me siento culpable, no crean que por salvar el mundo, qué va, tan sólo un reflejo de la férrea disciplina que mi madre me inculcó y que la adultez ha transfigurado en presunta conciencia, pero es sólo miedo, un miedo católico al castigo del que ya me gustaría curarme siendo hombre de negocios, quiero decir: siendo un poco como mi mujer, pero no he pasado el tiempo suficiente en hoteles ni en sus horrendos comedores', así hablaba Luis Gala poco después de que yo llegara a Santa Teresa y así lo recordaba esta mañana mientras tomaba el desayuno en el comedor de un país tropical hasta entonces desconocido mientras calculaba mentalmente las horas de viaje que tenía por delante para volver a casa y reparaba en las pocas fotografías que había hecho y, como en un segundo plano, reflexionaba sobre la futilidad de cambiar de residencia, un deseo siempre más fuerte cuando debía dejar un sitio al que había acudido temporalmente, 'una trampa', pensaba, 'que esconde una inconformidad más esencial que no puede abandonarme sólo porque viva en este u otro lugar, jamás debí volver', me dije murmurando en algún momento sin precisar bien a dónde ni a cuál de los muchos retornos me refería, entonces saqué el móvil y, sin levantarme de la mesa, tomé un par de fotos del bufet del desayuno, pero apenas me disponía a guardarlo cuando una mujer se levantó de su mesa y, gritando fuera de sí, se acercó a la mía señalándome violentamente con el dedo ante la mirada atónita de los comensales y, si no hubiese sido por la pronta intervención de un mesero de gruesos lentes al que yo saludaba todas las mañanas, me habría arañado la cara con sus largas uñas de diseños exóticos, cada una, según pude reparar, un dibujo distinto, quise ponerme de pie cuando ya un hombre a mi costado me exigía algo sin que yo pudiera comprenderlo hasta que por fin el gringo hombre de negocios que nunca falta en ningún lugar del mundo donde haya algo que comprar o vender, pudo imponerse al tumulto y traducir para mí que estaba siendo acusado de tomar fotografías a uno de los hijos de la señora, una criança, decía intercalando la otra lengua en el inglés bostoniano con que me hablaba, busqué con la mirada al amable mesero de gruesos lentes, pero ya no estaba ahí, de modo que he acompañado al gerente hasta la recepción y le he entregado mi móvil en tanto aguardamos a que llegue la policía y yo trato de recordar si hay algo en el aparato o en la habitación a la que no se me permite subir ya que pueda comprometerme, y la gente conversa a mi alrededor en un idioma que no entiendo y el vértigo me posee hasta hacerme sentir que pierdo el conocimiento mientras escucho en mi cabeza las delirantes carcajadas de Luis Gala que se deforman gradual e inexorablemente en un potente coro de chicharras.
martes, octubre 02, 2018
Historia del dos de octubre con mi tío Humberto
Le preguntó: "¿Cómo puede llegar la Ilustración a Turquía?"
Y Monsieur Sartre le respondería:
"Monsieur, yo que usted, como intelectual de un país subdesarrollado, en lugar de estar aquí tomándome un café con leche, trabajaría de maestro en mi país".
—Cevdet Bey e hijos, Orhan Pamuk.
Cuando dejaba de ser niño a finales de los ochenta, mi tío Humberto me prestó Fuerte es el silencio, un libro de crónicas de Elena Poniatowska que, entre otras historias de —digamos ingenuamente y sin cuestionar demasiado— lucha social, abordaba el movimiento del sesenta y ocho en uno de sus cinco o seis capítulos. Apasionado de la historia de México desde pequeño, pero sin formación política alguna que me permitiera distinguir el país en que vivía, aquel fue mi primer acercamiento al México contemporáneo cuya historia, como dictaban los libros de texto y las telenovelas históricas de aquella época, se congelaba a partir de mil novecientos cuarenta con la expropiación petrolera como su cenit. Desde luego di por bueno todo lo contenido en el libro y me puse del lado de las víctimas sin entender bien a bien qué buscaban, comprendiendo quizá por primera vez que vivíamos en un régimen de partido único que asfixiaba algunas libertades, aunque no entendiera yo bien cuáles y sólo distinguiera una de ellas claramente: la libertad de disentir. Al interés despertado por el libro cooperaron la por entonces novedosa cuanto pésima película de Rojo Amanecer y las agitadas elecciones federales de mil novecientos ochenta y ocho con su estela de fraude: me tragué ambas con la misma simpleza con que leí el libro y atesoré como prueba de mi propia calidad moral el repudio e indignación experimentados hacia los abusos imprecisos de la autoridad contra reclamos también escasamente definidos.
La atmósfera de los años que siguieron tuvo dos signos que ayudaron a confirmar mi simpatía por el movimiento del sesenta y ocho: por un lado la filosofía y acciones de la universidad privada que me hacía vivir como si me hallara en la década de los años sesenta, en plena guerra fría, rodeado de furibundos anticomunistas católicos opuestos a cualquier forma de ilustración y en contra de las libertades civiles; y por el otro, algunas amistades adultas que se consideraban revolucionarias y que, quizá con más convicción que mi tío Humberto, me proporcionaron lecturas y conversaciones, películas y contactos que se oponían a la propaganda universitaria, individuos todos que aprovechando las ventajas de la apertura comercial salinista y haciendo caso omiso del desmoronamiento del comunismo en Europa del Este, prosperaron en aquellos años sin menoscabo de sus convicciones, un conjunto de creencias que creyó encontrar reivindicación en el breve levantamiento armado de mil novecientos noventa y cuatro en Chiapas. Con inesperado tino, poco antes de este levantamiento, mi tío Humberto me regaló México profundo de Guillermo Bonfil Batalla, un libro que recordaba la raíz indígena del país y su negación a lo largo de la historia, una negación particularmente patente en los años del salinismo triunfante. Una vez más me alineé con las víctimas y me indigné con los victimarios, pero las cosas ya no eran tan simples como en mi niñez ni el convencimiento tan sólido: habían aumentado mi saber y experiencia sobre el país y con ellos se habían multiplicado las dudas.
Cuando ingresé al centro de investigación público para realizar estudios de maestría supuse que la feroz vigilancia y censura a la que la universidad privada me sometió yendo tan lejos como para retirarme la beca que como estudiante de excelencia me correspondía quedaría sólo en un mal recuerdo, un asunto del pasado circunscrito a una organización de ultraderecha que en modo alguno representaban al grueso de la población del país, ¿o acaso no había convivido durante esos mismos años con las maestras revolucionarias del sindicato, con las encargadas de las olimpiadas de matemáticas, con los compañeros de la universidad pública? Ahora que iniciaba una nueva etapa en un prestigioso centro de investigación público cuyos académicos habían realizado —pagados por el erario— estudios de posgrado en países con mayor tradición democrática, científica y cultural que el nuestro, estaba convencido de hallarme en el lugar propicio para la discusión y despliegue de todas las inquietudes que durante años habían estado sujetas a censura, un ambiente laico y liberal, inteligente y lúcido. No fue así. En el treinta aniversario del movimiento del sesenta y ocho descubrí que los encargados del centro de investigación público no tenían ninguna disposición para discutir abiertamente nada y que la censura de la universidad privada era un juego de niños al lado de la que los adalides del método científico eran capaces de ejercer contra artículos, caricaturas, modos de vida, opiniones y disensos. La universidad privada consiguió poner a mi familia en serios aprietos económicos, pero dejó intactas mis ingenuas convicciones originales; el centro de investigación liquidó estas últimas y me hizo conocer por vez primera el desencanto, un sentimiento que ya no me abandonó el resto de mi vida.
En el gozne entre siglos, mientras cuestionaba la legitimidad de hacer estudios de doctorado y me dedicaba exclusivamente a dar clases, encajando el hecho de que tanto la universidad privada como las maestras revolucionarias u olímpicas triunfaran en los negocios aligerando sus cargas ideológicas de signo opuesto, me dedicaba a leer con asiduidad ya sin la asistencia de mi tío Humberto que empezaba a convertirse en un entrañable recuerdo. Gracias a Enrique Krauze y sus maestros, Daniel Cosío Villegas y Luis González y González, así como muchos otros autores que disfruté leer, creí posible remediar mediante el voto la herencia de intolerancia y desprecio por la democracia que el partido hegemónico del país había impuesto, pero la salida de éste de la presidencia no vino acompañada de ninguna dirección coherente y de pronto fue como si el ruido se hubiera instalado en la arena pública para ya no disminuir jamás, sin que yo pudiese distinguir en ese vocinglero, desde entonces hasta ahora —casi veinte años después— nada más que el oportunismo como ideario político del mexicano y la deshonestidad intelectual como su forma más lamentable de corrupción. El mexicano de las décadas que siguieron me demostró en multitud de formas —en la persona de un director, de un profesor, de un estudiante o empresario, de una recepcionista o una locutora, de un albañil o un carpintero— cuán limitada era mi visión de los problemas del país que creí encarnados en la concentración ilimitada de poder, elemento sin el cual la masacre del sesenta y ocho no hubiera ocurrido; aquella no era sino la cúspide de un infierno del que todos —como lo demostraron las sucesivas transiciones y alternancias en los gobiernos— éramos cultural y no sólo políticamente responsables.
Incapaces de asumir la crítica o el disenso como hace cincuenta años, sin importar si se pertenece a una institución de mentalidad ultramontana o a una que se proclama científica, si pública o privada, el mexicano sólo admite reírse de sí mismo en el espejo que los comediantes le proporcionan y donde asume que nada es en serio; no puede razonar porque sea ignorante, lo que acaso tuviera remedio con la debida instrucción, sino porque privilegia y aún anima la necedad, es decir, la voluntad de ignorar; es moralmente bajuno porque busca siempre hacer trampa y tiene por estúpido seguir leyes o reglas, como si vivir por encima de ellas no fuese una manifestación más de su hasta el hartazgo comprobado complejo de inferioridad, desprecia la complejidad y el matiz y prefiere aferrarse a creencias o consignas, busca así permanecer en la infancia más larga posible, sin responsabilidad ni consecuencias, lo que se ve desde luego favorecido por las características de manifiesto retroceso intelectual que en todo el mundo han caracterizado las casi dos décadas transcurridas del siglo veintiuno, de modo que no es de extrañar que cincuenta años después y por vía democrática los mexicanos hayan decidido restaurar la homogeneidad de la que habíamos escapado, aunque ahora no sea chic enviar tanques a las calles y se prefiera adoptar poses diversas que reduzcan el movimiento del sesenta y ocho —y cualquier materia— a iconos o tweets inofensivos.
¿Qué será de mi tío Humberto en estos días en que grupos de encapuchados destrozan comercios por el Paseo de la Reforma para celebrar el espíritu libertario del movimiento del sesenta y ocho? ¿Qué de él mientras padecen el Hemiciclo a Juárez o el Palacio de Bellas Artes y recibo la versión pública de lo que fue una denuncia contra el centro de investigación por abuso de autoridad? La última vez que lo vi consideró mi ateísmo —en el que su influencia fue determinante— como inaceptable y en el recuerdo de su convicción contraria a la mía, manifestada con firmeza y respeto, encuentro hoy un dulce consuelo: el de unos oídos que escuchan y una mirada que considera.
¿Dónde estará mi tío Humberto?
sábado, septiembre 29, 2018
El horror
La presunta franqueza que Flautista y Violinista, pero sobre todo Práctico, atribuían a los habitantes de Santa Teresa, no obstaba para que la mayoría de éstos, pero sobre todo los que más se tenían por educados gracias a la universidad que se dieron a sí mismos y en la que se felicitaban unos a otros conforme a la más paradigmática de las mentalidades provincianas, hiciera caso omiso y cómplice silencio del galopante deterioro de las condiciones de infraestructura y seguridad del valle, reflejo fiel de su propia corrupción física y moral que, en su patológica endogamia tan pagada de sí misma, no les permitía asumir ni discutir ni tan siquiera considerar el horror en que vivían y en medio del cual casi todas las tardes, al volver a casa, yo abría los clósets vacíos donde antes estuvieran su ropa y la de las niñas, no sé bien si para compungirme con las correspondientes imágenes de abandono o si en la esperanza irracional de hallar en ellos, si no la ropa de vuelta, una explicación de lo ocurrido que nunca llegaba, a pesar de la abundancia de pensamientos instantáneos que eran, sin embargo, inaprehensibles o, si explícitos, imposibles de organizar en un todo, así transcurrían los meses en que a las noticias de nuevos crímenes plagados de cuerpos desmembrados se superponían invitaciones a semanas de la ciencia o del deporte, al éxodo masivo de colonias enteras que se habían vuelto inhabitables la publicidad universitaria donde jóvenes en ropa de inviernos desconocidos en la región sonreían delante de inexistentes bosques de coníferas, una disociación de la realidad no muy distinta de la puesta en práctica por las comunidades responsables de crímenes de guerra cuya gravedad se permiten escamotear y aún negar por medio de una memoria aligerada y una variedad de actividades que se suponen buenas o inocuas, pero que son completamente opuestas al espíritu y a la postre mortales, pues operan la sistemática sustitución de los criminales abiertos por los embozados, inatacables así en su sigilo e impermeables al rigor lógico o la responsabilidad por vía de perversa alienación, la universidad la más conspicua de las instituciones promotoras de este proceso, fábrica de pasta humana dócil y estúpida para las industrias de ciudad natal que, completando el proceso, aplanaban cuanta originalidad hubiera sobrevivido en quienes pasaron por el engranaje universitario, toda inquietud o duda arrancadas, el más mínimo disenso algo completamente impensable como una conversación verdadera que desde la partida de aquel a quien hube de traer de la isla a petición de sus padres sólo para que volviera a partir, pero ya no a la isla, no había vuelto a tener con nadie, justo ahora cuando más necesario era listar, si explicar no podía, los pasos que llevaron al vaciado de los clósets donde estaba la ropa de mi mujer y las niñas, así como las indistinguibles emociones que me producían la noticia de nuevos crímenes y el recuerdo de una palabra o gesto de mi mujer que retrospectivamente anticipaba su partida, no podía reemplazarlo a él que había vuelto irse, pero ya no a la isla, ni a ella cuyo paradero ignoraba, no así la calidad del pensamiento de aquel con el cinismo de Luis Gala ni el amor a ella atesorando el recuerdo o haciendo deporte como repetían en cháchara inane, inconsciente y convulsa, los altavoces de la universidad, preludio del pitido de fábricas y de los correos electrónicos que recibirían para ser convocados a interminables juntas quienes por el momento sólo vegetaban en las aulas, mejor así, piensan los simples, que marchando sobre Roma o en medio del fragor de tanques en un campo de Berlín, mejor así porque esto último es desde luego condenable y monstruoso, pero aquello, la educación, una vía ciudadana hacia el pacífico trabajo, también mi mujer habrá preferido ponerse al día y prescindir de la vía romántica que conduce a la grandilocuencia y el crimen y, como Práctico, habrá escogido cuidar sus intereses objetivos luego de riguroso cuanto simple cálculo, sumas y restas que al final arrojaron que lo mejor para las niñas era que yo no estuviera cerca para llenarles la cabeza de inconformidad y fantasía, tampoco ella podía quedar en la órbita de un hombre que había tenido el desacierto de abandonar ciudad natal para ir a Santa Teresa, un retroceso, casi un suicidio más que evidente en esos días en que la seguridad del valle así como su infraestructura colapsaban y yo despertaba repetidas noches cubierto en sudor sin saber si alguien había bajado el interruptor de la luz para robarme o bien había vuelto a tener fiebre tras esa pesadilla recurrente de imprecisos cuervos, '¿dónde estará?', me decía, interrumpido el pensamiento por lo que parecían disparos en la distancia, '¿hasta cuándo?'
domingo, septiembre 16, 2018
El proscrito
Cuando hube terminado mis estudios en la universidad privada poseído de sentimientos completamente opuestos a la satisfacción, con Gustavo encerrado en la clínica de adicciones de la que volvería convertido en un individuo socialmente útil y por lo tanto desprovisto del más mínimo interés para mí, decidí intempestivamente en el transcurso de una mañana de lluvia en las oficinas en las que era explotado desde medio año antes del término de mis estudios, continuar éstos en el centro de investigación público donde, pensaba, cesarían por fin la amenaza ideológica y la coerción económica en las que había vivido inmerso durante los últimos siete años dentro de la universidad privada, a este centro concurrieron entonces individuos venidos de otras partes del país entre los que se encontraba Práctico, un alcohólico originario de Santa Teresa que dominaba como ninguno el arte de la ambigüedad y que, como Flautista y Violinista, también originarios de aquella provinicia de la que yo por primera vez tenía noticia, presumía tener la franqueza por norma de vida e irremediable costumbre de aquella región, en contraste, decía, con las consabidas hipocresía y superstición predominantes en el centro del país, una declaración que encontré seductora tanto por la reciente experiencia de siete años en la universidad privada a la que no sobrevivía ninguna amistad como por el inconsciente mandato de mi madre que, en una variedad de formas que iban desde lo sutil hasta lo brutal, ordenaba hacer amigos aún a costa de mi naturaleza que no sólo no los deseaba sino que los aborrecía, así con el encierro de Gustavo volvía a estar solo mientras transcurrían los últimos meses de estancia en casa de mi madre y el ingreso al centro de investigación me hallaba desprevenido contra una amistad que se declaraba sincera y a la que podía cultivarse sin más esfuerzos que el de beber alcohol o visitar cantinas, las conversaciones hechas de anécdotas y lugares comunes nunca antes fueron tan primitivas como en esos tiempos en que fingí dar crédito a la teoría del buen salvaje, como si el rebajamiento general fuera sencillez y no estuviese yo degradándome de manera escandalosa para paliar la ausencia de Gustavo, una estúpida idea bucólica que ni siquiera era nueva por cuanto ya en el pasado había fingido en breves episodios estar satisfecho con lo popular como sinónimo de lo verdadero, entonces por enamoramiento que es al fin y al cabo una suspensión de la razón, ahora por una abyección gratuita gracias a la cual ya me enseñarían Flautista y Violinista, pero sobre todo Práctico, cuán avanzados estaban en el camino de hacerse adultos de la sociedad que los engendró, no les restaba más que comprar mujeres a las que hacer sus esposas para reproducirse, volver a Santa Teresa como héroes y ser coronados dueños de los medios de producción por sus mentores y padres políticos, mientras tanto vegetaban en el centro de investigación construyendo intereses a los que, en mi debilidad cognitiva, en mi educación sentimental, en mi historia plagada de malentendidos, yo denominaba amistades, aunque en el fondo supiera y comprobara en las décadas por venir hasta qué punto Flautista y Violinista, pero sobre todo Práctico, eran parásitos de la sociedad que los crió y que, como tales, cobrarían muy caros a ella los servicios de representarla, cerdos insaciables programados para ganar a toda costa, humildes animales que exigían el reconocimiento de sus buenas intenciones a públicos cautivos, inteligencias económicas jamás atormentadas por un solo para qué que resistiera otra cerveza o más carne grasienta y quemada, por toda literatura la biblia y el periódico local plagado de atrocidades horriblemente redactadas, el cielo reflejo del infierno de abajo al que así me acercaba en la primera mitad de los años transcurridos en el centro de investigación al que llegaron desde provincias lejanas quienes se declararon sinceros y a quienes me acerqué en mi obnubilación para mejor cumplir los dictados de mi madre, un retroceso del que quizá me habría salvado que Gustavo no hubiera ingresado en la clínica de adicciones ni hubiera vuelto de ella enajenado y útil para la sociedad, pero acaso no había forma de que él o yo pudiésemos seguir cultivando el espíritu despreocupado con que rechazamos a la universidad privada, tanto por desaparecer ésta de mi vida como por la inexorable disolución de nuestras respectivas familias que al no poder ya sufragarnos exigían nuestra incorporación al mundo productivo o nuestra muerte, así Gustavo eligió la vida al ingresar a la clínica de adicciones y extinguió para siempre su espíritu, hoy es un hombre tanto o más productivo que Práctico que a diferencia de éste no se ve asaltado por un complejo de inferioridad que nunca conoció ni se ve compungido a recordar unos humildes orígenes que no tuvo para que le sean disculpadas y aún tenidas por admirables su ambición desmedida y su arbitrariedad, así al elegir yo adoptar el punto de vista del espíritu y obligarlo a la irreconciliable convivencia con el mundo adulto al que los hombres de Santa Teresa se dirigían, destruí aquel sin ser admitido en éste y hube muerto no como hubiera sido justo de haber continuado Gustavo y yo el rechazo al envilecimiento que nos esperaba, sino como miembro de una sociedad que al no encontrarme dispuesto a la absorción inaplazable que correspondía a mi edad y circunstancia, me apartó para siempre condenándome a la errancia y el destierro.
sábado, septiembre 08, 2018
Salve
En algún momento de debilidad, transcurridos meses desde la repentina aunque no inesperada partida de mi mujer y las niñas, mientras combatía la propensión de mi mente a buscar una y otra vez cómo encajar la destrucción de lo que hasta entonces constituía el núcleo de mis creencias, desde el amor hasta la amistad, desde la ética hasta la filosofía, con los mismos desconcierto y desesperación de quien no puede acomodar la última pieza de un rompecabezas largamente construído, encontré en la conversación de Luis Gala una anticipación de lo que podía significar volver a encontrarme con ella y enfrentar así los sinsabores ya no sólo de lo roto sino de lo que no es capaz de encontrar un nuevo recipiente que lo contenga, divorciado él como separado yo, pero aún obligándose al trato amistoso con una mujer que le despreciaba y a la que arrancaba encuentros envenenados, no ya porque contuvieran discusiones o desavenencias, ni siquiera ironías o comentarios cargados de velada intención, sino precisamente por carecer de la más mínima controversia y ser por tanto insoportablemente inocuos, 'una prueba fehaciente', aseguraba, 'de que el amor que nos teníamos era un espejismo al que no sustentaba nada más que la costumbre o el apego y al que, una vez retirada la investidura matrimonial, no le quedaba más contenido que el de un par de extraños que se encontraban aburridos e inexplicables si no iba por delante la incuestionable consideración de ser pareja', así encontraba menos monstruosa la tajante brutalidad con que mi mujer decidió desaparecer con las niñas sin dar cuenta de su paradero y mediando sólo una carta como remate al lento, pero inexorable distanciamiento de los últimos años, 'así es mejor', me decía a mí mismo, 'que no tenga yo forma de verla ni de convencerla de vernos, ¿qué caso tendría si es imposible recuperar nuestra vida pasada por no existir amnesia suficiente para borrar el hecho cada día más indudable de que no hemos de morir el uno sin el otro, de que lo que nos faltaba y consideramos secundario por años ha terminado por revelarse esencial e irrestituible? mejor así', pensaba, 'que yo me revuelva con mis propias angustias e interrogantes sin tener la oportunidad de contrastarlas con su indiferencia o involuntaria crueldad, no soportaría acumular la decepción inacabable de reunirme con ella a desayunar con prisa fingiendo enterarme de su vida por medio de un recorrido superficial de sus actividades más visibles y desabridas, tener el descaro de llamar amistad a ese ritual estúpido del que Luis Gala no puede deshacerse con su ex-mujer, "ya te digo que lo que sucede a las relaciones a las que no justificaba otra cosa que la relación misma es la inopia, qué amistad ni qué coño, si sigo viéndola es sólo porque la perspectiva de explicarle que no encuentro sentido en seguirnos viendo me resulta más intolerable que la de transigir, aún a sabiendas de que ni ella ni yo lo deseamos y de que se nos ha de escapar forzosamente un resignado suspiro cuando de mala gana accedemos a agendar un encuentro que, según un calendario misterioso, es ya inaplazable", entonces hay que agradecer', me decía, 'el hachazo de su partida que ahorró explicaciones privándome de la obligación de considerar su existencia en la mía, aunque sólo fuera de manera esporádica hubiese sido un lastre innecesario del que me he salvado, una tontería a la que uno no encontraría forma de poner fin porque no se le ponen plazos a las amistades aunque sólo sean meros conocidos', así pensaba en algún momento de debilidad en que, aunque Luis Gala me compartiera su situación y yo reflexionara gracias a ella sobre la mía, no encontraba deseable hacerle confidencias a ese personaje que desde luego no constituía un sustituto para la amistad de aquel a quien hube de traer de la isla a petición de sus padres y que volvió a irse, pero ya no a la isla, dejándome a merced de colegas como el que ahora explicaba, amparado un mínimo de calidad en sus juicios por el sólo hecho de no haber crecido en Santa Teresa, que hubiera preferido que su mujer falleciera en vez de haberse divorciado de ella, 'sé que suena exagerado', explicaba confundiendo mi debilidad para alejarlo con aquiescencia, 'pero de esa manera no habría tenido que efectuar comprobaciones horribles que, encuentro a encuentro, conseguirán liquidar cuanto yo recordaba haber sentido por ella, todo el relieve y detalle del buen pasado sustituido por un presente plano y vacío, mejor la muerte', agregaba, 'que habría salvado si no lo que era nuestro matrimonio sí la idea que yo me había formado sobre él', entonces reflexionaba yo en mi situación y resistía el impulso de compartirla con ese interlocutor inopinado que también había llegado a Santa Teresa atraído por la idea de que una ciudad pequeña, aún en medio del desierto, era preferible a las grandes capitales, 'craso error', pensaba para mis adentros recordando en desorden las terrazas pobladas de ruidosos comensales en las calles de la isla o los escalonados jardines traseros de sus casas, sitios todos en los que había decidido hace años no quedarme precisamente para que mi mujer y las niñas pudieran vivir sin ser extranjeras, quién sabe si ahora se hallaran precisamente en la isla o en algún rincón de ciudad natal, mejor no saberlo que ser testigo de su degeneración, supongo, mejor desterrada que muriendo lento a mi lado como una burda amistad, mi mujer o su idea, qué más da, salvas sean ambas.
sábado, septiembre 01, 2018
El avistamiento
Un día, poco después de despertar sin las facilidades que presta el cuerpo de una mujer que nos ha abandonado y sin la algarabía de las niñas que se fueron con ella, mientras se difumina misteriosamente lo que al momento de abrir los ojos era la idea clara de un sueño nítido, repara uno en los objetos que nos rodean y padece la injusticia de saber que han de sobrevivirnos sin siquiera haberlos empleado a fondo, ordenados o dispersos, de pie o colgando de una pared, se nos revelan animados en vez de silenciosos y apelando a nuestra memoria denuncian su origen casi siempre contaminado de malentendido o entuerto, de historia inacabada o desgracia, a veces la amistad incondicional que hoy nos resulta extraña, a veces la rutina que creímos sólida e inamovible y en la que ni siquiera pensábamos cuando, acompañados, compramos la mesita de noche en un almacén o las sandalias ahora desgastadas en un viaje en el que habíamos olvidado las nuestras, así llega ese día en que despertamos y todo lo que nos es familiar nos avisa de la muerte del mismo modo en que la llegada del otoño, sin constituir ella misma el final del año, nos hace comprender que de aquí en adelante todo es cuesta abajo, el destino se nos aparece tras una vuelta del camino como las luces del pueblo al que nos dirigimos y, de esta suerte, aunque siempre tuvimos conciencia de caminar hacia él, algo esencial ha cambiado ahora que podemos verlo aunque sea en la distancia y no sólo imaginarlo, así los objetos como únicos supervivientes de un escenario alienado donde no va quedando un sólo rostro familiar acusan nuestro envejecimiento inexorable y el fracaso de nuestras políticas, ya estaban ahí con nosotros desde hace muchos años y no les tuvimos en cuenta mientras el núcleo de nuestro recorrido eran aquellos que nos acompañaban y en cuyas comprensión y reciprocidad confiamos, no eran tiempos esos para hacer cálculos ni haberlos hecho nos hubiera preparado nunca para la inopia o la soledad, no veíamos límite a nuestro horizonte ni posibilidad alguna de que las cosas pudieran servir a otros amos ni conservar su función una vez que las personas que las justificaban se nos sustraían, así mi mujer y las niñas, así el amigo que hube de traer de la isla a petición de sus padres, se produce entonces, en el reconocimiento del fin, una inexplicable extrañeza hacia los objetos que han de ganar la partida y que, apenas iluminados por un amanecer cada vez más tardío, nos recuerdan en su antigüedad que ya han vencido antes a muchos otros que creyeron servirse de ellos, gente toda que a su vez habrá despertado un día en su madurez luego de una noche de celebrar con personas accesorias algún triunfo baladí y habrá distinguido en el carácter inerte de los elementos al destino, es decir, aquellas mismas luces del pueblo de abajo y del que, no conociendo aún sus calles ni sus edificios, ya adivinamos su forma y dimensiones desde una colina a la vuelta del camino, una pena que no puedan acompañarnos hasta allí quienes nos resultaron más entrañables y que no han salido la noche anterior, pero tampoco la que la precede ni la que precedió a ésta, a celebrar nada con nosotros, ni el amigo que vino de la isla traído por mí sólo para partir de nuevo, pero ya no a la isla, ni quien fuera mi mujer y cuyo paradero es desconocido igual que el de las niñas, todo cuanto valió la pena sustituido por marionetas sin historia a las que los objetos de la habitación en la que despertamos un día otoñal de nuestra madurez no reconocen ni siquiera un carácter vicario y cuya presencia hemos consentido en la creciente confusión creada por la ausencia de quienes se nos apartaron y que, al retirarse, nos vaciaron de la voluntad y fuerza necesarias para alejar lo mucho prescindible que hoy nos anega, no nos creemos ya capaces de recuperar lo perdido y, si alguna esperanza abrigamos, es la de deshacernos de quienes parasitan este tiempo eviscerado y, aún solos pero sin lastres, recorrer el camino que nos separa del pueblo avistado al tiempo en que organizamos nuestro pensamiento, aclaramos nuestra historia y transferimos a otros la carga de los objetos que una mañana nos advirtieran que el fin estaba a la vista, para terminar a tiempo, ya en el pueblo, recogidos sobre nosotros mismos como un perro hecho ovillo.
martes, agosto 21, 2018
Mujeres solas
Cuando leí su carta y comprendí que era inútil ir a buscarla, primero porque no sabía dónde estaban ella y las niñas, pero también porque entendía que estaban bien y que aquella partida, si bien brutal e inmisericorde, no era ninguna sorpresa, me senté en el sofá de la sala con la luz de la lámpara de mesa que ella comprara en una tienda de diseño, no recuerdo ya si en ciudad natal o allende la frontera, pero seguramente un verano porque entrecierro los ojos y la veo con su blusa café claro sin mangas deteniéndola con dificultad por el peso del metal en que los fabricantes no habían escatimado, y así sentado apoyé los codos en mis piernas y la cabeza en mis manos abiertas, la mitad de mi rostro iluminado y la otra mitad en penumbra, y me sorprendí pensando en mi madre como en una presencia cercana y reparando con sorpresa en el hecho de que era una mujer sola desde hace muchos años, primero yendo y viniendo de su miserable empleo en el hospital donde pronto se acomodaron a la disposición por ella mostrada para hacerse responsable de la mayor cantidad de actividades con la menor remuneración posible, luego como pensionada en Santa Teresa hasta donde aceptó venir ya no porque pudieran entretenerla y hacerle compañía mi mujer o las niñas cuanto porque habiéndome criado y a pesar de los años transcurridos desde que nos separamos, intuía el derrotero que habría de seguir y que no era otro que el trazado por ella misma en su solitaria acumulación de días y noches, primero por largos años en aquella casa de ciudad natal de la que salió mi padre para no volver mientras yo escuchaba unos tacones alejarse en la alcoholizada duermevela de mis dieciocho años, luego en el modesto piso de Santa Teresa que mi hijo y yo habitáramos hace tiempo para luego separarnos también, él de vuelta a ciudad natal donde habría de perderse, yo hacia la enorme casa que mi mujer encontró más acorde a sus ambiciones y cuyas habitaciones decoró, según solía presumir inopinadamente a quien quisiera escucharla, al gusto de las niñas, así mi madre, según pensaba libremente en el aturdimiento de mi abandono, acumulaba media vida administrando el cansancio que la invadía en los años en que volvía a casa luego de atravesar ciudad natal desde el hospital, acuciada por las urgencias y alimentada frugalmente con lo que encontraba más a mano, encendiendo el televisor hasta quedarse dormida en el sofá con tapiz de flores mientras se recogía con sus muñecas debajo del árbol del patio de su casa de infancia y su madre la llamaba a voces para que se sentara a comer y el ruido de la lluvia sobre las baldosas rosas y amarillas la arrullaba lo mismo que el trueno la despertaba con un sobresalto obligándola a desplazarse dolorosamente hasta la cama donde ajustaba el despertador de la mesita de noche para ponerse de pie al día siguiente y maquillarse con calma antes de salir a trabajar de nuevo, así por muchos años a los que un día hubo de llegar el involuntario fin por agotamiento de su cuerpo, apenas un contratiempo en los procesos del hospital que rápidamente la sustituyó y relegó al olvido con la indiferencia característica de un universo acomodaticio, ahora apilaba veranos interminables en el modesto apartamento de Santa Teresa donde nunca estaban suficientemente limpios pisos y ventanas ni se agotaba jamás su capacidad para elaborar explicaciones sobre la vida cuya coherencia, dadas las escasas ocasiones en que podía contrastarlas con alguien más, se le aparecía impecable, temí pues, sentado en el sofá de la sala e iluminado sólo por la mitad gracias a la lámpara de mesa que comprara mi ahora inencontrable mujer algún verano allende la frontera o en ciudad natal, que los años que tenía por delante fuese yo asemejándome cada vez más a mi madre y encontrara como ahora, no sólo lógico, sino inevitable, el devenir de mi vida, incluidas las acciones más arbitrarias de los otros que, como mi mujer, se me apartaran de repente por medio de una carta de escasas líneas cuya redacción y términos ya conocería yo de antemano y, magnánimo, perdonaría también sin mediar palabra con la comprensión sibilina de quien cree poseer la verdad, aunque sólo sea la propia, no era otro el síndrome de aquellas mujeres solas a las que había tenido ocasión de tratar a lo largo de la vida y cuya resignación impostada se constituía casi exclusivamente de desprecio hacia lo que ya se comprende, sea con la participación de la realidad o sin su concurso, así viví los primeros minutos de mi nueva situación civil, poseído de pensamientos que encontraba tan inadecuados como inevitables, haciendo esfuerzos por apartarlos y sustituirlos con la interrogante del paradero de mi mujer y las niñas, algo mucho más lógico y que no resistía el desfile de aquellas mujeres que, como mi madre, llevaban sobre sí años y años de amaneceres solitarios, unas veces deseando con desesperación poner fin a su soledad y silencio, otras maldiciendo los brazos que las rodearon y el sexo que las penetró, desquiciadas a fuerza de monólogos que se prolongan cuando ya tienen a alguien delante, dueñas de una mirada que pasa de detenerse en los demás a atravesarlos como quien mira este sofá del que por fin me levanto luego de apagar la lámpara de mesa camino de una cama inmensa como un océano.
sábado, agosto 18, 2018
El sesgo
Que contra las bases teóricas de nuestro comportamiento siempre ha de vencer la realidad de nuestra naturaleza hube de verificarlo en los años siguientes a mi firme rechazo a todos los consejos que daba mi madre, una impugnación insuficiente que no consiguió deshacerse del veneno inoculado cuanto pervertir el pensamiento al separarlo de la acción, así mis motivos podrían parecer opuestos a los de mi madre y mis actos encaminarse a conseguir lo que ella recomendaba, una escisión intelectual que gracias a Dulcino y Bomar acabó con mi solitaria consistencia, el único estado posible en que se podía contradecir a mi madre y ser yo mismo sin más conversación que los libros ni mayor desarrollo sexual que el proporcionado por mi enfermedad, la masturbación ahora estimulada por mi sesgo en la consideración de los demás, pero no afectada por su trato porque este sencillamente no existía, mundo ideal apenas interrumpido por las discretas llamadas a la puerta de mi habitación por parte de mi hermana para que me sentara a la mesa o para que ella dejara una bandeja con comida y se retirara enseguida, todo ello fue liquidado con la irrupción primero de Dulcino y luego de Bomar para quienes reanudé veladamente y sin reconocérmelo el programa de vida que mi madre había instilado en mi persona y que comprendía el sostenimiento de amistades y la superación de la soledad, ahora era buscado y no repudiado como hacían mis compañeros de escuela y mis vecinos cuando era niño, ahora que yo no deseaba agradar a nadie y mis juguetes habían sido todos reemplazados por una máquina de escribir, la sociedad, por intercesión de Dulcino y Bomar, me llamaba a sus filas y no consentía el privilegio de que pudiera rechazarla permaneciendo a salvo en mi habitación, dulcemente cuidado por mi hermana y hostilizado cada vez menos por mi madre a la que la inmisericorde explotación del trabajo dejaba cada vez menos tiempo y energías, hube así de vencer mis resistencias para admitir un gran número de desviaciones a la disciplina intelectual en que me hallaba instalado y que sólo ahora comprendo constituía un programa coherente de vida, un programa cuyo cumplimiento ya no sería posible alcanzar por haber cedido en esta como en otras ocasiones al reemplazo insensato de libros y silencios por la búsqueda de afectos y el consentimiento de vulgaridades, es decir, por haber dado al espíritu de mi madre, al que yo rechazaba en lo formal y seguía en la práctica, la oportunidad de eliminar el aislamiento egoísta en que me hallaba entregado únicamente a mis proyectos y obligarme a considerar a los demás hasta hacer surgir en mí la necesidad de sus compañías imperfectas e interesadas, cuando ello ocurría iniciaba, poseído de una urgencia intensa e inexplicable, el descenso hacia la más completa abyección mientras que ellos, en contraparte, aumentaban sus exigencias para poder seguir llamándose mis amigos, un abuso tanto o más pernicioso que el infligido por vecinos y compañeros durante la infancia y del que sólo muchos años después, repetido el proceso en un sinfín de relaciones, fui capaz de advertir mi propio sesgo como su causa, esa mirada oblicua y contaminada de deseo que separara a Bomar de Dulcino y lo atrajera hacia mí para luego asfixiarnos mutuamente en medio de la más cuidadosa administración de culpas y perdones no dejaba lugar a dudas y, sin embargo, ninguno de ellos se apercibió jamás como yo lo hice después de que este era el motor de las corrientes subterráneas que nos condenaban a ser tan insufribles como indispensables, una lógica neurosis se instalaba debido a la imposibilidad de dar satisfacción a mi sesgo, ya no sólo porque ni Dulcino ni Bomar mostraran las mismas inclinaciones que yo sino porque a mí mismo me eran desconocidas de tan sublimadas, mera fantasía sin objeto en mis años de soledad y consistencia, sombra que crecía sobre mí en estos nuevos años en que, abandonando mi habitación, me dejaba persuadir de la necesidad de hacer amigos sin comprender que no podía tenerlos, ellos buscaban a las chicas que deseaban y fracasaban una y otra vez en conseguirlas mientras que yo, que me había decidido a imitarles sin más propósito que el de agradarles a ellos, las conseguía sin problemas ni consecuencias, sumando a la pérdida de tiempo que significaba salir a la calle primero más con Dulcino y luego más con Bomar, el también ingente desperdicio de atender a criaturas que deseaban fervientemente perder la virginidad sin comprender en qué fallaban para que yo no las ayudara a cumplir semejante propósito, así perdía mi propio proyecto y al hacerlo me perdía a mí mismo por medio de un éxito tramposo que ni Dulcino ni Bomar se explicaban y que yo, llegado a cierto nivel de saturación de origen sanguíneo o meteorológico, daba repentinamente por terminado un día cualquiera para la desesperación de esas buenas chicas a las que esperaban largas vidas de procreación y estupidez, no menos estúpida era mi entrega a aquella representación ñoña de la que primero se despidiera Dulcino, no sin un dramatismo ridículo que incluyó quemar algunos de los obsequios que yo le hiciera, pero también, luego de largo tiempo, Bomar, pues mi ingreso a la universidad privada y la posterior aparición de Gustavo lo volvieron anticuado y prescindible, no desde luego porque terminara la impostura ni porque el sesgo desapareciera o encontrara por fin su realización natural, para ello faltaban años todavía, sino porque el programa de mi madre, rechazado en teoría y ejecutado por primera vez en la práctica, exigiría ahora nuevos revestimientos y enfoques, mentiras más sofisticadas para poder continuar, ya comprobaría a su debido tiempo que el sesgo responsable de buena parte del fracaso de mi amistad con Dulcino y Bomar seguiría causando estragos aún después de aparecidos los personajes con los que sí podía realizarse, en suma, que la amistad me estaba vedada por causas naturales a las que, de haber predominado el buen juicio en mi educación o haber sido yo un individuo de mayores luces, se habría respetado.
martes, julio 31, 2018
Hacer amigos
Cuando hubo advertido en los primeros años el poco interés que yo tenía en hacer amistades, mi madre se sintió en la obligación de vencer mis resistencias y convencerme de su necesidad, apenas tuve uso de razón ya estaban mis vecinos del piso de abajo visitándome por instrucciones de ella, que les abría la puerta y servía chocolate caliente, que ante mi mirada desconcertada les presentaba los juguetes y libros que yo tenía y les ponía los discos que me gustaban, ellos no hacían demasiado caso de ella ni de mí y se instalaban en el salón volcando la caja que contenía cientos de piezas de madera de todos los colores y, con las manos llenas de grasa y suciedad, montaban inestables torres a las que luego pateaban en medio de salvajes carcajadas, al principio yo también hacía caso omiso de ellos y construía mis propias torres sin que ellos se atrevieran a patearlas, pero mi madre tuvo a bien explicarme que no bastaba con invitarlos, sino que debía agradarles, y así paulatinamente me atreví a dirigirme a ellos mediando algún dulce o rosquilla, evadiendo sus miradas con nerviosismo, consiguiendo que en cuanto se sintieran en confianza arremedaran mis gestos e imitaran mi voz con exageración grotesca, creía yo que como simple juego sin darme por ofendido, pero no bien comprendieron que no me causaban daño cuando redoblaron sus esfuerzos atascando dulces y chocolates en los huecos de mis juguetes, escupiendo sobre las páginas de mis libros y rayando con sus largas uñas la superficie de mis discos, hasta emprenderla a patadas contra mis torres de madera llamándome joto, lo que a su vez y para no defraudar a mi madre me obligaba a pensar en nuevas formas de ganarme su amistad, una tarea cada vez más angustiosa a la que traté de aliviar invitando a casa a compañeros de la escuela que sólo de mala gana o por hambre accedían a acompañarme, sin que pasara demasiado tiempo para que también en las aulas y en los patios de recreo propalaran la versión de que yo era maricón y se atrevieran a encabezar corrillos que me arrebataban el refrigerio a punta de patadas ante la indiferencia pedagógica de mis maestros, así entristecido visitaba a mi madre en su recámara donde trataba de reponerse de alguna jaqueca con las cortinas abajo y cubierta por la sobrecama de diseños extravagantes sobre la que aún jugaba yo largas horas imaginando carreteras y vías férreas, y con los ojos cubiertos de lágrimas le confesaba avergonzado mi fracaso en la tarea de hacer amistades, a lo que ella, luego de cuestionarme sin que yo me atreviera a confesar los suplicios e insultos que me prodigaban y de los que ocasionalmente ella era testigo por haber invitado a nuestros vecinos del piso de abajo, me instruía sin yo habérselo siquiera insinuado sobre la necesidad de hablar con mayor firmeza y modular los agudos de mi voz, cuidar los gestos de mis manos y observar mejor cuáles eran los intereses de aquellos con los que hablaba a fin de hacerles conversación y conseguir su consideración y afecto, me abrazaba al final con parquedad para dar por terminada la plática en tanto yo aguantaba el dolor que sus brazos me causaban en las costillas pateadas esa misma mañana por al menos media docena de compañeros a los que había que seguir dirigiendo la palabra para no estar siempre solo ni entregado a la abusiva exploración del propio cuerpo, ya mi madre me había puesto de rodillas frente al crucifijo de la habitación por una larga hora a fin de expiar los pecados de los que la puso al tanto la profesora del quinto grado, que no hallándome en el patio a la hora del recreo y experimentando como mis propios compañeros una antipatía natural hacia mi persona de la que no me salvaba tener las mejores calificaciones de la escuela, subió a nuestra aula vacía sólo para descubrirme con horror detrás de la puerta, pantalones abajo, masturbándome con tal denuedo que no reparé en su presencia ni quiso ella, más por atender al escándalo que se sentía obligada a experimentar que por juiciosa consideración para con mi privacidad y satisfacción, interrumpir, yendo directamente a la dirección a poner un reporte y exigiendo ver a mi madre para ponerla al tanto de mi enfermedad, así la escuela pública probaría por primera vez en mi vida (pero habrían de seguirle muchas más) su extraordinaria capacidad para rebasar a la escuela privada y aún a la abiertamente religiosa en el ejercicio de la moral más rancia, fue entonces cuando surgió la idea de que me faltaba hacer deporte, preferiblemente uno que me obligara a trabajar en equipo, así podría, según mi madre, agradar a mis compañeros y curarme de los malos pensamientos que, con la angustia del resultado de mis gestiones, me atormentaban día y noche, esperando pacientemente a que mi hermana se durmiera para tocarme o encerrado en los baños de la escuela para espiar a los niños de mayor edad que fingían no verme, podría explotar mi altura en el baloncesto o mis piernas largas en el taekwondo, ambos muy de moda gracias a la televisión y al desempleo de aquellos años que indujo a muchos a improvisar academias en los sitios más inverosímiles, no fueron atendidos mis reparos para que se me permitiera hacer ejercicio en casa, 'ese no es el punto', aclaró mi madre, 'sino integrarte de manera adecuada con tus compañeros para que dejes de sufrir la soledad', entonces no encontré las palabras para explicarle que yo me hallaba bien en casa sin que mis vecinos del piso de abajo vinieran a estropear mis juguetes, sin que mis compañeros de escuela vinieran a insultarme como complemento al maltrato que ya me prodigaban en el aula y el patio de recreo, no encontré las palabras porque entonces ya estaba envenenado con la idea de que necesitaba hacer amigos y de que para lograrlo no era malo inventarse un entusiasmo que no sentía, aunque este probara ser insuficiente para encestar un balón o encajar una patada al adversario sobre el dojo, no quedó más remedio que incluirme en un equipo de futbol en el que al menos podía pasar inadvertido como un poste al que había que evitar en los escasos minutos en que me llamaban al campo, pues la mayor parte del tiempo se me veía en la banca leyendo libros forrados en plástico por mi madre o dibujando mapas de ciudades imaginarias, sólo así podía evitar que otros se percataran de que yo seguía de una mirada lasciva a los chicos en sus pantalones cortos, sudados, deseando ser su amigo efectivamente para acercármeles y rozar mis piernas con las suyas cuando el autobús escolar pasara por nosotros, para que me invitaran a sus casas y ahí pudiéramos ducharnos juntos o pasar la noche en la misma cama, siguiendo los consejos de mi madre y encontrando poco conveniente ponerla al tanto de mis verdaderos entusiasmos hasta el punto de que la mayor parte del tiempo resultaban ocultos incluso para mí, pasaría los siguientes años confundiendo, primero ingenuamente y luego con intención, el sesgo de mi trato con los demás, prendiéndome irracionalmente de algunas personas con una obsesión tan decidida como luego lo era la decepción que me causaban, pero incluso la infancia más tenaz termina un buen día y cuando ello ocurrió prescindí de mi madre y sus consejos, me opuse a ella con toda energía proscribiéndola de mi habitación y, en medio de cálculos y dibujos, lecturas y escritos por ella censurados, dejé fuera al mundo y sus amistades para ser enteramente feliz con las ocasionales interrupciones de mi hermana que me llamaba a comer y me cuidaba con silencioso comedimiento, años que hubieran sido siglos de no haber aparecido primero Dulcino y luego Bomar, heraldos de la realidad que no admite excepciones y que por vía de ellos vino a reclamarme para con la sociedad porque sólo su trato nos hace humanos, 'tal vez', me digo ahora luego de semanas de no hablar con nadie, 'demasiado humanos'.
domingo, julio 29, 2018
Otro día no esperado
Todos los días, armado con los recursos de mi razón, pero también echando mano de ficciones plausibles extraordinariamente bien articuladas, me veo obligado a justificar para mis adentros una variedad de insuficiencias de las que hallarme en Santa Teresa es ya un primer síntoma, porque aquí no es la isla extranjera de donde volví hace ya muchos años ni la ciudad natal en la que creí viviría con mi mujer para siempre, no hay colinas verde esmeralda donde visitar las ruinas de una iglesia románica ni pendientes rocosas en cuyo musgo resbalar durante la época de lluvias, hay una atmósfera envenenada que obliga a vivir puertas adentro para desde ahí mirar los patios invadidos de mosquitos de malaria y las calles indistinguibles por donde circulan muy lentamente autos de cristales obscuros detrás de los cuales nos vigilan depredadores ojos anónimos, hasta aquí me ha alcanzado la soledad más completa que resulta no ya de pasar un día tras otro poniéndose a la mesa frente a cinco sillas vacías ni de acumular noche tras noche en una cama inmensa donde se forma un único valle, sino en la muy acuciante de vivir rodeado de lo que no alcanza, el penoso esfuerzo de quienes aún no se han ido para quedarse al lado de este hombre al agua que sólo por piedad no les despide como es debido ni les interpela con evidencias cuya contundencia no sería comprendida jamás, 'la contingencia', me digo, 'se ha apoderado de mi vida y he de aguantarla en tanto reúno fuerzas para desafiarla', pero la energía que requiere desplazar aunque sólo sea un milímetro la realidad actual es ya mayor a cualquiera de las empleadas en el pasado para recorrer miles de kilómetros y llegar hasta la isla, reunir documentos y rellenar formularios, celebrar como ocurrencias ingeniosas los comentarios de quienes acabamos de conocer y habrán de demostrar en el plazo más breve su escasez de miras, instalarse para siempre en un espacio provisional convenciéndose de que necesitamos más bien poco para la vida plena del espíritu por la cual hemos llegado hasta ahí y dejado atrás amores y familias y amigos y costumbres, todos los elementos que juzgamos obstáculos insalvables y aún mortales para la supervivencia del espíritu, todo lo que amamos y que por ello mismo había de ponerse a salvo en la infinita distancia para ser congelado y recordado desde la isla, pensado desde la más invariable provisionalidad, aquella vida plena del espíritu consistía en la muerte del mundo conocido y su sustitución por la condición de fantasma, así lo entendía la sociedad de la isla que adoptaba a quienes buscaban una elevación moral e intelectual a condición de que se tornasen invisibles, un programa de vida que conducía al éxito económico o profesional de muchos adoptados en sustitución de una existencia humana, los había que no reparaban en ello jamás ni comprendían nunca las causas de su profunda insatisfacción, quienes terminaban sucumbiendo a la desesperación y eran recogidos por ciudadanos de la isla en los espacios provisionales donde hubieran decidido colgarse o pegarse un tiro, pero también había quienes advirtiendo la trampa creían posible deshacerla simplemente emprendiendo el camino de regreso a los amores y familias, los amigos y costumbres que habrían de reanudarse como quien vuelve a echar a andar la cinta de una película que sólo se hubiese mantenido en pausa, no era así, desde luego, primero por cuanto aquel que vuelve siempre descubre que el lugar de donde partió ya no existe, no las personas ni las conversaciones y ni siquiera el paisaje, pero también porque la isla no queda atrás sino que viaja con ellos, les contiene y separa del resto un mar no por intangible menos infranqueable, así ciudad natal me negó lo mismo que yo no pude aceptarla más, sus habitantes habían consentido en su desplazamiento por insaciables advenedizos sin memoria que conducían todas las formas del negocio de la destrucción, no sobrevivía nada ni nadie y aún mi mujer me pareció extraña a la vuelta, sus propósitos modernos y foráneos, actualizados de manera atroz e inexplicable sin que pudiera acudir en su rescate el cinismo solipsista y resignado, casi elegante, con que deseaba proteger la memoria de un mejor tiempo y un mejor lugar, pues no bastaba la atalaya más alta para ponerme a salvo ni la humildad más sincera para aceptar lo inaceptable, emprendí entonces una huida que, no pudiendo ser hacia la isla donde sólo me esperaban la soga o la bala, contaminadas para siempre las visiones que desde el bachillerato privado me hacían soñar con bibliotecas de maderas nobles donde otros estudiosos y yo dedicábamos nuestro tiempo al saber, no tuvo más remedio que apuntar al desierto de Santa Teresa como forma de expiación en tanto se evaporan las aguas que me mantienen preso en la isla y se abre un puente de arena hasta la tierra firme, ya me pregunto todos los días si ese es el día mientras empleo todos los recursos de mi razón y ficciones para dar por buena la incoherencia circundante, la de las instituciones y sus dueños, la de los buenos hombres que desean domesticarme, la de quienes piensan en mi bien y exigen que transite por sus raíles, 'soledad es consistencia', me digo entre sueños mientras doy un paso y el agua me ahoga, veo a mi mujer hablando sin parar de la mano de mis dos hijas, pero no comprendo una palabra de lo que me dice, así sus motivos, 'debo vender todas mis propiedades, salir de aquí mientras todavía es tiempo', me susurra una voz que no es la mía, el agua se vuelve lodo y me voy hundiendo mientras unos pocos conocidos caminan sobre mí estirando sus manos para ayudarme, '¡estúpidos, imbéciles!', les insulto lleno de rabia cuando me despierta otro día. Otro día.
Y no es el esperado.
Y no es el esperado.
jueves, julio 26, 2018
Si yo me quedo aquí
Cuando conocí a Gustavo en la universidad privada yo ya contaba con tres años de conocerla a través del bachillerato privado, una dependencia de aquella que se hallaba a un costado del acueducto de ciudad natal y sobre las faldas de la cuenca de un arroyo que sería embovedado durante mi primer año ahí, un sitio muy arbolado y lógicamente hecho de muchos niveles que se comunicaban por pasillos, jardines y escaleras, un sitio al que llegaba desde muy lejos todas las mañanas hasta media hora antes de las siete, a veces cuando aún estaba obscuro, y en algunas de cuyas bardas me tiraba a lo largo a mirar las estrellas o a continuar las lecturas que permanentemente conducía en mi habitación o en los ya desde entonces atestados autobuses de ciudad natal, tiempo feliz sólo parcialmente interrumpido hacia su tercer año, primero por Dulcino y luego por Bomar, heraldos de la transformación todavía más profunda que ocurriría una vez hube abandonado el bachillerato privado y conocido la universidad privada, se equivoca quien asuma que por ser aquel una dependencia de ésta, los profesores y directivos en él, así como sus actividades y filosofía, eran meras sombras de ella, nada más lejos de la realidad, todo en el bachillerato privado era sólido y terminante, consistente y definitivo, aunque para conseguirlo se prescindiera por completo de la indulgencia y no se escatimara la mayor energía en la aplicación de las reglas, disposiciones recogidas de la tradición tridentina cuya injusticia y obsolescencia no obstaban para que prefectos y secretarias, profesores y directivos, creyeran en ellas y las pusieran efectivamente en práctica no sólo al interior de la escuela sino incluso en el seno de sus familias, algo muy distinto de la universidad privada donde todos fingían en la forma más ridícula e inverosímil creer en lo que no creían de ninguna forma, en lo que ni siquiera habían reflexionado ni deseaban reflexionar, antes bien preferían sacudírselo improvisando solemnidades sólo a duras penas extraídas del ánimo de conservar sus miserables empleos, nunca de la más remota convicción que no conocían ni deseaban conocer, así pues los de la universidad privada eran personas adelantadas a su tiempo por cuanto hoy se hallarían absolutamente reivindicadas por el necio utilitarismo del mundo que, al no atenerse a ninguna ley superior ni inferior, tridentina o laica, obra con la más completa arbitrariedad e injusticia, aquella vanguardia ya se habrá sumado a la masa balbuciente, insaciable y estúpida que constituye el mundo moderno y habrá empujado al suicidio a los formidables fascistas del bachillerato privado que, ahora comprendo, vivían sus últimos momentos antes de la universalización de la idiotez, cuánto hube de hallarme en los años que siguieron echando de menos las diversas enseñanzas del bachillerato privado contra las que hube de rebelarme sin tregua leyendo todos los libros por ellos condenados, entablando todas las discusiones por ellos prohibidas, formando desde mi más sagrada soledad una convicción propia que se opusiera a su mortal escolástica, me prepararon así, por oposición, para el rigor lógico y científico que habría de estrellarse con la realidad apenas traspasar sus puertas y acceder a la universidad privada, un sitio donde, insisto, a nadie le importaba discutir nada ni seguir razonamientos ni mucho menos sostener convicciones o ideologías, toda ella era administración bruta y negocios, y por tanto la forma de combatirla ya no podía consistir en las discusiones que me llevaron a la prefectura o a la dirección cuando estaba en el bachillerato privado, donde mis interlocutores consideraban de verdad lo que yo decía y me condenaban de verdad con la energía que da la convicción, pues no, ahora tocaba seguir a Gustavo en la aparente vacuidad del nihilismo, combinando los mejores resultados académicos con putas, alcohol y cocaína, un tiro que también acertaba a liquidar la ñoñería de Dulcino y Bomar, su insuficiencia propia del bachillerato público donde estudiaban y de la universidad pública a la que posteriormente irían, instituciones inmensamente ricas que padecían inacabables carencias crónicas y donde se persuadieron de representar los deseos de superación de un pueblo del que todo ignoraban y al que, andando el tiempo, cobrarían cara su representación, nunca como en las instituciones públicas conocí años después la rapacidad más feroz y vulgar, cínica e ignorante, en contraste con los formidables fascistas del bachillerato privado que vivían convencidos de pensar y enseñar lo correcto pagados con miserables salarios de los que vivían frugalmente, llegaban al lado opuesto de la cuenca del arroyo donde se hallaba la escuela en el mismo autobús que yo, con sus zapatos sucios y un cigarrillo en las manos, no se permitían familiaridades excesivas e hipócritas y trataban a aquellos mimados hijos de industriales y altos funcionarios con autoridad, sin distingos para con los becarios como yo que se hallaban ahí como resultado de la tenacidad neurótica de una madre decidida a conseguir la familia perfecta, nunca como en aquel claustro decididamente jerarquizado tuve oportunidad de estudiar y discutir entre iguales, nunca más sería escuchado por los miembros de ninguna institución ni podría colegirse nada del galimatías de mis interlocutores como en aquellas aulas con vistas a jardines en pendiente, arbolados, donde además de enseñar álgebra e historia, lógica y química, se oponían argumentos a otros argumentos, aunque de ellos sólo emanara un mundo ordenado y obscuro al que debía oponérsele una resistencia también ordenada, 'si yo me quedo aquí', solía pensar entonces con ingenuidad en la desesperación de terminar unos estudios que se me antojaban interminables por mi corta edad, 'moriré sin conocer la libertad', pero los asesinos del espíritu esperaban afuera, libres, afilando cuchillos.
lunes, julio 23, 2018
El motor de la culpa
Hizo mucho Gustavo, inadvertidamente, por sacudirme el sentimiento de culpa que me había sido instilado por mi madre desde la infancia, no así sus amigos de la universidad privada que fueron más bien comparsas bobos de aquel drama sobre el que ni él ni yo solíamos expresar opinión alguna, asentíamos con la cabeza y redondeábamos con monosílabos, así gastábamos las veladas recorriendo la ciudad mientras se acumulaban las botellas de cerveza en el piso del auto y alguna mujer generosa se desnudaba en el asiento trasero luego de esnifar rayas de coca, una mujer de la que ni él ni yo solíamos sacar provecho como sí lo hacían en cambio sus amigos de la universidad privada de cuyas bromas y cháchara reíamos a carcajadas acotándoles mínimamente, algunas veces animándoles, más él que yo, con provocaciones ridículas que nos ahorrábamos entre nosotros, nuestros momentos solemnes llegaban cuando la embriaguez ya había adormecido a casi todos los que nos acompañaban, entonces él encendía un cigarrillo y me proporcionaba un dato mínimo sobre su familia, casi siempre sobre su padre ausente, ese putarraco, decía, que los había dejado para mejor trepar en la burocracia cultural de la capital a la sombra de un ministro invertido de cuyo favor gozaba, ya entusiasmándose con la promesa de conciertos, ya con la de recitales y publicaciones en gran formato, su padre se creía de gustos refinados y destinado a una obra, decía, a cuya altura no estaban ni su mujer ni sus hijos que sólo lastraban su capacidad creadora, yo sonreía casi con una mueca y apenas terminado su enunciado aprovechaba la pausa para encender a su vez mi cigarrillo y pensar en mi padre que a diferencia del suyo no parecía tener grandes proyectos ni se decidía aún a abandonarnos como finalmente lo hizo, un individuo más bien gris del que apenas supe nada y en contra de cuyo conocimiento mi madre hizo cuanto estuvo en su mano, una gran voluntad la de nuestras madres, en ello coincidíamos sin apenas mencionarlo, mujeres-hombre dispuestas a devorar al padre de sus hijos y, una vez emasculados, continuar su monstruosa tarea de cretinización sobre nosotros, sus maridos vicarios, no escatimando para ello ni la razón ni el chantaje ni la fuerza, contra la culpa que constituía su principal herramienta nos levantábamos Gustavo y yo llamándoles a deshoras para decirles a las claras que no volveríamos esa noche, despreciando sus advertencias de los riesgos que encerraba la ciudad, cerrando de un golpe las puertas de nuestros dormitorios para que no continuaran inoculándonos con su veneno cuando por excepción coincidíamos en casa, torturaban a nuestras hermanas para que fueran sus instrumentos, pero ellas se apiadaban de nosotros y a hurtadillas nos deslizaban comida o dinero, nos abrían sigilosas las puertas de nuestras respectivas casas y nos advertían de peligros en contra de nuestras respectivas madres, no había pues más tiempo que perder que contradecir una y cada una de las disposiciones enfermizas que nos fueron dadas desde la así denominada más tierna infancia, un período que Gustavo y yo aborrecíamos como al que más y en el que ambos tratamos por todos los medios de ganarnos el favor de nuestras distantes madres, mujeres que entonces se hallaban exclusivamente ocupadas en retener a sus hombres, bien por medio de hijos como nosotros a los que despreciaban tanto como nos ignoraron sus maridos, bien echando mano de contratos civiles y religiosos como quien asegura la tapa de un ataúd, apenas notaron que sus acciones no conseguían los efectos deseados y se embarazaron de nuevo al tiempo en que nos educaban de la manera más estricta, pensaban así convertirnos en ejemplos a los que nuestros padres admirarían, aprender a bien vestir y comer sin abrir la boca, a rezar y ayudar en la casa, a leer precozmente y escribir sin faltas de ortografía, nuestras manos se llenaron de ampollas gracias a las varas de mimbre que emplearon para conducirnos como a un ganado, Gustavo fue sin duda más inteligente que yo porque aborreció la escuela desde el principio y yo hube de pasar años dedicado a ella para mejor agradar a mi madre y ayudarle así a agradar a mi padre, una tarea destinada al fracaso por muchos cuadros de honor y concursos victoriosos que se acumulaban, a mi padre no le interesaban en lo más mínimo aquellos a los que mi madre llamaba logros, vulgares pedazos de papel llenos de firmas y sellos, trofeos con columnas y figuras ridículas, medallas que compraba de mala gana la secretaria de la escuela media hora antes de la ceremonia de premiación, aquello no era su asunto como tampoco lo éramos sus hijos en su totalidad, un hombre inafectable, mi padre, que apenas consumó su unión con mi madre comprendió que debía abandonarla y que no le sería fácil, ya estaría decidiéndose en esos mismos días en que Gustavo y yo recorríamos la ciudad con sus amigos de la universidad privada, escuchando música por encima del ruido de las botellas del piso y humedeciendo nuestros dedos en la entrepierna de la mujer de turno, sólo para terminar en alguna obscura esquina fumando nuestros cigarrillos, Gustavo riendo de mis atroces comentarios sobre la estupidez de los maestros a quienes yo superaba en conocimientos y originalidad, yo desahogando así los muchos años perdidos por una familia contumaz que en definitiva no cuajó nunca y contra cuyos principios me alzaba ahora y aún desde la aparición de Dulcino y Bomar, ese par de jóvenes de brillante porvenir cuya única función consistió en sacarme del mundo ordenado y discretamente alegre que había construido en mi habitación para mejor mantener el horror fuera de sus muros, ahora era tarde incluso para sentir admiración o afecto por Gustavo, ni él los necesitaba ni yo estaba en condiciones de dárselos, nos acompañábamos y reconocíamos, y ello bastaba para confirmarnos en la licitud de nuestro comportamiento, a él no podían atacarle porque estaba custodiado por la posición económica y política de su madre, pero a mí tampoco podían someterme porque gracias a la crueldad de la mía descollaba irritantemente en el terreno académico, no fue bastante con ser mucho, sin embargo, todo lo que inadvertidamente hizo Gustavo para sacudirme el sentimiento de culpa, muchos años después se manifiesta y yo lo reconozco, así en la aguda desesperación de las tardes a solas, así en la energía renovable que opongo a estos tiempos idióticos, así la culpa envenena todavía las aguas de un río subterráneo que me recorre y no hay más Gustavo ni universidad privada ni ciudad natal, mi hermana fue sustituida por mi mujer que a su vez se ha marchado con mis hijas y no queda pues sino mi madre, principio motor de un malentendido, para consolarme en los años que vienen de todo el mal que me ha hecho.
domingo, julio 08, 2018
Consejos de los que no saben amar
No ha hecho falta demasiado tiempo para que, azuzada por las declaraciones de mi padre, la prensa haya tenido a bien ponerlo al día sobre mi divorcio y los rumores sobre una relación con una mujer veinte años más joven que yo, algo que a él le habrá supuesto una reivindicación por analogía, aunque mi situación y la suya no permitan establecer ningún paralelismo digno de tal nombre, en mi opinión por hallarnos los dos en marcos intelectuales absolutamente incompatibles y, aún más, opuestos, pero en la de él, según informa precisamente la prensa, por la influencia excesiva de mi madre que me habrá llenado la cabeza de extravagantes teorías, pero también por la escasa influencia de él que no consiguió transmitirme los elementos necesarios para el sostenimiento de una relación exitosa, no bien he terminado de leer sus declaraciones me he puesto a rebatirlas para mis adentros, aún sabiendo cómo debían leerse cada una de sus palabras para ser interpretadas correctamente, he querido destruir su sentido cebándome en la abundancia de conceptos no definidos como relación exitosa o neurosis, palabra esta última que utilizó en sus declaraciones para referirse indistintamente al método empleado por mi madre para abordar sus distintas relaciones, de amor o de amistad, de familia o trabajo, así como al resultado de emplear dicho método, mismo que a ella la mantenía en soledad y a él en familia, a ella sin su marido ni pareja alguna, a él con su mujer y numerosas amantes, a ella distanciada de sus hijos egoístas entre los que me contaba, a él con una descendencia leal que le reconocía como su cabeza, 'para mantener una relación', declaraba, 'hay que saber hacerse acompañar sin que las posturas románticas nos hagan perder la cabeza, entender bien qué busca uno en cada cual y atenerse a ello: si sexo, no mezclar con sentimientos, si matrimonio, pensar en el contrato y ventajas y no en la parafernalia, si asistencia, procurar pagarla con regalos y chantajes, pero no esperar que el sexo obligue a responsabilidades más allá de la cama, ni el matrimonio suponga obligación de querer o desear, ni la asistencia implique otra cosa que el pago por unos servicios específicos de cara a una sociedad cuyo correcto funcionamiento depende de estas fachadas', así los consejos de mi padre, cuya eficacia quedaba demostrada en la realidad, se oponían a los de mi madre cuya aplicación práctica no produjo uno solo de los resultados esperados, guías gobernadas por principios para la consecución del máximo ideal que, a poco que se hubiera meditado, suponía el congelamiento de la realidad, su imposible cristalización mortal luego de la cual nada puede moverse de su sitio sin resultar inferior a lo perfecto, un combate en el que mi madre, aún ahora en que el ideal amoroso se había sublimado merced a la edad y las circunstancias, empleaba todas sus fuerzas, haciéndonos a quienes ella más quería los sujetos de su opresiva violencia, así invadía las casas de sus hijos para guardar en los sitios correctos lo que se encontraba fuera de ellos, una compulsión imparable que se enfadaba por la periódica invasión de la realidad que requería volver a sacar los libros de sus estantes y los platos de sus alacenas, así deslizaba comentarios hirientes para mejor debilitar la voluntad de sus hijos y obligarlos a seguir sus consejos por el sólo placer de alimentar la ilusión de que la realidad, especialmente la de quienes le eran más caros, seguía sus dictados hasta en los más mínimos detalles, 'ya que no pudo hacerlo conmigo', opinaba mi padre frenta la prensa, 'se habrá puesto manos a la obra con sus hijos sin que la pudieran arredrar argumentos ni necesidades, esta mujer les habrá instilado la idea de que existe un modo de vida perfecto al que deben aspirar, que en ella habita una pareja ideal donde deseo y sentimiento son uno y el mismo, donde las aspiraciones van de la mano en una sola dirección y los problemas se resuelven siempre de manera justa y expedita, pobres diablos, ella y mis hijos que le han creído, no me extraña que él se haya divorciado ni que le haya llevado tanto tiempo decidirse habiendo sido educado como lo fue, el trabajo que le habrá dado renunciar a su grandilocuencia, a su engreimiento, a su elevada opinión de sí mismo que habrá hecho depender de semejantes utopías', así mi padre se permitía opinar sobre lo que ventilaba la prensa luego de mi arresto y posterior liberación por el caso en contra del Estrábico y la Junta Geriátrica y a favor de la libertad de expresión, aunque los motivos que la prensa analizaba se habían deslizado ya de la esfera pública a la privada, y así me veía obligado a tolerar estas declaraciones cuyos ecos no dejaban de resonar en mi propia versión e interpretación de los hechos, la sospechosa sincronía entre mis problemas políticos que, aún acompañándome durante toda mi vida, habían adquirido notoriedad con el caso del Estrábico y la Junta Geriátrica, al tiempo en que mi mujer se separaba definitivamente de mí sin que la infinidad de conversaciones sostenidas a lo largo de los años ni la invocación de lo vivido y lo sentido ni la apelación a principios vergonzosamente parecidos a los que mi padre suponía me habían sido instilados por mi madre, hubieran podido salvar nuestro matrimonio ni mantenerme cerca de mis hijas ni ahorrarme el ahora rumorado romance con esa mujer veinte años más joven que yo a la que, mucho me temo, también ha de alcanzar el veneno de mi madre del que mi padre escapara una noche hace más de veinte años mientras yo me echaba en la cama de mi habitación completamente borracho, reproduciendo mentalmente una y otra vez las conversaciones con Gustavo y sus amigos de la universidad privada, con el fondo de unos tacones que se alejan luego de que el azote de la puerta hiciera vibrar los cristales del ventanal, así también se envenenaron todas las mujeres solas que he conocido después, amigas mías que como mi madre conocen y prodigan toda suerte de consejos sobre la manera correcta de vivir y amar sin que la realidad se haya dignado prestarles una sola evidencia, sin que ellas hayan ajustado uno solo de sus criterios, ya me digo para mis adentros que no ha de ser necesariamente cierto lo que afirman más de cinco o más de diez, no así mi padre, ni falso lo que no pudieron conseguir un puñado de mujeres ahora solas y neuróticas, no así mi madre, ya me veo recogiendo los cubiertos olvidados sobre la mesa y los zapatos tirados a un costado de la cama, ya alineando el cepillo de dientes a un costado del dentrífico para luego tomar asiento en la obscuridad y, fumando, esperarla a ella, joven carne que tampoco sabe amar, con toda su suciedad salvífica.
domingo, junio 24, 2018
El proyecto retrospectivo de mi padre
Luego me he enterado de que mi padre, en años recientes, encontraba pedagógica su actitud de aquel tiempo en que desapareció en medio de la noche acompañado de una mujer que fue a buscarle, mientras mi madre tenía pesadillas en su recámara tras una denigrante discusión y yo me tumbaba en mi cama borracho apenas cruzar la sala camino a mi cuarto y mi hermana permanecía despierta en su habitación sin siquiera moverse, pensativa; así lo ha dicho en un tardío cuanto senil desplante filosófico a cuantos han ido a buscarle hasta su casa en California, cargándose de razón apoyado en toda suerte de florituras retóricas, con la suficiencia y autoridad con que los hombres, no bien llegan a cierta edad, tanto si fueron virtuosos como si no, se creen en la obligación de dar lecciones al resto de la humanidad y muy especialmente a quienes ya han dañado irremediablemente, sus víctimas más cercanas casi siempre sus familiares, a quienes no son capaces de dejar en paz del mismo modo en que hay asesinos que no descansan hasta ver completamente eliminados a todos los testigos de sus atrocidades, mi padre encuentra en las noticias de mi arresto y posterior liberación, en la historia ahora pública de mi defensa de la libertad de expresión en contra del Estrábico y la Junta Geriátrica, los resultados de su influencia, sólo retrospectivamente intencionada, que me habría permitido reunir el coraje suficiente para actuar con toda energía en los asuntos más caros de mi vida, un combustible hecho para durar ardiendo hasta que me extinguiera, su herencia feliz que me llenó de rabia y resentimiento, de inconformidad patológica producto de su inacción y ausencia, de su deslealtad mezquina, 'me lo debe a mí', ha dicho a media docena de reporteros, 'que he tenido el acierto de regalarle la mejor educación: la de no contar conmigo ni con nadie a fin de que se desenvolviera por sí mismo, que reuniera el escepticismo y fuerza necesarios para sobrevivir a lo adverso, ya ven ustedes con qué contundencia ha actuado contra quienes, ignorando su historia, han querido pasar encima de él, no podía estar más orgulloso, es natural que él no me comprenda ahora porque ya saben ustedes que los hijos juzgan a sus padres cuando más fuertes se sienten, pero luego pasa el tiempo y les comprenden y justifican, yo estoy seguro de que así será con nosotros, él ha de llegar a viejo, habrá de comprenderme y justificarme aunque yo no necesite ni su comprensión ni sus razones, yo no he variado mi actitud en todos estos años e indudablemente él, a quien le resulta tan cara la consistencia, sabrá reconocerme esa y otras cualidades, las que no pueda ver ahora las verá con el tiempo y habrá de comprender, le guste o no, que actuar es participar, de acuerdo, pero también es sustraerse', así mi padre ha querido significarse aprovechando la publicidad derivada de mi arresto y posterior liberación, pero sobre todo de la publicación de la historia pormenorizada de los más de veinte años en que el Estrábico y la Junta Geriátrica se han empeñado en liquidarme, él no habrá leído esa historia ni habrá considerado relevante ninguna de las causas por mí defendidas, habrá sido la mujer con la que huyó hace más de veinte años la que le habrá acercado un periódico con una nota en la que se mencionaba mi nombre y él habrá reaccionado con una ligera sorpresa de la que, recobrado enseguida, habrá elaborado un burdo cuanto estimulante proyecto en su mente, una mente envejecida y poco acostumbrada a pensar, pero que, más consciente que nunca de la cercanía de la muerte, se hallará abocada a la búsqueda de justificaciones retrospectivas, una tarea para la que aún la vida más miserable o contraria al espíritu admite solución, siempre a agua pasada y auxiliada por la flaca memoria y la más descarada autocomplacencia, se omite lo que no pueda reformularse presentablemente y se sustituye por argumentos presentes lo que entonces no podía saberse y ahora se sabe, un cerebro así se felicita al final de sus aciertos y no admite errores sino como episodios de momentánea incongruencia destinados a conseguir un bien mayor, así mi padre habrá encontrado en el absoluto desprecio por sus hijos ya no el reflejo de su indiferencia cuanto la decisión consciente de fortalecer el carácter de ellos por esa vía, así habrá hallado en la neurosis de mi madre la fuente de su matrimonio desdichado y no admitirá que aquel trastorno pudiera estar relacionado con la deslealtad esencial que lo caracterizaba, así quedarán para siempre frustradas con su pronta muerte las esperanzas de verlo asumir, aunque sólo sea mínimamente, las consecuencias de sus actos, no habrá accedido ni siquiera superficialmente al conocimiento de sus hijos y estará tranquilo en la creencia de que sabe todo lo necesario acerca de ellos, ya veo al Estrábico y la Junta Geriátrica complacidos con las declaraciones de mi padre que simultáneamente rebajan y desvían la discusión hacia las motivaciones de mis actos, la cosa pública convertida en mero apéndice de la psicología, el resentimiento instilado por los progenitores como el resorte subconsciente de la inconformidad más allá de las motivaciones objetivas, nuestros actos más significativos tenidos por automatismos irreflexivos contra los que no hemos podido resistir, así yo mismo víctima del proyecto deliberado de mi padre de fortalecer mi carácter por vía de absoluta indiferencia, extraordinaria patraña que me recuerda la actitud de tantos otros familiares desaparecidos que, cerca ya de su extinción, deciden reescribir la historia que se cuentan y exigen de quienes fuimos testigos de sus inequidades la mayor de las aquiescencias para con sus deformaciones exculpatorias, no pienso desde luego decir nada a ese hombre mediocre que ahora busca la absolución públicamente aprovechando mi notoriedad, pues a diferencia de él que dice conocerme tan íntimamente yo admito que no lo conozco ni me interesa conocerlo, aún si él guardara algunas claves de mi vida, aún si en esos primeros años en que convivió escasamente con nosotros hubiera dejado una huella indeleble, no tiene objeto ya averiguarlo cuando la emancipación más completa ha tenido lugar y le ha excluido, aunque haya sido él quien decidiera su destierro una noche en compañía de una mujer cuyos tacones se alejan mientras la cabeza me da vueltas en una habitación alcoholizada, he sido yo, en aquella duermevela y para el resto de mi vida, quien le ha matado.
sábado, junio 09, 2018
La despedida de mi padre
El vivo asco experimentado en aquellos años contra el bienestar adolescente que me prescribían quienes buscaban domesticarme y la sustitución de sus emisarios Dulcino y Bomar por el menos impostado y verdadero burgués de Gustavo, vino aparejado del último encuentro con mi padre, antes de su huida al norte extranjero de donde en las siguientes décadas, mientras yo envejecía aceleradamente, me llegarían noticias aisladas y cada vez más raras sobre la vida que conducía con su así denominada otra familia, una mujer veinte años más joven que él y un par de hijos que no se parecían entre sí, la primera perfectamente comprensible como reemplazo de mi madre que a toda costa intentó por años moldear a ese hombre primitivo sin conseguir nada más que agriar la relación, los segundos, igual que nosotros sus primeros hijos, meros apéndices lógicos de la fertilidad, accidentes con los que mi padre contaba sin prestarles ninguna atención porque él no era hombre que deseara o supiera lidiar con críos, hacerlo aunque sólo fuera para liquidarnos habría supuesto reparar en nosotros, pero nosotros no existíamos para él, ya para entonces a esa nulidad en el trato había sumado distancias geográficas convenientemente amparadas en su trabajo como viajante de comercio, un empleo que detestaba y al que sólo accedía porque era un hombre extraordinariamente impreparado que no soportaba permanecer demasiado tiempo en ningún sitio, menos aún en la casa a la que mi madre, en su afán de controlarlo todo hasta en sus más mínimos detalles, llamaba perniciosamente hogar, sin importarle que en ella no nos halláramos a gusto ninguno de nosotros, apenas superé la infancia hice lo necesario para separar mi habitación del resto de la casa, prohibiendo la entrada a todos excepto a mi hermana que me llevaba de comer cuando mi madre, movida por la necesidad y en contra de su deseo de ser ama de casa, hubo de salir a trabajar para aliviar la inconstancia económica de mi padre, primero por algunas horas al día, pero luego por jornadas enteras de las que regresaba exhausta, una rutina que a mi hermana y a mí nos proporcionó una relativa paz a la que nos fuimos acostumbrando, nunca en mi vida me sentí más libre y completo, más lleno de energía, que en esos años transcurridos en el más irrestricto encierro, hasta que, con el consentimiento de mi madre, Dulcino y Bomar consiguieron sacarme de casa para llevarme a las canchas deportivas y a los campamentos en el cañón, más allá de la huerta de mangos del fondo, a la escuela de programación de computadoras donde aprendería a pensar lógicamente, a la convivencia con sus disfuncionales y horrendas familias en que padre y madre, tíos y hermanos, se obligaban religiosamente a convivir en medio de la más insoportable tensión, yo ya no tenía que vivir nada de eso, apenas una vez cada quince días mi padre pasaba por la casa una tarde cualquiera y se echaba en el sofá de tres plazas a mirar la televisión, un tanto inquieto, con mi hermana al lado en el sillón individual, no se decían apenas nada pero ella tenía a bien hacerle compañía hasta que llegaba mi madre y, antes de cenar, ésta nos convocaba para hablar, es decir, para reprochar a mi padre cuanto le pasara por la cabeza reprocharle, explotando todos los registros retóricos conocidos, llorando unas pocas veces sinceramente y otras muchas en forma descaradamente falsa, cuando niños nos obligaba a mi hermana y a mí a participar con guiones de su cosecha que exigía ensayar repetidamente antes de su ejecución definitiva frente a mi padre, pero éste era incapaz de retener nada de lo que pudieran decirle sus hijos y, juiciosamente, le decía a mi madre las palabras mínimas con las que ella contaba para darse por satisfecha del montaje, en cuanto tuve el uso de razón suficiente rechacé seguir participando en las chaladuras de mi madre y convencí a mi hermana de negarse, aunque ella prefería seguir asistiendo callada a aquellos monólogos en la sala donde a veces el televisor permanecía encendido incongruentemente hasta que alguien reparaba en él y lo apagaba, eventualmente el agotamiento por trabajo doblegó el ánimo combativo de mi madre y, para el tiempo en que Dulcino y Bomar eran reemplazados por Gustavo, yo ya ni siquiera solía estar en casa en las cada vez más raras ocasiones en que mi padre aparecía, más nervioso si cabe aunque mi madre hubiera bajado la guardia y mi hermana siguiera atendiéndolo con esmero, reciprocado en su desinterés por mi persona, me sorprendió hallarlo sentado en la obscuridad de la sala una madrugada en que yo volvía borracho luego de bajar del coche de Gustavo en el que, junto con sus amigos burgueses de la universidad privada, habíamos recorrido las calles bebiendo cerveza y fumando cigarros, escuchando música y hablando sin parar de asuntos serios y ridículos, él fumaba también en aquella sala silenciosa, su cabeza pasando de un cerrado contorno obscuro a un rostro gris en el que se distinguía el brillo de sus ojos súbitamente iluminados por la brasa del cigarro mientras le daba una calada, tardé unos segundos en recoger esa visión de mi padre en la que la sorpresa era rápidamente sustituida por la indiferencia y ésta a su vez, quizá como una concesión al alcohol que entonces me intoxicaba, por el desprecio más intenso, no era un hombre lo que tenía delante, me decía, sino un guiñapo que tuvo la mala fortuna de enredarse con mi madre, de haber tenido él sólo un poco más de luces jamás habría cedido a tanta neurosis como ella prometía, se habría apartado, en ningún caso habría tenido hijos aunque fuera perfectamente capaz de desentenderse de ellos, seguramente ya estaría metido en alguna aventura sentimental de las que mi madre le reprochaba siempre, tanto si disponía de evidencias como si no, enredándose en promesas absurdas para mejor satisfacerse genitalmente, quién sabe si semejante malentendido era suyo o de las mujeres de baja extracción social con las que se mezclaba, pobre hombre, pobre diablo, reprimí un súbito acceso de risa con una mueca irónica que él, acostumbrado a la obscuridad por haber estado en ella quién sabe cuánto tiempo, habría percibido, pues cuando ya me ponía en inestable marcha hacia mi habitación, su poderoso brazo sujetó el mío fuertemente obligándome a mirar hacia su sombra, ahí abajo, a un costado de mí, sentado y con el rostro ignoto que le prestaba la obscuridad, supuse que mirándome, hice ademán de zafarme sin conseguirlo y me apretó más fuertemente para que me sentara frente a él, pero reuní las fuerzas necesarias para decirle sólamente y con la mayor claridad 'no hace falta', con lo cual conseguí que me liberara para continuar mi marcha hacia la habitación cuya puerta abrí sin dificultad mientras repetía otra vez, ahora para mis adentros, 'no hace falta', ya en la cama sobre la que me eché completamente vestido sin encender la luz, tuve la impresión de escuchar que alguien llamaba a la puerta de la calle y de que los cristales del ventanal de la entrada, mal fijados por un mastique defectuoso, retumbaban al cerrarse aquella, ya entre sueños le siguieron tacones que se alejaban junto con voces furtivas de mujer, así un día cualquiera descubre uno que el tiempo de considerar a alguien en la propia vida se ha agotado y que ha de marcharse porque ya ningún elemento del escenario lo acoge, así la espectral figura de mi padre a quien no volví a ver, así Dulcino y Bomar cuya repugnante afectación explica que reuniera el asco suficiente para subir, aunque sólo fuese por algunos años, al trepidante coche de Gustavo, al final es de esperarse que no quede nadie a nuestro lado y que el mundo, una vez harto de nosotros, encuentre nuestra presencia incongruente y nos liquide, entonces no harán falta más explicaciones, entonces mi padre y yo nos reuniremos en el silencio universal del que vinimos.
domingo, mayo 27, 2018
Dulcino y Bomar
Que la amistad de Gustavo o lo que creí era tal apareciera y durara un tiempo que bien puede calificarse de razonable no se debió exclusivamente a la disposición nihilista de mi carácter en aquella época de desmoronamientos varios, sino también a la intoxicación que las posturas sanas y las actitudes positivas me habían causado en el par de años que la precedieron, un envenenamiento que no tuvo por efecto devolverme a la soledad de la que había salido gracias a Dulcino y Bomar, sino el de apurar la cicuta social con el objeto de demostrar, si no a ellos, al menos a mí mismo, cuán atrás podía dejarlos en el mismísimo terreno en el que se sintieron autorizados a intervenir para sacarme de mi aislamiento, poseídos por la convicción soberbia e irresponsable de estar haciendo el bien al animarme a salir de mi habitación donde a los dieciséis años estudiaba matemáticas y literatura, historia y filosofía, manteniendo a raya a mi hermana que sólo me llamaba para comer y a mi madre que aparecía por las noches cansada de su horrendo trabajo, sin ninguna amistad que lamentar, contento de mí mismo y sin tiempo para odiar a mi padre como se me instruía desde pequeño, un hombre al que ahora le agradezco más que entonces el haber tenido la lucidez de abandonarnos, no hubiese podido encontrar mi vocación si él se hubiera quedado a vegetar entre nosotros, ni Dulcino y Bomar se habrían sentido bien consigo mismos obligándome al reemplazo de mis actividades por el baloncesto, las expediciones al cañón más allá de la huerta cenagosa del fondo o la programación de computadoras, actividades todas extremadamente perjudiciales para el espíritu y que ellos, en su estrechez mental, emprendían con el convencimiento de estarse alejando de la niñez y acercándose a la vida adulta, casi se sentían rebeldes hablándole a las chicas, fumando cigarrillos a hurtadillas o cazando gorriones y ardillas en el cañón, me obligaron así por primera vez a considerar el mundo, probablemente sin saber que al liberarme de mi encierro de años estaban liquidando mi libertad, al exterior insaciable no hay forma de detenerlo una vez le hemos hecho cualquier concesión, exige todos nuestros esfuerzos y energías, toda nuestra aquiescencia para con la maquinaria social que ha de exprimirnos y echarnos cuando ya haya aplastado cualquier indicio de elevación espiritual, cualquier originalidad sobresaliente, primero Dulcino y luego Bomar fueron incapaces de tolerar la diferencia y cumplieron su obligación para con la maquinaria del mundo al exigir que pusiese fin a mi aislamiento y llevarme a la consideración práctica, ya no sólamente teórica, de cuanto ocurría a mi alrededor, mi madre debió pensar que aquella cretinización a la que accedí venciendo mis instintivas resistencias convenía a mis intereses, utilizaba el verbo humanizar cuando intentaba sacarme de mi habitación para que fuera a jugar a la calle o invitara vecinos a casa, cuando niño, para que saliera a practicar deporte y conocer otros chicos de mi edad, cuando adolescente, ahora este par estaba consiguiendo humanizarme, decía, como si así pudiera calificarse la imposición que se me hacía por primera vez y para siempre de considerar el mundo, como si la palabra, aún definida de la forma más benigna, significara algo deseable y no una impostura, el certificado que extiende la maquinaria social a todos aquellos que accedieron a ser domesticados, ella debió pensar, aún traicionando su intuición, que aquel par me hacía un favor extinguiendo mi persona para así aumentar mis posibilidades de sobrevivir en el mundo, hizo caso omiso de las transparentes cuanto mezquinas motivaciones de Dulcino, el primero en divisarme y sentirse inmediatamente compelido, por sus horrendas circunstancias familiares y peor entraña, a aplastar cuanto encontraba de original y notable en mi persona sustituyéndolo con su vulgaridad, así en la música a cuyas reglas pretendía sujetarme, así en los paseos al aire libre que deseaba convertir en deporte, así en las discusiones y libros de los que exigía extraer moralejas, su perniciosa influencia sólo complementada por la de Bomar que me enseñaba a pensar lógicamente para programar máquinas y prepararme para ser alguien en la vida, equidistante de placeres y obligaciones, una buena persona superficial sin una sola opinión de signo visible en lo político o lo moral, en lo filosófico o religioso, un individuo hecho para sentirse bien consigo mismo a toda costa, tal y como prescribía la iglesia protestante a la que, en su enajenante desesperación, pertenecían él y su familia, mi madre tenía predilección por él y desconfianza de Dulcino, del mismo modo en que Dulcino desconfiaba de ella y Bomar le prodigaba un modesto cuanto sincero afecto, el primero condicionado por su temperamento a desconfiar y sembrar desconfianza para alimentar la idea de que el mundo lo rechazaba, el segundo obligado a no comprometerse con ninguna opinión para mejor seguir gozando de la condescendencia de los demás, pero no le cerró la puerta de la casa a ninguno de ellos, mi madre, arruinando así lo que hasta entonces fue un santuario intelectual y espiritual que, de haber sobrevivido, me habría hecho invencible, y que, así cortado, me debilitó para siempre al expulsarme al mundo del que sólo he extraído desorganización para el pensamiento y desasosiego para el alma, ni siquiera fueron capaces de ir a fondo en la exploración de los sentidos que me presentaban por primera vez de manera sólo tangencial y hube de rebasarlos, ya lo digo, a Bomar y Dulcino, a Dulcino y Bomar, por hartazgo de sus posturas sanas y actitudes positivas, fue un alivio dejarlos frente a un ordenador para que continuaran su propia destrucción, jugando al baloncesto o ganando una carrera deportiva para luego fumar un cigarrillo culposo y ponerle letras infantilmente obscenas a canciones populares, ya lo creo que sí, a mi madre no le habrá durado mucho el gusto de verme fuera de mi habitación y de la casa, ya no para acompañar a Dulcino y Bomar a las maquinitas de videojuegos, sino para ir por putas en la camioneta de Gustavo y beber cerveza por toda la ciudad y lanzar botellas a desprevenidos transeúntes y empinarse varias rayas de coca sobre mesas desconocidas, es decir, buscar la muerte sin encontrarla como protesta por la irrupción de la realidad, así, sin pretensiones, con toda la honestidad de que se es capaz mientras hay dinero.
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